Sábado, 04 Julio de 2009

Maullidos

El anciano vive solo con su perra. Ahora mismo hay una gata maullando en su terraza.

Ayer, esa gata blanca y negra tenía dos pequeños gatitos que se refugiaban allí del sol, justo entre la reja y el cristal del salón. Su perra los miraba y no sabía cómo tomárselo. La gata se ponía panza arriba y refrotaba su carita contra las patas de la perra y ésta seguía sin saber qué hacer, por lo que decidió retirarse y cederle espacio a la desconcertante contorsionista mimosa.

Al anciano le gusta mirar todo esto, porque es viejo, está solo y disfruta de las pequeñas cosas.

Sin embargo, hoy la gata maúlla, mirándole directamente a los ojos, desde el mismo sitio donde ayer jugaba con sus dos crías, que ya no están ahí.

La perra la mira desde una distancia prudente, y después mira al anciano. Es casi como estar de luto. De hecho, sin saber por qué, él recuerda algún entierro y el silencio que siempre guarda mientras alguien intenta dejar de llorar.

En mitad del calor, escudriña, con la poca vista y oído que le queda, toda la uralita, las tuberías y ese enorme deslunado donde suelen vivir, la gata y sus crías.

Incluso horas después de que su vecino, un chaval joven que siempre les da de comer, que tiene una cuerda colgando desde su balcón, con un pequeño barreño lleno de agua para que los gatos puedan beber, que ha saltado a la Uralita y buscado a los pequeños, incluso después de que ese vecino se haya marchado, sin dar con ellos, el anciano se queda mirando, escuchando, esperando descubrir dónde demonios están esos chiquitines que ayer fascinaban a su perra, que maullaban en su balcón, que jugueteaban sobre el lomo de su madre, que ahora está ahí, en el mismo sitio, pero sola, y quieta, y mirándole como si el anciano pudiese entender lo que ella siente. Sabiendo, como sólo los gatos saben, que puede entenderla.

Y de pronto toda la tristeza del mundo está ahí, silenciosa e implacable.

Diciéndole que también vive en las pequeñas cosas y que, a veces, puede romperle el corazón sin ni siquiera tocarle.

El anciano llora.

Su perra lo mira, sin saber que hacer.

La gata lo mira, sin saber que hacer.

Ningún maullido en el horizonte.

Jueves, 12 Febrero de 2009

Alpargata

Si me hiciesen un test de esos en los que te dicen una palabra y tienes que responder lo primero que piensas, seguramente alpargata daría uno de los resultados más raros.

Y es que, hace tiempo, tuve un alumno que venía a clase con alpargatas y bermudas. Que fuese noviembre no tenía demasiada importancia, cosas del estilo, pero el motivo por el que siempre que veo una alpargata me acuerdo de él es porque, pese a estar muy poco tiempo, dejó una marca bastante curiosa en mi historia como profesor, y por qué no decirlo, en la de la escuela de música.

La gente, pese a su buena predisposición, no suele estar cómoda en una primera clase de canto moderno; es normal, están ahí solos, con un tipo que no conocen y que parece no conocer el significado de la palabra vergüenza, además tienen que ponerse a hacer un montón de ruidos raros y cosas extrañas frente a un espejo mientras el tipo toca el piano sin dejar de observarlos y hacerles notar movimientos que ellos no han visto en su reflejo, pese a estar mirándose. Así que en la primera clase suelo explicar un poco la dinámica que vamos a seguir, algunos conceptos básicos sobre respiración, resonancia, trabajo con la vocalización, tensiones físicas, cómo lidiar con ellas, y todo eso. Lo básico, vamos.

En su primera clase, el amigo Alpargata, que era un chaval simpático, me estuvo contando que tenía un arsenal secreto de canciones que podían cambiar el mundo de la música, pero que tenía que aprender a cantar para poderlas ejecutar como Dios manda, lo cual me pareció estupendo, ya que mi trabajo consiste en hacer que mis alumnos sean lo más ellos mismos posible, musicalmente hablando, y en que la búsqueda de su propia voz vaya en paralelo con el aprendizaje técnico e interpretativo.

El único problema es que Alpargata tenía cierta reticencia a hacer los ejercicios, y en cuanto empezaba a hacer alguno, comenzaba otra vez a contarme lo de las canciones y demás.

No me gusta forzar a los alumnos cuando están tensos, así que, para que cogiese más confianza y pudiésemos ir trabajando, le pregunté si tocaba algún instrumento.

La guitarra, me dijo, toco la guitarra, bueno, me he apuntado también a clases de guitarra, clásica; creo que puedo cambiar la forma en la que la gente está tocando la guitarra, pero primero necesito aprender las bases.

Lo vi muy seguro de sí mismo e imaginé una vida de mucho trabajo para conseguir esa meta, pero bueno, si quieres 100 consigues 50 y si quieres 50 consigues 0, así que no hay nada malo en querer 100, aunque te quedes en el 15.

Lo distraído es caminar, no llegar a los sitios.

Intenté combinar lo mejor que pude la charla, porque me interesa lo que mis alumnos me cuentan, con los ejercicios de la primera clase, pensados sobre todo para romper un poco el hielo e ir mentalizándolos para el trabajo de la siguientes sesiones.

Cuando terminamos salí con él a la puerta de la escuela, me despedí y al volver a entrar me encontré con la profesora de guitarra clásica.

-¿Está también contigo, no?
-Sí, hoy era su primera clase.
-¿Y qué te parece?

Al decir esto giró un poco la cabeza, levantó la ceja y me miró sólo con un ojo. Yo conocía esa expresión. La había visto muchas veces cuando alguien contaba algo insólito (el mundo de la música tiene mucho espacio para anécdotas curiosas) así que supongo que a ella el alumno le parecía un poco especial.

-Bueno, no hemos podido trabajar mucho, es la primera clase-, dije-, se le ve con ganas, pero todavía es pronto para determinar si…
-¿Has visto las alpargatas?
-Sí
-¿Y las bermuditas?
-Sí
-¿Te ha dicho que va a aprender a tocar la guitarra clásica en dos meses?
-¿Dos meses?
-Sí, considera –, dijo con sorna -, que no necesita más tiempo para aprender lo básico y ponerse a nivel de concertista. Y yo como una tonta perdiendo mi vida en el conservatorio. Vivir para ver.

Nos reímos y lo dejamos correr.

En su siguiente clase, la otra semana, Alpargata decidió que, por si no le reconocíamos, era imprescindible venir con el mismo atuendo. Se le veía más animado, incluso palmeó sus manos y dijo algo como “vamos a ello” o “empecemos”, en fin, algo por el estilo.

Y empezaron los problemas.

Veréis; si intentáis decir A con los dientes pegados y sin separar los labios el resultado… en fin, no hace falta que os lo explique, ¿verdad?

Vale, no abría la boca. Esto, aunque parezca absurdo, es muy común. La gente, cuando no utiliza correctamente el diafragma para apoyar las notas que canta tiende a tensar la mandíbula, lo cual les invita a no vocalizar, lo cual crea cierta retención que no es demasiado sana para la garganta, y el sonido, que no sabe muy bien qué hacer, termina huyendo hacia dentro, nasalizándose, o vete a saber qué otra catástrofe. Así que, ya que lo de vocalizar no estaba dentro de nuestras posibilidades todavía, nos pusimos a trabajar con la boca cerrada.

Los problemas seguían.

Si cuando estás cantando una eme puedes ver tus dientes en el espejo, simplemente, no estás cantando una eme.

Si cuando por fin consigues cerrar la boca para que la eme esté en su sitio empiezas a tirar aire, o lo que tengas, por la nariz como un descosido, tampoco vamos bien.

Al final me decidí por despejar todo lo posible las tensiones de la zona de la mandíbula y el cuello para poder trabajar con alguna vocal, apoyándola con alguna consonante explosiva, como una P o una B, porque la capacidad de Alpargata para cambiar la M por la N y viceversa no nos iba a ayudar mucho con el tema de la resonancia. La U no servía porque al ser demasiado cerrada se la tragaba, y temí que, de tanto cantar hacia dentro, terminase cantando por el agujero equivocado, lo cual llamaría todavía más la atención sobre sus bermudas, que yo, por supuesto, ignoré durante toda la clase (sí, tenían flores) con la O proyectaba la mandíbula demasiado hacia delante y tuve miedo de que, si cerraba la boca de golpe, se mordiese la nariz. La sonrisa necesaria para la I parecía tener su propia modalidad de Parkinson y eso modulaba el sonido de una forma bastante inestable. La A había demostrado ser una quimera y la E era algo así como “y ahora verás como mi cara se pela hacia atrás y mi cráneo emerge de la boca” así que si algo estaba claro era que, primero, había que cargarse las tensiones de esa zona.

Nos pusimos a ello y, tras 50 minutos, conseguimos una A limpia, bien colocada, sin tensión, sin aire en los bordes, y con una afinación en la zona media bastante aceptable.

Es muy complicado explicar qué se siente cuando un alumno tuyo consigue algo, y en este caso habíamos trabajado bastante duro durante esos 50 minutos, salvando un obstáculo detrás de otro, viendo qué problemas surgían y buscando la manera de solucionarlos, llevándonos hacia ese sonido que, durante 3 segundos, pudimos disfrutar.

Como estaba contento lo felicité. Me gusta que les salgan bien las cosas y, sobre todo, me gusta ayudarles a que eso sea así. Para mí ese es mi trabajo.

Lo que me dejó en el sitio fue su respuesta. Sin dejar de mirarse en el espejo, levantó una ceja, sonrió mientras entornaba los ojos y, balanceándose un poquito como cuando alguien cuenta que acaba de comprarse un Ferrari, dijo:

-Hombre, es que el que tiene voz, tiene voz...

Y se quedó tan pancho.

A veces coincide que un alumno tuyo no viene y sales fuera a tomar un café y te encuentras con otro profesor al que tampoco le viene el alumno, entonces os sentáis, charláis y contáis anécdotas. Alpargata siempre suele aparecer en la conversación. Quizá he tenido mucha suerte, porque todos mis alumnos han sido y son gente maja, gente que valora el trabajo que se hace en el aula.

Sin embargo ahí estaba aquel tipo, con sus alpargatas, sus bermudas (con flores) y su sonrisa de satisfacción, como si no le hubiese costado 50 minutos dar una sola nota en el sitio. Como si yo no me hubiese roto los cuernos para que el chaval no se fuese a casa frustrado por no haber dado pie con bola.

El tipo que iba a cambiar el mundo de la música con sus canciones y aprender a tocar la guitarra clásica, a nivel concertista, en dos meses.

Impresionante.

Cuando acabamos le acompañé a la puerta y me volví a cruzar con su profesora de guitarra, porque él daba clase el mismo día con los dos; primero con ella y luego conmigo, y ella siempre salía a tomar el aire después de cada clase.

Yo me quedé mirando cómo las alpargatas se alejaban, clap, clap, mientras ella me hablaba.

-¿Cómo ha ido hoy?, preguntó
-Bueno-, dije-, ha cantado una sola nota. El principio estaba desafinado y el final también, pero es normal porque todavía no sabe colocar las notas antes de cantarlas ni sujetar bien los finales. Lo del medio estaba bien, va a tener problemas con la dinámica pero bueno, eso lo solucionaremos después, primero tengo que conseguir que abra la boca.
-Ya

Hubo un silencio.

Entonces le conté lo que había ocurrido, el momentazo “el que tiene voz, tiene voz” y todo eso.
-Eso no es nada-, dijo riendo-, ¿sabes qué me ha dicho a mí?
-¿Qué?
-Le estaba intentando enseñar a coger la guitarra y el pobre se estaba haciendo la picha un lío, porque, entre otras cosas, coloca mal la muñeca, así que cuando le he corregido cuatro o cinco veces se ha quedado muy serio y me ha dicho: mira, yo no sé mucho de guitarra, pero esta forma de cogerla es un poco rara, ¿estás segura de que se coge así?

Estuvimos riéndonos un buen rato.

La semana siguiente Alpargata llamó. Estaba en mitad de la carretera con la rueda de su moto pinchada (no puedo evitar imaginármelo con las bermudas y las alpargatas, brum, brum) y dijo que no iba a poder venir.

Ya no volvimos a verle nunca más, pero nos dejó un par de clases de las que hablar mientras tomamos café y una lección bastante divertida sobre cuánta paciencia podemos llegar a tener y sobre lo poco que algunas personas van a valorarlo.

Y es que, el que tiene voz, tiene voz.

Miércoles, 28 Enero de 2009

Así funciona la trampa

Fue hace unos cuantos años y casi no lo sintió llegar.
Cuando abrió los ojos aquello saltó sobre él, cortándole la
respiración. Drenándole la vida en medio de toda aquella oscuridad.

Cuando sólo le quedaban fuerzas para escuchar, eso habló.

Escúchame, mago. En los días que vienen todos irán olvidando.
Olvidarán su papel en la guerra invisible e incluso la misma guerra.
La cambiarán por cosas cotidianas que serán puestas ante ellos para
ocuparlos, apartándolos de su verdadera función.

Te quedarás solo.

El mejor traidor es aquel que grita que ha sido traicionado.
Y eso es justo lo que va a pasarte.

Vas a ser el único mago que quede en pie. Recogerás los dones que has
otorgado, y lo harás desde la distancia, para no caer también en la
trampa que va a privarte de tus compañeros.

No vas a aclarar todas las confusiones que van a sucederse, una detrás
de otra, porque eso te apartaría de tu verdadero cometido, y, como
sabes cual es tu lugar, vas a hacer el máximo sacrificio y dejarás que
todo esto ocurra, porque es tu deber.

Aire, un poco de aire, tan sólo un poco…

El precio, mago, será verlos desde lejos, hundidos en la trampa que
los apartará de la victoria por la que están luchando sin saberlo; en
esa guerra en la que tú los diriges entre risas, entre lo bueno y lo
malo, protegiéndolos siempre de la locura que en realidad afrontan;
esa de la que nunca les has hablado.

Tú, mago, te quedarás solo.

Ellos tendrán cada vez más cosas en el espejismo y eso les hará
imposible volver a la guerra invisible. En sus cabezas será un algo
borroso e impreciso, un error, algo que nunca sucedió.

Así funciona la trampa, y uno de los tuyos arrojará al resto.

Tú, que has aprendido a poner tus cosas entre ambas partes, que sabes
dar sentido al espejismo para traerlo a la guerra, que sabes como
llevar ésta al espejismo en las pequeñas cosas que casi no se ven, tú,
que no deberías de existir, no caerás en la trampa y vivirás para
verlos caer a todos en ella.

Ellos, sin embargo, no podrán recordar la sensación de los dones, la
época de lo verdadero, en el campo de batalla invisible, donde has
hecho que cada palabra, cada gesto y cada lágrima sea un arma lanzada
contra este invasor que va a terminar venciéndoles desde dentro. Por
eso estoy aquí, contándote esto. Porque tu pequeña rebelión ha
terminado y ahora las normas las ponemos nosotros, como siempre debió
ser.

Vas a luchar solo, mago, arderás con todos los dones que ahora
mantienes repartidos; permanecerán en tu interior, haciéndote más
peligroso que ninguno de ellos y, al mismo tiempo, quemándote. Esa es
tu condena, mago; vamos a hacerte tan fuerte como lo somos nosotros,
pero, para equilibrar la balanza, vas a luchar solo.

Como enemigo, lo mínimo, es avisarte.

Dijo todo eso y se fue, como una pesadilla en mitad de la noche.

Fue hace unos cuantos años y casi no lo sintió llegar.
Y, aun así, todo se cumplió.

Hoy los observa; fuera del campo de ilusión en que están sumergidos,
invisible a sus ojos. Consciente de que sólo pueden ver los recuerdos
e interpretaciones que aquello puso en sus cabezas. Aunque lo tuviesen
delante, no podrían verlo.

Así funciona la trampa.
Y es ineludible.

Podríais haber cambiado todo, dice, podríais haber cambiado la forma
en que son todas las cosas y ni siquiera podéis recordarlo.

Porque unos nacen en la guerra, y caminan el espejismo, buscando
aliados, y otros nacen en el espejismo, vislumbran la guerra y deciden
olvidarla. A ella y a todo el que nace y vive en ella.

Como si en realidad hubiese otra cosa.
Como si no fuesen bajas de una batalla que ya no pueden recordar.
Como si él no lamentase su pérdida, todos y cada uno de los pequeños
momentos de tregua que nunca jamás duran una vida.

Así funciona la trampa.
Así es la guerra invisible.

¿No lo recuerdas?

Domingo, 25 Enero de 2009

Pum

La gente no sabe matarse.

El año pasado uno de mis escritores favoritos se suicidó. Sufría de una depresión crónica, un problema químico, y los medicamentos que tomaba le crearon una serie de efectos secundarios que agravaron su estado y le obligaron a dejar el tratamiento.

Pidió ayuda, porque no se veía capaz de contener su instinto de autodestrucción y la gente apeló a su fuerza de voluntad y su capacidad para sobreponerse al asunto, en lugar de internarlo en algún centro donde pudiesen ayudarle o, al menos, tenerlo bajo vigilancia.

Así que decidió hacerse una corbata un tanto especial y se dio matarile por las bravas.

No voy a opinar sobre si está bien o no quitarse la vida, pero sí que diré algo que considero vital (nótese el sutil juego de palabras) a la hora de quitarse de en medio:

Hay que hacerlo bien.

Con ello no me refiero a que sea “rápido e indoloro”. Seguramente el escritor del que hablo quiso atrapar cada detalle de sus últimos momentos, no huir de la muerte sino afrontarla en toda su magnitud, por ello escogió una de las formas más dolorosas, lentas y jodidas de forzar el adiós a uno mismo. (No olvidemos que los ahorcamientos caseros normalmente no rompen el cuello de los usuarios del sistema, por lo que la muerte resulta lenta, lenta de cojones; para que uno no se pierda ni el copyright de los créditos finales.)

He de confesar que, por comparación, me parto la caja con todos esos atormentados adolescentes que dicen querer suicidarse y se cortan las venas en todas las direcciones menos en la correcta. Por otra parte existe un mito acerca de lo “dulce” que resulta desangrarse en una bañera llena de agua caliente, cuando la realidad es bastante distinta, o al menos eso cuentan los que han sobrevivido a la experiencia.

Pegarse un tiro en la frente con una escopeta de doble cañón, como papá Hemingway, es harina de otro costal, y quizá tenga mucho que ver con el tipo de carácter que te hace pasarte la vida corriendo delante de toros, cazando leones en África, intentando partirte la cara en el ring con rivales más fuertes o metiéndote como corresponsal en toda guerra donde las posibilidades de cazar un par de tiros, así en plan tierno, estén unos cuantos puntos por encima de bastante altas. Cuestión de carácter, como he dicho.

Lo de llenarse los bolsillos de piedras y hundirse en el río, como hizo virginia Woolf, es, como mínimo llamativo. Las mujeres juegan en otra liga, y si a eso le sumamos síndrome bipolar, la ecuación se nos queda más o menos despejada. Adiós, mundo cruel, glu, glu, y todo eso.

Mi amigo Pablo, que también tenía síndrome bipolar, afirmaba, incluso en sus momentos más lúcidos, que él no había pedido estar aquí; ni le gustaba la vida, ni la gente, ni el rollo que tenemos montado en plan virus inunda aceras. Así que, en lo que según su madre fue una de sus mejores épocas, decidió decir hasta aquí hemos llegado, chatos, y se cortó el cuello, esperó a sangrar al menos hasta mitad depósito y después saltó por un balcón, asegurándose de que ningún toldo lo frenase y de que ningún transeúnte le hiciese compañía en su trayecto a la nada.

Y, como dije antes, sin entrar a valorar si quitarse la vida está bien o mal, creo que hay una gran diferencia entre hacerlo con cierta destreza y ser un jodido chapucero.

Quizá os preguntéis a qué cojones viene todo esto, y la respuesta es sencilla.

El otro día me enteré de que un amigo decidió acabar con su existencia y no se le ocurrió mejor manera que hacer estallar su casa con él dentro, sin pensar en que la susodicha casa está incluida en una finca donde, fíjate tú, vive más gente.

Así que, os podéis imaginar qué pasó; cinco de la madrugada y la pared que separa su hogar de la calle (vive en un primero, un bajo) se volatiza clavándose en la finca de enfrente. El pum, de paso, le jode las orejas al vecindario y le pega un susto de puta madre a la señora del tercero que, para que veas lo que son las cosas, está preñada de ocho meses. A eso le sumamos la fiesta del A Ver Quién Aspira Más Humo, todo un clásico en este tipo de situación, y ya tenemos, trazo arriba trazo abajo, la imagen general del evento festivo que a mi colega le dio por montar para darse matarile.

Y en medio de todo el mogollón, el maestro de pista tambaleándose y saliendo por su propio pie, rollo fantasma de la ópera, con el jeto a la barbacoa y las manitas chuscarradas, vivito y coleando.

A la suerte a veces le entra la risa tonta y sonríe sin venir al caso.

Lo que tienen de jodido las quemaduras es que, en un primer momento, no te dejan K.O, pero en cuanto el tejido carbonizado comienza a soltar su mierda en tu riego sanguíneo la cosa se complica, así que tengo pendiente una visita a la unidad de cuidados intensivos y ello me plantea un pequeño dilema moral, ya que por mucho que uno pueda querer a sus amigos, no es muy dado a reírle cierto tipo de gracias y, por duro que me pueda resultar pensarlo, y escribirlo, no me cabe duda de que mi amigo quiso quitarse de en medio y de que el método escogido fue una chapuza temeraria y peligrosa para el entorno.

Todo el mundo apela a la piedad, a la comprensión y demás jeringonza en este tipo de situaciones, y sí, me hago cargo de todo lo que pueda haberle llevado a decidir quitarse la vida, más que nada porque estoy al tanto de casi todas sus miserias personales, que no son pocas, pero no estoy de acuerdo con el método escogido, quizá porque tengo mi propia opinión formada sobre cómo deben hacerse cierto tipo de cosas, y aunque me alegro mucho de que esté vivo, su elección me hace plantearme ciertas dudas acerca de su calidad humana, lo cual me hace aceptar lo glacial que es la mía, que quizá esté por debajo de las expectativas de todos los que tienen el corazón lleno de piedad por las personas que hacen explotar su hogar en mitad de la noche, pero así está el tema, y con eso hay que vivir. Cada uno tenemos lo nuestro.

Porque, si me pregunta, tendré que decirle la verdad, y la verdad es que, si querías matarte, colega, tenías otras mil formas; porque quizá en mi monstruosa visión del mundo existe un abismo entre ser un suicida y un asesino en potencia, y por mucho que te quiera, tío, te acabas de caer en el segundo saco, y no sabes lo que me jode, después de todas las conversaciones, de todo el esfuerzo, tuyo y nuestro, tener que aceptar que ahora estás ahí.

Y que nada puede cambiar eso.

Domingo, 05 Octubre de 2008

Café

Hay que tomárselo con calma.

Parece una serpiente de metal, muy húmeda y fría. Dorada. Es como una
cobra hasta que llegas a la parte de arriba; entonces parece más un
insecto gigante de trompa larga, con la cabeza coronada por un
ridículo gorro papal.

En realidad es un dispensador de cerveza, pero cuando miras algo mucho
rato pasan estas cosas. Al menos a mí.

Siempre he pensado en las estaciones de tren como puntos de paso, un
sitio entre sitios. Me pasa también en el metro, en los aeropuertos y
en los aviones. En barco, no sé por qué, no. En autobús tampoco.

El caso es que una cafetería en una estación es como un punto de paso
dentro de un punto de paso.

Lo cual no deja de tener su gracia, si sabes pillarla.

Las estaciones son como un microcosmos. Toda esa gente yendo y
viniendo, las esperas, las caras cansadas y todo eso. Aunque las caras
que más me llaman la atención no son las de cansancio, sino las de
pausa; algunas personas aprovechan para ser otra cosa mientras van de
un sitio a otro. O, más que ser otra cosa, dejar de ser ellos un rato.
No sé si lo hacen de forma consciente, pero me gusta mirarles. Es como
si la vida se hubiese parado, clic, y fuese a continuar cuando bajen
de su tren, en cualquier otra parte, donde les espera un negocio, o su
casa, o un amante. Cualquier cosa que les haga poner otra vez el Play.

Pienso en todas esas cosas mientras me tomo un café, que por cierto,
está muy bueno. Demasiado, incluso. Es raro encontrar un café tan
bueno. No me lo esperaba, la verdad, pero tampoco voy a quejarme.
Además, si mis sospechas son ciertas, voy a pasar aquí mucho tiempo.

De hecho creo que siempre he estado aquí.

Verás, llevo un rato observándolo todo. Ahí fuera hay unas personas
que, más que personas, parecen pequeñas cabezas en ventanillas,
dándote el billete y todo eso, ya sabes. Tendrán sus propios problemas
y sus propias historias, claro, pero parecen sólo eso; cabezas y manos
en ventanillas expendedoras. Extras en una película, sin papel ni
trasfondo ni nada de nada. Y luego están las azafatas, yendo arriba y
abajo, y los guardias de seguridad haciendo lo mismo, pero más
despacio; como si se moviesen en un tiempo distinto, y la gente
mirando el letrero y bostezando y haciendo como si no estuviesen aquí.

Y entonces lo he visto claro.

No me preguntes por qué; es una de esas cosas que no puedes explicar.
Como cuando sabes que alguien va a romperte el corazón y termina
ocurriendo, pese a que no puedas señalar nada concreto que lo indique
y decir, ahí lo tienes, esa es la prueba.
Te lo dije.

Es un poco como lo de esa historia que me vino a la cabeza hace un rato, ¿sabes?
Un hombre y una mujer se adentraron en un bosque.

La mujer tenía fama de haber asesinado a sus antiguos amantes, y el
hombre que paseaba con ella lo sabía. Estaban justamente hablando de
eso. Él le decía que había notado ciertos impulsos homicidas por parte
de ella, impulsos que por supuesto ella negaba. Antes de que ella se
enfadase él le dijo, con mucha calma, dada la situación, que no tenía
por qué pasar nada malo, es decir: si ella sentía el ansia que había
podido con ella las otras veces, sólo tenía que decírselo y él se
quitaría de en medio; así ella no mataba a nadie más.

Bueno, había dicho ella, en realidad no lo haces por mí, lo haces por
ti, quiero decir que tú no quieres que te mate para no estar muerto,
no para que yo no asesine a nadie. Él había contestado a aquello
explicándole que él no moriría aunque ella le matase, que lo que
quería evitar era el acto de ella, el asesinato en sí, no la muerte,
ya que un asesinato más podría precipitarla a un abismo del que luego
no podría salir, y muchas otras cosas.

Al final, en un momento de la historia, mientras ella explica que a él
no quiere matarlo, porque es distinto a todos los demás y porque jamás
podría hacerle daño, llama su atención sobre algo en la rama de un
árbol, justo detrás. Él se gira para verlo y ella lo apuñala con furia
una y otra vez.

La parte que siempre me ha llamado la atención es esa en la que ella
huye del bosque, gritando y maldiciéndole por haberla obligado a
matar. (!)

La historia dice que, cuando el cuerpo de la víctima quedó a solas,
comenzó a moverse, despacio, y se puso en pie. Se miró las manos,
llenas de sangre y tierra, y se quitó la camisa, también
ensangrentada. La usó para limpiarse, -o restregarse la sangre-,
mientras caminaba hacia un lago cercano, donde se dio un buen baño y
salió, por supuesto, sin una sola herida.

Mirando el lago recordó una leyenda sobre alguien, a veces mujer, a
veces hombre, dependía de quién la contase, que actuaba de forma
parecida. Prometía a sus amantes ir a darse un buen baño con ellos y
estos, confiados, iban adentrándose más y más, hasta llegar a un punto
en que quedaban atrapados en un lodazal bastante peligroso y, en
aquellos tiempos, no señalizado.

Ella miraba como se ahogaban y se marchaba sin mirar atrás, ni una sola vez.

Lo que siempre había inquietado al hombre de la historia no era el
hecho de que ella pudiese hacer eso, sino el hecho de que no mirase
atrás ni una sola vez. Igual que la mujer que lo había asesinado, o
bueno, al menos lo había intentado, hacía unas horas. Aún sabiendo
que, como él le dijo, no moriría y que ella se precipitaría, como
también le avisó, en un abismo del que luego no podría salir,
etcétera. Así que el hombre de la historia pensó en todo eso mientras
atravesaba el bosque y, cuando llegó al sendero donde ella lo había
apuñalado, echó una larga mirada a su propia sangre en el suelo.
Después miró al horizonte, por el que ella había desaparecido, y dijo
algo seco y resignado, en plan "no puedo hacer nada por ti" o, "estás
perdida", o "intenté avisarte", o cualquier otra frase de esas que
resuenan al final de una historia un poco extraña, de las que te dejan
pensando qué demonios pasará después o, más importante todavía, por
qué el tipo no se murió (O por qué quería ayudar a una tía con tan
malas pulgas, la verdad.)

Así que nada, como dije antes, llevo un rato pensando en esa historia,
y en esta estación y en la historia dentro de la historia, que en
realidad es la misma aunque con menos añadidos, y entonces lo he visto
claro.

No existo.

Delante de mí hay una familia, dos chavales y su madre. Están
intercambiando números, nombres; apuntan cosas. Estoy seguro de que se
trata de un viaje sin importancia pero aun así la madre intenta
tenerlo todo bien atado. No sé por qué, pero imagino un padre ausente.
A fin de cuentas, ¿no lo son todos?

También hay una pequeña mujer en una silla de ruedas, vendiendo
cupones. Se parece a otras mujeres de ese tamaño, en silla de ruedas.
¿Te has fijado como algunas personas con enfermedades mentales se
parecen entre sí? Con sus lenguas gordas, sus miradas entre perdidas y
fijas, sus labios húmedos, y esa clase de ojos que no se deciden a ser
rasgados del todo. Esta mujer tiene una cara que ya he visto. Su
enfermedad no es mental, es física, pero es igual y, a la vez
diferente, a otras personas que recuerdo con ese tipo de enfermedad,
si es que recordar es la palabra.

El problema de las palabras es que, aunque significan algo, no todo el
mundo entiende lo mismo. Así que, por ejemplo, cuando yo digo que el
café está bueno, es posible que tu criterio de bueno, no coincida con
el mío, o con el de las otras personas que ahora mismo, o en otro
momento, estén dando forma a mi mundo, leyéndolo (tal y como
sospecho). Quizá a ti te guste amargo y a mí dulce, e incluso aunque a
los dos nos guste de la misma manera es posible que tengamos criterios
distintos sobre qué es dulce y amargo, así que, como imagino que
comprendes, uno de los principales problemas que tengo para existir es
la falta de concreción y eso, a decir verdad, me angustia un poco.

Porque si alguien entendiese el significado, el mensaje completo, si
el código que se despliega en el cerebro de un supuesto lector fuese
el mismo, exacto, que hubo en el del supuesto autor, quizá entonces,
sólo entonces, yo dejaría de existir en un bucle de lo que seguramente
es una realidad intentando definirse a sí misma a través de la mirada
de otros.
Como todos esos que intentan definirse a sí mismos sin que sean los
demás los que determinen cómo son, e invierten un montón de esfuerzo
en que todo el mundo reconozca que no buscan, ni necesitan, de ninguna
manera, reconocimiento. Una auténtica putada existencial, créeme.

Y luego está el problema de los recuerdos, claro.

Recuerdo, por ejemplo, estar aquí escuchando todos los sonidos de la
cafetería, hace sólo unos minutos. Alguien limpiando cucharillas, el
ruido de la máquina de café, el sonido de una bolsa al abrirse, los
hielos cayendo en la cubitera, la megafonía de la estación.

Seguro que tú también recuerdas un montón de cosas, pero, ¿cómo sabes
que son reales? Quiero decir, que yo recuerdo haber vivido un montón
de cosas a parte de estar aquí sentado tomándome un café, pero claro,
si lo pienso en frío todo eso son cosas en mi cabeza, lo único real es
que estoy aquí y ahora.

Imaginemos que yo fuese un personaje de ficción que está tomándose un
café en un sitio como este, y que de pronto me hubiese puesto a
observar ciertas pautas y llegado a la conclusión de que no soy real,
de que alguien me está escribiendo y, al mismo tiempo (o mejor dicho,
después) alguien me está leyendo.

Si estuviese escrito en primera persona tendría recuerdos, por ejemplo
besos en un parque o charlas con amigos o el desayuno de ayer, y los
tengo, claro que sí, aunque estoy seguro de que tú también los tienes
y, sin embargo, al igual que yo, si te ciñes sólo a lo que está
sucediendo, estás aquí, leyendo esto, y todo lo demás está sólo en tu
cabeza, lo cual deja la posibilidad abierta de que alguien lo haya
puesto ahí para darte algo de trasfondo. Es decir, que en realidad,
obviando los recuerdos que tanto tú como yo estamos seguros de tener,
tu historia serías tú leyendo la mía, igual que, en el cuento del
bosque que te conté, la víctima recordaba una historia parecida a la
que estaba viviendo, de manera que tendríamos un cuento dentro de otro
(aunque en ese caso concreto, son casi el mismo.)

El motivo de pensar en todo esto es que, cuando venía hacia aquí vi
una mujer mayor que llevaba unas muñecas rusas en la mano. Bueno, en
realidad llevaba sólo una, pero ya sabes; las demás van dentro.

Si lo pienso con calma veo que en esta historia, en mi historia, las
muñecas rusas están insinuadas varias veces de forma abierta. Una en
el cuento dentro del cuento de la mujer y el hombre en el bosque, otra
en la posibilidad de que tú tampoco seas real y simplemente seas la
muñeca grande que contiene el resto de muñecas (incluyéndome a mí) y
otra en el recuerdo de haber visto unas muñecas rusas cuando venía
hacia aquí. Incluso hay otras insinuaciones más sutiles como la frase:
"El caso es que una cafetería en una estación es como un punto de paso
dentro de un punto de paso."

Coincidencias de esas que te hacen sospechar que pasa algo, ya sabes.

Es como cuando, por ejemplo, vas a ver a alguien que suele romperte
los nervios, y además tienes que discutir de algo importante y de
camino a su casa ves un cartel que dice "Tranquilo" y te quedas de
pie, mirándolo y piensas que el cartel te habla a ti. Aunque en
realidad dice algo como: "Tranquilo. Ahora puedes pagar el seguro de
tu coche en cómodos plazos y blablabla", pero, durante un segundo, el
tranquilo era para ti. Y lo sabes. O como cuando piensas que llevas
mucho tiempo sin ver a alguien y te lo encuentras, o como cuando
hablas de una película que te gusta mucho y descubres que al día
siguiente la hacen en la tele. Podríamos poner mil ejemplos, pero
imagino que ya sabes por dónde voy.

Suena como un relato, ¿verdad?
"Estaba pensando en él cuando el teléfono sonó", o alguna frase de ese estilo.
Si te soy sincero, ese tipo de cosas son las que me hacen sospechar,
aunque hay otras, claro
Por ejemplo:

Todo lo que te he contado sobre las muñecas rusas hace un momento.
El hecho de que las personas a mi alrededor, salvo quizá la mujer de
la silla de ruedas y la madre con sus hijos, parezcan decorado sin
más, igual que las azafatas y los guardias de seguridad. También creo
que hay alguna pista para que me de cuenta de que todo esto es una
ficción, por ejemplo la frase: "y la gente mirando el letrero y
bostezando y haciendo como si no estuviesen aquí" y todo ese rollo del
microcosmos, y eso que dije antes, casi al principio: "De hecho creo
que siempre he estado aquí". Y es posible que mi simpatía hacia esa
gente que está en pausa, siendo otra cosa o, como dije antes, más que
siendo otra cosa, dejando de ser ellos un rato, sea también algo
significativo, una especie de guiño. Incluso, si me apuras, puedo
encontrar alguna frase tranquilizadora del autor, o la autora, hacia
ti y hacia mí, como por ejemplo: "Hay que tomárselo con calma", que si
lo piensas bien, fue lo primero de todo.

En fin, un asco.

Al final creo que todo se reduce a esto; si estuvieses aquí, porque
imagino que esto será un lugar real, o al menos estará sacado de uno,
no podrías verme. Tan sólo imaginarme. Aunque, si lo piensas bien,
esto no es tan distinto del mundo que conoces, quiero decir que ves un
montón de personas y un montón de cosas pero, en realidad, lo único
que ves es a ti pensando sobre todo ello, como yo llevo haciendo un
buen rato (de hecho el único rato que tengo, porque esto es mi Big
Bang y mi Apocalipsis, no sé si me entiendes) y todo eso provoca un
montón de problemas y cosas que no tienen cabida aquí, más que nada
porque, de estar yo en lo cierto, esto sólo va de un tío que no existe
tomándose un café.

Por suerte, como dije antes, el café está buenísimo, y eso está muy
bien, ya que si tienes que pasarte toda la eternidad bebiendo café en
cabezas que no son la tuya, consuela bastante que ese café esté
delicioso, quizá por eso se insistió tanto al principio en que estaba
cojonudo; para que quedase bien claro y no tuviese que estar bebiendo
aguachirri toda la eternidad.

Un gesto amable por parte de quien haya escrito esto, la verdad.

De hecho estoy seguro de que tendrás más recuerdos de haber leído
sobre gente tomando café, seguramente relatos del mismo autor o autora
que ha escrito esto, y eso, colega, forma parte del rollo ese de las
muñecas rusas, lo cual indica que, sea quién sea el que nos está
escribiendo, se lo pasa en grande, de hecho me la juego a que si
buscas bien también encontrarás algo sobre trenes y sobre gente que
sabe que va a ser traicionada y aún así no da un paso atrás, y sobre
personas que observan a su alrededor, claro que eso tampoco es tan
difícil de encontrar, total, todos lo hacemos. Hasta yo, y eso que no
existo.

Así que bueno, ¿qué quieres que te diga?, estoy casi convencido de que
sólo soy una forma de pasar el rato para alguien con tiempo para
escribir sobre gente que no existe, al menos no de la forma en la que
todo el mundo suele existir.

Claro que yo, al menos, soy consciente de ello.
"Lo cual no deja de tener su gracia, si sabes pillarla."

Lunes, 25 Agosto de 2008

Eso está muy feo

Aquello era una maniobra de alto riesgo.

A día de hoy, todavía no sé qué demonios estaría manipulando aquel tipo en su coche, pero el caso es que sus pies asomaban por la puerta del copiloto y su cabeza estaba enterrada en el hueco de los pedales.

Mi amigo Ángel y yo pasamos por su lado y nos pusimos a observar.
Tanta indefensión no podía pasar desapercibida.
Podíamos saltar sobre su culo, quitarle los zapatos, salir corriendo y no tendría nada que hacer. Así de indefenso estaba.

Había que hacer algo con eso, total, sólo era la una y media.

Recuerdo que Ángel llevaba una especie de ridículo babero gigante. Era verde con rayas blancas, o blanco con rayas verdes, depende de si te gusta plantearte estupideces en plan vaso medio lleno o medio vacío. Lo único que me interesa de un vaso es el ruido que hace al romperse.

Teníamos ocho años y acabábamos de salir de clase. Yo adoraba desinflar ruedas de coche, subirme a camiones parados y hacer todo lo que no debe hacerse con bichos de cuatro ruedas. Era una especie de fijación que, después, sin más, desapareció. A veces me sentaba en la acera y quitaba el tapón de una rueda, ponía el dedo y me quedaba allí, notando como el aire me hacia cosquillas en el trozo de piel que hay debajo de la uña.

Lo de los coches no estaba mal.
Sus dueños eran el siguiente nivel.
Y ahí estaba, un conductor indefenso, todo para mí.

Ángel, dije mientras miraba a mi alrededor, vamos a hacer algo.
Él me miró y, sin saber todavía el qué, asintió.

Siempre se apuntaba a todas mis gamberradas porque una vez se abrió la cabeza y yo se la tapé con tierra hasta que pudimos llevarle a su madre para que lo curase.

No es muy higiénico, pero paró la hemorragia.

Desde entonces su lealtad era inquebrantable y, aunque yo no la ponía a prueba, me gustaba saber que había alguien en el mundo que diría sí donde el resto decía no.

Entre las piedras del mini solar donde el coche estaba aparcado encontré un plato de plástico. Me acerqué con sigilo y lo cogí. El tipo del coche seguía dale que te pego a lo que fuese que estaba haciendo. Sonreí y le hice una señal a Ángel para que se retirase hacia la calle. Le seguí, intentando no hacer ruido. Caminamos un momento por la acera y entramos al primer garaje que vimos. Una de esas cuevas que tanto nos gustaban cuando éramos niños. En realidad sólo era la entrada al garaje, pero con ocho años aquello era un mundo. Además, estaba aquella cerradura en la que nunca te cansabas de meter cosas. Un lugar especial, sí.

Quiero que cagues en este plato, le dije.

Ángel me miró un momento, desconcertado. Después miró el plato, que seguía en mi mano. Lo coloqué detrás de él y le miré a los ojos. Apunta bien, dije.

Ángel se bajó los pantalones y me pidió que vigilase. Me acerqué a la acera y miré hacia ambos lados. No viene nadie, dije, aprieta.

Aquel angelito, nunca mejor dicho, soltó un pastel de campeonato.

Recuerdo que se subió los pantalones y le miré muy serio.
¿No te limpias?, le dije.
No, no me he ensuciado, abrí mucho el culo. Luego en casa me lavaré.
Eres un guarro, dije, y cogí el plato con la mierda.

Aquello olía como el mismísimo infierno. Recuerdo que tuve una arcada y pensé que no iba a poder hacerlo, pero me repuse enseguida. En aquellos tiempos yo era un muchachito con iniciativa y afán de superación, sólo que en vez de intentar superar al resto intentaba superarme a mí mismo. Con los años he llegado a pensar que es una sana costumbre, pero bueno, eso ahora no importa.

Por la acera hacíamos extrañas maniobras para cubrir todos los ángulos y que nadie viese el plato y, sobre todo, lo cosa humeante que había en él. Aquello, siendo bajitos como éramos, resultó ser toda una odisea. Un aliciente añadido, si quieres llamarlo así.

Llegamos a la gravilla y comprobamos que el tipo seguía inmerso en su traqueteo. Me acerqué con el plato y Ángel se paró en seco.

Negó con la cabeza y los ojos muy abiertos.
Yo le saqué la lengua y le guiñé un ojo, gesto que adquirí en mi infancia y que sigo haciendo cuando me encuentro rodeado de gente con cara de "¡no lo hagas!".

Me acerqué despacio a aquellos zapatos que se movían y Ángel retrocedió. Eché un vistazo a las piernas, para ver cómo de largas eran. Tenía que colocar el plato de forma que, al salir, el pie cayese justo encima. Era una cuestión de logística. Habíamos invertido tiempo y esfuerzo, sobre todo Ángel, en aquello. No podía fallar.

Dejé el plato en el mejor lugar posible, según mis cálculos más o menos arbitrarios, y me sentí satisfecho. Retrocedí agachado, intentando no hacer ruido, y llegué donde estaba Ángel.

Fuimos hasta la esquina y nos quedamos mirando.
Pasaron un par de minutos y, entonces, sucedió.

Aquellos pies empezaron a moverse más de lo normal, seguidos por unas piernas.
Ángel se tapó la boca con las dos manos.
Yo sonreí de medio lado y noté una cubitera de hielo agitándose en el estómago.

El pie cayó en el centro del plato y lo que en algún momento fue el almuerzo de Ángel trepó por aquellos zapatos en dirección al calcetín. El tipo hizo un movimiento raro y, al levantar el pie, levantó también el plato.

Aquello se ponía interesante.

Con el otro pie en el suelo, se apoyó en el coche y depositó parte del regalito en el interior del vehículo.

Yo me tronchaba y Ángel iba a llorar de un momento a otro, lo cual nos delataría como autores de aquello, así que opté por una retirada discreta, con algún giro ocasional para ver al tipo agitar los brazos y, de pasó, aumentar mi conocimiento sobre palabras malsonantes.

Recuerdo que tenía bigote y cara de muy mala hostia, y sobre todo, recuerdo que, de alguna manera, tenía pinta de merecerse que alguien le pusiera un plato lleno de mierda debajo de un pie. A veces las cosas son así.

De camino al parque, reflexioné.
Repase con detalle todo lo sucedido, punto por punto, y, en mi fuero interno, decidí que aquello no estaba bien. Él tenía que saberlo, o la cosa podría repetirse, así que decidí comunicárselo, con total seriedad.

Ángel, le dije, eso de no limpiarse el culo está muy feo.
No lo hagas nunca más, o dejaré de ser tu amigo.

No lo haré más, dijo, te lo prometo.
Vale.

Y nos marchamos a comer.

Sábado, 16 Agosto de 2008

Ellos no

Mi padre solía llamarme chato, lo cual demuestra que era un mentiroso.

Da un buen sorbo a su copa y enciende un cigarro.

No es que puedas compararme con un loro, dice, ni mucho menos, pero tengo una buena nariz.
Una de las grandes.

Asiento en silencio y sonreímos.

En realidad, dice, me llamaba chato para no equivocarse de nombre.
Con mi madre, y con su mujer, hacía lo mismo.

Se le escapa una risilla irónica y no digo nada mientras da una calada y tira el humo por la nariz.

No es que fuese mal tipo, dice, es que parte de su vida era mentira y eso le obligaba a seguir mintiendo.

Por lo menos nosotros, mi madre y yo, sabíamos la verdad.

Arqueo las cejas y asiento, pensando que, en esa situación, a mí también me gustaría saber la verdad. Entonces él se inclina hacia delante, sonriendo de medio lado antes de seguir hablando.

Imagina ser el secreto de un hombre al que todos respetan, dice.
Imagina no poder llamarle papá en los sitios públicos.
Imagina tenerle a ratos, con la sensación de que, pese a ser tu padre, nunca lo será del todo.

Y la decepción.
La jodida decepción cuando conoces a esos que, según parece, valen más que tú.
Tus hermanos.

La vergüenza silenciosa que sientes cuando la gente bromea sobre el chaval que nació el mismo día que tú, sobre cómo es capaz de esnifarse todo lo que le pongan delante.
La vergüenza que sientes al saber que tu hermano mayor es una sombra que se arrastra por ahí. Que a tu hermana le importas un huevo de pato, o menos.

Toda la vergüenza que te has esforzado en no dar tú, la descubres en ellos y la decepción es inmensa.
Enorme.
Monumental.

Y sigues viendo a tu padre depositar su confianza en ellos y te callas, ni siquiera sientes rabia, ¿sabes?, tan sólo te callas, por respeto, por no derribar el castillo de naipes que le da oxígeno.

Por pena.
Esa es la verdad más triste; que sientes pena por él.

Sobre todo cuando su vida termina y te sientas delante del chico que nació el mismo día que tú. Y le enseñas las fotos, tu padre y tu madre.

Dos hijos del mismo hombre mirándose a los ojos en un banco, a mediodía.

Hablas, y eres todo lo sincero que puedes y él te escucha y, para tu sorpresa, te da la razón.
Te cuenta que se imaginaba algo así, que no se fiaba de su padre en ese aspecto.
De mi padre.

Por un momento, dice, crees que pasará algo, pero pasar, lo que se dice pasar, sólo pasan los días, y se cierran en banda, y te niegan, y, sin darse cuenta, se niegan a ellos mismos.

Hace una pausa y apura su copa de un trago que le obliga a fruncir el ceño.

No saben lo que papá esperaba de ellos, dice, ni yo se lo digo, por lo mismo que me callé la otra vez.
Por pena.
Esa es la verdad más triste; que siento pena por ellos.

Y con eso vivo, dice, con saber que ahí fuera hay gente que hace como que no existo.
Una mujer que siempre supo que yo era hijo de su marido y miró hacia otra parte para no tener que hacer nada al respecto, para no perder su cómoda posición. Un chaval que nació el mismo día que yo, que sabe quién soy, que sabe que digo la verdad y que se ha escondido para no volver a mirarme a los ojos. Una hermana que pensó que por decir “No creo que mi padre fuese el tuyo” iba a cambiar la forma en la que gira el mundo. Un hermano mayor del que siempre escuché hablar y por el que siento una lástima enorme.

Hace una pausa para encender otro cigarrillo mientras yo apunto algunas cosas en mi libreta.

Pensando en todo esto, dice, me doy cuenta de que sé mucho más de ellos que ellos de mí, más que nada porque mi padre sí hablaba de ellos en casa.

Ahí está la diferencia, dice.
A fin de cuentas, mi vida no era mentira; yo sabía lo que había.
Ellos no.

Normal que no se esfuercen demasiado en conocerme, ¿verdad?

Me quedo mirándole sin saber que decir, cierro la libreta, le doy las gracias por contarme su historia y me marcho a casa, pensando en todo lo que me ha dicho.

Si yo fuera ellos, sus hermanos, sí querría conocerle; querría saber quién es y, sobre todo, cómo era mi padre en su casa.

Porque parece que ese era el único lugar donde aquel hombre no mentía.

Sábado, 12 Julio de 2008

En este bar

Llevo mucho tiempo sentándome en ese bar.

El camarero, sobre el que escribí hace años, suele darme la mano al entrar y se empeña, el muy cabrito, en no cobrarme los cafés.

A la próxima, dice.

Aunque ya no vivo en ese barrio me gusta pasarme de vez en cuando, sobre todo si estoy solo y sin ningún plan a la vista. Es el mejor sitio que conozco para tomar un café mientras leo los periódicos del día.

Mi nuevo barrio está lleno de bares y sitios donde tomar algo, sin embargo en ninguno me siento tan cómodo como en este. Será la costumbre, o vete a saber.

Lo de este bar fue, durante cuatro años, casi de ritual; entrar, saludar, pedir café, atrincherarme con un periódico, terminarlo, hacer una rápida incursión para coger otro, volver a la trinchera, leerlo, pagar -si me dejan-, y marcharme a escribir.

Como ya he dicho no he sustituido esa rutina, así que de vez en cuando me gusta revivirla.

Hoy entré, saludé, estreché la mano de mi camarero (porque sí, porque después de tantos años ya es mi camarero y, aunque sirva a otros clientes, le perdono, porque no soy un cabrón celoso, sino un cabrón a secas) y me pedí un cortado.

El periódico libre era de esos que caen para la derecha, así que me lo ventilé esperando que el otro, en manos de un señor mayor, quedase libre.

Tengo una costumbre con los periódicos:
Me leo al menos dos, uno más conservador y otro que crea serlo menos. Después intento imaginar qué es lo que ninguno de los dos me está contando. Es casi un hobbie y tengo libretas llenas de apuntes, titulares comparados, etc. Tampoco profundicéis demasiado, porque no es sano y hay cosas más divertidas como jugar a la Playstation o darle patadas a un balón.

El caso es que el señor mayor terminó su periódico y yo lo cogí y empecé a leer.

Como ya me había terminado el cortado pensé en pedirme un café, pero abandoné la idea porque los sábados, de alguna forma, intento darme tregua.

Con los cafés tengo otra costumbre:
Pido café con leche si estoy en son de paz, cortado si estoy activo y dispuesto a saltar a la yugular de la primera estupidez que se me cruce y café solo si tengo ganas de cargar contra algo, pasándole por encima sin importar a quién me lleve por delante. Llevo casi un año sin pedir café con leche, pero el número de cafés solos también ha descendido, así que lo considero un avance personal hacia la templanza que Democrito y Buda aconsejaban para ser un buen miembro de la comunidad.

Coñas personales mías con la indulgencia hacia el prójimo que está pidiendo a gritos que le den lo suyo.

A mitad periódico, cuando me estaba aburriendo de leer sobre la estúpida fiebre del iphone de los cojones, que me hace desear una cafetera para mí solo y una buena bayoneta, me he dado cuenta de que era el tipo más joven con un periódico en las manos.

No el más joven, ojo, sino el más joven con un intento de información en las manos.

Anda la leche, he pensado, pues va a ser verdad que uno se hace mayor.
Dentro de nada empezará la disfunción erectil, seguro.
Auxilio, socorro y todo eso.

Así que he empezado a leer más despacito, para hacerlo durar más, y a observar quién cogía el periódico. Curioso como soy, lo he terminado y lo he soltado en la otra mesa, por aquello de ampliar el abanico de elección y ver qué pasaba.

Lo ha cogido un señor mayor.
Otro señor mayor.
Otro más.

Bueno, me he dicho, igual es que los chavales van con colegas y no es plan de ponerse a leer el periódico, claro que eso se me ha caído al suelo enseguida, porque algunos grupos leían los de deportes y otros tres chicos estaban ahí solos, tomándose algo, sin cara de estar haciendo nada. Simplemente mirando al vacío, al plato o a la tele, que casi siempre tiene sintonizado un canal de música.

A ver, repaso mental, la tira de tiempo leyendo periódicos y ahora te das cuenta de que todos los que están cogiéndolos te sacan al menos diez años. Joder, igual no eres tan buen observador como crees, ¿y estos chavales no son más mayores de lo que tú eras cuando empezaste?, ¿no les interesará echar un vistazo?

Igual son de los que dicen "yo es que no me creo nada", y eso, lo de no creerse nada, es muy respetable, pero claro, siempre he pensado que para no creerse algo primero te lo tienen que contar, así que algo no me cuadra.

Y entonces he pensado en algunas amigas que estudian periodismo, que están ahí dándole duro para poder informar algún día. Informar sin deformar, que decimos cuando hacemos coñas sobre el tema, y me ha dado un poco de cosa por ellas.

No vais a tener público de vuestra edad, guapas.

Al final, he decidido que habrá sido la puta casualidad, que seguro que a lo largo del día un montón de chavales de veintipocos años se leerá los periódicos y tratará de escudriñar lo que hay detrás de los titulares, que algunos incluso lo harán de manera continuada, como forma de entrenar su sentido crítico, de establecer comparaciones y ver cómo una sola palabra puede cambiar el significado de todo un texto, de observar cómo les intentan vender una determinada versión de los hechos, un mapa muy distinto al terreno que en realidad pisan. Cómo unas montañas pueden parecer más altas que otras, aunque no lo sean, en base a cuánto se hable de ellas.

Seguro que a lo largo del día se informarán tanto como puedan y luego serán unos individuos a los que será jodido tomar el pelo y con los que se podrá hablar de casi todo sin tener que escuchar gilipolleces que inviten a la nausea.

Contento con esta forma de autoengaño, que me ha durado tres minutos, todo un record personal, me he despedido de mi camarero, que me ha invitado, no sólo al cortado sino a pasarme más por allí.

Y sí, creo que voy a recuperar la costumbre.
Porque hoy, por primera vez, he sentido que puede perderse.

Sábado, 28 Junio de 2008

Cerveza Negra

Esos dos gilipollas siguen discutiendo mientras intento concentrarme en el libro.

Vale, acepto que la barra de un pub no es el mejor sitio para leer, pero oye; tener cosas que ignorar ayuda a concentrarse.

Y si algo tienes en un pub son cosas que ignorar.
Cosas que ignorar e ignorantes como los dos mamones que llevan un rato discutiendo con el camarero sobre la forma correcta de servir cerveza negra.

El que está en minoría, además de ser el camarero, tiene razón. Los otros dos no reconocerían una cerveza negra bien tirada ni ahogándose en ella, pero yo estoy demasiado concentrado en el discurso megalomaníaco que se está marcando el doctor Benway en el libro como para decirlo en voz alta.

Mi colega, sin embargo, ha dejado su libro y está pendiente de la disputa. Le gusta la cerveza más que a mí así que supongo que será algo personal.

Al final deciden tirar dos pintas. Una usando el método que defiende el camarero y otra usando el método que defienden los dos mongos que me están dando la tarde. A ver cuál les queda mejor, a las criaturitas.

Menuda mierda, pienso, Salomón se avergonzaría de lo poco espectacular que se ha vuelto nuestra forma de resolver disputas. Estas cosas sin bebés por medio no son lo mismo.

Avanzo unas cuantas páginas y descubro que una de las cervezas ya está servida sobre el mostrador. Demasiado rápido, pienso. El camarero, sin embargo, se toma su tiempo. Al final pone su pinta al lado de la otra.

Los dos tipos las miran.
El camarero las mira.
Mi colega las mira.
Hasta yo las miro, joder.

-¿Veis?-, dice el camarero.
-¿Ver el qué?
-¿Cómo que el qué?, ¿no veis que está mejor tirada? Fijaos en el corte del blanco y el negro, en la espuma, en que no se ve turbio.

El más necio del dúo dinámico acerca la cara, arquea las cejas y dice que él las ve igual.

Hasta aquí hemos llegado, colega.

-¿Cómo cojones vas a verlas igual?-, digo subiéndome a la silla para coger perspectiva-, ¿No ves que la del camarero parece el culo de un bebe y la tuya tiene más cráteres que la puta luna?

Están desconcertados.
Suele pasar cuando un tipo silencioso se sube a una silla y empieza a gritarte.

-Hombre-, dice-, no sé… seguro que las dos están igual de buenas.

-Claro, y si te metemos en un cuarto oscuro y te la chupan, sea una chica, un perro, un vendedor de cupones o un puto celador de hospital, te dará gustito, por mucho que me jures que no eres gay o que no te van los perros. Porque claro, siguiendo tu lógica una lengua es una lengua, igual que una cerveza es una cerveza, así que, ¿Qué más da?

Los dos tipos me miran, se miran entre ellos y me vuelven a mirar.

-La movida-, sigo-, va de cual está mejor tirada, no de cual sabe mejor, entre otras cosas porque son del mismo jodido barril, ¿a qué coño viene eso de que seguro que están igual de buenas? Admite que no tienes razón, que la suya está mejor tirada y déjame terminar el puto libro, hostia ya, qué gente hay en el mundo.

Se miran entre ellos y miran al camarero que mira a mi colega que me está mirando a mí.

Y yo allí arriba, con el libro en una mano y señalando las dos pintas con la otra. Una especie de estatua de la libertad cansada de tener el brazo en alto.

-Bueno, vale-, dice el tipo-, la suya tiene mejor aspecto. Pero en el fondo da lo mismo; están igual de buenas.

Me quedo mirándolo desde ahí arriba, pensando en patadas voladoras, lluvias de fuego y cosas por el estilo.

-Claro que da igual, pero sois vosotros los que habéis empezado una discusión pensando que la ibais a ganar, y ahora que perdéis ¿ya no tiene importancia? Venga ya, hombre, si vais a ir de ese palo haceos políticos o curas o algo.

Después me bajo y sigo con mi libro.
Mi colega sigue con el suyo.
El camarero sigue con sus cosas.
Los dos tipos se van.

Pasan unos minutos.

-Oye-, dice mi colega-, ya que están ahí… ¿nos bebemos las cervezas?

Levanto la vista del libro y miro las dos pintas.

-Ni de coña, tío, ya sabes que yo paso de la cerveza.
-Es verdad.

Viernes, 29 Febrero de 2008

Animaladas

No tengo nada en contra de los amantes de los animales, aunque tampoco tengo nada a favor.

A título personal diré que he visto a personas que se declaran animalistas tratar a otras personas a patadas, pero sé que es una casualidad y que no son un ejemplo ilustrativo. Coincidencias, mala suerte y cosas de esas. Quizá el amor por los animales de estas personas que yo conocí sea un intento de compensar su falta de tacto y empatía con sus congéneres humanos, o vete tú a saber. A fin de cuentas no es importante, y menos a estas alturas.

No obstante, me gusta la gente que hace cosas buenas por los animales igual que me gusta la gente que hace cosas buenas, así, en general. Ambas me parecen dignas de respeto pero no de elogio, ya que hacen lo que deben y cumplir con obligaciones éticas no es motivo de premio, al menos para mí.

Hoy comentaba con una amiga un correo que hemos recibido, en el que se acusaba a un artista de asesino de animales. Ha sido difícil discernir los hechos entre todo el odio que destilaba el mail de marras, así que me he puesto a buscar.

Eso, en lugar de aclararlo, lo ha complicado.

Para encontrar información más o menos objetiva que se ciñese a los hechos, en lugar de comentarios sobre lo hijo de la grandísima puta que es el artista y sobre todas las torturas a las que habría que someterle, he tenido que usar mucha, mucha paciencia.

Al final he llegado a una conclusión que quisiera compartir con vosotros.

La cosa pinta así:

El tipo colocó en una pared, escrito con trozos de pienso, “Eres lo que lees”. En la pared de enfrente colocó a un perro atado con una correa corta. Anunció que lo iba a dejar morir de hambre, entre otras cosas para denunciar los miles de perros famélicos que hay en su país, donde las calles están llenas de ellos. Mueren centenares todos los días y nadie lo ve, y a nadie le importa. La muerte de este, al menos, servirá de algo.

Eso es lo que dijo.

Según los airados internautas que le han mentado a todos los muertos, el perro murió, o, mejor dicho, fue asesinado por este pintamonas inmoral.

Según las únicas fuentes oficiales que he podido encontrar, la Directiva del museo, varios trabajadores de éste, el propio artista, y algún periódico que había hecho los deberes, el perro no murió.

No sólo no murió, sino que era alimentado de noche por uno de los guardias. Aunque eso no es interesante para mis colegas los de Liberad a Willy, porque no resulta polémico.

Todo esto no me ha gustado un pelo y lo que empezó como curiosidad ha terminado como mosqueo profundo.

Lo que me toca los cojones es que, entre los cientos de personas que vieron la exposición, nadie tuvo la idea de:

A) Soltar al perro.
B) Coger pienso de la pared y dárselo.
C) Llevarle comida de casa.
D) Dejarle caer cerca cosas que pueda comer.
E) Derramar líquido cerca que pueda beber.
F) Presentarse con el jodido ejército, las autoridades o lo que hiciese falta.
G) Atarse una bomba al pecho y exigir la inmediata liberación del famélico can.
F) Reunir firmas y adoptar al perro como mascota de honor del Museo
H) Hacer algo, cualquier cosa, que no fuese quedarse mirando.

Y me jode la historia, ya veis.

Me jode ver a la gente llenarse la boca con crueldad animal y callarse como putas con otras cosas que, lo siento, son más importantes.

¿Crees que a los niños de países pobres les salvan la vida después de rodar el anuncio?

Despierta, gilipollas.

Así que he de decir que el tipo tiene razón, somos lo que leemos; y lo que leemos son un montón de gilipolleces que caen por su propio peso cuando tenemos a un perro atado a una pared, al alcance de la mano, y no hacemos nada por él.

Nada.

Es más fácil poner el grito en el cielo y pedir sangre que informarse o, al menos, preguntarse, qué cojones estará intentando decir el tipejo que ha organizado ese tinglado.

A lo mejor es que, cegados por su imperturbable amor a los animales, pensaron que la cosa iba con el perro, cuando, en realidad, los auténticos protagonistas eran la panda de imbéciles que desfiló por delante suyo sin mover ni un dedo.

Todo esto me parece muy edificante. Los mails pidiendo boicot al señor que tuvo la idea, los golpes en el pecho, las amenazas de muerte y todo el follón, que persiste incluso después de que las autoridades del museo, y el propio artista, hayan explicado la historia.

Ya que nos ponemos, nos ponemos, ¿Qué importa la verdad si esto es más jugoso?

Así que, a mi amiga y a mí, nos parece que todo este barullo forma parte de la idea original, de la denuncia que el artista pretendía conseguir y, sinceramente, le ha salido redondo.

Plas, plas, colega, muy bueno lo tuyo.

Y si pienso así es porque yo, en su lugar, habría hecho exactamente eso:
Decirle a una panda de meapilas que me voy a cargar a un inocente, ponerlo a la vista para que lo pudiesen salvar, ver cómo no hacen nada por él y partirme la caja después con sus airados insultos, sus amenazas de muerte, sus peticiones de veto y toda la demás parafernalia infame con la que me he desayunado mientras buscaba información sobre el asunto.

Entiendo que les venga a huevo seguir en sus trece pidiendo la cabeza del autor, pero existen una serie de indicios que señalan que, simplemente, esa obra buscaba hacer visible cierta hipocresía e incoherencia en el individuo. No en el que la realizó, no, sino en todos los que fueron a verla.

Todos y cada uno de ellos.

Si las cosas fuesen como tienen que ser, en esa pared no habría quedado ni un sólo trozo de pienso, al menos es lo que yo habría esperado. Pero claro; es más fácil escribir amenazas de muerte, convocar boicots y sacar pecho a favor de los animales que hacer algo por ellos.

Incluso si el perro hubiese muerto realmente me seguirían pareciendo más culpables los que no hicieron nada por él que el tipo que lo puso allí, pero no parece ser el caso, por mucho que se empeñen.

Así que, una vez meditado el asunto puedo decir dos cosas:

1) Que la gente que de verdad hace algo por otro ser vivo seguirá teniendo mi simpatía.
2) Que la gente que de verdad hace algo contra otro ser vivo seguirá teniendo mi desprecio

En cuanto a los del airado mail pidiendo la cabeza del artista en bandeja de plata, y blablabla, sólo diré seis palabritas:

No contéis con mi firma.
Capullos.

Domingo, 10 Febrero de 2008

Esperando

Ella está en el supermercado, así que yo paseo a la perra.

Los niños se paran y le acarician la cabeza.
Sonrío y no digo nada, salvo algún sí ocasional cuando me dicen que es como el perro de Scottex. Estoy seguro de que corriendo por su pasillo con un rollo de papel higiénico entre los dientes no les parecería tan adorable, pero eso no se lo cuento.

Ahora soy un tío majo.

Por la noche me quedo mirándola hasta que se duerme. Si apago la luz antes, empieza a corretear y a golpearlo todo a oscuras, así que me quedo sentado en la cama y espero.

Mi novia se queda dormida, pero la perra continúa mirándome, así que sigo allí, sentado, esperando. De vez en cuando le acaricio el lomo y le rasco detrás de las orejas.

Buena chica.

Pienso en todas las cosas que he pasado para llegar a este momento. En lo que significa estar aquí, con una mujer que vale la pena durmiendo a mi espalda, con una perra a mis pies y con mil cosas que me motivan entre las manos. También pienso un poco en qué viene después y sonrío, porque al fin se ha quedado dormida, y porque nadie, salvo yo, sabe en qué estoy pensando.

Me meto en la cama y, al hacerlo, despierto a mi novia.
Me pregunta si ha funcionado y le digo que sí.

La perra está dormida.

Me dice que tengo una manera rara de hacer las cosas y me besa.
Después, haciendo el amor, despertamos a la perra.

Es divertido volver a empezar.

Jueves, 22 Noviembre de 2007

Como cada noche

Esta botella bebe de la gente hasta dejarla seca.

La única manera de salir vivo, de lograrlo, es beber más rápido que ella.
Si ganas, todas las vidas, todos los sueños de los que lo intentaron antes que tú, te pertenecerán.
Si fallas, todo lo tuyo terminará en su interior, como pasó con los demás. No se sabe cuántos lo han intentado, pero está tan llena que nadie puede bebérsela sin que ella se lo beba antes. Te lo aseguro.

Eso le digo.

Él la mira y la agita, tratando de imaginar qué cosas hay dentro.
Sin acercársela nunca los labios.

Cuanto más lleno esté, me dice, más difícil será que ella me vacíe, ¿verdad?

La mira un momento y vuelve a dejarla en mi regazo.

Justo en la puerta de mi tienda de campaña, a punto de volver al frío de la noche, en este desierto, se gira y, echándole un último vistazo, me habla.

Quizá, al final, beberme mi vida y mis sueños sea mejor que cualquier cosa que eso de ahí pueda darme.
No la necesito para llenarme de historias, dice.
Y después se va.

Me quedo sentado, en mitad de la tienda, con la botella entre mis manos. La abro y, como cada noche desde hace cientos de años, bebo de su interior. Como cada noche, rezo para quedarme vacío y poder descansar. Como cada noche, fracaso. Porque todas las historias que bebo ya las conozco, porque ninguna fue mía hasta el primer trago, porque la botella y yo estamos unidos y nadie, ningún viajero, en ninguna noche estrellada, ha roto esta maldición ni podrá romperla.

Porque todos los que vienen, se equivocan.

El secreto no es estar más lleno que ella.
El secreto es haberse vaciado antes de beber.

Jueves, 15 Noviembre de 2007

Rezando

Una oración sincera susurrada con palabras aprendidas.
Sentada al sol, con los ojos cerrados, la anciana rezó.

Su ceño estaba fruncido, sus labios murmuraban rápido, tragándose las palabras apenas salían de su boca, de vez en cuando un gesto parecido al llanto asomaba durante un segundo para desaparecer después. Y el balanceo, delante, detrás, en aquel banco, apretando el rosario con más y más fuerza. Esperando algo. Las arrugas en sus manos, en la comisura de sus labios, el pelo blanco intentado escapar del pañuelo mal atado. Todo iluminado por ese tipo de luz que no se decide a ser naranja, aunque lo insinúe con timidez.

Abrió los ojos y su balanceo se detuvo al verme, de pie, frente a ella.
Mirándole.
Por un momento no respiró y se sobresaltó sin perder la compostura.
Quizá fue la ropa blanca, los ojos azules, el pelo largo, el sol empezando a brillar detrás de mí.

La imagen a contraluz.

Podría haberle dicho que su salvador se parecía más a cualquiera que le haya despachado fruta en los últimos cinco años que a mí, que sus ojos no eran azules sino marrones y que su piel era bastante más oscura que la mía, pero ya no suelo hablar de esas cosas.

Al final se dio cuenta de que sólo era alguien que pasaba por ahí y volvió a cerrar los ojos. Seguí caminando y ella se quedó allí, con su rosario y su balanceo.

Aquella mañana, en ese banco, lo vi; lo que pasa cuando estamos rendidos y asustados, cuando estamos vencidos. Cuando estamos rezando.

Lo vi y pensé que hay formas más dignas de esperar la muerte.

Sábado, 13 Octubre de 2007

Hielo

Él estaba en la barra.
No hablaba con nadie, así que ella decidió acercarse.
Hacía mucho que no se veían.

Viéndolo ahí, después de observarle un rato, se dio cuenta de que, en realidad, nunca supo muy bien cómo era. Aunque era consciente de que él sí sabía cómo era ella. No del todo, claro, eso nadie podía saberlo, pero sí de un modo mucho más exacto que otra gente, un modo menos influido por todo lo que ella intentaba proyectar. Eso es lo que más le molestaba de él y, al mismo tiempo, lo que más le gustaba. Porque a veces se perdía en sus propias máscaras, y se asfixiaba, y no sabía salir del juego que ella misma había construido.

Entonces recurría a él.
Porque siempre sabía devolverla a la realidad.

Una vez se lo dijo.
Estaban en su casa, ella andaba metida en un lío y se lo estaba contando. Él la escuchaba como si fuese la única cosa en el mundo.

Recuerda que pensó que jamás había tonteado con ella. Recuerda que se sintió bien por eso y que luego sintió un poco de rabia, aunque no le dio importancia, porque sabía que gastaba la mitad de su energía en gustar a los chicos y la otra mitad en negarlo, así que era normal sentir esas cosas con alguien que siempre estaba ahí.

A veces siento que soy de mentira, dijo, que necesito que tú me lo digas para dejar de serlo. Y se quedó mirándole, esperando que él dijese algo sobre aquello.

Él sólo sonrió y le dijo que se terminase el café.
Nunca más hablaron de eso.

Y sin embargo, sentado en esa barra, parecía distante; sabía que ella estaba allí pero no le daba importancia.

Ni siquiera la había saludado.

Es posible que, en el pasado, ella hubiese dicho algo inconveniente; siempre solía hacerlo, sobre todo con la gente que le importaba. Era su manera de perderlos y torturarse por ello. Aunque eso nadie lo sabía, claro.
Sólo ella.

O eso le gustaba pensar.

De todos modos él la conocía; sabía de sus tragedias, sabía que odiaba a las divas y que, sin embargo, quería ser una, sabía que unas veces era profunda y otras superficial, que a veces era intensa y a veces insulsa, que pasaba por fases que ella misma construía, que la mayoría de veces todo esto resultaba demasiado forzado, como su manera de sujetar los cigarrillos al fumar.

Nunca terminaba de creerse a sí misma y por eso siempre probaba otra cosa.

Él debía saber todo eso, porque la conocía; todo dependía de cómo soplase el viento, de cómo quisiera soplar ella, y, normalmente, soplaba del modo que más le asustase.

Así que sí, es posible que hubiese dicho cosas inconvenientes, que lo hubiese insultado, que la pillase puesta de cristal o borracha y dijese alguna tontería, o quizá lo trató como si fuese uno de esos perritos falderos que él vio pasar sin hacer ningún comentario.

El caso es que la escucharía, seguro.
Porque, que ella recordase, siempre la había escuchado y ahora, más que nunca, necesitaba hablar con alguien.
Hablar de verdad.

Se sentó a su lado.
Él miraba como el camarero conversaba con unas chicas francesas que se reían mientras practicaban su español.
Se giró en el taburete, incorporándose hacia él y le habló. Te invito a una copa para romper el hielo, le dijo. Entonces él sonrió, igual que aquella vez que estaban solos.

Igual que todas las veces que ella fue ella frente a él porque estaba cansada de ser otra cosa.

El hielo, dijo él, está donde tiene que estar.
Y se marchó, sin girarse a mirarla, y ella sintió que algo no había funcionado.

Que algo había salido mal.
Muy mal.

Viernes, 12 Octubre de 2007

Croac, Croac

Esos bichos son interesantes.
Las ranas, digo.

Aunque no me refiero a ranas de verdad, sino a las que salen en los cuentos, en las fábulas y todo eso, ya me entendéis; ranas metafóricas.

No es que las reales me caigan mal, me resultan unos bichetes de lo más peculiar, todo el día saltando por ahí, con esos ojazos y esa cara de ir a explotar de un momento a otro. Es sólo que, puestos a elegir, me quedo con las otras.

Sobre todo con las que salen en la metáfora del caldero.
Más que nada porque no se convierten en príncipe, ni hablan, ni tiene poderes mágicos; son sólo ranas, pero ilustran a la perfección ciertas cosas que suelen preocuparme.

Os pondré en situación:

Tenemos un caldero, ¿vale?, y tenemos un montón de ranas, croac, croac.
Si las echamos todas de golpe obtenemos un estallido imparable de ranas saltando a toda leche para no morir achicharradas.

De cajón, vamos.

Así que, en vez de poner el caldero a hervir y echarlas de golpe, las metemos con el agua a temperatura ambiente y, una vez acomodadas, las ponemos a fuego lento.

Eso es lo más importante; que el agua se caliente muy poco a poco.

Las ranas, dice la metáfora, se van quedando atontadas con el calor y, al final, mueren. Sin advertir en ningún momento el peligro ya que, cuando la temperatura empieza a ser demasiado alta, ellas están aletargadas y no pueden defenderse.

En su contexto, la metáfora hace referencia a cómo vamos consintiendo cada vez más atrocidades sin movernos para hacer nada al respecto y, echando un vistazo alrededor, he de reconocer que como ejemplo resulta brillante.

Sin embargo no puedo evitar hacerme algunas preguntas al respecto.

Por ejemplo, si una de las ranas estuviese fuera del caldero, digamos media hora, y la volviesen a introducir, ¿qué pasaría?
¿Se quedaría con las demás o se pondría a dar saltos como una loca, tratando de huir? Aunque lo que en realidad me interesa es saber qué harían las otra ranas.
¿Se darían cuenta del peligro o pensarían que a su compañera se le ha cruzado un anca?

Ya os lo dije al principio; las ranas me llaman la atención.
Mi interés por ellas me ha llevado, incluso, a plantearme dos cosas:

1) Que quizá Darwin se equivocó de animal.
2) Que algunos calderos son invisibles hasta que alguien se pone a croar sobre ellos.

Croac, croac

Jueves, 23 Agosto de 2007

Hago esto

Te envío un cascarón frío y muerto, una película sin banda sonora, y aun así, mirando imágenes, leyendo labios, a veces adivinas lo que intentaba decir.

Y me llamas artista.

Quizá algún día haga otra cosa, algo más inmediato, algo que pueda darte en el acto, cualquier cosa por la que no me llames cosas que no soy.

Como un beso.
O un abrazo.

Hago esto, ahora, y significa algo.
Luego sólo son letras muertas.

No puedo darte la cosa real porque es sólo este momento, ¿Entiendes?
Tú ves un cadáver, negro sobre blanco, al que nunca sé dónde enterrar.

Eso es lo único que te doy.

Restos.
Despojos.

Algo que sólo está vivo mientras le doy vida. Sólo entonces. Ni un segundo más.

Y me llamas artista.

¿Qué tiene de especial enseñarte las cosas que mato para seguir viviendo?

Sábado, 07 Julio de 2007

Máquinas de Escribir

Le encantan las máquinas de escribir.

Las antiguas, ya sabéis; con su rollo de tinta y su tac, tac, tac.
Clink.

Me cuenta que casi nunca ve a nadie tecleando en una de esas, pero cuando lo ve, joder, dice, es genial.
En realidad la gente que ve usándola suele estar haciendo algo estúpido, tecleando un informe, una denuncia, cosas así, tramites, ya me entendéis.

Sin embargo hay otras cosas que, sin dejar de ser estúpidas, tienen algo más de magia.

Crear con ellas es genial. Me lo dice en serio. Sabe que la tecnología nos lo pone fácil, que podemos escribir, corregir y editar de modo muy simple pero, para él, esas máquinas tienen un no sé qué del que los procesadores de texto carecen.

Durante un tiempo pensó que era por el sonido. Ese tac, tac, tac, te llena el cerebro, consiguiendo que dejes de pensar sobre lo que estás haciendo. Cuando dejas de pensar dejas de juzgar y cuando dejas de juzgar las palabras salen a borbotones, listas para inundar todas las hojas que les pongas por delante.

No es el sonido.

También pensó en el tacto. Tener que pulsar la tecla con fuerza, marcando la hoja. Marcándola. Es como dibujar con tinta; es posible que cagues muchos dibujos, dice, pero dibujar de ese modo da mucha seguridad. O eso dicen los que entienden del tema.
Con una de esas máquinas, dice, la escritura se convierte en algo más físico; estás ahí clavando todo lo que piensas sobre el papel, lo ves aparecer, como una marca, una herida en el blanco que ya no se puede borrar.
Tac, tac, TAC.

Tampoco es el tacto.

Se planteó que quizá fuese la resonancia. Toda esa gente muerta a la que leemos, sentados frente a su máquina de escribir, en algún momento del tiempo, dándole a la tecla; creando lo que más adelante será nuestra biblioteca. Tac, tac, tac. Algunos, como Hemingway, incluso tecleando de pie. Todo ese montón de gente, escuchando lo mismo, sintiendo lo mismo, viendo las letras marcarse en el papel, diseminados a lo largo del tiempo. Y tú ahí, tac, tac, tac, repitiendo el ritual.

La culpa la tiene el piano, me dice. También le encanta, y pasa mucho tiempo tocándolo.

Cuando pulsas el pedal los frenos de las cuerdas se levantan, ¿ves?, puedes tocar una tecla, una sola, y todas las notas como esa, en distintas octavas, vibrarán. Y sus correspondientes notas afines, terceras, quintas, etc, vibrarán también. Eso le da al sonido un algo especial.

Toca un par de notas sin pisar el pedal y luego pisándolo, para enseñarme la diferencia.
Sí que la hay.

Así que quizá sea una mezcla de todo; del sonido, del tacto y de toda esa gente que hizo lo mismo que tú antes, en una máquina parecida a esa en la que tecleas, resonando en un tiempo dividido en octavas. Quizá sea que, usando una de esas, te sumas a una sinfonía que no se puede percibir, porque resuena a lo largo de la historia. Las nuevas máquinas no han tenido tiempo de crear la suya, y aunque no haya nada malo en participar de ella, en contribuir con nuestras notas, con nuestro tecleo, tampoco está de más jugar con la música anterior, antes de sumergirse en la nueva.

Nos despedimos y me quedo pensando en todo ello.

Al final decido que es improbable que tenga razón, aunque no me parece mal verlo de ese modo, al menos durante un rato.

Justo hasta aquí.

Miércoles, 20 Junio de 2007

El motivo de nuestra llamada

Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:

-Buenas tardes, ¿el señor Sanchez?
-Sí, soy yo
-Mi nombre es Susana Pérez, le llamo desde el departamento de promociones de Cablemola, tiene usted contratado con nosotros el servicio de Internet desde hace bastante tiempo.
-Sí, sí.
-Verá, señor Sanchez, el motivo de nuestra llamada es ofrecerle nuestro nuevo pack de televisión digital de forma totalmente gratuita. Tan sólo tendrá que pagar usted el receptor que, al ser ya cliente, tendría un coste de seis euros; muy económico.
-Ah, verá señorita, es que yo no tengo tele, sólo utilizo Internet, paso muchas horas trabajando con la red y por eso no contraté ninguno de los packs de televisión, teléfono e Internet que me ofrecieron ustedes en un principio.
-Ya, bueno, si no tiene televisión, señor Sanchez, esta oferta es una buena oportunidad para usted, son sólo seis euros y la instalación incluye más de cuarenta canales, además de…
-No, no. Verá, señorita, cuando digo que no tengo televisión me refiero al aparato en sí. Llevo cuatro años sin ver la televisión, la evito en la medida de lo posible, no me interesa, de verdad; veo películas, series, leo libros, utilizo la red a diario pero no me interesa la tele, tengo periódicos, gente con la que hablar y otras formas de informarme que me resultan más agradables que la televisión. Entre usted y yo, señorita Pérez; no creo en la tele, ¿sabe? La gente se muere por dentro viendo esa cosa y terminan siendo iguales entre sí; diciendo las mismas cosas, gastando las mismas bromas, riéndose de lo mismo, abusando de las mismas palabras, viéndolo todo igual. Quizá en algún momento la televisión reflejó a las personas pero ahora son ellas las que reflejan la televisión y, la verdad, no es una imagen agradable. ¿Qué quiere que le diga? Es un cacharro agresivo del que prefiero mantenerme alejado, ¿comprende?
- …
-De todas formas, muchas gracias por su oferta, son ustedes muy amables.
-…
-Hasta luego, Señorita Pérez.
-Uh, sí, Hasta luego, señor Sanchez.

Colgó, y volvió a mirar la página en blanco.

Tecleó:

“Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:”

Miércoles, 13 Junio de 2007

Cuartos de Baño

-Está todo lleno de magia, tronco, lo que yo te diga.
-No sé qué decirte, tío, yo no la veo por ninguna parte.
-¿Por ninguna parte?-levanta su cerveza, mira dentro y la vuelve a dejar sobre la mesa-, ¿y qué me dices de los cuartos de baño, joder? Son mágicos de la hostia.
-¿Los cuartos de baño? Ahora sí que me he perdido.
-La madre que te parió, piénsalo un poco. ¿Dónde te libras de todo lo que te sobra?, ¿Dónde te purificas?, ¿Dónde te miras realmente a los ojos de una forma en la que no te sueles mirar?, ¿Dónde te dices las cosas que no te dirías en ninguna otra parte?
-¿Purificar?
-Ducharte, tronco, quitarte la mierda que llevas encima y dejarte bien limpito esperando que alguien vuelva a ensuciarte. La mayoría de veces tú mismo. ¿O piensas que duchándote sólo te lavas el cuerpo? Joder ya con la estrechez mental.
-Hombre, es una forma de verlo, pero no creo yo que…
-Creer, creer. Creer es para besacruces, tío, esto es real. Te comes un trozo de carne, te alimentas de él y luego sueltas un cagarro enorme. Donde había un jugoso filete ahora hay una mierda humeante. Lo llaman digestión, explican el proceso físico y por eso deja de ser un jodido milagro. Y una mierda. Es magia, tronco, de la buena. Te lo digo yo. ¿Recuerdas cuando te dejo la tipa aquella?
-Uh, ¿Cuál?
-La zumbada aquella.
-Estaban todas bastante zumbadas, si no me das más detalles…
-Bueno, elige una al azar, total, cambian los detalles pero la esencia siempre es la misma. Cuando vienen esos marrones, ¿qué pasa?, ¿eh?, ¿recuerdas?
-Pues que te sientes mal y eso, son cosas jodidas. No te lo esperas y además no entiendes nada. Es una putada, no duermes bien y…
-Te cagas
-¿Qué?
-Te vas la pata abajo, colega, me lo dijiste, se te descompone el cuerpo. Una vez tuve que ayudarte a levantar la persiana del bar porque tenías miedo de cagarte encima.
-Joder, pero eso es normal, tío, los nervios y todo el follón, ya sabes, se me descompuso el cuerpo.
-Nah, tenías mierda extra y tu cuerpo intentaba librarse de ella. Por eso te pasaste medio fin de semana pegado a la taza del water. Es magia tío. Convertir una cosa en otra. La mierda que te pasa por la cabeza en mierda que te sale del culo. Alquimia, una cosa por otra, plomo en oro, emociones negativas, deshechos emocionales y físicos transformados en pastosa mierda marrón clarito. Con su propia banda sonora y todo.
-Joder, eres un guarro.
Los dos se ríen.
-Oye, ¿y lo del espejo?
-Eso está clarísimo, tío, ¿Cuántos espejos hay en tu casa?
-Pues uno en el dormitorio, uno en el recibidor y otro en el baño.
-Ahá, y cuando estás jodido de verás, ¿en cual te hablas a ti mismo?
-Hum. En el del baño –Hace una pausa-. Pero es normal, hay más intimidad y eso.
-¿Intimidad? Pero si tú vives sólo, capullo.
-Joder, es verdad.
-Claro, hombre, es el jodido lugar sagrado, el lugar donde te purificas, donde te libras del lastre, ya te lo he dicho. Los cuartos de baño tienen poder, en serio tronco, te lo digo yo.
-No sé, lo del espejo sí que es verdad, quiero decir que recuerdo varios momentos chungos en los que me miré allí y me dije un par de cosas importantes. Es como si hicieras una pausa y te contases a ti mismo lo que pasa y lo que tienes que hacer. Bueno, eso hago yo.
-Tú y todos, tío, tú y todos. El problema es aprender a reconocerlo, ¿sabes?, le damos poca importancia a estas cosas.
-Quizá
-En fin, ve poniéndome otra cerveza, voy a transmutar el almuerzo en algo que pueda flotar libremente por las cloacas y cuando vuelva hablaremos de los dormitorios y del sacrosanto recibidor, ese gran olvidado.
-Estás como un cencerro, mamón.
-Claro, alguien tiene que estarlo.
-Venga, ve al baño y no me asustes a la clientela.
-Se hará lo que se pueda, señor, se hará lo que se pueda.

Lunes, 11 Junio de 2007

Oxi

Llego tarde y, como es pronto, espero sentado de pie.

Limpio la humedad seca de mis labios, ensuciándolos. Me río, muy serio, mientras amanece la noche. Toda la luz oscurece el pequeño paisaje sin límites de este interior tan externo. Algunas gotas se secan, mojándolo todo. El frío cálido me recuerda qué voy olvidando. Decido empezar a quedarme quieto y llego al otro lado, justo en el mismo sitio. Demasiado para algunas cabezas siempre es poco.

Así que digo la palabra, en silencio:

Hola.

Todos oyen.
Nadie escucha.

Me parece bien verlo mal.