Adrede
Hoy he recordado algo sobre mi madre en lo que no pensaba desde hace mucho tiempo.
Recuerdo que un día, jugando en la mesita baja de mi salón, cuando era niño, me enfadé. No recuerdo por qué, creo que fue por algo que intentaba hacer y no me salía, pero, como he dicho, no lo recuerdo bien.
El caso es que me enfadé y rompí una figurita. La tiré al suelo. Adrede.
A mi madre le encantaban las figuritas.
También le encantaba romperlas contra el suelo cuando se enfadaba, pero esa es otra historia.
Recuerdo que ella me miró y yo me quedé congelado, consciente de que había visto lo que acababa de hacer y de que, seguramente, me iba a pegar.
Mi madre se puso delante de mí, se agachó a mi altura, me miró a los ojos y me preguntó:
¿Lo has roto sin querer o ha sido queriendo?
Me quedé callado mirándola y, al final, hice lo que hago siempre; dije la verdad.
Lo he roto queriendo.
Mi madre se levantó, fue a por la escoba y barrió todo aquello mientras yo seguía allí sentado, mirándola. Luego volvió a sus cosas, estaba ordenando algo, tampoco recuerdo bien esa parte.
Cuando volvió a mirarme le pregunté.
¿Por qué no me has pegado?, dije, lo he roto queriendo
Ella dejó lo que estaba haciendo y volvió a agacharse a mi altura.
No te he pegado, dijo, porque has dicho la verdad. Si hubieses mentido sí te habría pegado.
Esta noche he recordado todo esto por cosas que no vienen al caso.
Esto y que aprendí mucho de ella, de forma directa o indirecta, pero, curiosamente, esta lección es una de las que más valoro.
No me importa que me mientan, porque entiendo que todo el mundo lo hace, pero una vez detecto las mentiras, y por suerte o desgracia lo hago con bastante precisión, siempre concedo la oportunidad de decir la verdad. Siempre. Sin excepción.
Esto intento aplicarlo a todo, sobre todo a mis relaciones personales.
Hoy he llegado a la conclusión de que me moriré sin que ninguno de los mentirosos que pasen por mi vida diga la verdad en el momento en que le comunique que sé que está mintiendo. No importa que les brinde mil oportunidades de decir qué ha pasado realmente, ni que incluso se lo insinúe de forma abierta, ni que les deje claro que no pasa nada, que pueden hablar. Tampoco importa que les haga una descripción exacta de lo que realmente ha pasado, eso que están escondiendo con su mentira.
Da igual.
Siempre dirán que lo rompieron sin querer.
Y yo siempre sabré que están mintiendo.
No podéis imaginar lo triste que eso resulta para mí. No creo que nadie pueda hacerse una idea de, hasta qué punto, ese detalle me roba la fe en mil pequeñas cosas.
Y en otras más grandes.
