Viernes, 29 Febrero de 2008

Animaladas

No tengo nada en contra de los amantes de los animales, aunque tampoco tengo nada a favor.

A título personal diré que he visto a personas que se declaran animalistas tratar a otras personas a patadas, pero sé que es una casualidad y que no son un ejemplo ilustrativo. Coincidencias, mala suerte y cosas de esas. Quizá el amor por los animales de estas personas que yo conocí sea un intento de compensar su falta de tacto y empatía con sus congéneres humanos, o vete tú a saber. A fin de cuentas no es importante, y menos a estas alturas.

No obstante, me gusta la gente que hace cosas buenas por los animales igual que me gusta la gente que hace cosas buenas, así, en general. Ambas me parecen dignas de respeto pero no de elogio, ya que hacen lo que deben y cumplir con obligaciones éticas no es motivo de premio, al menos para mí.

Hoy comentaba con una amiga un correo que hemos recibido, en el que se acusaba a un artista de asesino de animales. Ha sido difícil discernir los hechos entre todo el odio que destilaba el mail de marras, así que me he puesto a buscar.

Eso, en lugar de aclararlo, lo ha complicado.

Para encontrar información más o menos objetiva que se ciñese a los hechos, en lugar de comentarios sobre lo hijo de la grandísima puta que es el artista y sobre todas las torturas a las que habría que someterle, he tenido que usar mucha, mucha paciencia.

Al final he llegado a una conclusión que quisiera compartir con vosotros.

La cosa pinta así:

El tipo colocó en una pared, escrito con trozos de pienso, “Eres lo que lees”. En la pared de enfrente colocó a un perro atado con una correa corta. Anunció que lo iba a dejar morir de hambre, entre otras cosas para denunciar los miles de perros famélicos que hay en su país, donde las calles están llenas de ellos. Mueren centenares todos los días y nadie lo ve, y a nadie le importa. La muerte de este, al menos, servirá de algo.

Eso es lo que dijo.

Según los airados internautas que le han mentado a todos los muertos, el perro murió, o, mejor dicho, fue asesinado por este pintamonas inmoral.

Según las únicas fuentes oficiales que he podido encontrar, la Directiva del museo, varios trabajadores de éste, el propio artista, y algún periódico que había hecho los deberes, el perro no murió.

No sólo no murió, sino que era alimentado de noche por uno de los guardias. Aunque eso no es interesante para mis colegas los de Liberad a Willy, porque no resulta polémico.

Todo esto no me ha gustado un pelo y lo que empezó como curiosidad ha terminado como mosqueo profundo.

Lo que me toca los cojones es que, entre los cientos de personas que vieron la exposición, nadie tuvo la idea de:

A) Soltar al perro.
B) Coger pienso de la pared y dárselo.
C) Llevarle comida de casa.
D) Dejarle caer cerca cosas que pueda comer.
E) Derramar líquido cerca que pueda beber.
F) Presentarse con el jodido ejército, las autoridades o lo que hiciese falta.
G) Atarse una bomba al pecho y exigir la inmediata liberación del famélico can.
F) Reunir firmas y adoptar al perro como mascota de honor del Museo
H) Hacer algo, cualquier cosa, que no fuese quedarse mirando.

Y me jode la historia, ya veis.

Me jode ver a la gente llenarse la boca con crueldad animal y callarse como putas con otras cosas que, lo siento, son más importantes.

¿Crees que a los niños de países pobres les salvan la vida después de rodar el anuncio?

Despierta, gilipollas.

Así que he de decir que el tipo tiene razón, somos lo que leemos; y lo que leemos son un montón de gilipolleces que caen por su propio peso cuando tenemos a un perro atado a una pared, al alcance de la mano, y no hacemos nada por él.

Nada.

Es más fácil poner el grito en el cielo y pedir sangre que informarse o, al menos, preguntarse, qué cojones estará intentando decir el tipejo que ha organizado ese tinglado.

A lo mejor es que, cegados por su imperturbable amor a los animales, pensaron que la cosa iba con el perro, cuando, en realidad, los auténticos protagonistas eran la panda de imbéciles que desfiló por delante suyo sin mover ni un dedo.

Todo esto me parece muy edificante. Los mails pidiendo boicot al señor que tuvo la idea, los golpes en el pecho, las amenazas de muerte y todo el follón, que persiste incluso después de que las autoridades del museo, y el propio artista, hayan explicado la historia.

Ya que nos ponemos, nos ponemos, ¿Qué importa la verdad si esto es más jugoso?

Así que, a mi amiga y a mí, nos parece que todo este barullo forma parte de la idea original, de la denuncia que el artista pretendía conseguir y, sinceramente, le ha salido redondo.

Plas, plas, colega, muy bueno lo tuyo.

Y si pienso así es porque yo, en su lugar, habría hecho exactamente eso:
Decirle a una panda de meapilas que me voy a cargar a un inocente, ponerlo a la vista para que lo pudiesen salvar, ver cómo no hacen nada por él y partirme la caja después con sus airados insultos, sus amenazas de muerte, sus peticiones de veto y toda la demás parafernalia infame con la que me he desayunado mientras buscaba información sobre el asunto.

Entiendo que les venga a huevo seguir en sus trece pidiendo la cabeza del autor, pero existen una serie de indicios que señalan que, simplemente, esa obra buscaba hacer visible cierta hipocresía e incoherencia en el individuo. No en el que la realizó, no, sino en todos los que fueron a verla.

Todos y cada uno de ellos.

Si las cosas fuesen como tienen que ser, en esa pared no habría quedado ni un sólo trozo de pienso, al menos es lo que yo habría esperado. Pero claro; es más fácil escribir amenazas de muerte, convocar boicots y sacar pecho a favor de los animales que hacer algo por ellos.

Incluso si el perro hubiese muerto realmente me seguirían pareciendo más culpables los que no hicieron nada por él que el tipo que lo puso allí, pero no parece ser el caso, por mucho que se empeñen.

Así que, una vez meditado el asunto puedo decir dos cosas:

1) Que la gente que de verdad hace algo por otro ser vivo seguirá teniendo mi simpatía.
2) Que la gente que de verdad hace algo contra otro ser vivo seguirá teniendo mi desprecio

En cuanto a los del airado mail pidiendo la cabeza del artista en bandeja de plata, y blablabla, sólo diré seis palabritas:

No contéis con mi firma.
Capullos.

Domingo, 10 Febrero de 2008

Esperando

Ella está en el supermercado, así que yo paseo a la perra.

Los niños se paran y le acarician la cabeza.
Sonrío y no digo nada, salvo algún sí ocasional cuando me dicen que es como el perro de Scottex. Estoy seguro de que corriendo por su pasillo con un rollo de papel higiénico entre los dientes no les parecería tan adorable, pero eso no se lo cuento.

Ahora soy un tío majo.

Por la noche me quedo mirándola hasta que se duerme. Si apago la luz antes, empieza a corretear y a golpearlo todo a oscuras, así que me quedo sentado en la cama y espero.

Mi novia se queda dormida, pero la perra continúa mirándome, así que sigo allí, sentado, esperando. De vez en cuando le acaricio el lomo y le rasco detrás de las orejas.

Buena chica.

Pienso en todas las cosas que he pasado para llegar a este momento. En lo que significa estar aquí, con una mujer que vale la pena durmiendo a mi espalda, con una perra a mis pies y con mil cosas que me motivan entre las manos. También pienso un poco en qué viene después y sonrío, porque al fin se ha quedado dormida, y porque nadie, salvo yo, sabe en qué estoy pensando.

Me meto en la cama y, al hacerlo, despierto a mi novia.
Me pregunta si ha funcionado y le digo que sí.

La perra está dormida.

Me dice que tengo una manera rara de hacer las cosas y me besa.
Después, haciendo el amor, despertamos a la perra.

Es divertido volver a empezar.

Jueves, 22 Noviembre de 2007

Como cada noche

Esta botella bebe de la gente hasta dejarla seca.

La única manera de salir vivo, de lograrlo, es beber más rápido que ella.
Si ganas, todas las vidas, todos los sueños de los que lo intentaron antes que tú, te pertenecerán.
Si fallas, todo lo tuyo terminará en su interior, como pasó con los demás. No se sabe cuántos lo han intentado, pero está tan llena que nadie puede bebérsela sin que ella se lo beba antes. Te lo aseguro.

Eso le digo.

Él la mira y la agita, tratando de imaginar qué cosas hay dentro.
Sin acercársela nunca los labios.

Cuanto más lleno esté, me dice, más difícil será que ella me vacíe, ¿verdad?

La mira un momento y vuelve a dejarla en mi regazo.

Justo en la puerta de mi tienda de campaña, a punto de volver al frío de la noche, en este desierto, se gira y, echándole un último vistazo, me habla.

Quizá, al final, beberme mi vida y mis sueños sea mejor que cualquier cosa que eso de ahí pueda darme.
No la necesito para llenarme de historias, dice.
Y después se va.

Me quedo sentado, en mitad de la tienda, con la botella entre mis manos. La abro y, como cada noche desde hace cientos de años, bebo de su interior. Como cada noche, rezo para quedarme vacío y poder descansar. Como cada noche, fracaso. Porque todas las historias que bebo ya las conozco, porque ninguna fue mía hasta el primer trago, porque la botella y yo estamos unidos y nadie, ningún viajero, en ninguna noche estrellada, ha roto esta maldición ni podrá romperla.

Porque todos los que vienen, se equivocan.

El secreto no es estar más lleno que ella.
El secreto es haberse vaciado antes de beber.

Jueves, 15 Noviembre de 2007

Rezando

Una oración sincera susurrada con palabras aprendidas.
Sentada al sol, con los ojos cerrados, la anciana rezó.

Su ceño estaba fruncido, sus labios murmuraban rápido, tragándose las palabras apenas salían de su boca, de vez en cuando un gesto parecido al llanto asomaba durante un segundo para desaparecer después. Y el balanceo, delante, detrás, en aquel banco, apretando el rosario con más y más fuerza. Esperando algo. Las arrugas en sus manos, en la comisura de sus labios, el pelo blanco intentado escapar del pañuelo mal atado. Todo iluminado por ese tipo de luz que no se decide a ser naranja, aunque lo insinúe con timidez.

Abrió los ojos y su balanceo se detuvo al verme, de pie, frente a ella.
Mirándole.
Por un momento no respiró y se sobresaltó sin perder la compostura.
Quizá fue la ropa blanca, los ojos azules, el pelo largo, el sol empezando a brillar detrás de mí.

La imagen a contraluz.

Podría haberle dicho que su salvador se parecía más a cualquiera que le haya despachado fruta en los últimos cinco años que a mí, que sus ojos no eran azules sino marrones y que su piel era bastante más oscura que la mía, pero ya no suelo hablar de esas cosas.

Al final se dio cuenta de que sólo era alguien que pasaba por ahí y volvió a cerrar los ojos. Seguí caminando y ella se quedó allí, con su rosario y su balanceo.

Aquella mañana, en ese banco, lo vi; lo que pasa cuando estamos rendidos y asustados, cuando estamos vencidos. Cuando estamos rezando.

Lo vi y pensé que hay formas más dignas de esperar la muerte.

Sábado, 13 Octubre de 2007

Hielo

Él estaba en la barra.
No hablaba con nadie, así que ella decidió acercarse.
Hacía mucho que no se veían.

Viéndolo ahí, después de observarle un rato, se dio cuenta de que, en realidad, nunca supo muy bien cómo era. Aunque era consciente de que él sí sabía cómo era ella. No del todo, claro, eso nadie podía saberlo, pero sí de un modo mucho más exacto que otra gente, un modo menos influido por todo lo que ella intentaba proyectar. Eso es lo que más le molestaba de él y, al mismo tiempo, lo que más le gustaba. Porque a veces se perdía en sus propias máscaras, y se asfixiaba, y no sabía salir del juego que ella misma había construido.

Entonces recurría a él.
Porque siempre sabía devolverla a la realidad.

Una vez se lo dijo.
Estaban en su casa, ella andaba metida en un lío y se lo estaba contando. Él la escuchaba como si fuese la única cosa en el mundo.

Recuerda que pensó que jamás había tonteado con ella. Recuerda que se sintió bien por eso y que luego sintió un poco de rabia, aunque no le dio importancia, porque sabía que gastaba la mitad de su energía en gustar a los chicos y la otra mitad en negarlo, así que era normal sentir esas cosas con alguien que siempre estaba ahí.

A veces siento que soy de mentira, dijo, que necesito que tú me lo digas para dejar de serlo. Y se quedó mirándole, esperando que él dijese algo sobre aquello.

Él sólo sonrió y le dijo que se terminase el café.
Nunca más hablaron de eso.

Y sin embargo, sentado en esa barra, parecía distante; sabía que ella estaba allí pero no le daba importancia.

Ni siquiera la había saludado.

Es posible que, en el pasado, ella hubiese dicho algo inconveniente; siempre solía hacerlo, sobre todo con la gente que le importaba. Era su manera de perderlos y torturarse por ello. Aunque eso nadie lo sabía, claro.
Sólo ella.

O eso le gustaba pensar.

De todos modos él la conocía; sabía de sus tragedias, sabía que odiaba a las divas y que, sin embargo, quería ser una, sabía que unas veces era profunda y otras superficial, que a veces era intensa y a veces insulsa, que pasaba por fases que ella misma construía, que la mayoría de veces todo esto resultaba demasiado forzado, como su manera de sujetar los cigarrillos al fumar.

Nunca terminaba de creerse a sí misma y por eso siempre probaba otra cosa.

Él debía saber todo eso, porque la conocía; todo dependía de cómo soplase el viento, de cómo quisiera soplar ella, y, normalmente, soplaba del modo que más le asustase.

Así que sí, es posible que hubiese dicho cosas inconvenientes, que lo hubiese insultado, que la pillase puesta de cristal o borracha y dijese alguna tontería, o quizá lo trató como si fuese uno de esos perritos falderos que él vio pasar sin hacer ningún comentario.

El caso es que la escucharía, seguro.
Porque, que ella recordase, siempre la había escuchado y ahora, más que nunca, necesitaba hablar con alguien.
Hablar de verdad.

Se sentó a su lado.
Él miraba como el camarero conversaba con unas chicas francesas que se reían mientras practicaban su español.
Se giró en el taburete, incorporándose hacia él y le habló. Te invito a una copa para romper el hielo, le dijo. Entonces él sonrió, igual que aquella vez que estaban solos.

Igual que todas las veces que ella fue ella frente a él porque estaba cansada de ser otra cosa.

El hielo, dijo él, está donde tiene que estar.
Y se marchó, sin girarse a mirarla, y ella sintió que algo no había funcionado.

Que algo había salido mal.
Muy mal.

Viernes, 12 Octubre de 2007

Croac, Croac

Esos bichos son interesantes.
Las ranas, digo.

Aunque no me refiero a ranas de verdad, sino a las que salen en los cuentos, en las fábulas y todo eso, ya me entendéis; ranas metafóricas.

No es que las reales me caigan mal, me resultan unos bichetes de lo más peculiar, todo el día saltando por ahí, con esos ojazos y esa cara de ir a explotar de un momento a otro. Es sólo que, puestos a elegir, me quedo con las otras.

Sobre todo con las que salen en la metáfora del caldero.
Más que nada porque no se convierten en príncipe, ni hablan, ni tiene poderes mágicos; son sólo ranas, pero ilustran a la perfección ciertas cosas que suelen preocuparme.

Os pondré en situación:

Tenemos un caldero, ¿vale?, y tenemos un montón de ranas, croac, croac.
Si las echamos todas de golpe obtenemos un estallido imparable de ranas saltando a toda leche para no morir achicharradas.

De cajón, vamos.

Así que, en vez de poner el caldero a hervir y echarlas de golpe, las metemos con el agua a temperatura ambiente y, una vez acomodadas, las ponemos a fuego lento.

Eso es lo más importante; que el agua se caliente muy poco a poco.

Las ranas, dice la metáfora, se van quedando atontadas con el calor y, al final, mueren. Sin advertir en ningún momento el peligro ya que, cuando la temperatura empieza a ser demasiado alta, ellas están aletargadas y no pueden defenderse.

En su contexto, la metáfora hace referencia a cómo vamos consintiendo cada vez más atrocidades sin movernos para hacer nada al respecto y, echando un vistazo alrededor, he de reconocer que como ejemplo resulta brillante.

Sin embargo no puedo evitar hacerme algunas preguntas al respecto.

Por ejemplo, si una de las ranas estuviese fuera del caldero, digamos media hora, y la volviesen a introducir, ¿qué pasaría?
¿Se quedaría con las demás o se pondría a dar saltos como una loca, tratando de huir? Aunque lo que en realidad me interesa es saber qué harían las otra ranas.
¿Se darían cuenta del peligro o pensarían que a su compañera se le ha cruzado un anca?

Ya os lo dije al principio; las ranas me llaman la atención.
Mi interés por ellas me ha llevado, incluso, a plantearme dos cosas:

1) Que quizá Darwin se equivocó de animal.
2) Que algunos calderos son invisibles hasta que alguien se pone a croar sobre ellos.

Croac, croac

Jueves, 23 Agosto de 2007

Hago esto

Te envío un cascarón frío y muerto, una película sin banda sonora, y aun así, mirando imágenes, leyendo labios, a veces adivinas lo que intentaba decir.

Y me llamas artista.

Quizá algún día haga otra cosa, algo más inmediato, algo que pueda darte en el acto, cualquier cosa por la que no me llames cosas que no soy.

Como un beso.
O un abrazo.

Hago esto, ahora, y significa algo.
Luego sólo son letras muertas.

No puedo darte la cosa real porque es sólo este momento, ¿Entiendes?
Tú ves un cadáver, negro sobre blanco, al que nunca sé dónde enterrar.

Eso es lo único que te doy.

Restos.
Despojos.

Algo que sólo está vivo mientras le doy vida. Sólo entonces. Ni un segundo más.

Y me llamas artista.

¿Qué tiene de especial enseñarte las cosas que mato para seguir viviendo?

Sábado, 07 Julio de 2007

Máquinas de Escribir

Le encantan las máquinas de escribir.

Las antiguas, ya sabéis; con su rollo de tinta y su tac, tac, tac.
Clink.

Me cuenta que casi nunca ve a nadie tecleando en una de esas, pero cuando lo ve, joder, dice, es genial.
En realidad la gente que ve usándola suele estar haciendo algo estúpido, tecleando un informe, una denuncia, cosas así, tramites, ya me entendéis.

Sin embargo hay otras cosas que, sin dejar de ser estúpidas, tienen algo más de magia.

Crear con ellas es genial. Me lo dice en serio. Sabe que la tecnología nos lo pone fácil, que podemos escribir, corregir y editar de modo muy simple pero, para él, esas máquinas tienen un no sé qué del que los procesadores de texto carecen.

Durante un tiempo pensó que era por el sonido. Ese tac, tac, tac, te llena el cerebro, consiguiendo que dejes de pensar sobre lo que estás haciendo. Cuando dejas de pensar dejas de juzgar y cuando dejas de juzgar las palabras salen a borbotones, listas para inundar todas las hojas que les pongas por delante.

No es el sonido.

También pensó en el tacto. Tener que pulsar la tecla con fuerza, marcando la hoja. Marcándola. Es como dibujar con tinta; es posible que cagues muchos dibujos, dice, pero dibujar de ese modo da mucha seguridad. O eso dicen los que entienden del tema.
Con una de esas máquinas, dice, la escritura se convierte en algo más físico; estás ahí clavando todo lo que piensas sobre el papel, lo ves aparecer, como una marca, una herida en el blanco que ya no se puede borrar.
Tac, tac, TAC.

Tampoco es el tacto.

Se planteó que quizá fuese la resonancia. Toda esa gente muerta a la que leemos, sentados frente a su máquina de escribir, en algún momento del tiempo, dándole a la tecla; creando lo que más adelante será nuestra biblioteca. Tac, tac, tac. Algunos, como Hemingway, incluso tecleando de pie. Todo ese montón de gente, escuchando lo mismo, sintiendo lo mismo, viendo las letras marcarse en el papel, diseminados a lo largo del tiempo. Y tú ahí, tac, tac, tac, repitiendo el ritual.

La culpa la tiene el piano, me dice. También le encanta, y pasa mucho tiempo tocándolo.

Cuando pulsas el pedal los frenos de las cuerdas se levantan, ¿ves?, puedes tocar una tecla, una sola, y todas las notas como esa, en distintas octavas, vibrarán. Y sus correspondientes notas afines, terceras, quintas, etc, vibrarán también. Eso le da al sonido un algo especial.

Toca un par de notas sin pisar el pedal y luego pisándolo, para enseñarme la diferencia.
Sí que la hay.

Así que quizá sea una mezcla de todo; del sonido, del tacto y de toda esa gente que hizo lo mismo que tú antes, en una máquina parecida a esa en la que tecleas, resonando en un tiempo dividido en octavas. Quizá sea que, usando una de esas, te sumas a una sinfonía que no se puede percibir, porque resuena a lo largo de la historia. Las nuevas máquinas no han tenido tiempo de crear la suya, y aunque no haya nada malo en participar de ella, en contribuir con nuestras notas, con nuestro tecleo, tampoco está de más jugar con la música anterior, antes de sumergirse en la nueva.

Nos despedimos y me quedo pensando en todo ello.

Al final decido que es improbable que tenga razón, aunque no me parece mal verlo de ese modo, al menos durante un rato.

Justo hasta aquí.

Miércoles, 20 Junio de 2007

El motivo de nuestra llamada

Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:

-Buenas tardes, ¿el señor Sanchez?
-Sí, soy yo
-Mi nombre es Susana Pérez, le llamo desde el departamento de promociones de Cablemola, tiene usted contratado con nosotros el servicio de Internet desde hace bastante tiempo.
-Sí, sí.
-Verá, señor Sanchez, el motivo de nuestra llamada es ofrecerle nuestro nuevo pack de televisión digital de forma totalmente gratuita. Tan sólo tendrá que pagar usted el receptor que, al ser ya cliente, tendría un coste de seis euros; muy económico.
-Ah, verá señorita, es que yo no tengo tele, sólo utilizo Internet, paso muchas horas trabajando con la red y por eso no contraté ninguno de los packs de televisión, teléfono e Internet que me ofrecieron ustedes en un principio.
-Ya, bueno, si no tiene televisión, señor Sanchez, esta oferta es una buena oportunidad para usted, son sólo seis euros y la instalación incluye más de cuarenta canales, además de…
-No, no. Verá, señorita, cuando digo que no tengo televisión me refiero al aparato en sí. Llevo cuatro años sin ver la televisión, la evito en la medida de lo posible, no me interesa, de verdad; veo películas, series, leo libros, utilizo la red a diario pero no me interesa la tele, tengo periódicos, gente con la que hablar y otras formas de informarme que me resultan más agradables que la televisión. Entre usted y yo, señorita Pérez; no creo en la tele, ¿sabe? La gente se muere por dentro viendo esa cosa y terminan siendo iguales entre sí; diciendo las mismas cosas, gastando las mismas bromas, riéndose de lo mismo, abusando de las mismas palabras, viéndolo todo igual. Quizá en algún momento la televisión reflejó a las personas pero ahora son ellas las que reflejan la televisión y, la verdad, no es una imagen agradable. ¿Qué quiere que le diga? Es un cacharro agresivo del que prefiero mantenerme alejado, ¿comprende?
- …
-De todas formas, muchas gracias por su oferta, son ustedes muy amables.
-…
-Hasta luego, Señorita Pérez.
-Uh, sí, Hasta luego, señor Sanchez.

Colgó, y volvió a mirar la página en blanco.

Tecleó:

“Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:”

Miércoles, 13 Junio de 2007

Cuartos de Baño

-Está todo lleno de magia, tronco, lo que yo te diga.
-No sé qué decirte, tío, yo no la veo por ninguna parte.
-¿Por ninguna parte?-levanta su cerveza, mira dentro y la vuelve a dejar sobre la mesa-, ¿y qué me dices de los cuartos de baño, joder? Son mágicos de la hostia.
-¿Los cuartos de baño? Ahora sí que me he perdido.
-La madre que te parió, piénsalo un poco. ¿Dónde te libras de todo lo que te sobra?, ¿Dónde te purificas?, ¿Dónde te miras realmente a los ojos de una forma en la que no te sueles mirar?, ¿Dónde te dices las cosas que no te dirías en ninguna otra parte?
-¿Purificar?
-Ducharte, tronco, quitarte la mierda que llevas encima y dejarte bien limpito esperando que alguien vuelva a ensuciarte. La mayoría de veces tú mismo. ¿O piensas que duchándote sólo te lavas el cuerpo? Joder ya con la estrechez mental.
-Hombre, es una forma de verlo, pero no creo yo que…
-Creer, creer. Creer es para besacruces, tío, esto es real. Te comes un trozo de carne, te alimentas de él y luego sueltas un cagarro enorme. Donde había un jugoso filete ahora hay una mierda humeante. Lo llaman digestión, explican el proceso físico y por eso deja de ser un jodido milagro. Y una mierda. Es magia, tronco, de la buena. Te lo digo yo. ¿Recuerdas cuando te dejo la tipa aquella?
-Uh, ¿Cuál?
-La zumbada aquella.
-Estaban todas bastante zumbadas, si no me das más detalles…
-Bueno, elige una al azar, total, cambian los detalles pero la esencia siempre es la misma. Cuando vienen esos marrones, ¿qué pasa?, ¿eh?, ¿recuerdas?
-Pues que te sientes mal y eso, son cosas jodidas. No te lo esperas y además no entiendes nada. Es una putada, no duermes bien y…
-Te cagas
-¿Qué?
-Te vas la pata abajo, colega, me lo dijiste, se te descompone el cuerpo. Una vez tuve que ayudarte a levantar la persiana del bar porque tenías miedo de cagarte encima.
-Joder, pero eso es normal, tío, los nervios y todo el follón, ya sabes, se me descompuso el cuerpo.
-Nah, tenías mierda extra y tu cuerpo intentaba librarse de ella. Por eso te pasaste medio fin de semana pegado a la taza del water. Es magia tío. Convertir una cosa en otra. La mierda que te pasa por la cabeza en mierda que te sale del culo. Alquimia, una cosa por otra, plomo en oro, emociones negativas, deshechos emocionales y físicos transformados en pastosa mierda marrón clarito. Con su propia banda sonora y todo.
-Joder, eres un guarro.
Los dos se ríen.
-Oye, ¿y lo del espejo?
-Eso está clarísimo, tío, ¿Cuántos espejos hay en tu casa?
-Pues uno en el dormitorio, uno en el recibidor y otro en el baño.
-Ahá, y cuando estás jodido de verás, ¿en cual te hablas a ti mismo?
-Hum. En el del baño –Hace una pausa-. Pero es normal, hay más intimidad y eso.
-¿Intimidad? Pero si tú vives sólo, capullo.
-Joder, es verdad.
-Claro, hombre, es el jodido lugar sagrado, el lugar donde te purificas, donde te libras del lastre, ya te lo he dicho. Los cuartos de baño tienen poder, en serio tronco, te lo digo yo.
-No sé, lo del espejo sí que es verdad, quiero decir que recuerdo varios momentos chungos en los que me miré allí y me dije un par de cosas importantes. Es como si hicieras una pausa y te contases a ti mismo lo que pasa y lo que tienes que hacer. Bueno, eso hago yo.
-Tú y todos, tío, tú y todos. El problema es aprender a reconocerlo, ¿sabes?, le damos poca importancia a estas cosas.
-Quizá
-En fin, ve poniéndome otra cerveza, voy a transmutar el almuerzo en algo que pueda flotar libremente por las cloacas y cuando vuelva hablaremos de los dormitorios y del sacrosanto recibidor, ese gran olvidado.
-Estás como un cencerro, mamón.
-Claro, alguien tiene que estarlo.
-Venga, ve al baño y no me asustes a la clientela.
-Se hará lo que se pueda, señor, se hará lo que se pueda.

Lunes, 11 Junio de 2007

Oxi

Llego tarde y, como es pronto, espero sentado de pie.

Limpio la humedad seca de mis labios, ensuciándolos. Me río, muy serio, mientras amanece la noche. Toda la luz oscurece el pequeño paisaje sin límites de este interior tan externo. Algunas gotas se secan, mojándolo todo. El frío cálido me recuerda qué voy olvidando. Decido empezar a quedarme quieto y llego al otro lado, justo en el mismo sitio. Demasiado para algunas cabezas siempre es poco.

Así que digo la palabra, en silencio:

Hola.

Todos oyen.
Nadie escucha.

Me parece bien verlo mal.

Miércoles, 16 Mayo de 2007

Mi antorcha de cumpleaños

Esta ciudad es una mierda.
El primer artículo que publiqué empezaba con esa frase.

La revista estaba a cargo del ahora fallecido Victor Orenga y la sección que me asignaron se llamaba reflejos nocturnos, o algo así.
Tenía que escribir sobre sitios donde ir a divertirse, así que hice un par de bocetos y los deseché.

Demasiado formal.

Al final me pareció más conveniente jugármela y empezar explicando a los lectores por qué tenían que divertirse.

La cosa quedó más o menos así:

“Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde se construyen atracciones con tu dinero y luego se te pretende cobrar una cantidad insultantemente elevada por entrar.
Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde algunas personas confunden educación de calidad con educación impartida por supernumerarios del Opus Dei.
Tienes que divertirte porque vives en una ciudad donde nunca podrás comprar un piso, a no ser que estés dispuesto a pagar durante 20 años una cantidad tan absurda que sólo podrás afrontarla enamorándote, por cojones, y compartiendo gastos. Un sueldo para recibos y otro para sobrevivir.
Tienes que divertirte porque te tienen cogido por las pelotas, y siempre es bueno tener un respiro, aunque, al final, la piches sin haber podido vivir del todo; demasiado ocupado llenando sus bolsillos e ignorando cómo todo se va al garete.
Hay más motivos para divertirse, pero, como me dicen que te escriba un artículo y no una enciclopedia en varios volúmenes, tendrás que conformarte con los que te he dado.
Como habrás adivinado me han pedido a mí que te lo cuente porque soy un tío simpático; optimista y esas cosas tan chulis que son el credo de la nueva generación de jóvenes Hilfiger. Un encanto, vamos; pregunta a quien quieras.
La cosa está en que, a esta ciudad, le pasa un poco como a cualquier grupo de gente:
En general son una basura pero, aislados, uno a uno, a veces valen la pena.
Así que eso es lo que voy a hacer, hablarte de esos elementos aislados, de esos sitios que hacen que uno olvide donde está y lo que le espera.
Te diré donde están, te hablaré un poco de ellos y luego ya es asunto tuyo, como todo lo demás.”

Después de eso hablé de dos de mis locales favoritos, y poco más.
Esperaba que me lo censurasen o algo, pero al final lo publicaron.

Aunque creo que cambiaron el título.

Os cuento todo esto porque el lunes pasado fue mi cumpleaños y, no sé por qué, mientras estaba tumbado en la cama viendo la primera temporada de Twin Peaks con una preciosa chica sureña a mi lado, sin venir a cuento, me acordé de aquel artículo.

Supongo que cuando cumples años las cosas que hiciste los cumplen también.

Ha llovido mucho desde que publicaron aquello. He pasado por otras revistas, otras editoriales, por otros trabajos relacionados con escribir y, al final, esto se ha convertido en algo que, además de darme muy buenos ratos, me aporta un dinerillo.

Y todo empezó con aquella frase, en aquel primer artículo.

Esta ciudad es una mierda.

Mirando atrás uno ve la cantidad de cosas que han cambiado, a nivel personal, a nivel político, a nivel local, y, sin embargo, cada una de las palabras que escribí en esa introducción sigue siendo cierta.

“Plus ça change et plus c’est la même chose”
Estos franceses son la leche.

Claro que podría haberlo dicho de otra forma:

Podría haber dicho que esta ciudad es como una enorme falla; una estructura hueca que simula una solidez que no tiene.

A cualquier precio.

Un circo de eventos religiosos de los que a este paso nunca sabremos el coste, de Copa América, con todo lo que conlleva y con lo que vendrá después, de Circuitos Urbanos de Fórmula Uno, de especulación urbanística, de lucecitas, de atracciones y de jeta, de mucha jeta.

Una jodida explosión de fuegos artificiales que te hace mirar al cielo con la boca abierta, apartando tu vista del suelo; de las cosas reales.

Echa un vistazo a nuestros puentes si no captas la idea.
Debajo de ellos, para más señas.

Lo que parecen haber olvidado los fans del todo por la pasta, los amigos del antes muertos que sencillos y que pague el del fondo, es que las fallas están ahí para arder y que, cuando están bien construidas, se colapsan sobre sí mismas. Aunque, visto lo visto, no creo que esta queme bien. Tanta capa de pintura para disimular una estructura pobre y cada vez más cargada no debe ser buena.

Pensé en esto durante unos instantes y luego seguí abrazado a la niña sureña, viendo cómo al agente Cooper le pegaban cuatro tiros en Twin Peaks y pensando dónde demonios venderán antorchas de tamaño familiar. Comenzando a sospechar por qué nadie me regala una.
Cabrones.

En cuanto tuve ocasión le eché un vistazo al artículo original y lo leí un par de veces.

Esta ciudad es una mierda, escribí. Sí.
Y me pasó lo que nos pasa a todos los que empezamos a escribir.

Que me quedé corto.

Viernes, 06 Abril de 2007

Fiesta del Taller de Escritura

Cuando comencé a coordinar el Taller de Escritura Creativa supe que habría momentos como éste, como el de esta noche.

Sin embargo ha sido hoy cuando, por fin, lo he disfrutado.

Cuando los he visto creando. En esa mesa donde damos las clases, cumpliendo un objetivo tras otro, entre risas, con algunos momentos de cansancio, con una parada para cenar que casi echa abajo las ganas de continuar escribiendo. Hasta que los bolígrafos volvieron a las manos y las ideas volvieron al ambiente. Hasta que las trajeron, como han aprendido a hacer.

Ver a cada uno de ellos escribir durante cinco minutos todo aquello que les pasaba por la cabeza, sin detenerse, y comentar en voz alta los resultados, examinando con cuidado qué estrategias conscientes o inconscientes siguieron para cubrir el objetivo.

Ver a los seis partir del mismo material, dos palabras, y construir seis relatos distintos.

Verles escribir y pasarle la hoja al de al lado, dándole tiempo a leerla para lanzarse a completarla, girando hasta que haya pasado por todos.

Leer el resultado final y morirnos de risa, asombrados, contentos.
La fiesta del taller de Escritura Creativa.

Y yo allí, a su alrededor, matizando ideas, proponiendo soluciones y formas de encarar el ejercicio, interviniendo lo menos posible.

Viéndolos solos ante una hoja en blanco que ya no les da miedo.

Orgulloso de ellos.

Miércoles, 04 Abril de 2007

Mary, Percy y Franky

Ya no sabe uno qué pensar.

Leo a un tipo afirmar que Mary Shelley no escribió Frankenstein y parpadeo un par de veces, preparándome para lo que pueda venir a continuación. Igual resulta que fue Cervantes, o Shakespeare, o, qué cojones, puestos a escuchar gilipolleces igual el original era de Lucía Etxebarría y se lo plagiaron, por aquello de hacerle saber qué se siente, ¿Qué más dará?

Lo mismo fue Paolo Coelho, que en uno de sus viajes astrales decidió soltar una cagadita en el continuum espacio tiempo, así, en plan rapidito, y se nos materializó la movida en forma de obra maestra.

Lo mejor de todo es el argumento, por llamarlo de alguna forma, que se da al respecto:

Que era muy joven, que tenía poca educación, que una mujer no podría escribir algo así, y toda una retahíla de gilipolleces que lo dejan a uno con la boca abierta.

¿Qué clase de droga te echas en el desayuno, colega?

Vamos a dejar de lado que la nena en cuestión superaba intelectualmente a la media de su época, no sólo en capacidad y lecturas sino en estímulos, tanto familiares -échale un vistazo al currículum de sus papis- como sociales.

Todos los que hemos pasado algún que otro rato husmeando en los entresijos de la literatura sabemos que Percy Shelley corrigió el texto original. Es evidente, en algunos tramos, su influencia a la hora de rehacer ciertas frases para darles un aire más recargado, como gustaban en aquella época, ya que Mary escribía de una forma más directa que su esposo y corrector, aunque de ahí a decir que fue él quién escribió la obra va todo un mundo. O dos, si son pequeños.

A no ser que uno piense que las chicas no pueden ser brillantes.

Porque vale, la mayoría de mujeres que escriben lo hacen del culo, pero eso no es excusa; la mayoría de hombres que escriben también lo hacen del culo, así que en eso de la mediocridad no hay discriminación por razón de sexo. Somos todos así de miserables.

Lo bueno que tiene el asunto es que si te metes con un escritor que goza del beneplácito del público eres un cabrón, pero si te metes con una escritora eres, además de un cabrón, un jodido machista misógino retrógrado y represor, que suena como música para los oídos de los amantes de la sobreadjetivación.

Que no encontremos en la historia más pintoras, escultoras, compositoras, etc, no se debe a una falta de talento asociado al sexo al que se pertenece, ni mucho menos. Unos cuantos siglos de cultura patriarcal judeocristiana explican las cosas con bastante claridad.

Es cuestión de saber leer entre líneas.

No obstante esto no implica, como pretenden algunas, que en realidad ellas sean genios que han sido reprimidos para que las pobres luces de nuestros tristes penes no se vean eclipsadas por los focos de sus luminosos úteros dadores de vida, blablablá, inserte aquí paranoia menstrual, blablablá.

Que mucha protegida se tiró a escribir es cierto, como también es cierto que mucho niño de papá lo hizo, así que, colegas, empate técnico, aquí el sexo ni pincha ni corta.

Repito que, a mi parecer, somos todos, con o sin pilila, bastante mediocrillos, lo cual no quita que de vez en cuando un jambo o una jamba dejen al mundo con la boca abierta por su buen hacer. Buen hacer que, por mucho que cuatro gilipollas se empeñen, no tiene nada que ver con ser Gay, Lesbiana, o con vivir en el sitio Cool de turno.

Capullos.

Claro que el autor del comentario, respetado en otro tiempo por el que escribe estas líneas -debido a sus interesantes teorías con respecto al Sida-, parece tener a las feministas un poco cruzadas. Así que igual lo que pretendía era tocarles los ovarios, atacando a uno de sus iconos por excelencia. Porque Mary fue una mujer que brilló con luz propia en un tiempo dominado casi en su totalidad por hombres. Quizá el cabroncete le atribuye su mejor obra a Percy por aquello de reforzar la imagen de la compañera/complemento que tanto detestan las del No Somos un Agujero.

Por joder, vamos.

Es lo que tiene que haya tanto Neohistoriador suelto; que ahora se puede reinterpretar todo y, como ninguno de nosotros estaba ahí cuando Byron lanzó el guante y propuso que todos escribiesen una historia de fantasmas, cualquier teoría es válida.

Incluso la de que una mujer brillante era sólo brillante si tenía un hombre detrás que le diese luz. Claro que llevamos siglos escuchando lo mismo al revés; que todo gran hombre tiene una gran mujer detrás, pero a decir verdad ninguna de las dos estupideces me parece convincente.

Si os interesa mi opinión creo que los dos, tanto Percy como Mary, eran grandes en lo suyo, y no creo que nadie estuviese detrás de nadie, quizá sí al lado, apoyándose y ayudándose, sin saber que algún día un gilipollas usaría esa compenetración para cuestionar, no sólo la autoría, sino también el talento de una mujer que, repito, se merece pasar la historia como una buena escritora.

Claro que, en última instancia, si las cosas se ponen feas para el tipo que hizo la afirmación, éste podrá salirse de rositas echándole la culpa de todo a su madre.

Por no haberle dado suficiente pecho.
Ni dos buenas hostias a tiempo.


Autor del libro donde se dice que la autora no es la autora (jojojo)
Info sobre la autora
Info sobre el marido de ésta (El autor, según el señor Lauritsen.)
El Monstruo en sí.

Domingo, 25 Marzo de 2007

Sólo un gato (Para Sergio)

Los Viejos Dioses se sentaron en grupo mientras el mundo terminaba de enfriarse. Contaban historias de cómo era todo antes de aquello y se les veía nerviosos por la nueva situación.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría asegurarte que los Dioses Marinos estaban muy preocupados. Corrientes fluían de sus bocas a sus oídos, susurros de espuma, un océano infinito contenido en cada una de sus siluetas, balaceándose, suave.

Mirarlos era como intentar ver a través de agua cayendo con fuerza.

En este nuevo mundo, dijo uno de los Dioses de la Forja, el agua será vital, los nuevos señores la beberán, lavarán sus cuerpos, moverán máquinas con su vapor, incluso morirán si pasan demasiado tiempo sin ella, más no será ya el reino elegido; este mundo no será acuático, pese a que el agua lo cubrirá casi todo.

Su voz sonaba como fuego encerrado en una cueva. Una cueva de arcilla húmeda, con olor a barro y hierba mojada, con raíces en las paredes, con pequeños insectos habitando cada una de las capas que la forman, moviéndose de una a otra. La voz de la tierra dándose forma a sí misma.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría contarte cómo los Dioses Oráculo miraban al vacío y repetían en voz baja una de las palabras de aquel Dios.

Máquinas.

Los Dioses hablaban de cómo era todo antes del principio. De éste y de otros. Algunos hablaban de cómo sería el final. Cuando dividan lo más pequeño, dijo una Diosa de la Guerra, empezará el fin de todo.

Otra vez.

Su voz era como dos ejércitos chocando en medio de una llanura, como lanzas partiéndose contra escudos. Como la carne contra la carne.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría explicarte cómo el Dios de Amor y su Sombra se removieron inquietos al escuchar aquellas palabras. Estaba un poco apartado del resto de Dioses y, a diferencia de los demás, no estaba en ningún grupo. No había otro allí como él. O, al menos, yo no lo vi. No sabría decirte si era él quién proyectaba su Sombra o su Sombra quien le proyectaba a él, pero sí que sabría decirte que otros dioses le miraban de reojo. A él y a su Sombra.

Sobre todo a su Sombra.

Había puesto gran parte de su esencia en aquel nuevo mundo, así que, el final del que hablaban, podría ser suyo también; si las cosas salían mal.
Como siempre solía pasar.

Todo será dual, dijo uno de los Dioses del Conocimiento, o así lo verán ellos; cada cosa tendrá su opuesto. Con el tiempo crearán una forma de explicarlo todo, una forma que los alejará de la magia. La magia, añadió un Dios Oráculo, provocó fracasos otras veces, es mejor mantenerlos alejados de ella esta vez.

La única Diosa de Magia que estaba presente en aquel momento pareció no escuchar el comentario. Estaba distraída observando los pequeños ojos que acechaban tras uno de los árboles recién creados.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero me gustó que me mirase así.

Me acurruqué a escuchar las historias que contaban. Historias sobre los tiempos sin nada, entre un mundo y otro, historias del vacío, de Dioses dando a luz nuevos mundos, de criaturas antiguas que sobreviven a todos los ciclos, cambiando de forma, escondiéndose en la misma esencia de la que provienen todas las cosas; incluso ellos.

Eso me hizo sonreír, y me trajo muchos recuerdos.

Soy curioso por naturaleza, me gusta merodear y observar lo que hacéis, con la misma atención con la que llevo eones observando lo que hacen ellos. Algún día nos cruzaremos en un callejón; sabrás que soy yo porque, mientras nos estemos mirando, no pensarás en nada.

Yo, como hago siempre, dejaré que me veas y, después, seguiré mi camino.

Viernes, 23 Febrero de 2007

Canciones de amor [Ateneaglam Marz-Abr]

¿Nunca te has preguntado a quién demonios le cantan todas esas canciones de amor?

Es decir, ¿de verdad esos multimillonarios cascatímpanos sienten las cosas que escriben en sus letras?

Nuestro departamento de documentación, tras un riguroso estudio efectuado en un ambiente de lo más profesional, donde no ha faltado alcohol, tabaco y otras drogas no tan legalizadas, ha llegado a la conclusión de que sí; sienten todo eso, pero no por una persona, sino por una cosa concreta.

El dinero.

Sí, sí, lo sé, puede resultar chocante así de primeras, pero, una vez conocido este dato, hagamos repaso del tipo de frases que solemos encontrar en esas canciones y veremos cómo todo va cobrando sentido: "Eres todo para mí", "Haría cualquier cosa por tenerte", "te quiero más que a nada en este mundo", y un largo etcétera, incluyendo auténticas declaraciones de principios, como la famosísima "Everything I do, I do it for you", que es algo como "Todo lo que hago lo hago por ti."

Más claro, agua.

Sin abandonar esta línea radical de amor al poderío económico, tenemos a Bon Jovi cantando algo que, traducido, viene a ser: "si me pides que llore por ti lo haré, si me pides que muera por ti lo haré."

Eso explica muchas de las cosas que vemos hacer a los artistas, ¿Verdad?

Sin embargo, otros intérpretes van más lejos y profundizan en las inquietudes que el amor por el bienestar material puede producir en sus almas sensibles. Por ejemplo, una conocida canción romántica dice así:

"No puedo estar sin ti, si tú no estás aquí me quema el aire"

Cualquiera puede darse cuenta de que esta frase, en realidad, hace alusión a lo difícil que resulta mantener el aire acondicionado de una modesta mansión en primera línea de playa en Miami si no se tiene dinero para pagar el recibo de la luz.

Es de cajón, vamos. Hasta un concursante de Gran Hermano podría darse cuenta.
Bueno, vale, quizá no, pero ya me entiendes.

Luego sigue en la misma línea de inquietudes existenciales con un verso que reza así:

"Derramaré mis sueños si algún día no te tengo, lo más grande se hará lo más pequeño"

Está bastante claro; si no hay dinero el mega chalet se nos queda en un modesto pisito de sesenta metros cuadrados, echando por tierra nuestra paz interior, euro a euro, y eso, cuando uno es un poeta de ese calibre, angustia. De la leche, vamos.

Otros sin embargo, lejos de los versos donde se proyecta el miedo a la pérdida de poder adquisitivo, se regodean en éste y nos cantan alegres frases como:

"Eres todo para mí, los años han sido días contigo"

Bien. Todos los que tenemos trabajos de verdad hemos sospechado que el tiempo, cuando uno está forrado, debe de pasar rapidísimo.

La frase anterior, por si quedaba alguna duda, lo confirma.

Otros, que son tenidos por los más románticos, incluso entre compañeros de profesión, o lo que sea eso, hablan abiertamente de su apego al dinero, ya que jamás imaginaron que alguien descubriría -y diría a todo el mundo- a qué están cantándole en realidad.

Así pues encontramos, en su obra, joyas como esta:

"y a pesar de que parezca hasta mentira, puede que la vida siga pero, si tú no estás, ¿pa qué?"

Se puede decir más alto, pero no más claro; la vida, sin cantidades indecentes de dinero para derrochar, no tiene sentido para estos genuinos románticos Pro SGAE.

Nos parece interesante que la línea de pensamiento propuesta en este pequeño texto, que no puede extenderse por cuestión de espacio, sea continuada por ti, ya que, durante años, has sido engañado desde las ondas por estos himnos al capital disfrazados de amor romántico. Así que ya sabes; si repasando tus canciones de amor favoritas encuentras frases que, con este nuevo enfoque, revelan su auténtico sentido, háznoslo saber.

Sábado, 27 Enero de 2007

Hasta que pare la lluvia

Es casi un bautismo.
Salgo de tu cama, cálida, y la lluvia me encuentra.

El frío me hace recordar el calor de tu cuerpo. Dormir sin ropa para calentarnos de ese modo que nos hace sonreír. Abrazados. Porque así estamos más vivos. Porque así todo es más real.

Y la lluvia insiste.

Encoger el cuello me hace recordar cómo lo estiro para que dejes allí tus pequeños mordiscos.
Esconder mis labios, para que el agua y el frío no los corten, me recuerda cómo los abro para entregar mis besos y recoger los tuyos.

Me está lloviendo un mundo encima.
Sonrío.

La lluvia siempre está, sólo que a veces se deja ver, en forma de agua. Te recuerda el frío que puedes llegar a sentir, con toda esa humedad calándote dentro, congelándote, sin nada cerca que pueda calentarte.

La lluvia sabe de metáforas.

Vuelvo a pensar en tu cuerpo apretándose contra el mío, en los abrazos que das dormida, en esa sonrisa que no sabes que pones, en todo lo que hago por ti y en todo lo que haces por mí.

En todas esas noches de no dormir para no perderse un segundo de lo que dure tu calor.

Quizá no sea un mundo perfecto, pienso mientras mi ropa se cala, pero todavía queda sitio para los pequeños milagros.

Para las personas que se quieren por los motivos correctos, para los que se aman en vez hablar sobre amarse.

Para ti y para mí.

Hasta que pare la lluvia.

Sábado, 30 Diciembre de 2006

Manta a Cuadros con Botas de Montaña

Los vio de lejos.

Estaban dentro de un cajero, eran cuatro o cinco. Altos, peinados a la moda, con sus pelos arreglados como si acabasen de meter los dedos en el enchufe. Su cresta de gallito de corral.

Una generación asustada, si juzgásemos por el pelo.

Ropa cara, de esa en la que gastan dinero para que no se note que han gastado dinero. Vaqueros con pinta de usados que valen un extra por tener esa pinta, cazadoras de marca, cinturones. No sabe por qué pero le llamaron la atención los cinturones. Quizá sea porque nunca lleva, o porque esas hebillas le parecen exageradas, no lo sabe, el caso es que se dio cuenta de que todos llevaban cinturones. Iban arreglados, viernes noche, es lógico para ellos. Niños bien.

Vio el bulto en el suelo, dentro del cajero. La manta a cuadros con botas de montaña.

Vio cómo uno de ellos la miró, cómo empezó a tirarle con cuidado algo por encima.
Pensó en queroseno, en vagabundos ardiendo, en navajazos en mitad de la noche y en la bronca que se iba a montar dentro de un momento. Aceleró el paso en dirección a ellos. Sus dos amigos también, aunque no se habían dado cuenta de lo que pasaba.

Siempre lo ve todo antes, lo tiene asumido y sirve para más cosas que para localizar a las chicas bonitas en lugares atestados de gente.

Aflojó y se dio cuenta de que era sólo zumo. De naranja. ¿Qué coño estás haciendo, pensó, tirándole zumo por encima a la manta?

Ni siquiera le vieron parado en la puerta, observándolos a través del cristal.
Ni a sus dos amigos.

Vio sus miradas, el descojone, las risas contenidas. La rabia se le comió por dentro.

¿Por qué cojones están haciendo eso?

El que mojaba la manta se asomaba con cuidado, como todos solíamos hacer cuando estábamos en clase y pinchábamos al de delante, y derramaba otro chorrito.

Aunque eso no era una clase, eso no era un compañero con el que luego poder compartir unas pelis, un almuerzo, o jugar a los cromos, para compensar las molestias, para recordarle que son bromas de colegio, que en fondo somos amigos y esas cosas no tienen importancia.

Era un tipo durmiendo, tapado con una manta. Durmiendo con sus botas puestas. Unas botas buenas, seguramente las únicas que tenía desde Dios sabe cuándo. Y aquel hijo de puta le estaba mojando la manta sólo para echarse unas risas. La única manta a la vista, porque en esa mochila que estaba usando como almohada no cabía otra.

Cabrón, pensó.

Estaba ahí parado, y vio que derramaba más líquido. Se giró y lo dijo en voz alta.
¿Pero por qué coño están haciendo eso?

Porque son gilipollas, dijo uno de sus amigos.
Vamos a calentarles, dijo el otro.

Y el motivo por el que odió al chaval que tiraba el zumo, a ese hijo de la gran puta, es porque, por un momento, se lo planteó en serio.

Pensó entrar ahí, sin decir ni mu, y partirle la traquea, a él y a sus colegas.
Eran todos más fuertes, más altos y más guapos. Niños bien. Invertían un montón de tiempo y dinero en tener ese aspecto, pero en el fondo seguían siendo lo que eran. Puta escoria. Niñatos de mierda que sólo se siente arriba teniendo alguien debajo. Echándole porquería por encima. Zumo de naranja en su única manta. Así que, dada su ventaja, pensó que lo que tenía que hacer era entrar rápido con sus amigos y no darles tiempo a reaccionar. Soltarles toda la rabia que llevaban haciéndole acumular desde que tenía uso de razón.

Reventarle la puta cabeza contra el cajero, partirle los dientes contra el cristal y cagarse en su boca abierta, después de haberle desencajado la mandíbula a puñetazos.

Por eso odiaba a ese cretino, porque por un momento le hizo odiarlo todo. Pedazo de mierda, cobarde; cabrón.

Mientras valoraba todo eso el bulto se movió y el del zumo se retiró un poco, sonriendo, buscando aprobación. Los colegas se la dieron, uno sólo con una media sonrisa, los demás riéndose. Vio el golpecito que uno le daba a otro en el hombro, qué pasote tío, qué risa, y sintió ganas de explotar ahí mismo.

De reventar y llevárselos a todos por delante.

Justo entonces pusieron rumbo a la puerta. Siguió andando y, de reojo, vio cómo abandonaban el cajero y dejaban al hombre de la manta solo otra vez.

Pero ya le habían jodido la noche, el del zumo y su séquito de subnormales profundos.

Lo habló con sus amigos. Había más silencios incómodos que palabras. Comieron algo; unos trozos de pizza. Y no podía, joder, le habían boicoteado la paz interior, el nirvana, la calma, el puto Ommm.

Cerdo de los cojones.

Le concedió el punto, no sólo había jodido a un pobre tipo durmiendo en un cajero, también le había jodido a él. Tienes impunidad, pensó, eres TAN guay que nadie va a reventarte la cabeza sin convertirse en alguien peor que tú.

Esa es tu ventaja, pedazo de mierda seca.

Así que se comió los dos trozos de pizza y compró un tercero, volvió al banco, entró y se quedó parado a los pies del tipo que estaba durmiendo allí mientras sus dos amigos esperaban fuera sin tener ni puta idea de qué iba a hacer.

Miró las botas y observó los ojos dormidos, estaba tapado hasta la nariz con la manta que aquel gilipollas le había mojado. Podía ser un chico o una chica, no se veía bien.

Lo llamó despacio, varias veces, hasta que se despertó. Se incorporó, rápido, alerta. Seguramente por el susto de antes; notar algo mojado en la espalda, girarse y ver una panda de subnormales como aquellos a su alrededor, en fin, menuda fiesta tenía que ser.

Quizá era uno o dos años más joven que él. Un chaval joven, no uno de esos viejos vagabundos, tan sólo un chaval sin suerte, sin pelo de moda, sin ropa de marca, sin cinturón de hebilla ancha. Un tipo como él, como cualquier otro, como el imbécil del zumo. Aunque ese ya no supiese verlo.

Está recién hecha, dijo, y le dio el trozo de pizza.

Gracias.
De nada.

Salió y puso rumbo a casa. Sus amigos no dijeron nada. Esperaba sentirse mejor. Pensó que quizá no pueda pararlos, no puede impedirles que con su mezquindad conviertan el mundo en una bola de mierda, pero al menos puede compensar un poco, intentarlo, hacer otras cosas aparte de machacarlos hasta que sean algo blando y húmedo, hacer otras cosas aparte de convertirse en lo mismo que ellos.

En un mierda que sólo sabe sentirse bien haciendo sentirse mal a otros.

Yo les habría pegado, dijo uno de sus amigos.
El otro no dijo nada.

Yo no, pensó, pero ha faltado poco. Muy poco.
Eso le preocupaba.

Se despidió, llegó a casa y se acostó.
Pensó que, al menos, el tipo de la manta se había comido un buen trozo de pizza.
No se sintió mejor. Odió al chico del zumo por eso.

Y se durmió odiándolo.

Lunes, 25 Diciembre de 2006

Navidad y Bolas de Chicle

No es un cuento de Navidad, aunque ocurre en esas fechas.

Él está detrás del mostrador y dos niños, chico y chica, entran a la tienda vestidos de Papa Noel. Ninguno de los dos supera el metro diez de altura, aunque ella es un poquito más alta.

Feliz Navidad, dicen a los clientes, y muestran una pandereta a modo de platillo, esperando que caigan unas monedas.

La pandereta está vacía.

Reconoce el acento; son rumanos. Le recuerdan a su amigo Adrián, que también lo es, aunque él tiene los ojos claros y el pelo rubio y estos dos niños son oscuros de piel y tienen los ojos marrones. Los de la niña son preciosos. Todavía no son tristes, aunque no tardarán demasiado. Quizá un par de años, cinco con suerte.

Vivir deprisa quita cosas, aunque te de otras, y eso se ve en los ojos.

Tiene otra amiga, también rumana, que vino aquí a construirse una vida mejor. Siempre la mira con disimulo cuando la ve jugando con su hija, porque sabe que cada uno de esos segundos felices fue precedido por momentos amargos, alguno de los cuales ya le ha contado, en confianza, mientras cenaban o se relajaban tomando un café. Hablando de la vida. Recuerda ver a la niña sonreír, jugando con un globo, mientras ella la observaba y cruzaba una mirada con él de vez en cuando.

Su mirada decía que por esa niña todo vale la pena.
Todo.

Así que no puede evitar preguntarse si la pequeña vestida de Papa Noel tiene alguien que la quiera de esa forma. Si a veces no es la suerte quien nos pone en una posición u otra, sin que podamos hacer nada más que sobrevivir con lo que se nos da.

El niño empieza a leer uno de los carteles. Sílaba a sílaba. En voz alta. La niña se limita a curiosear con la mirada.

Él se acerca al niño, que se queda mirándole con el dedo puesto en la siguiente sílaba.

¿Has probado a leerlas juntas?
El niño se ríe y pregunta. ¿Cómo?
Verás, dice él, en vez de In-for-ma-mos, las lees por dentro, las juntas, y entonces las dices en voz alta.

El niño sonríe mucho, enseñando todos los dientes. Tiene una sonrisa bonita. Sonrisa de postal.

Informamos, dice.
Él asiente, eso es, dice, informamos.

El niño se lanza a por otra palabra.
Hay un momento de silencio, como si hiciese una suma.

Clientes, dice el niño.
Exacto, ¿ves?, ya le has cogido el truco, ahora es cuestión de práctica.

La niña está curioseando la máquina de chicles. Intenta forzarla un poco. Él hace como que no la ve y sigue a lo suyo. Al rato el niño ha dejado de juntar sílabas y está intentando forzar el cierre.

Él se asoma por encima del mostrador.
¿A qué estamos jugando?, pregunta.

La niña sonríe, pero su sonrisa no es como la del hermano. También es bonita, pero empieza a tener matices de aprendida. Un arma de supervivencia como otra cualquiera.

A nada, dice, estamos viendo cuánto vale.

Son cincuenta céntimos, contesta él, te da un puñado.
¿Muchos?, dice ella.
Un puñado. Quizá un poquito más, tus manos son pequeñas.

La niña empieza a sacar moneditas de sus bolsillos. De dos y diez céntimos. La caridad. Lo que nos sobra. El estorbo en el bolsillo.

Comida de pandereta.

Algunos clientes contemplan la escena, miran al empleado y luego siguen a lo suyo.
La pequeña Papa Noel de ojos bonitos contando monedas.
El pequeño Papa Noel de sonrisa bonita contando monedas.
Él allí, en el mostrador, viéndolo todo.

Los clientes, con sus bolsas de la compra, van de paso. Están alquilando alguna película, para poderla ver con la familia, incluso con esos a los que sólo llaman en estas fechas. Para tener algo que hacer en lugar de mirarse a los ojos y hablar, hablar de verdad; de lo buenos que intentamos parecer cuando las calles se llenan de adornos, alfombras rojas y escaparates vistosos. De lo buenos que en realidad no somos.

Joder, se dice en voz baja, odio la Puta Navidad.

Así que cuando la niña deja su cargamento en el mostrador él lo devuelve a la pandereta. Se mete la mano en el bolsillo y le da una moneda a la niña.
Yo invito, dice, y deja el dinero a la vista, no te lo guardes, déjalo en la pandereta; os irá mejor así.

No le explica por qué.

Intercambian unas sonrisas e intenta que no se note lo incómodo que se siente cuando la niña le da las gracias. El pequeño observa a su hermana ir hacia la máquina y, en vez de ir con ella, vuelve a seguir descifrando el cartel que antes dejó a medias.

Él sigue haciendo sus cosas, pero eso no le impide ver cómo la niña se lleva la mitad de las bolas al bolsillo y después camina hacia el mostrador con la otra mitad en la mano.

¿Tan pocas da?, le dice, dijiste un puñado. Son pocas.
Él mira las bolas de chicle y después mira esos ojos bonitos que ya han aprendido a mentir.
Bueno, dice, ¿Cuánto te ha costado?
Cincuenta céntimos, dice ella.
¿Sí?, él no puede evitar que su ceja se levante al preguntar.
Sí, afirma la niña, todavía enseñando su mano apenas llena de bolas de chicle.
Yo diría que no te han costado muy caras, ¿no?, creo que, en realidad, te han salido gratis, ¿no es verdad?
Entonces la niña sonríe y, por un momento, vuelve a ser sólo una niña.

Vamos, le dice al hermano.
El niño deja el cartel y, antes de ir hacia la puerta con su hermana, se para frente al chico y le pregunta, ¿Me puedo llevar películas?
No, sólo la gente que está apuntada al video puede llevarse películas. Si tus papás se apuntan entonces podrás llevártelas.

Vale.
Los dos se marchan.

Él se queda mirando a la gente al fondo del video, ajenos a todo, eligiendo con qué película ignorarse unos a otros.
Después mira la máquina de chicles.
Al final se queda un rato con la mirada perdida en el papel que el niño leía.

Informamos a los señores clientes que será imprescindible presentar el D.N.I acreditándose como socio para poder alquilar.

Eso dice el texto con el que el niño intentó aprender a leer mejor.

Viernes, 22 Diciembre de 2006

Recomiéndame un buen libro

Tú que escribes en una revista, me dice, recomiéndame un buen libro para regalar.

Para estos casos, lo confieso, soy de piñón fijo.

Tengo unas cuantas obras que considero que todo el mundo medianamente interesado en la lectura debería tener, así que le canto la lista al colega, como hago con cualquiera que me pregunte sobre el tema.

En primer lugar, le digo, La ciudad de los cazadores tímidos, de Tom Spanbauer.
¿Por qué?
Porque es uno de los libros más humanos que vas a encontrar, porque habla de cómo nos enfrentamos a lo que más miedo nos da, porque hay amor por encima del que conocemos, porque se mezcla lo grande con lo pequeño, lo cotidiano con lo mítico, porque está escrito con una honestidad que le da un poder auténtico, porque los personajes respiran y se quedan contigo para siempre, porque me hizo reír y llorar mucho -pero mucho, mucho- y porque, en la reseña, decían que después de leer este libro era difícil encontrar algo que estuviese a la altura.

Y tenían razón.

En segundo lugar, París era una fiesta, de Ernest Hemingway.

No es sólo la economía de lenguaje, no es sólo que todos los que nos tomamos en serio esto de escribir lo llamemos "Papá" de vez en cuando, no son sólo esas frases perfectas, redondas, en las que dibuja con cuatro trazos cosas para las que cualquier otro necesitaría diez. Es porque, en este libro, no sólo lo verás escribiendo como Dios, sino que encontrarás el retrato de toda una generación que dio mucho que hablar en la narrativa norteamericana; Hem, Joyce, Fitgerzald, Elliot, etc. La famosa Generación Perdida. Si ellos no se hubiesen perdido, nosotros no los habríamos encontrado. Muy recomendable, le digo. Además es, junto con Raymond Carver, un maestro de los Icebergs. Ves una novena parte de la historia, mientras que las otras ocho permanecen bajo el agua. Pero son esas partes ocultas las que hacen que la historia se deslice con suavidad.

Si quieres empezar con algo más corto, le digo, hazte con el viejo y el mar, que es uno de mis relatos favoritos. Ganó un Pulitzer, si no recuerdo mal. Cuenta, usando el devenir de un viejo pescador, la grandeza que se esconde tras cada derrota. Un padre de genios, sin duda.

El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce

Uno de mis pocos ídolos. Este libro, le cuento, estuvo en la cabecera de mi cama durante mucho tiempo. Es, como el título indica, un diccionario. Un diccionario escrito por uno de los tipos más ácidos, irónicos y sarcásticos que vas a encontrar en toda la historia de la literatura. El autor es fascinante, por su vida y su obra. Con cinco años vio como su padre se ahorcaba. Siendo pequeño le cortó un pie a uno de sus ocho hermanos jugando con un hacha, la madre les abandonó, uno de sus hermanos se hizo forzudo de circo, una de sus hermanas se fue a las misiones de África y se la comieron.

Sí, colega, ñam, ñam, hasta luego.

Con diecisiete años tuvo un lío amoroso con una mujer de setenta, por el cual tuvo que abandonar la ciudad. Cuando tenía setenta y un años se marchó a México para unirse a las tropas de Pancho Villa y jamás volvió a saberse de él.
Hizo mucho periodismo, a veces bajo pseudónimo, satírico y con muy mala baba. Era una pluma realmente temible. Hay pocos así y son, como mínimo, interesantes.

Mi colega me mira.
Me dice que él quiere algo más en plan Paolo Coelho. O Dan Brown.

Me quedo callado mirándolo.

Mi Talibán Navideño interior asoma. Pienso en recomendarle alguna de las bombas destrozamentes de Burroughs, o una buena ráfaga de prosa rítmica y salvaje. Kerouac, por ejemplo. Por joder un poco.

Al final le digo que quizá no estoy capacitado para recomendarle libros a nadie.

Y ahí queda la cosa.

Coelho y Brown.
Menuda Navidad.