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10 de Febrero 2008

Esperando

Ella está en el supermercado, así que yo paseo a la perra.

Los niños se paran y le acarician la cabeza.
Sonrío y no digo nada, salvo algún sí ocasional cuando me dicen que es como el perro de Scottex. Estoy seguro de que corriendo por su pasillo con un rollo de papel higiénico entre los dientes no les parecería tan adorable, pero eso no se lo cuento.

Ahora soy un tío majo.

Por la noche me quedo mirándola hasta que se duerme. Si apago la luz antes, empieza a corretear y a golpearlo todo a oscuras, así que me quedo sentado en la cama y espero.

Mi novia se queda dormida, pero la perra continúa mirándome, así que sigo allí, sentado, esperando. De vez en cuando le acaricio el lomo y le rasco detrás de las orejas.

Buena chica.

Pienso en todas las cosas que he pasado para llegar a este momento. En lo que significa estar aquí, con una mujer que vale la pena durmiendo a mi espalda, con una perra a mis pies y con mil cosas que me motivan entre las manos. También pienso un poco en qué viene después y sonrío, porque al fin se ha quedado dormida, y porque nadie, salvo yo, sabe en qué estoy pensando.

Me meto en la cama y, al hacerlo, despierto a mi novia.
Me pregunta si ha funcionado y le digo que sí.

La perra está dormida.

Me dice que tengo una manera rara de hacer las cosas y me besa.
Después, haciendo el amor, despertamos a la perra.

Es divertido volver a empezar.

22 de Noviembre 2007

Como cada noche

Esta botella bebe de la gente hasta dejarla seca.

La única manera de salir vivo, de lograrlo, es beber más rápido que ella.
Si ganas, todas las vidas, todos los sueños de los que lo intentaron antes que tú, te pertenecerán.
Si fallas, todo lo tuyo terminará en su interior, como pasó con los demás. No se sabe cuántos lo han intentado, pero está tan llena que nadie puede bebérsela sin que ella se lo beba antes. Te lo aseguro.

Eso le digo.

Él la mira y la agita, tratando de imaginar qué cosas hay dentro.
Sin acercársela nunca los labios.

Cuanto más lleno esté, me dice, más difícil será que ella me vacíe, ¿verdad?

La mira un momento y vuelve a dejarla en mi regazo.

Justo en la puerta de mi tienda de campaña, a punto de volver al frío de la noche, en este desierto, se gira y, echándole un último vistazo, me habla.

Quizá, al final, beberme mi vida y mis sueños sea mejor que cualquier cosa que eso de ahí pueda darme.
No la necesito para llenarme de historias, dice.
Y después se va.

Me quedo sentado, en mitad de la tienda, con la botella entre mis manos. La abro y, como cada noche desde hace cientos de años, bebo de su interior. Como cada noche, rezo para quedarme vacío y poder descansar. Como cada noche, fracaso. Porque todas las historias que bebo ya las conozco, porque ninguna fue mía hasta el primer trago, porque la botella y yo estamos unidos y nadie, ningún viajero, en ninguna noche estrellada, ha roto esta maldición ni podrá romperla.

Porque todos los que vienen, se equivocan.

El secreto no es estar más lleno que ella.
El secreto es haberse vaciado antes de beber.

15 de Noviembre 2007

Rezando

Una oración sincera susurrada con palabras aprendidas.
Sentada al sol, con los ojos cerrados, la anciana rezó.

Su ceño estaba fruncido, sus labios murmuraban rápido, tragándose las palabras apenas salían de su boca, de vez en cuando un gesto parecido al llanto asomaba durante un segundo para desaparecer después. Y el balanceo, delante, detrás, en aquel banco, apretando el rosario con más y más fuerza. Esperando algo. Las arrugas en sus manos, en la comisura de sus labios, el pelo blanco intentado escapar del pañuelo mal atado. Todo iluminado por ese tipo de luz que no se decide a ser naranja, aunque lo insinúe con timidez.

Abrió los ojos y su balanceo se detuvo al verme, de pie, frente a ella.
Mirándole.
Por un momento no respiró y se sobresaltó sin perder la compostura.
Quizá fue la ropa blanca, los ojos azules, el pelo largo, el sol empezando a brillar detrás de mí.

La imagen a contraluz.

Podría haberle dicho que su salvador se parecía más a cualquiera que le haya despachado fruta en los últimos cinco años que a mí, que sus ojos no eran azules sino marrones y que su piel era bastante más oscura que la mía, pero ya no suelo hablar de esas cosas.

Al final se dio cuenta de que sólo era alguien que pasaba por ahí y volvió a cerrar los ojos. Seguí caminando y ella se quedó allí, con su rosario y su balanceo.

Aquella mañana, en ese banco, lo vi; lo que pasa cuando estamos rendidos y asustados, cuando estamos vencidos. Cuando estamos rezando.

Lo vi y pensé que hay formas más dignas de esperar la muerte.

13 de Octubre 2007

Hielo

Él estaba en la barra.
No hablaba con nadie, así que ella decidió acercarse.
Hacía mucho que no se veían.

Viéndolo ahí, después de observarle un rato, se dio cuenta de que, en realidad, nunca supo muy bien cómo era. Aunque era consciente de que él sí sabía cómo era ella. No del todo, claro, eso nadie podía saberlo, pero sí de un modo mucho más exacto que otra gente, un modo menos influido por todo lo que ella intentaba proyectar. Eso es lo que más le molestaba de él y, al mismo tiempo, lo que más le gustaba. Porque a veces se perdía en sus propias máscaras, y se asfixiaba, y no sabía salir del juego que ella misma había construido.

Entonces recurría a él.
Porque siempre sabía devolverla a la realidad.

Una vez se lo dijo.
Estaban en su casa, ella andaba metida en un lío y se lo estaba contando. Él la escuchaba como si fuese la única cosa en el mundo.

Recuerda que pensó que jamás había tonteado con ella. Recuerda que se sintió bien por eso y que luego sintió un poco de rabia, aunque no le dio importancia, porque sabía que gastaba la mitad de su energía en gustar a los chicos y la otra mitad en negarlo, así que era normal sentir esas cosas con alguien que siempre estaba ahí.

A veces siento que soy de mentira, dijo, que necesito que tú me lo digas para dejar de serlo. Y se quedó mirándole, esperando que él dijese algo sobre aquello.

Él sólo sonrió y le dijo que se terminase el café.
Nunca más hablaron de eso.

Y sin embargo, sentado en esa barra, parecía distante; sabía que ella estaba allí pero no le daba importancia.

Ni siquiera la había saludado.

Es posible que, en el pasado, ella hubiese dicho algo inconveniente; siempre solía hacerlo, sobre todo con la gente que le importaba. Era su manera de perderlos y torturarse por ello. Aunque eso nadie lo sabía, claro.
Sólo ella.

O eso le gustaba pensar.

De todos modos él la conocía; sabía de sus tragedias, sabía que odiaba a las divas y que, sin embargo, quería ser una, sabía que unas veces era profunda y otras superficial, que a veces era intensa y a veces insulsa, que pasaba por fases que ella misma construía, que la mayoría de veces todo esto resultaba demasiado forzado, como su manera de sujetar los cigarrillos al fumar.

Nunca terminaba de creerse a sí misma y por eso siempre probaba otra cosa.

Él debía saber todo eso, porque la conocía; todo dependía de cómo soplase el viento, de cómo quisiera soplar ella, y, normalmente, soplaba del modo que más le asustase.

Así que sí, es posible que hubiese dicho cosas inconvenientes, que lo hubiese insultado, que la pillase puesta de cristal o borracha y dijese alguna tontería, o quizá lo trató como si fuese uno de esos perritos falderos que él vio pasar sin hacer ningún comentario.

El caso es que la escucharía, seguro.
Porque, que ella recordase, siempre la había escuchado y ahora, más que nunca, necesitaba hablar con alguien.
Hablar de verdad.

Se sentó a su lado.
Él miraba como el camarero conversaba con unas chicas francesas que se reían mientras practicaban su español.
Se giró en el taburete, incorporándose hacia él y le habló. Te invito a una copa para romper el hielo, le dijo. Entonces él sonrió, igual que aquella vez que estaban solos.

Igual que todas las veces que ella fue ella frente a él porque estaba cansada de ser otra cosa.

El hielo, dijo él, está donde tiene que estar.
Y se marchó, sin girarse a mirarla, y ella sintió que algo no había funcionado.

Que algo había salido mal.
Muy mal.

7 de Julio 2007

Máquinas de Escribir

Le encantan las máquinas de escribir.

Las antiguas, ya sabéis; con su rollo de tinta y su tac, tac, tac.
Clink.

Me cuenta que casi nunca ve a nadie tecleando en una de esas, pero cuando lo ve, joder, dice, es genial.
En realidad la gente que ve usándola suele estar haciendo algo estúpido, tecleando un informe, una denuncia, cosas así, tramites, ya me entendéis.

Sin embargo hay otras cosas que, sin dejar de ser estúpidas, tienen algo más de magia.

Crear con ellas es genial. Me lo dice en serio. Sabe que la tecnología nos lo pone fácil, que podemos escribir, corregir y editar de modo muy simple pero, para él, esas máquinas tienen un no sé qué del que los procesadores de texto carecen.

Durante un tiempo pensó que era por el sonido. Ese tac, tac, tac, te llena el cerebro, consiguiendo que dejes de pensar sobre lo que estás haciendo. Cuando dejas de pensar dejas de juzgar y cuando dejas de juzgar las palabras salen a borbotones, listas para inundar todas las hojas que les pongas por delante.

No es el sonido.

También pensó en el tacto. Tener que pulsar la tecla con fuerza, marcando la hoja. Marcándola. Es como dibujar con tinta; es posible que cagues muchos dibujos, dice, pero dibujar de ese modo da mucha seguridad. O eso dicen los que entienden del tema.
Con una de esas máquinas, dice, la escritura se convierte en algo más físico; estás ahí clavando todo lo que piensas sobre el papel, lo ves aparecer, como una marca, una herida en el blanco que ya no se puede borrar.
Tac, tac, TAC.

Tampoco es el tacto.

Se planteó que quizá fuese la resonancia. Toda esa gente muerta a la que leemos, sentados frente a su máquina de escribir, en algún momento del tiempo, dándole a la tecla; creando lo que más adelante será nuestra biblioteca. Tac, tac, tac. Algunos, como Hemingway, incluso tecleando de pie. Todo ese montón de gente, escuchando lo mismo, sintiendo lo mismo, viendo las letras marcarse en el papel, diseminados a lo largo del tiempo. Y tú ahí, tac, tac, tac, repitiendo el ritual.

La culpa la tiene el piano, me dice. También le encanta, y pasa mucho tiempo tocándolo.

Cuando pulsas el pedal los frenos de las cuerdas se levantan, ¿ves?, puedes tocar una tecla, una sola, y todas las notas como esa, en distintas octavas, vibrarán. Y sus correspondientes notas afines, terceras, quintas, etc, vibrarán también. Eso le da al sonido un algo especial.

Toca un par de notas sin pisar el pedal y luego pisándolo, para enseñarme la diferencia.
Sí que la hay.

Así que quizá sea una mezcla de todo; del sonido, del tacto y de toda esa gente que hizo lo mismo que tú antes, en una máquina parecida a esa en la que tecleas, resonando en un tiempo dividido en octavas. Quizá sea que, usando una de esas, te sumas a una sinfonía que no se puede percibir, porque resuena a lo largo de la historia. Las nuevas máquinas no han tenido tiempo de crear la suya, y aunque no haya nada malo en participar de ella, en contribuir con nuestras notas, con nuestro tecleo, tampoco está de más jugar con la música anterior, antes de sumergirse en la nueva.

Nos despedimos y me quedo pensando en todo ello.

Al final decido que es improbable que tenga razón, aunque no me parece mal verlo de ese modo, al menos durante un rato.

Justo hasta aquí.

20 de Junio 2007

El motivo de nuestra llamada

Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:

-Buenas tardes, ¿el señor Sanchez?
-Sí, soy yo
-Mi nombre es Susana Pérez, le llamo desde el departamento de promociones de Cablemola, tiene usted contratado con nosotros el servicio de Internet desde hace bastante tiempo.
-Sí, sí.
-Verá, señor Sanchez, el motivo de nuestra llamada es ofrecerle nuestro nuevo pack de televisión digital de forma totalmente gratuita. Tan sólo tendrá que pagar usted el receptor que, al ser ya cliente, tendría un coste de seis euros; muy económico.
-Ah, verá señorita, es que yo no tengo tele, sólo utilizo Internet, paso muchas horas trabajando con la red y por eso no contraté ninguno de los packs de televisión, teléfono e Internet que me ofrecieron ustedes en un principio.
-Ya, bueno, si no tiene televisión, señor Sanchez, esta oferta es una buena oportunidad para usted, son sólo seis euros y la instalación incluye más de cuarenta canales, además de…
-No, no. Verá, señorita, cuando digo que no tengo televisión me refiero al aparato en sí. Llevo cuatro años sin ver la televisión, la evito en la medida de lo posible, no me interesa, de verdad; veo películas, series, leo libros, utilizo la red a diario pero no me interesa la tele, tengo periódicos, gente con la que hablar y otras formas de informarme que me resultan más agradables que la televisión. Entre usted y yo, señorita Pérez; no creo en la tele, ¿sabe? La gente se muere por dentro viendo esa cosa y terminan siendo iguales entre sí; diciendo las mismas cosas, gastando las mismas bromas, riéndose de lo mismo, abusando de las mismas palabras, viéndolo todo igual. Quizá en algún momento la televisión reflejó a las personas pero ahora son ellas las que reflejan la televisión y, la verdad, no es una imagen agradable. ¿Qué quiere que le diga? Es un cacharro agresivo del que prefiero mantenerme alejado, ¿comprende?
- …
-De todas formas, muchas gracias por su oferta, son ustedes muy amables.
-…
-Hasta luego, Señorita Pérez.
-Uh, sí, Hasta luego, señor Sanchez.

Colgó, y volvió a mirar la página en blanco.

Tecleó:

“Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:”

13 de Junio 2007

Cuartos de Baño

-Está todo lleno de magia, tronco, lo que yo te diga.
-No sé qué decirte, tío, yo no la veo por ninguna parte.
-¿Por ninguna parte?-levanta su cerveza, mira dentro y la vuelve a dejar sobre la mesa-, ¿y qué me dices de los cuartos de baño, joder? Son mágicos de la hostia.
-¿Los cuartos de baño? Ahora sí que me he perdido.
-La madre que te parió, piénsalo un poco. ¿Dónde te libras de todo lo que te sobra?, ¿Dónde te purificas?, ¿Dónde te miras realmente a los ojos de una forma en la que no te sueles mirar?, ¿Dónde te dices las cosas que no te dirías en ninguna otra parte?
-¿Purificar?
-Ducharte, tronco, quitarte la mierda que llevas encima y dejarte bien limpito esperando que alguien vuelva a ensuciarte. La mayoría de veces tú mismo. ¿O piensas que duchándote sólo te lavas el cuerpo? Joder ya con la estrechez mental.
-Hombre, es una forma de verlo, pero no creo yo que…
-Creer, creer. Creer es para besacruces, tío, esto es real. Te comes un trozo de carne, te alimentas de él y luego sueltas un cagarro enorme. Donde había un jugoso filete ahora hay una mierda humeante. Lo llaman digestión, explican el proceso físico y por eso deja de ser un jodido milagro. Y una mierda. Es magia, tronco, de la buena. Te lo digo yo. ¿Recuerdas cuando te dejo la tipa aquella?
-Uh, ¿Cuál?
-La zumbada aquella.
-Estaban todas bastante zumbadas, si no me das más detalles…
-Bueno, elige una al azar, total, cambian los detalles pero la esencia siempre es la misma. Cuando vienen esos marrones, ¿qué pasa?, ¿eh?, ¿recuerdas?
-Pues que te sientes mal y eso, son cosas jodidas. No te lo esperas y además no entiendes nada. Es una putada, no duermes bien y…
-Te cagas
-¿Qué?
-Te vas la pata abajo, colega, me lo dijiste, se te descompone el cuerpo. Una vez tuve que ayudarte a levantar la persiana del bar porque tenías miedo de cagarte encima.
-Joder, pero eso es normal, tío, los nervios y todo el follón, ya sabes, se me descompuso el cuerpo.
-Nah, tenías mierda extra y tu cuerpo intentaba librarse de ella. Por eso te pasaste medio fin de semana pegado a la taza del water. Es magia tío. Convertir una cosa en otra. La mierda que te pasa por la cabeza en mierda que te sale del culo. Alquimia, una cosa por otra, plomo en oro, emociones negativas, deshechos emocionales y físicos transformados en pastosa mierda marrón clarito. Con su propia banda sonora y todo.
-Joder, eres un guarro.
Los dos se ríen.
-Oye, ¿y lo del espejo?
-Eso está clarísimo, tío, ¿Cuántos espejos hay en tu casa?
-Pues uno en el dormitorio, uno en el recibidor y otro en el baño.
-Ahá, y cuando estás jodido de verás, ¿en cual te hablas a ti mismo?
-Hum. En el del baño –Hace una pausa-. Pero es normal, hay más intimidad y eso.
-¿Intimidad? Pero si tú vives sólo, capullo.
-Joder, es verdad.
-Claro, hombre, es el jodido lugar sagrado, el lugar donde te purificas, donde te libras del lastre, ya te lo he dicho. Los cuartos de baño tienen poder, en serio tronco, te lo digo yo.
-No sé, lo del espejo sí que es verdad, quiero decir que recuerdo varios momentos chungos en los que me miré allí y me dije un par de cosas importantes. Es como si hicieras una pausa y te contases a ti mismo lo que pasa y lo que tienes que hacer. Bueno, eso hago yo.
-Tú y todos, tío, tú y todos. El problema es aprender a reconocerlo, ¿sabes?, le damos poca importancia a estas cosas.
-Quizá
-En fin, ve poniéndome otra cerveza, voy a transmutar el almuerzo en algo que pueda flotar libremente por las cloacas y cuando vuelva hablaremos de los dormitorios y del sacrosanto recibidor, ese gran olvidado.
-Estás como un cencerro, mamón.
-Claro, alguien tiene que estarlo.
-Venga, ve al baño y no me asustes a la clientela.
-Se hará lo que se pueda, señor, se hará lo que se pueda.

25 de Marzo 2007

Sólo un gato (Para Sergio)

Los Viejos Dioses se sentaron en grupo mientras el mundo terminaba de enfriarse. Contaban historias de cómo era todo antes de aquello y se les veía nerviosos por la nueva situación.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría asegurarte que los Dioses Marinos estaban muy preocupados. Corrientes fluían de sus bocas a sus oídos, susurros de espuma, un océano infinito contenido en cada una de sus siluetas, balaceándose, suave.

Mirarlos era como intentar ver a través de agua cayendo con fuerza.

En este nuevo mundo, dijo uno de los Dioses de la Forja, el agua será vital, los nuevos señores la beberán, lavarán sus cuerpos, moverán máquinas con su vapor, incluso morirán si pasan demasiado tiempo sin ella, más no será ya el reino elegido; este mundo no será acuático, pese a que el agua lo cubrirá casi todo.

Su voz sonaba como fuego encerrado en una cueva. Una cueva de arcilla húmeda, con olor a barro y hierba mojada, con raíces en las paredes, con pequeños insectos habitando cada una de las capas que la forman, moviéndose de una a otra. La voz de la tierra dándose forma a sí misma.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría contarte cómo los Dioses Oráculo miraban al vacío y repetían en voz baja una de las palabras de aquel Dios.

Máquinas.

Los Dioses hablaban de cómo era todo antes del principio. De éste y de otros. Algunos hablaban de cómo sería el final. Cuando dividan lo más pequeño, dijo una Diosa de la Guerra, empezará el fin de todo.

Otra vez.

Su voz era como dos ejércitos chocando en medio de una llanura, como lanzas partiéndose contra escudos. Como la carne contra la carne.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría explicarte cómo el Dios de Amor y su Sombra se removieron inquietos al escuchar aquellas palabras. Estaba un poco apartado del resto de Dioses y, a diferencia de los demás, no estaba en ningún grupo. No había otro allí como él. O, al menos, yo no lo vi. No sabría decirte si era él quién proyectaba su Sombra o su Sombra quien le proyectaba a él, pero sí que sabría decirte que otros dioses le miraban de reojo. A él y a su Sombra.

Sobre todo a su Sombra.

Había puesto gran parte de su esencia en aquel nuevo mundo, así que, el final del que hablaban, podría ser suyo también; si las cosas salían mal.
Como siempre solía pasar.

Todo será dual, dijo uno de los Dioses del Conocimiento, o así lo verán ellos; cada cosa tendrá su opuesto. Con el tiempo crearán una forma de explicarlo todo, una forma que los alejará de la magia. La magia, añadió un Dios Oráculo, provocó fracasos otras veces, es mejor mantenerlos alejados de ella esta vez.

La única Diosa de Magia que estaba presente en aquel momento pareció no escuchar el comentario. Estaba distraída observando los pequeños ojos que acechaban tras uno de los árboles recién creados.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero me gustó que me mirase así.

Me acurruqué a escuchar las historias que contaban. Historias sobre los tiempos sin nada, entre un mundo y otro, historias del vacío, de Dioses dando a luz nuevos mundos, de criaturas antiguas que sobreviven a todos los ciclos, cambiando de forma, escondiéndose en la misma esencia de la que provienen todas las cosas; incluso ellos.

Eso me hizo sonreír, y me trajo muchos recuerdos.

Soy curioso por naturaleza, me gusta merodear y observar lo que hacéis, con la misma atención con la que llevo eones observando lo que hacen ellos. Algún día nos cruzaremos en un callejón; sabrás que soy yo porque, mientras nos estemos mirando, no pensarás en nada.

Yo, como hago siempre, dejaré que me veas y, después, seguiré mi camino.

27 de Enero 2007

Hasta que pare la lluvia

Es casi un bautismo.
Salgo de tu cama, cálida, y la lluvia me encuentra.

El frío me hace recordar el calor de tu cuerpo. Dormir sin ropa para calentarnos de ese modo que nos hace sonreír. Abrazados. Porque así estamos más vivos. Porque así todo es más real.

Y la lluvia insiste.

Encoger el cuello me hace recordar cómo lo estiro para que dejes allí tus pequeños mordiscos.
Esconder mis labios, para que el agua y el frío no los corten, me recuerda cómo los abro para entregar mis besos y recoger los tuyos.

Me está lloviendo un mundo encima.
Sonrío.

La lluvia siempre está, sólo que a veces se deja ver, en forma de agua. Te recuerda el frío que puedes llegar a sentir, con toda esa humedad calándote dentro, congelándote, sin nada cerca que pueda calentarte.

La lluvia sabe de metáforas.

Vuelvo a pensar en tu cuerpo apretándose contra el mío, en los abrazos que das dormida, en esa sonrisa que no sabes que pones, en todo lo que hago por ti y en todo lo que haces por mí.

En todas esas noches de no dormir para no perderse un segundo de lo que dure tu calor.

Quizá no sea un mundo perfecto, pienso mientras mi ropa se cala, pero todavía queda sitio para los pequeños milagros.

Para las personas que se quieren por los motivos correctos, para los que se aman en vez hablar sobre amarse.

Para ti y para mí.

Hasta que pare la lluvia.

30 de Diciembre 2006

Manta a Cuadros con Botas de Montaña

Los vio de lejos.

Estaban dentro de un cajero, eran cuatro o cinco. Altos, peinados a la moda, con sus pelos arreglados como si acabasen de meter los dedos en el enchufe. Su cresta de gallito de corral.

Una generación asustada, si juzgásemos por el pelo.

Ropa cara, de esa en la que gastan dinero para que no se note que han gastado dinero. Vaqueros con pinta de usados que valen un extra por tener esa pinta, cazadoras de marca, cinturones. No sabe por qué pero le llamaron la atención los cinturones. Quizá sea porque nunca lleva, o porque esas hebillas le parecen exageradas, no lo sabe, el caso es que se dio cuenta de que todos llevaban cinturones. Iban arreglados, viernes noche, es lógico para ellos. Niños bien.

Vio el bulto en el suelo, dentro del cajero. La manta a cuadros con botas de montaña.

Vio cómo uno de ellos la miró, cómo empezó a tirarle con cuidado algo por encima.
Pensó en queroseno, en vagabundos ardiendo, en navajazos en mitad de la noche y en la bronca que se iba a montar dentro de un momento. Aceleró el paso en dirección a ellos. Sus dos amigos también, aunque no se habían dado cuenta de lo que pasaba.

Siempre lo ve todo antes, lo tiene asumido y sirve para más cosas que para localizar a las chicas bonitas en lugares atestados de gente.

Aflojó y se dio cuenta de que era sólo zumo. De naranja. ¿Qué coño estás haciendo, pensó, tirándole zumo por encima a la manta?

Ni siquiera le vieron parado en la puerta, observándolos a través del cristal.
Ni a sus dos amigos.

Vio sus miradas, el descojone, las risas contenidas. La rabia se le comió por dentro.

¿Por qué cojones están haciendo eso?

El que mojaba la manta se asomaba con cuidado, como todos solíamos hacer cuando estábamos en clase y pinchábamos al de delante, y derramaba otro chorrito.

Aunque eso no era una clase, eso no era un compañero con el que luego poder compartir unas pelis, un almuerzo, o jugar a los cromos, para compensar las molestias, para recordarle que son bromas de colegio, que en fondo somos amigos y esas cosas no tienen importancia.

Era un tipo durmiendo, tapado con una manta. Durmiendo con sus botas puestas. Unas botas buenas, seguramente las únicas que tenía desde Dios sabe cuándo. Y aquel hijo de puta le estaba mojando la manta sólo para echarse unas risas. La única manta a la vista, porque en esa mochila que estaba usando como almohada no cabía otra.

Cabrón, pensó.

Estaba ahí parado, y vio que derramaba más líquido. Se giró y lo dijo en voz alta.
¿Pero por qué coño están haciendo eso?

Porque son gilipollas, dijo uno de sus amigos.
Vamos a calentarles, dijo el otro.

Y el motivo por el que odió al chaval que tiraba el zumo, a ese hijo de la gran puta, es porque, por un momento, se lo planteó en serio.

Pensó entrar ahí, sin decir ni mu, y partirle la traquea, a él y a sus colegas.
Eran todos más fuertes, más altos y más guapos. Niños bien. Invertían un montón de tiempo y dinero en tener ese aspecto, pero en el fondo seguían siendo lo que eran. Puta escoria. Niñatos de mierda que sólo se siente arriba teniendo alguien debajo. Echándole porquería por encima. Zumo de naranja en su única manta. Así que, dada su ventaja, pensó que lo que tenía que hacer era entrar rápido con sus amigos y no darles tiempo a reaccionar. Soltarles toda la rabia que llevaban haciéndole acumular desde que tenía uso de razón.

Reventarle la puta cabeza contra el cajero, partirle los dientes contra el cristal y cagarse en su boca abierta, después de haberle desencajado la mandíbula a puñetazos.

Por eso odiaba a ese cretino, porque por un momento le hizo odiarlo todo. Pedazo de mierda, cobarde; cabrón.

Mientras valoraba todo eso el bulto se movió y el del zumo se retiró un poco, sonriendo, buscando aprobación. Los colegas se la dieron, uno sólo con una media sonrisa, los demás riéndose. Vio el golpecito que uno le daba a otro en el hombro, qué pasote tío, qué risa, y sintió ganas de explotar ahí mismo.

De reventar y llevárselos a todos por delante.

Justo entonces pusieron rumbo a la puerta. Siguió andando y, de reojo, vio cómo abandonaban el cajero y dejaban al hombre de la manta solo otra vez.

Pero ya le habían jodido la noche, el del zumo y su séquito de subnormales profundos.

Lo habló con sus amigos. Había más silencios incómodos que palabras. Comieron algo; unos trozos de pizza. Y no podía, joder, le habían boicoteado la paz interior, el nirvana, la calma, el puto Ommm.

Cerdo de los cojones.

Le concedió el punto, no sólo había jodido a un pobre tipo durmiendo en un cajero, también le había jodido a él. Tienes impunidad, pensó, eres TAN guay que nadie va a reventarte la cabeza sin convertirse en alguien peor que tú.

Esa es tu ventaja, pedazo de mierda seca.

Así que se comió los dos trozos de pizza y compró un tercero, volvió al banco, entró y se quedó parado a los pies del tipo que estaba durmiendo allí mientras sus dos amigos esperaban fuera sin tener ni puta idea de qué iba a hacer.

Miró las botas y observó los ojos dormidos, estaba tapado hasta la nariz con la manta que aquel gilipollas le había mojado. Podía ser un chico o una chica, no se veía bien.

Lo llamó despacio, varias veces, hasta que se despertó. Se incorporó, rápido, alerta. Seguramente por el susto de antes; notar algo mojado en la espalda, girarse y ver una panda de subnormales como aquellos a su alrededor, en fin, menuda fiesta tenía que ser.

Quizá era uno o dos años más joven que él. Un chaval joven, no uno de esos viejos vagabundos, tan sólo un chaval sin suerte, sin pelo de moda, sin ropa de marca, sin cinturón de hebilla ancha. Un tipo como él, como cualquier otro, como el imbécil del zumo. Aunque ese ya no supiese verlo.

Está recién hecha, dijo, y le dio el trozo de pizza.

Gracias.
De nada.

Salió y puso rumbo a casa. Sus amigos no dijeron nada. Esperaba sentirse mejor. Pensó que quizá no pueda pararlos, no puede impedirles que con su mezquindad conviertan el mundo en una bola de mierda, pero al menos puede compensar un poco, intentarlo, hacer otras cosas aparte de machacarlos hasta que sean algo blando y húmedo, hacer otras cosas aparte de convertirse en lo mismo que ellos.

En un mierda que sólo sabe sentirse bien haciendo sentirse mal a otros.

Yo les habría pegado, dijo uno de sus amigos.
El otro no dijo nada.

Yo no, pensó, pero ha faltado poco. Muy poco.
Eso le preocupaba.

Se despidió, llegó a casa y se acostó.
Pensó que, al menos, el tipo de la manta se había comido un buen trozo de pizza.
No se sintió mejor. Odió al chico del zumo por eso.

Y se durmió odiándolo.

25 de Diciembre 2006

Navidad y Bolas de Chicle

No es un cuento de Navidad, aunque ocurre en esas fechas.

Él está detrás del mostrador y dos niños, chico y chica, entran a la tienda vestidos de Papa Noel. Ninguno de los dos supera el metro diez de altura, aunque ella es un poquito más alta.

Feliz Navidad, dicen a los clientes, y muestran una pandereta a modo de platillo, esperando que caigan unas monedas.

La pandereta está vacía.

Reconoce el acento; son rumanos. Le recuerdan a su amigo Adrián, que también lo es, aunque él tiene los ojos claros y el pelo rubio y estos dos niños son oscuros de piel y tienen los ojos marrones. Los de la niña son preciosos. Todavía no son tristes, aunque no tardarán demasiado. Quizá un par de años, cinco con suerte.

Vivir deprisa quita cosas, aunque te de otras, y eso se ve en los ojos.

Tiene otra amiga, también rumana, que vino aquí a construirse una vida mejor. Siempre la mira con disimulo cuando la ve jugando con su hija, porque sabe que cada uno de esos segundos felices fue precedido por momentos amargos, alguno de los cuales ya le ha contado, en confianza, mientras cenaban o se relajaban tomando un café. Hablando de la vida. Recuerda ver a la niña sonreír, jugando con un globo, mientras ella la observaba y cruzaba una mirada con él de vez en cuando.

Su mirada decía que por esa niña todo vale la pena.
Todo.

Así que no puede evitar preguntarse si la pequeña vestida de Papa Noel tiene alguien que la quiera de esa forma. Si a veces no es la suerte quien nos pone en una posición u otra, sin que podamos hacer nada más que sobrevivir con lo que se nos da.

El niño empieza a leer uno de los carteles. Sílaba a sílaba. En voz alta. La niña se limita a curiosear con la mirada.

Él se acerca al niño, que se queda mirándole con el dedo puesto en la siguiente sílaba.

¿Has probado a leerlas juntas?
El niño se ríe y pregunta. ¿Cómo?
Verás, dice él, en vez de In-for-ma-mos, las lees por dentro, las juntas, y entonces las dices en voz alta.

El niño sonríe mucho, enseñando todos los dientes. Tiene una sonrisa bonita. Sonrisa de postal.

Informamos, dice.
Él asiente, eso es, dice, informamos.

El niño se lanza a por otra palabra.
Hay un momento de silencio, como si hiciese una suma.

Clientes, dice el niño.
Exacto, ¿ves?, ya le has cogido el truco, ahora es cuestión de práctica.

La niña está curioseando la máquina de chicles. Intenta forzarla un poco. Él hace como que no la ve y sigue a lo suyo. Al rato el niño ha dejado de juntar sílabas y está intentando forzar el cierre.

Él se asoma por encima del mostrador.
¿A qué estamos jugando?, pregunta.

La niña sonríe, pero su sonrisa no es como la del hermano. También es bonita, pero empieza a tener matices de aprendida. Un arma de supervivencia como otra cualquiera.

A nada, dice, estamos viendo cuánto vale.

Son cincuenta céntimos, contesta él, te da un puñado.
¿Muchos?, dice ella.
Un puñado. Quizá un poquito más, tus manos son pequeñas.

La niña empieza a sacar moneditas de sus bolsillos. De dos y diez céntimos. La caridad. Lo que nos sobra. El estorbo en el bolsillo.

Comida de pandereta.

Algunos clientes contemplan la escena, miran al empleado y luego siguen a lo suyo.
La pequeña Papa Noel de ojos bonitos contando monedas.
El pequeño Papa Noel de sonrisa bonita contando monedas.
Él allí, en el mostrador, viéndolo todo.

Los clientes, con sus bolsas de la compra, van de paso. Están alquilando alguna película, para poderla ver con la familia, incluso con esos a los que sólo llaman en estas fechas. Para tener algo que hacer en lugar de mirarse a los ojos y hablar, hablar de verdad; de lo buenos que intentamos parecer cuando las calles se llenan de adornos, alfombras rojas y escaparates vistosos. De lo buenos que en realidad no somos.

Joder, se dice en voz baja, odio la Puta Navidad.

Así que cuando la niña deja su cargamento en el mostrador él lo devuelve a la pandereta. Se mete la mano en el bolsillo y le da una moneda a la niña.
Yo invito, dice, y deja el dinero a la vista, no te lo guardes, déjalo en la pandereta; os irá mejor así.

No le explica por qué.

Intercambian unas sonrisas e intenta que no se note lo incómodo que se siente cuando la niña le da las gracias. El pequeño observa a su hermana ir hacia la máquina y, en vez de ir con ella, vuelve a seguir descifrando el cartel que antes dejó a medias.

Él sigue haciendo sus cosas, pero eso no le impide ver cómo la niña se lleva la mitad de las bolas al bolsillo y después camina hacia el mostrador con la otra mitad en la mano.

¿Tan pocas da?, le dice, dijiste un puñado. Son pocas.
Él mira las bolas de chicle y después mira esos ojos bonitos que ya han aprendido a mentir.
Bueno, dice, ¿Cuánto te ha costado?
Cincuenta céntimos, dice ella.
¿Sí?, él no puede evitar que su ceja se levante al preguntar.
Sí, afirma la niña, todavía enseñando su mano apenas llena de bolas de chicle.
Yo diría que no te han costado muy caras, ¿no?, creo que, en realidad, te han salido gratis, ¿no es verdad?
Entonces la niña sonríe y, por un momento, vuelve a ser sólo una niña.

Vamos, le dice al hermano.
El niño deja el cartel y, antes de ir hacia la puerta con su hermana, se para frente al chico y le pregunta, ¿Me puedo llevar películas?
No, sólo la gente que está apuntada al video puede llevarse películas. Si tus papás se apuntan entonces podrás llevártelas.

Vale.
Los dos se marchan.

Él se queda mirando a la gente al fondo del video, ajenos a todo, eligiendo con qué película ignorarse unos a otros.
Después mira la máquina de chicles.
Al final se queda un rato con la mirada perdida en el papel que el niño leía.

Informamos a los señores clientes que será imprescindible presentar el D.N.I acreditándose como socio para poder alquilar.

Eso dice el texto con el que el niño intentó aprender a leer mejor.

11 de Diciembre 2006

Poesía

Ayer escribió su nombre en el culo de una chica.

Por la mañana ella le miró mientras él, en el marco de la puerta, sujetaba su ropa. Lo suficientemente lejos como para que ella se levantase a cogerla. Pegó un buen vistazo a su cuerpo desnudo, sin cortarse ni tres.

Y se sintió de puta madre, joder.

Porque, en esos ojos, y en otros antes, vio que lo mejor de él es lo cabrón que puede ser a veces.

Así que, colegas, a la mierda la poesía.
Vamos a divertirnos.
¿No?

25 de Noviembre 2006

Adrede

Hoy he recordado algo sobre mi madre en lo que no pensaba desde hace mucho tiempo.

Recuerdo que un día, jugando en la mesita baja de mi salón, cuando era niño, me enfadé. No recuerdo por qué, creo que fue por algo que intentaba hacer y no me salía, pero, como he dicho, no lo recuerdo bien.

El caso es que me enfadé y rompí una figurita. La tiré al suelo. Adrede.

A mi madre le encantaban las figuritas.
También le encantaba romperlas contra el suelo cuando se enfadaba, pero esa es otra historia.

Recuerdo que ella me miró y yo me quedé congelado, consciente de que había visto lo que acababa de hacer y de que, seguramente, me iba a pegar.

Mi madre se puso delante de mí, se agachó a mi altura, me miró a los ojos y me preguntó:

¿Lo has roto sin querer o ha sido queriendo?

Me quedé callado mirándola y, al final, hice lo que hago siempre; dije la verdad.

Lo he roto queriendo.

Mi madre se levantó, fue a por la escoba y barrió todo aquello mientras yo seguía allí sentado, mirándola. Luego volvió a sus cosas, estaba ordenando algo, tampoco recuerdo bien esa parte.

Cuando volvió a mirarme le pregunté.

¿Por qué no me has pegado?, dije, lo he roto queriendo

Ella dejó lo que estaba haciendo y volvió a agacharse a mi altura.

No te he pegado, dijo, porque has dicho la verdad. Si hubieses mentido sí te habría pegado.

Esta noche he recordado todo esto por cosas que no vienen al caso.
Esto y que aprendí mucho de ella, de forma directa o indirecta, pero, curiosamente, esta lección es una de las que más valoro.

No me importa que me mientan, porque entiendo que todo el mundo lo hace, pero una vez detecto las mentiras, y por suerte o desgracia lo hago con bastante precisión, siempre concedo la oportunidad de decir la verdad. Siempre. Sin excepción.

Esto intento aplicarlo a todo, sobre todo a mis relaciones personales.

Hoy he llegado a la conclusión de que me moriré sin que ninguno de los mentirosos que pasen por mi vida diga la verdad en el momento en que le comunique que sé que está mintiendo. No importa que les brinde mil oportunidades de decir qué ha pasado realmente, ni que incluso se lo insinúe de forma abierta, ni que les deje claro que no pasa nada, que pueden hablar. Tampoco importa que les haga una descripción exacta de lo que realmente ha pasado, eso que están escondiendo con su mentira.

Da igual.

Siempre dirán que lo rompieron sin querer.
Y yo siempre sabré que están mintiendo.

No podéis imaginar lo triste que eso resulta para mí. No creo que nadie pueda hacerse una idea de, hasta qué punto, ese detalle me roba la fe en mil pequeñas cosas.

Y en otras más grandes.

12 de Noviembre 2006

Locos por bailar

Cualquiera de nosotros podría decirlo.

Decir que sólo tu cuerpo cumplió sus promesas.

Que cada uno de los placeres que parecía capaz de dar fue dado.
Preguntar dónde estaba tu alma en aquellos momentos.

Decir que se esforzó en buscarla, que la invitó a bailar, que se vistió con sus mejores sentimientos. Que sólo encontró disculpas por no acudir nunca a esa cita.

Que las disculpas empezaron a aburrirle, haciéndole mirar hacia otra parte.

Dijiste que todo era distinto, especial, intenso.
Podría preguntar en qué gesto escondías todo eso que decías sentir.

Cualquiera de nosotros podría decir que no supo mantener hogueras encendidas con leña que no estaba dónde tú dijiste que estaría.

Que quizá fue mala suerte, por las llamadas que no se cogen, por los momentos que no se comparten, por los mensajes que no llegan, por las palabras que no se dicen. Pero ahí terminamos todos, tarde o temprano.

Observando tu baile solitario.
Empezando el nuestro.

Cualquiera de nosotros podría decirlo y, sin embargo, callamos.
Intentando escuchar una música que nunca suena.

Todos nosotros.
Locos por bailar.

7 de Noviembre 2006

Hoy está loca

Estoy harta de limpiar sus mierdas, dice.
Y la mete en la bolsa de basura, junto con un montón de cosas más. La perra es pequeña y tiembla, casi sin moverse.

El niño mira desde el suelo, sentado. Pero mamá, dice, no puedes tirar un animal a la basura.
Y el miedo, a que lo haga, a que la mate, lo deja inmóvil mirando.

Hoy está loca.

No puedes hacerlo.
Claro que puedo, ya verás tú.

Deja la bolsa en el suelo y la perra, poco a poco, va saliendo con cuidado, como si supiese que algo anda mal.

No puedes hacerlo, piensa él.
No quiero vivir habiéndote visto hacer algo así.

16 de Octubre 2006

Nómada

Ella apoya las dos manos sobre su mesa y él levanta la vista para mirarla.

Sonríe con cara de ir a decir algo divertido, ladeando un poco la cabeza, una ceja levantada.
Entreabre los labios un momento y los deja así antes de hablar.
Siempre es guapa, pero en ese momento es también bonita.

Como si estuviese a punto de confesar alguna trastada de la que se siente orgullosa.
Picardía de patio de colegio.

Si me dices en qué estás pensando te invito a la siguiente copa. Lo dice balanceando la cabeza; como cuando estás pensando qué precio ponerle a algo.

El segundo mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que invita a copas.

Escitas, dice él. Pensaba en eso.

Ella deja escapar un poco de aire por la nariz mientras sacude la cabeza. Levanta las cejas y dibuja una risa muda durante unos segundos, luego se dobla un poco hacia atrás y le observa frunciendo el ceño, brazos en jarras. Todos sus gestos tienen un algo de broma infantil. A él le gusta que haga eso. Ella lo sabe.

Vaya, dice, eso es ser directo, Señor Mepasolatardeaquíescribiendoybebiendo. Esperaba unos cuántos días más de preámbulos, quizá alguna insinuación para ir al cine, pero no una confesión tan directa. Menos mal que no me he puesto minifalda. Vaya con la testosterona.

Ella es sarcástica hasta la médula.
Él también.
Por eso viene aquí a escribir. Por la compañía.

No, no, dice él riéndose mientras levanta las manos, he dicho escitas, no excitas; pensaba en los escitas, no en que tú seas o no excitante. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Ella pega un vistazo al local.
En estos momentos es el único cliente, así que retira un taburete y se sienta frente a él.
Bueno, pues cuéntame eso lo de los escitas.

Verás, dice él, los escitas eran unos tipos que durante casi treinta años dominaron lo que ahora llamamos Asia.
Ella parpadea dos veces y encoge los labios. Después apoya sus codos en la mesa y clava su mirada en él.

Intenta no pensar en lo guapa que está así.

Bueno, lo gracioso de esos tipos, lo que los hacía tan difíciles de combatir era que, simplemente, no estaban en ningún sitio.

Ella pone la misma cara que pondría si le contase que anoche vio una nave espacial con dos avestruces pilotándola. O algo igual de inverosímil.

Quiero decir, los tipos existían, claro, pero no tenían una base fija. Iban a caballo antes de que se pusiera de moda. Ni siquiera se molestaban en ir dejando destacamentos en las tierras que iban conquistando. Simplemente sabías que estaban ahí y que en cualquier momento, pumba, los tenías encima.

Eso pasa con algunos clientes también, dice ella. Menos mal que tengo el sifón para defenderme.

Los dos se ríen.

El caso es que en aquella época casi todo el mundo estaba ya en algún sitio fijo, sigue él, y aquellos tipos eran nómadas, y contra lo que pueda parecer, aquello les daba una ventaja increíble.
Incluso algunos enemigos que podrían haberles derrotado evitaban el combate con ellos.

¿Por qué?, pregunta ella.

Bueno, dice, supongo que preferían atacar enemigos asentados, ya sabes, que tuviesen territorios e infraestructuras contra las que poder cargar. Es complicado luchar contra un enemigo que no está en ninguna parte, de hecho los escitas, pese a ser virtualmente dueños de toda esa zona, pasaban bastante del tema. Se dedicaban a moverse libremente, se aprovechaban de los recursos del lugar donde estuvieran en ese momento y luego se movían a otro sitio. Era complicado combatirles porque, si lo piensas bien, la mayoría de guerras se centraban en arrebatar o destruir las posesiones al enemigo, y esta gente lo tenía montado de una forma distinta, por no decir que no lo tenía montado, así que la guerra convencional era difícil contra ellos. Dejando de lado que eran más brutos que hechos de encargo, claro. Además, si querías zurrarte con ellos tenías que esperar a que te encontrasen, lo cual te hacía estar a la defensiva. Ellos siempre estaban a la ofensiva porque no tenían nada que defender salvo su pellejo. Hasta que no atacaban no sabías nada de la naturaleza de su ataque ni de sus objetivos y, si se lo veían muy mal, podían pasar por delante y tú no te dabas ni cuenta. Eso, aunque hoy nos cueste concebirlo, parecía darles una ventaja bastante grande.

Sí que suena raro, sí.

Si te fijas bien, en esencia, la cosa se basa en que no se les podía hacer daño estructural o económico porque no estaban constituidos en ese sentido.

¿Y qué hacías pensando en eso?, eres la hostia de raro. Quiero decir, que eres muy majo, y molas y todo eso, pero eres muy raro.

Pues la verdad es que no sé si decirte por qué estaba pensando en eso, no sea que me veas más raro todavía y no me quieras dar de beber. Tengo sed, ¿Sabes?

Y se coge el cuello con las dos manos sacando la lengua, como si se ahogase.
Ella se ríe arrugando la nariz y le golpea en el hombro llamándole idiota.

En serio, me pica la curiosidad, ¿por qué pensabas en eso?

Bueno, estaba pensando en eso porque me gusta la Historia, es decir, no me gustan las fechas y la cronología y todo el rollo, pero sí me gusta la Historia como almacén de ejemplos. Creo mucho en la memoria. Siempre digo que no tener memoria es lo que permite que te la claven varias veces por el mismo sitio. Esta táctica de los escitas, su esencia, el rollo descentralizado, se ha utilizado en resistencias, ¿sabes?, para defenderse, para causas justas, pero también se ha utilizado para atacar, para oprimir, para dispersar el poder e impedir que sea atacado en ningún punto estable.

Ella ladea la cabeza y encoge un poco los ojos. Sonríe de medio lado.

Pasa mucho en la Historia, sigue él, alguien establece algún tipo de táctica y luego el poder la convierte en estrategia. Termina sirviendo para lo contrario. Son cosas que se pueden usar en un sentido u otro, supongo que no hay casi nada bueno o malo, es una cuestión de uso. Estaba pensando en las herramientas que tenemos, eso es todo.

Ella le mira un momento. No hay gesto infantil. No está sonriendo. No está siendo más guapa de lo que es como suele hacer casi todo el tiempo. Tan sólo le está observando, en silencio.
Él se siente un poco extraño bajo su mirada. No sabe si le gusta sentirse así.

Hoy, dice ella, saldré a las diez. Tráete alguna peli, cenamos en casa y me cuentas más cosas de esas. Si se nos hace muy tarde te quedas a dormir, pero mañana me acompañas al banco temprano, así no me aburro ¿Te parece?

Vale.

Sonríe, se levanta y camina hacia la barra.
Se queda mirándola mientras le pone la copa.
Le cae bien.

El mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que te invita a su casa a cenar, a ver pelis, charlar y quedarte a dormir.

Así que esta noche toca ser nómada, piensa.
Como los jodidos escitas.

8 de Septiembre 2006

Pompas de jabón ( Para Dani )

De pequeño me gustaban las pompas de jabón.

Recuerdo tardes enteras en la cocina, jugando con ellas sobre el mármol blanco. Al principio estallaban en cuanto aterrizaban sobre él.

Desaparecían.

Estaban ahí, flotando, con ese arcoiris raro dentro y, entonces, dejaban de estar.
Dejaban de existir. Tan sólo quedaba una pequeña mancha húmeda, como la que dejan algunos besos.

Después descubrí que, cuando llevabas un rato jugando con ellas, cuando el mármol estaba ya muy húmedo, se posaban y se quedaban allí un rato.
Probé a mojarlo con agua nada más empezar a jugar, pero no era suficiente.

Seguían estallando.

Llegué a la conclusión de que necesitaban que su suelo estuviese cubierto de lo mismo que ellas, así se fundirían con él y aguantarían más tiempo.

Y así fue.

Pompas enormes dentro de las cuales mirar, preguntándome cómo sería.
Una vez conseguida la pompa que no estallase quería saber cómo sería estar dentro.
Era casi un mundo dentro de otro.
Casi.

Mojaba mis dedos con jabón y los introducía, despacio, dentro de ella.
Mi aliento le daba forma, el jabón lo contenía, el arcoiris raro cambiando de sentido una y otra vez, anunciaba cosas. Aprendí a leerlo. A saber cuándo la pompa iba a estallar. Estaba todo en sus giros. Sólo había que observar con atención.

No importa cuánto jabón usase.
Siempre terminaban estallando.

Al final la carne y la pompa siempre entraban en contacto.
Las pompas sólo entienden de jabón.
Nosotros entendemos más cosas. O lo intentamos.
Ellas no.

Ahora sólo me gustan las cosas que no necesitan que estés hecho de lo mismo que ellas para no desaparecer. Las pieles que aceptan el roce de otra piel sin nada que la disfrace.

Me gustaban las pompas de jabón, pero ya no quiero saber qué se siente estando dentro.
Siempre estallaban.
Siempre estallan.
Siempre estallarán.

Por eso me gusta estar fuera.

3 de Septiembre 2006

Tic, tac

El dolor le despierta.

Algo le golpea el pecho, una sola vez. Su brazo izquierdo está dormido.

El ventilador sigue girando como si nada de eso estuviese ocurriendo.

Se incorpora en la cama y se queda mirando al frente, a oscuras, listo para que el dolor aparezca de nuevo y se lo lleve por delante.

Siempre pensó que su corazón acabaría con él. Un día de estos. Es ese tipo de cosas que sabes sin entender por qué. Como cuando te despiertas y sientes que será un mal día.

Como cuando aciertas.

No me da miedo morir, dice a las sombras, he vivido muchas cosas, buenas y malas. He aprendido a tratarlas por igual. Según el jodido Kipling el mundo me pertenece.
A la mierda Kipling.
Estoy rodeado de gente que piensa que vivirá para siempre. Rodeado de gilipollas que no llaman a las cosas por su nombre.
Ahora existo y un día dejaré de existir.
Me la suda.
Borradme del mapa, cabrones, me da igual. Ya he hecho lo mío, estoy en el tiempo extra. Si me muero dándome cuenta estiraré el dedo medio para que me encuentren así.
Mi legado.
A tomar por el culo, pandilla.

Se queda allí, con el brazo cogido.
Esperando.

Nada. Ni rastro de dolor.
Quizá sólo lo soñó.
A lo mejor se le durmió el brazo y eso le despertó.

Vuelve a tumbarse y mira el techo.

Sonríe.

Saber que un día estirarás la pata, que ocurrirá en cualquier momento, que por importante que te parezcan tus cosas sólo eres un reloj haciendo tic tac hacia atrás, te da perspectiva.

Perspectiva y toneladas de libertad.

Otra vez será, piensa mientras se duerme.
Otra vez será, sí.

Pum, pum.
Tic, tac.

28 de Agosto 2006

Salen rubias, pero no estas.

No me gusta que tomen el pelo a la gente.

Vale, sí, es verdad. Soy un jodido misántropo, pero es una forma de hablar, ya me entiendes.

La cosa es que hay distintas formas de tomar el pelo. Pueden contarnos una mentira y sacar provecho de ella, en plan timo de la estampita. Cosas directas, ya sabes. Y luego están las formas más sutiles. La religión, el final de Matrix, los recuentos de votos en Florida (Vale, esa no fue muy sutil, pero funcionó), la virginidad de Britney Spears, Paolo Coelho, el Creacionismo, las hipotecas, los telediarios, el sistema judicial, el amor para toda la vida, la jodida civilización, etcétera, etcétera.

El caso es que hay muchas formas de tomar el pelo a la gente, pero en esta no me había parado a pensar.

Estás en un videoclub, trabajando. Solo.
Viene un tipo a devolverte cuatro películas porno. Porque todo el mundo sabe que los auténticos fans del molinillo las cogen de cuatro en cuatro, con dos huevos.
Las coges. Las estás comprobando y te dice, de forma bastante tímida, que una de las películas no coincide con la que alquiló.
Automáticamente te ciscas para tus adentros en los muertos más frescos de todos tus compañeros (porque eres un tipo la hostia de simpático), que han vuelto a meter, por enésima vez, una película en la estantería sin comprobar que el número del disco y el número de la carátula se correspondan.

Rebufas, compruebas y, para tu sorpresa, sí coinciden.

Entonces miras al cliente y él echa un vistazo rápido a su alrededor, se acerca un poco y te dice en voz baja que sí, que los números coinciden, y la portada del disco también coincide con la portada de la película que él alquiló, pero resulta que, según él, lo de dentro no tiene nada que ver.

Es decir, sigue, salen rubias, pero no estas.
Señala el DVD.

Miras a las dos rubias del DVD. Piensas que aun no es tarde para ser actor porno y acto seguido te maldices por ser tan monógamo. Vuelves a mirar al cliente.
Él tampoco sale, dice señalando al tipo que les sujeta amablemente el culo. No sea que les entre un ataque repentino de gravedad y se les caiga, a las pobrecitas. Un negro. Enorme. Con cara de mira lo que tengo para cenar.

Y, dice carraspeando, tampoco salen negros. Ningún negro.

Ahí ya te mosqueas un poco.
¿En una peli que se llama Devoradoras de Ébano no salen negros?

Entonces subes los hombros como diciendo, y yo qué sé, tío. Y se va, no sin antes precisarte que el título que sale en el menú de ejecución de la película también se corresponde con la carátula, pero que las escenas no tienen nada que ver.

Entonces es cuando aparecen dos posibilidades.

O bien el tipo se la cascó en la advertencia legal y no le dio tiempo a ver la película, por lo que sería comprensible que no hubiese llegado a ver al negro ni a sus dos amigas, o bien la distribuidora está tomándole el pelo a sus clientes.

No sé qué harías tú. Yo puse el DVD.

Fui al menú de escenas y pegué un vistazo por encima. Ni rastro de señores oscuros con cocacolas de dos litros entre las piernas. Sí que parecía haber un par de rubias, pero no eran las de la portada. Ni de coña.

La clienta que deambulaba por el video pegó un vistazo al monitor, me miró y volvió a mirar el monitor.

Señora, dije, estoy comprobando una película. Además estoy informado de lo de París, la cigüeña y todo lo demás, así que no sufra. Lo peor que puede pasar es que me entren ganas de reproducirme.

Salió corriendo y gritando algo sobre ligadura de trompas que no entendí demasiado bien.

Ya con el videoclub vacío pensé en mirar unos segundos de cada escena con el rebobinado rápido puesto, para asegurarme.

Nada, ni negros, ni latinos, ni victimas del reggeton ni nada de nada.
Y las rubias, en fin, las rubias una miseria comparadas con las de la portada.
Apagué.

La hostia, pues el tipo tenía razón.

Es la leche. La gente piensa, bah, da igual, para hacerse unas pajillas, ¿qué más dará?

Pues no, hombre, no da igual.

Es como si te coges una película con naves espaciales en portada.
Y luego sale Meg Ryan. Ni una puta nave espacial a la vista.
Te mosquearías, ¿verdad?

Claro, puestos a que sean del género que se sobreentiende por la carátula, te puedes coger una peli de acción con Bruce Willis en portada y verla para descubrir que no sale Bruce Willis. Pero, oye, es una peli de acción, ¿Qué más da?

Me pasé un rato pensando en como se había callado el tipo. Joder, se trata a los clientes de porno como si fuesen una especie de bichos raros y son ellos los que dan de comer a media plantilla. Sus películas cuestan más baratas al dueño y se alquilan más caras, además suelen tener retraso con el correspondiente recargo. Una vez se enganchan no hay quien los pare.
En el otro extremo están los que te las devuelven a la media hora. Siendo generoso con el tiempo. Así que la puedes alquilar varias veces al día.

El caso es que la empresa se forra con ellos.

Es cierto que una vez tuve que darle un cursillo a uno, con papel higiénico y recorrido imaginario del sofá al reproductor con la mano manchada, sobre cómo limpiar las películas antes de traérnoslas. A fin de cuentas, como dijo una excompañera, existen trabajos donde pagan bastante más por tocar semen, y este no es uno de ellos, así que la pulcritud se agradece bastante.

También es cierto que hemos tenido que sacrificar carátulas por ser incapaces de despegarlas, pero aún así preguntas en todos los videoclubs de la cadena y los clientes con más caja son siempre, y cuando digo siempre no quiero decir a veces, gente que alquila porno.

Si hubiese sido otro cliente, con una película donde en portada hubiera una cosa y dentro, con el mismo título, otra, me hubiese llovido la bronca irracional de turno, con hoja de reclamaciones, juramentos en arameo y toda la parafernalia propia de los encabronamientos de los clientes.

Sin embargo el tipo agachó la cabeza y se piró, sin exigir nada.

La mayoría de hojas de reclamaciones que he me han puesto y que he visto poner eran por razones injustificadas.
Hace tiempo que no veo ninguna.

Al final la gente aprende que los dependientes son una especie peligrosa, sobre todo cuando tienen tus datos.

Este cliente podría haberse quejado o haber exigido que le compensaran con una película de negros haciéndole la revisión intestinal a dos rubias que te cagas la pata abajo. Y en lugar de eso se fue. Resignado.
¿Pero qué cojones es esto?

Salté el mostrador y enfilé al cuartito de las porno.
¡¡¡Sucias ratas embusteras, salid de vuestro escondite, manifestaos!!!
Las carátulas no decían nada, así que dejé de apuntarles con el ambientador y busqué la peli de marras. Al menos sé que esa miente. A las otras ya las pillaré.
La cogí, le di la vuelta.
Ahí estaban, las dos rubias y el señor mástil oscuro.

Esperando a que otro incauto pique y la alquile.

De toda la gente que la había alquilado nadie había dicho nada. Nadie. La cogían, hacían el numerito de sacarle el veneno a la cobra y la devolvían sin decir ni mú.

Pensé que alguien debería hacer algo al respecto.
Alguien debería quitarla de ahí.
No vais a ver a las dos rubias, joder, no están, es mentira, no piquéis, no la cojáis.
Alguien debería de ser capaz de dejar de concebir a los clientes del porno como unos simples guarros sin escrúpulos a los que les da igual una rubia que otra.
Alguien debería detener el abuso de las distribuidoras que mienten y engañan a sus clientes.
Alguien debería empezar a marcar la diferencia, con pequeños gestos.

Pensé en ello, un buen rato.
Luego hice la caja, el cambio de turno y me fui silbando.
Me encanta silbar.

24 de Agosto 2006

Las latas de Prometeo

Está tumbado boca arriba en una roca, donde el agua del mar no puede salpicarle, el aire huele a todo el alcohol que acaba de vomitar.

-¿De verdad hay tantas estrellas?
-No-, dice el otro chico-, no hay tantas, eres tú que ves doble por la turca que llevas.
-Creo-, dice tocándose el costado-, que mi hígado ha dejado de funcionar, no puedo más, en serio, esta es la última, lo dejo, se acabó, no más borracheras.
-Vamos hombre, sabes que no lo vas a dejar, mañana por la noche estarás de nuevo hablándole a las latas y preguntándoles si piensan realmente que no puedes terminar con ellas igual que terminaste con sus predecesoras.
-Es que son muy altivas, tío, me desafían y pierdo el norte.
-Samuel, las latas no hablan.
-Hostia que no, bébete seis y tú también empezarás a escucharlas.
-Yo no bebo tanto, y lo sabes.
-Ya, por eso estoy así, siempre termino bebiéndome tu parte. En el fondo es culpa tuya.

Los dos se ríen.

-¿Sabes qué pienso, Samuel?
-Miedo me da.
-Pienso que eres el jodido Prometeo, aquí puteado en la roca con el águila de la borrachera picoteándote el hígado.
-¿Ese es el fulano que robó el fuego?
-Sí, y creó a los hombres y se pegó un par de columpiadas guapas con el cabrón de los truenos y los relámpagos, pero no es esa la parte de él que me recuerda a ti.
-Eh, que yo me tiro unos cuescos muy guapos.
-Ya, ya, pero el de los truenos es otro.
-Cierto, se me había mezclado la movida mitológica, es el alcohol.
-Prometeo, al ser inmortal, no podía morir. Entonces el águila le picoteaba el hígado, lo jodía a base de bien y luego, tachán, hígado nuevo y otra vez a empezar.
-Que guapo, un hígado que se regenera.
-Como el tuyo, mamón, no haces más que pillar turcas y decir que vas a dejarlo y a los dos días estás otra vez igual. Y encima tienes buen aspecto y todo, lo que yo te diga, el jodido Prometeo.
-Coño, pues no me lo había planteado. ¿Tendré que pedirles derechos de autor a los Griegos por usarme como base para sus historias?
-Hombre, está jodido el tema, más que nada porque nos llevan unos siglos de ventaja.
-Bah, pero seguro que a ti se te ocurre algo.
-Bueno, ahora que lo dices…
-No sé si quiero oírlo, me da vueltas todo.
-Bueno, con eso de que hay gente que dice que el tiempo ocurre todo a la vez aunque lo percibamos de forma lineal y con eso de que otros dicen que es circular y se mueve por ciclos… igual podemos alegar que un Griego hizo una enorme hoguera con hierbas y setas que no debería haber quemado, que se chupó todo el humo, que en medio del flipe se salió del espacio-tiempo y tuvo una visión, que te vio aquí jodido del hígado, para, acto seguido, verte un día después, como si nada, pidiendo un chupito de esos tan cafres que pides, y que eso le inspiró la parte de la roca.
-Tequila, Ginebra y Vodka
-Esos.
-Hombre, pues es una idea, aunque está jodido demostrarlo.
-Igual de jodido que demostrar lo contrario.
-¿Y lo de crear la humanidad?
-Bueno, la humanidad en general es una mierda, y tú me contaste que le pones nombre a las bolas que sueltas, antes de tirar de la cadena.
-La hostia, ¿de verdad te conté eso?
-Sí
-Vaya tela, voy a tener que beber menos.
-El caso es que tú también creas tus propias humanidades, aunque eres más sensato y tiras de la cadena antes de que puedan empezar a joderlo todo y llamarlo civilización.
-Es por si me piden paga, voy justo de pasta.
-Me hago cargo, me hago cargo.
-¿Entonces Prometeo?
-Sí, yo creo que sí.
-Joder, que guay, esto hay que celebrarlo. Acércame una lata.
-Vale, voy a ver si…¡¡Coño!!
-¡Joder!
-¿Has visto eso?
-Joder que si lo he visto
-¿Pero era?
-Y tanto que sí
-No puede ser, ¿en serio?
-Totalmente. Ha centelleado un momento y luego ha desaparecido.
-Pero parecía…
-No parecía, lo era.
-¿Lo era?
-Sí, un griego con la túnica llena de mierda y cara de haberse fumado medio bosque.
-Esto tengo que escribirlo.
-Vale, pero antes pásame esa lata. La que está tarareando la cabalgata de las valkirias.

16 de Agosto 2006

Así se hará

Está flotando en su torre.

Hay un viento que viene de todas partes, revolviendo su pelo, agitando su túnica.
Sus pies no tocan el suelo y su mirada está perdida en el horizonte.

Dos leones se acercan a él y agachan la cabeza.
Él no les mira.

Señor, dice uno de ellos, pedimos permiso para ir por ella.

Él inspira hondo.
Se gira.
Mira al león que ha hablado.
Hay llamas bailando en sus ojos.

¿Por qué?, le dice.

Señor, dice el león, usted cargó con su mal, enfermó por culpas que le pertenecían a ella, se despojó de su magia para hacerse vulnerable y sufrió lo que le correspondía sufrir a ella.

Rompió el equilibrio.

Ella debería haber cruzado esa noche oscura, no usted. Ella nació para sufrirla. Somos guardianes de la balanza, debemos compensar. Ella tiene que sufrir.

Él les mira y entonces, lentamente, deja de flotar.
Cuando la hierba que recubre la torre toca sus pies descalzos él la acaricia con los dedos. Sonríe un momento y vuelve a mirar a los leones.
Las llamas de sus ojos han desaparecido.

Los dos leones se miran un instante.
Entonces él empieza a hablar.

Cuando la encontré, dice rodeándolos, estaba perdida, hundida en su propia miseria. La negrura se la comía por dentro. Le di una daga y dejé que me hiriese, sabiendo que, por su naturaleza, lo haría. Absorbí su maldad y su dolor a través de la herida. Su mal sólo es visible cuando está atacando. Sólo en ese momento es vulnerable.

Y así fue cómo lo robé.
Así fue cómo lo puse dentro de mí.

Rasca una grieta en la pared, se sacude el polvo de los dedos y continúa andando.
Los leones le siguen.

Luché una guerra que ella no podía ganar. A ella la hubiese consumido, la estaba matando y no se daba ni cuenta. La única forma de acabar con la oscuridad que vivía en su interior era ponerla dentro de mí y destruirla.

Eso hice.

Quedó limpia, lista para vivir sin toda esa negrura dentro. Fue mi decisión, y salió bien. Miradla ahora. Ríe, casi ni recuerda cómo se sentía entonces. No quiero que le hagáis nada. He vuelto a la torre, puedo pisar el suelo siempre que quiera, moverme por sitios que antes no podía ni mirar, permanecer más tiempo aquí ocupándome de mis asuntos. Su maldad me hizo más fuerte. Estaba ofuscada por lo que llevaba dentro, así que cualquier daño que pudiese intentar hacerme fue involuntario. Ahora mismo sólo es una mortal feliz, con asuntos mortales, alejada de todo esto de lo que nunca sabrá nada. De todo esto que ni siquiera es capaz de imaginar.

Esa es mi voluntad, y debéis respetarla.

Señor, dice el otro león. Ella no debía ser feliz, ese no era su destino, usted sabe que algunas líneas no pueden cambiarse, aunque le servimos y respetamos hay cosas que ni usted puede alterar. Ella ha de sufrir, hemos de reinstaurar el equilibrio, forma parte de nuestra función.

Escuchadme, consentí esa herida porque su oscuridad era lo que me faltaba para completarme, porque a ella tan sólo le habría consumido sin dejar nada bueno detrás. A mí me era útil, a ella no. Nunca me había dejado herir de esa forma, de no haberlo hecho no habría llegado a comprender qué significa realmente ser el dueño de esta torre. La necesitaba para llegar a este punto. Vosotros, mejor que nadie, sabéis cómo funcionan estas cosas.

Una ramita en el suelo parece llamar su atención. La recoge y sigue hablando.

Sé que fue arriesgado, sé que la torre estuvo sola, sé que durante algunos meses no supisteis dónde estaba. Sin embargo su oscuridad me sirvió, su dolor me sirvió y si hice mío su sufrimiento fue para cumplir mejor mis tareas.

No me dañó, dice mirando cómo la ramita gira entre sus dedos, no me dañó, me hizo más fuerte, fue sólo una herramienta e hizo bien su trabajo; es por eso que no la tocaréis.

Los leones se miran entre sí y, entonces, comienzan a hablar al unísono.

Señor, lo sentimos mucho, hemos de hacerle daño. Usted sabe eso. Lo supo todo el tiempo. Robarle la negrura no la libró de su destino. Ella ha de sufrir, y usted lo sabe.

Siempre supo que sufriendo en su lugar sólo le conseguía un poco más de tiempo.

El tiempo ha expirado.
Hemos de restaurar el equilibrio.
Usted ha de darnos permiso.
Forma parte de su función.

Él los mira callado. Frunce el ceño.
Deja caer la ramita que tiene entre los dedos.

Las llamas vuelven a sus ojos mientras sus pies se levantan del suelo, gira poco a poco, elevándose en medio de un huracán que no está ahí, y cruza los brazos.

Cumplid vuestro cometido, dice, pero no le toquéis ni un pelo de la cabeza. Haced lo que queráis a su alrededor pero no la toquéis, ¿Lo habéis entendido? Ningún daño directo, sólo lo imprescindible, sólo lo que la balanza dicte. Ni más, ni menos.

Así se hará, señor.
Así se hará.

Los leones se alejan.
Él los mira hasta que ya no pueden distinguirse de cualquier otra cosa.

Se mira las manos.
Se queda un rato allí, sin hacer nada, con los ojos cerrados.

Lo siento, dice.
Siento mucho todo lo que te va a pasar a partir de ahora.

Sus lágrimas flotan junto a sus pies.
Sin tocar el suelo.

9 de Agosto 2006

Tierra y Círculos

Está sentado en el suelo, las manos llenas de tierra.
Le encanta la tierra.

Su madre está en la otra parte del parque, sentada, haciendo un suéter de lana bastante feo que le obligará a ponerse cuando llegue el invierno.
Aunque él ahora no sabe eso.

Hay otro niño. Lo conoce del patio. Es un año mayor, o algo así. Van a clases distintas, pero se ven en el recreo. Hay dos patios en su colegio; uno para los niños y otro para los mayores. Los dos juegan en el primero, aunque el chico es mayor que él. Se lleva mejor con los mayores. Entienden mejor sus bromas, tardan un poco más en dejarle solo, parecen más interesantes, aunque siempre terminan demostrando que no lo son. Pero tardan más.

El chico le reconoce y se acerca a ver qué está haciendo con la tierra.
Él se levanta y se sacude las manos.
Su madre sigue tejiendo.
La madre del otro chico está hablando con otra madre. En esa etapa para él las mujeres se dividen en dos clases: Madres y no madres. Ella lleva un carro con otro niño.

Un rayo de luz se cuela entre las ramas del parque y le da en los ojos, dejando toda la imagen grabada por unos segundos en su retina.

El otro niño, su madre, el carro.
Esa escena se quedará grabada mucho tiempo en su cabeza.
Aunque él ahora no sabe eso.

El niño le pregunta a qué está jugando y él le despista haciendo un par de bromas sobre excavaciones para encontrar el techo del infierno. Está de buen humor. El otro niño se ríe y mira los montones de tierra y, sobretodo, el círculo que él había trazado a su alrededor.

Más adelante los círculos serán importantes en su vida.
Llevará uno colgado siempre del cuello.
Tendrá otro que se romperá y se recompondrá con distintas personas conforme pasen los años.
Se concentrará en identificarlos, en ver cómo se abren y cómo se cierran; los ciclos, las etapas, los círculos.

Serán importantes.
Aunque él ahora no sabe eso.

El niño pregunta para qué es el círculo y él le contesta que para que no pase nada malo mientras excava. Dentro, dice, nada puede hacerte daño. Y sonríe.

Entonces ocurre.

El niño se lanza sobre él sonriendo, para jugar, tocarle, las típicas cosas de niños. Él sigue sonriendo, le sujeta por la camiseta tal y como viene y gira un poco sobre si mismo, dejando una pierna un poco separada. El niño choca con ella. Se cae.

Él sigue sonriendo pero al niño parece no haberle hecho gracia.
Le tiende la mano, vamos, dice, deja que te ayude, no ha sido nada, sólo te has manchado un poco.
El niño le mira desde el suelo. Piensa durante unos instantes y le da la mano.
Antes de que puedan tocarse su madre lo está levantando.

Él da un paso hacia atrás. Su madre sólo le mueve tan fuerte cuando va a pegarle. Debería, piensa, de levantarlo un poco más despacio.

No pasa nada, dice él, estamos jugando.

La madre del otro niño no le mira, parece como si no le escuchase.
Ella está mirando a su hijo a los ojos mientras le sacude el polvo del pantalón. No le está pegando pero tampoco le está limpiando. Es un punto medio, hay algo contenido en el gesto. Él está congelado, observando.

Durante el resto de su vida observará todo lo que la gente, incluyéndose a sí mismo, hace.
Aunque él ahora no sabe eso.

La madre coge a su hijo y le estira del brazo, coge el carro y se marcha.
Él se queda mirándolos.
El niño se gira un momento y luego mira hacia su madre, que le va a decir algo.

Te tengo dicho que no juegues con ese niño.
Y lo repite zarandeándole.

Te tengo dicho que no juegues con ese niño.

Habrá más niños que no querrán jugar con él. Con el tiempo algunas personas querrán estar a su lado pero terminarán marchándose, alguien decidirá por ellos que es mejor no jugar con él, otras veces lo decidirán ellos mismos, pero no será la última persona que vea alejarse.
Aunque él ahora no sabe eso.

Los ruidos del parque, su madre tejiendo en la otra punta, sin enterarse de nada de lo que ha pasado, el niño alejándose, la frase haciendo eco en su cabeza, una moto que pasa por la carretera.

Se mira las manos.
Mira la tierra.
Mira el círculo.
Mira la silueta de la madre, que sigue riñendo a su hijo. Por jugar con él.

¿Por qué?

De camino a casa se lo cuenta a su madre y cuando le hace la pregunta ella deja las bolsas con la lana y el suéter feo, se pone de rodillas para estar a su altura, y dice algo que a él, con el tiempo, le parecerá injusto.

No les necesitas.
Ellos a ti sí.

12 de Junio 2006

El Desierto

Iba a tenerla delante.
Le gustaba decirlo en voz baja, para sí mismo.

Dentro de unas horas iba a tenerla delante y, entonces, todas las pequeñas piezas que había reunido durante esos dos años encajarían.
Todo estaba dispuesto. Con su marcha empezó el desierto y con su visita terminaría.

Tan claro como que el agua moja, estés donde estés.

Había estado arreglando su casa esos días. Mientras lo hacía se arreglaba también a sí mismo. Con la paz que le proporcionaba tenerla cerca era capaz de entender muchas más cosas de las que podía entender sin ella. Si nunca has dormido junto a nadie y has sentido que valdría la pena morir en ese instante, que todos tus círculos están cerrados, que ya no queda nada más que hacer, que todo está en su sitio, que nada puede hacerte más feliz que ese simple momento de estar ahí, totalmente presente, vivo como nunca lo has estado, en ese único segundo en que su presencia lo hace encajar todo, si nunca has sentido eso te será difícil entender qué sentía. Él te desearía con todo lo bueno que le queda que algún día sepas qué se siente. Todos deberíamos sentirnos así al menos una vez en la vida, solía decir.

Iba a recogerla en el mismo sitio en que la dejó marchar.

Todos tenemos nuestra propia mitología personal, nuestras etapas, el nombre que ponemos a los capítulos de nuestra vida, más sencillos o más complicados, pero capítulos.

Te hayas dado cuenta o no tú también lo haces.

En la suya el tiempo que va desde decirle adiós hasta volver a decirle hola se llama El Desierto. Lo llama así por muchos motivos. Él Podría contarte que ese Desierto estuvo dividido en dos tramos, que la sed fue un factor importante, que aprender a ignorarla lo fue aún más, que a veces el agua que te ofrecen puede estar envenenada y que hasta los compañeros más fieles pueden desaparecer en medio de una tormenta de arena. Podría contarte cómo se aprende a ganar, a perder, a vivir y a morir en el desierto porque, le creas o no, esos dos años fueron toda una vida, encerrada en un pequeño periodo de tiempo, y eso es una suerte.

Poder vivir varias vidas en una.

A partir de la primera mitad empezó a observar con atención, y eso le ayudó a entender qué estaba ocurriendo y, lo más importante, porqué. Luego miró hacia atrás y entendió algunas cosas del primer tramo. Cosas que parecieron pequeñas en su momento. Conforme se fue acercando el final fue recapitulando, observando círculos cerrarse, notándolo llegar. Hacía falta algo para dar el desierto por terminado, algo debería indicar que ya estaba cruzado. Entonces llamó, hablaron, rieron y ella cruzó media Europa para pasar unos días en casa con él.

La mujer que no podía darle futuro le dio un presente que lo cambió todo.

Iban a ser unos días buenos, eso lo sabía. Le apetecía disfrutar de su compañía, ahora que, después del desierto, había aprendido a saborearlo todo.

Ahora sabía beberse la vida.
Y los primeros tragos los daría con ella.
Porque así había de ser.
Porque así lo eligió.

26 de Abril 2006

Sólo un par de segundos

Ella le mira desde la cama mientras él se viste.
Sabes, dice, no eres tan frío como intentas hacer ver.

Él mira por encima de su hombro.
Te equivocas, como todo el mundo, pero es bonito que intentes entenderme, aunque es inútil, cuestión de estadística, sólo una persona lo consiguió, el resto falló y tuvo que inventar teorías, cada cual más ridícula que la anterior, intenta no sumarte a ellos, me gusta que tengamos estos ratos.
Le sonríe, le saca la lengua y se sigue vistiendo.

Ella da una calada a su cigarro, le mira durante unos segundos y tira el humo torciendo la boca, sin dejar de mirarle.
Eres un pedante de mierda, eso sí, Don Superior Soy Más Listo Que El Resto, nadie me entiende porque no tienen nivel para ello, hablo el idioma de todo el mundo pero nadie habla el mío, blablaba, tendrías que escuchar todas las tonterías que escupes cuando te pones en plan egocéntrico.

Si tan mal te parece denúnciame, dice, y se pone la camiseta.

A veces pareces una puta máquina, me sacas de quicio, en serio, nos acostamos juntos, sé que sientes cosas buenas por mí y tú sabes que yo las siento por ti, no hace falta que seas tan cabrón todo el tiempo.

Bueno, pues no te acuestes conmigo, tampoco es un problema tan grave.

Ella da un par de caladas, observando cómo termina de vestirse.
Siempre haces esto, dice, vienes, follamos como si se acabase el mundo, nos abrazamos y justo cuando empiezas a estar a gusto te piras, como si no pasase nada, como si no existiese nada entre nosotros, ¿Qué te da miedo?, ¿Sentirte bien?

No hay miedo, se me acabaron las existencias hace un año, y no hay nosotros, estás tú, estoy yo, y están estos ratos geniales. No lo estropees con tu psicología barata de Cosmopolitan, por favor, eres mucho más lista que todo esto, de hecho es uno de los motivos por los que paso ratos contigo.

Ella da una calada honda y tira el humo por la nariz.
¿Por qué eres así de cabrón?, Sé que no eres así, joder, no podrías hacer el amor así si de verdad lo fueses, te conozco, sé que hay más que eso, no entiendo porque no quieres soltar el látigo y disfrutar de los sentimientos, no todo el mundo va a apuñalarte por la espalda.

No hacemos el amor, follamos, y no he dicho que sea un cabrón, eso lo dices tú. Por otra parte vuestra predilección por los cabrones, digáis lo que digáis, está más que demostrada. No queréis al chico bueno, queréis al chico bueno dentro del cabrón, eres la demostración de ello. En cuanto a la normalidad, ya me esforcé en eso y no dio resultado. La represión es mala, sobre todo cuando sólo favorece a los demás, es lo que hay.

Ella frunce el ceño un momento, respira hondo y luego relaja el gesto.
Sabes que te quiero, sabes que pienso que no hay mucha gente como tú y que si la hubiese el mundo sería un lugar mejor, sabes que me pareces brillante cuando no estás en este plan, no me acuesto con nadie por acostarme, y sé que tú tampoco, me gustas mucho, no hace falta que seas así de borde.

Y tú sabes que todo eso ya lo he oído antes, y no sirve de nada, no servía entonces y no sirve ahora. Las cosas están bien así, deja de decirme siempre lo mismo, no fuerces la máquina.

Tú si que eres una puta máquina, no sé por qué te quiero, en serio, me das mucha rabia, eres encantador y de repente te conviertes en el Capitán Cabrón y no hay quien pueda razonar contigo.

Verás, crees que me quieres porque necesitas hacerte daño y no encuentras a nadie mejor con quien hacértelo, porque todo el mundo habla de acortar distancias pero lo que quiere es recorrerlas, porque todo el mundo habla de honestidad pero lo que quiere son interrogantes, porque todo el mundo dice que quiere cosas en la mano pero lo que quiere son cosas que intentar coger, cosas que puedan caerse, porque todo el mundo habla de seguridad pero adora la incertidumbre, porque sois una panda de masoquistas, porque yo ya me he cansado de tanta gilipollez, de tanta historia cambiada sobre la marcha, de tanta puñalada trapera, de tanta mentira, y porque tú, aunque seas una de las mejores chicas que conozco y no tengas la culpa de nada, eres victima del gen masoca, y porque yo, aunque haya sido buena persona, ya no lo soy. Te gusto por los motivos equivocados, con toda esta frialdad que tanto te molesta sólo te estoy ahorrando probl