Como cada noche
Esta botella bebe de la gente hasta dejarla seca.
La única manera de salir vivo, de lograrlo, es beber más rápido que ella.
Si ganas, todas las vidas, todos los sueños de los que lo intentaron antes que tú, te pertenecerán.
Si fallas, todo lo tuyo terminará en su interior, como pasó con los demás. No se sabe cuántos lo han intentado, pero está tan llena que nadie puede bebérsela sin que ella se lo beba antes. Te lo aseguro.
Eso le digo.
Él la mira y la agita, tratando de imaginar qué cosas hay dentro.
Sin acercársela nunca los labios.
Cuanto más lleno esté, me dice, más difícil será que ella me vacíe, ¿verdad?
La mira un momento y vuelve a dejarla en mi regazo.
Justo en la puerta de mi tienda de campaña, a punto de volver al frío de la noche, en este desierto, se gira y, echándole un último vistazo, me habla.
Quizá, al final, beberme mi vida y mis sueños sea mejor que cualquier cosa que eso de ahí pueda darme.
No la necesito para llenarme de historias, dice.
Y después se va.
Me quedo sentado, en mitad de la tienda, con la botella entre mis manos. La abro y, como cada noche desde hace cientos de años, bebo de su interior. Como cada noche, rezo para quedarme vacío y poder descansar. Como cada noche, fracaso. Porque todas las historias que bebo ya las conozco, porque ninguna fue mía hasta el primer trago, porque la botella y yo estamos unidos y nadie, ningún viajero, en ninguna noche estrellada, ha roto esta maldición ni podrá romperla.
Porque todos los que vienen, se equivocan.
El secreto no es estar más lleno que ella.
El secreto es haberse vaciado antes de beber.
