Colocó mil cosas a su alrededor.
Cosas que le gustarían, cosas que le harían feliz.
Ella miraba hacia otra parte y él las colocaba junto a ella.
Al final, mucho tiempo después, ella miró a su alrededor.
Le sorprendió no encontrar nada que no le gustase. Todo lo que había buscado en aquel horizonte que, al final, sólo conseguía que sus ojos se humedecieran, estaba justo ahí. Él lo puso ahí. Para ella.
Recordó que a él le gustaba verla sonreír. Por eso había tanto cariño en cada detalle. Siempre supo llegar hasta ella, pero las cosas más importantes las dijo cuando no estaba escuchando.
Al final, pensó, hacemos nuestra entrada fuera de tiempo. Unas veces tarde, otras veces pronto, pero nunca en el momento justo.
Se quedó un rato en silencio, sola, mirándolo todo y, al final, sonrió.
Ahora él ya no estaba ahí para ver su sonrisa.
Ni todas las lágrimas que hubo después.