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Una visita inesperada

Llevaba unas seis páginas escritas cuando se dio cuenta de que no estaba solo.
Dejó de teclear y se enderezó un poco en su silla, sintiendo un escalofrío por toda la espalda, hacia la nuca, un hormigueo se instaló detrás de sus orejas.

Separó la silla del escritorio y se giró un poco, vio de reojo el pie desnudo.
El silencio se volvió más escandaloso y un latido frió congeló sus pensamientos.
Finalmente se dejó llevar, como en un sueño, y terminó de girarse.

Una de ellas estaba en el sofá, boca abajo, mirándolo. Sus pies descalzos hacían dibujitos en el aire distraídamente. Sonreía.
Había otra de ellas en el suelo, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos sobre el borde inferior del sofá, tocando con sus nudillos el suelo; sus rodillas apuntaban hacia él. Parecía desafiante, su sonrisa era casi sexual.
Las otras dos estaban en la otra parte de la habitación, una acuclillada en la mesa, un poco echada hacia delante, con las manos juntas apuntando hacia abajo y la cabeza ladeada en una expresión de curiosidad simpática. La otra estaba en la silla, con los pies sobre la mesa jugueteando con un lápiz.

Podía ver sus cuerpos, desnudos, bajo las extrañas blusas transparentes.
Su piel era como una mezcla de todas las pieles que alguna vez había deseado.

-¿Qué queréis?-dijo girándose de nuevo hacia su monitor.
-Queremos que escribas sobre nosotras

Habló la que estaba tumbada en el sofá, seguía jugueteando con sus pies perfectos en el aire; No podía verla, pero lo sabía.
Su voz era muy sensual.

-Estoy ocupado escribiendo otra cosa, quizá después.
-Escribe ahora sobre nosotras -dijo la del lápiz-, escribe y te daremos historias, cuentos, relatos, amores, odios, traiciones y pactos. Haznos un poco más inmortales, haz que tus dedos bailen para nosotras, ríndenos pleitesía, haznos reír.
-Haznos el amor -añadió desde encima de la mesa la otra, sin dejar de sonreír.

Podía notar la mirada de la que estaba en el suelo clavada en su nuca, no decía nada.

-Escuchad, no sé por qué demonios está pasando esto, pero no me importa; como casi nada desde hace tiempo. Estoy escribiendo una cosa para mis amigos. Es lo que estoy haciendo y no quiero hacer otra cosa que no sea eso. Id a molestar a alguno de esos poetas que escriben sobre noches estrelladas, azucenas, la luna fría y todas esas gilipolleces.
-Pero nos gustas tú, queremos que escribas tú para nosotras- detrás de sus palabras había una risita dulce.

Escuchó el crujir del sofá y los pies, desnudos, acercándose.
Su boca se secó; tenía un poco de miedo.

-Podemos abrirte puertas para las que no tienes llave, podemos hacer que brilles como los otros, esos que lees, los que te gustan, los que te acompañan en tus horas solitarias- dijo eso acercándose a su oído, rodeándolo con su brazo por detrás y apoyando su mano, suavemente, en su hombro desnudo -.Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás.

-No quiero nada de eso -tragó saliva- sólo quiero terminar esto, mandarlo a mis amigos y marcharme a dormir; no quiero brillar, no quiero ninguna de las cosas que me ofrecéis -mientras decía esto trataba de no pensar en lo bien que le hacía sentirse esa mano en su hombro; tanta dulzura le hacía un poco de daño en el alma- os lo agradezco, pero no puedo aceptar.

La mano se retiró suavemente.

-Está bien -oyó la sonrisa tras las palabras– eres raro.
-Gracias
-Creo que nos gustas
-Yo no sé si me gustáis
-Vendremos a verte alguna vez, eres divertido, incluso cuando estás triste.
No dijo nada acerca de ese último comentario.

Se fueron.
Siguió dándole a la tecla un rato, girándose de vez en cuando para asegurarse de que las extrañas intrusas ya se habían marchado.
Encontró una frase para el final de su escrito y lo mandó.
Caminó por el pasillo en penumbra hacia su cama y se tumbó allí, esperando al sueño.

“Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás”
Menuda pandilla de chantajistas emocionales, joder.

Dio un par de vueltas en la cama, tratando de no pensar demasiado en ello. Acomodó la almohada y miró hacia la pared esperando que el aburrimiento lo durmiese.

Eres un imbécil, pensó, podías haberles pedido, por lo menos, su teléfono.

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