Tierra y Círculos
Está sentado en el suelo, las manos llenas de tierra.
Le encanta la tierra.
Su madre está en la otra parte del parque, sentada, haciendo un suéter de lana bastante feo que le obligará a ponerse cuando llegue el invierno.
Aunque él ahora no sabe eso.
Hay otro niño. Lo conoce del patio. Es un año mayor, o algo así. Van a clases distintas, pero se ven en el recreo. Hay dos patios en su colegio; uno para los niños y otro para los mayores. Los dos juegan en el primero, aunque el chico es mayor que él. Se lleva mejor con los mayores. Entienden mejor sus bromas, tardan un poco más en dejarle solo, parecen más interesantes, aunque siempre terminan demostrando que no lo son. Pero tardan más.
El chico le reconoce y se acerca a ver qué está haciendo con la tierra.
Él se levanta y se sacude las manos.
Su madre sigue tejiendo.
La madre del otro chico está hablando con otra madre. En esa etapa para él las mujeres se dividen en dos clases: Madres y no madres. Ella lleva un carro con otro niño.
Un rayo de luz se cuela entre las ramas del parque y le da en los ojos, dejando toda la imagen grabada por unos segundos en su retina.
El otro niño, su madre, el carro.
Esa escena se quedará grabada mucho tiempo en su cabeza.
Aunque él ahora no sabe eso.
El niño le pregunta a qué está jugando y él le despista haciendo un par de bromas sobre excavaciones para encontrar el techo del infierno. Está de buen humor. El otro niño se ríe y mira los montones de tierra y, sobretodo, el círculo que él había trazado a su alrededor.
Más adelante los círculos serán importantes en su vida.
Llevará uno colgado siempre del cuello.
Tendrá otro que se romperá y se recompondrá con distintas personas conforme pasen los años.
Se concentrará en identificarlos, en ver cómo se abren y cómo se cierran; los ciclos, las etapas, los círculos.
Serán importantes.
Aunque él ahora no sabe eso.
El niño pregunta para qué es el círculo y él le contesta que para que no pase nada malo mientras excava. Dentro, dice, nada puede hacerte daño. Y sonríe.
Entonces ocurre.
El niño se lanza sobre él sonriendo, para jugar, tocarle, las típicas cosas de niños. Él sigue sonriendo, le sujeta por la camiseta tal y como viene y gira un poco sobre si mismo, dejando una pierna un poco separada. El niño choca con ella. Se cae.
Él sigue sonriendo pero al niño parece no haberle hecho gracia.
Le tiende la mano, vamos, dice, deja que te ayude, no ha sido nada, sólo te has manchado un poco.
El niño le mira desde el suelo. Piensa durante unos instantes y le da la mano.
Antes de que puedan tocarse su madre lo está levantando.
Él da un paso hacia atrás. Su madre sólo le mueve tan fuerte cuando va a pegarle. Debería, piensa, de levantarlo un poco más despacio.
No pasa nada, dice él, estamos jugando.
La madre del otro niño no le mira, parece como si no le escuchase.
Ella está mirando a su hijo a los ojos mientras le sacude el polvo del pantalón. No le está pegando pero tampoco le está limpiando. Es un punto medio, hay algo contenido en el gesto. Él está congelado, observando.
Durante el resto de su vida observará todo lo que la gente, incluyéndose a sí mismo, hace.
Aunque él ahora no sabe eso.
La madre coge a su hijo y le estira del brazo, coge el carro y se marcha.
Él se queda mirándolos.
El niño se gira un momento y luego mira hacia su madre, que le va a decir algo.
Te tengo dicho que no juegues con ese niño.
Y lo repite zarandeándole.
Te tengo dicho que no juegues con ese niño.
Habrá más niños que no querrán jugar con él. Con el tiempo algunas personas querrán estar a su lado pero terminarán marchándose, alguien decidirá por ellos que es mejor no jugar con él, otras veces lo decidirán ellos mismos, pero no será la última persona que vea alejarse.
Aunque él ahora no sabe eso.
Los ruidos del parque, su madre tejiendo en la otra punta, sin enterarse de nada de lo que ha pasado, el niño alejándose, la frase haciendo eco en su cabeza, una moto que pasa por la carretera.
Se mira las manos.
Mira la tierra.
Mira el círculo.
Mira la silueta de la madre, que sigue riñendo a su hijo. Por jugar con él.
¿Por qué?
De camino a casa se lo cuenta a su madre y cuando le hace la pregunta ella deja las bolsas con la lana y el suéter feo, se pone de rodillas para estar a su altura, y dice algo que a él, con el tiempo, le parecerá injusto.
No les necesitas.
Ellos a ti sí.

Comments
Es curioso, la mayor parte de las veces, algo así como siempre, solo conversaría de buena gana con aquellos a los que solo puedo leer; tal vez porque es más fácil y porque lo que leemos lo interpretamos como nos da la gana y asusta menos. No soy muy dada a los blogs siempre he preferido los libros, pero lo que escribes siempre, de alguna forma, me toca en el cerebro, allí donde se siente.
Posted by: Alitheia | 10 de Agosto 2006 a las 02:48 AM
Ante eso sólo puedo darte las gracias por hacer la excepción con las cosas que escribo.
Me alegro de que te gusten.
Posted by: Tony | 28 de Agosto 2006 a las 05:06 PM
La gente que dice mucho que no necesita a los demás suele mentirse a veces para no reconocer que es vulnerable, de una forma u otra.
Posted by: perezreverte | 7 de Septiembre 2006 a las 10:17 PM
Totalmente de acuerdo.
Al niño del relato, como se dice en el último párrafo, con el tiempo le parecerá injusto lo que la madre le dice.
De todas formas la necesidad es una cuestión muy compleja, aunque en lineas generales estoy de acuerdo con lo que apuntas.
Gracias por leer mis cosas.
Posted by: Tony | 8 de Septiembre 2006 a las 02:16 AM