Recuerdo
Los ruidos, abajo, entran sin permiso por las rendijas de mi persiana.
Estoy solo. Si cierro los ojos ella sigue aquí, su olor en aire, el centro de la cama mojado con el sudor de su espalda. La esquina de sabana que aferró al tocar el cielo, todavía arrugada, se burla de mí; de mi nostalgia. De todo lo que le digo y todo lo que me callo.
Abro los ojos y miro su insultante vacío en mi almohada.
Siempre se va. Amamos durante horas que parecen siglos encerrados en minutos, le quemo con mi fuego sin pedir perdón por las heridas; ella siempre se arrepiente después y yo finjo que no importa.
Nunca le he dicho cuanto daño me hace que me quieran y me pidan perdón por amarme.
Se levanta en mitad de la noche y se viste; verla vestirse es casi mejor que un beso de Dios en los labios.
Se va, siempre se va; sólo una vez el sol nos sorprendió juntos…
Mi privilegio; no todos sabemos en qué pensaremos al morir.
Me levanto tratando de sacudirme su ausencia, un poco de agua para tragar el sinsentido de ser amado y dormir solo todas las noches, sabiendo que un día no volverá.
Sabiendo que ese día está más y más cerca con cada amanecer.
Entrar de nuevo en la habitación me resulta más difícil que salir. Mis labios siguen mojados: la botella.
No los seco; me da miedo borrar sus huellas.
Me tumbo y trato conscientemente de no respetar su espacio; ella no está.
No lo consigo.
Me encojo en la cama y miro al vacío tratando de no sentir lo que siento, las sombras me miran, curiosas, sin decir nada.
No durará; lo sé y aún así se lo doy todo, le quemo hasta quemarme y no me importa, aunque sé que no hay nada más importante; Estoy tan condenado que le sonrío a la pena.
Un día no podrá más, un día dejará de luchar contra la sensación de pecado que le produce amarme, un día el sentido común le dirá que no tenemos futuro y, engañándola, se la llevará lejos.
Querrá besarme y no lo hará, querrá que la haga mía, que la sujete fuerte por las caderas mientras su cabeza cuelga en el costado de mi cama y vacío mis besos en su cuello y no lo hará.
No habrá más taxis a las cinco de la madrugada, no habrá más sabanas arrugadas, no más estar sin estar, no más perdones, no más pecado y redención.
No más amor.
Se olvidará de que existí y mi habitación se reirá de mí, tan fuerte, que tendré que dormir en el sofá del salón; donde nunca le hice el amor.
Tendré frío, lo sé.
Por eso me aferro a la calidez de su recuerdo.
