La parte que jamás se rinde
Lo hice y fue fácil.
Tanto como quitarse los zapatos, los calcetines y ponerse a ello.
En medio de la ciudad, a las seis de la madrugada.
Cinco personas caminando, descalzas, en aquella noche más bien fría.
Recuperando lo que nunca se debía haber perdido; el contacto con uno mismo.
Esto es muy real, dice una de ellas.
Sonrío al escucharla.
Lo es. Más que cualquier cosa que puedas comprar.
Tus pies desnudos sobre el suelo que te sujeta.
Todo lo que no sabes que has perdido se recupera durante ese paseo de veinte minutos.
Pequeños gestos que dan sentido a ese algo indefinido dentro de ti.
La parte que jamás se rinde.
Tú.
