Martes, 14 Agosto de 2012

París


No queda magia en ese sitio.
Quizá la magia erais vosotros y ya os habéis ido.

He visitado vuestras tumbas, ¿sabéis?

Algunas estaban tristes y solas por encima de lo que considero justo.
Pobre Sontag.
Chica lista, tumba solitaria.

Sartre compartiendo tumba con su amor. Nadie escucha, supongo; esa es la auténtica nausea.

Esa idea me hace sonreír.
Una sonrisa que te haría cruzar de acera.

Despliegue de color en la tumba de Cortázar, pequeños objetos, referencias a su obra escritas en su lápida, el sol envolviéndolo todo.

Puedes destrozar tus suelas caminando París y seguir pidiendo más.

El metro es casi una maldición que te lleva de un sitio a otro sin dejarte ver todo lo que te estás perdiendo.

Dios gusano inclemente que te oculta de la luz.
Menos cuando sale fuera.

Ahí está el río y esas casas con su techo de pizarra.
La omnipresente torre Eiffel. No tiene wifi, digo.
La broma diaria.

París es una buena ciudad para estar loco.
Ellos lo sabían.

Me bebo un café en las terrazas donde solían sentarse durante horas a hablar y beber y saboreo en silencio su ausencia.

Y ahí siguen las calles.

Gente de razas distintas, a todas horas, en todas partes. Así debería ser en todos los países. En todos. Bendigo la mezcla que nos hará mofarnos de la pureza que los cretinos ansían.

Ojalá vivas para verlo.

Observo el cañón que apunta al suelo, los cuatro soldados que me encuentro todos los días, en distintas partes, armados con distintos rostros. Quizá la única nota discordante en toda esta armonía.

Un ligero zumbido en una sinfonía de momentos que brillan con la memoria de otros.

Parques enormes, dormir una siesta a la sombra de Hermes.
Bromear en el Louvre.
Hacerla reir mientras paseamos por París.
Subir al punto más alto y girar en 360 intentando bebértelo todo con los ojos.

Estamos aquí, vivos, caminando las calles de los recuerdos que leímos, esculpidos por manos que ya no escriben.

Por vidas que ya no viven.

Y construimos los nuestros, colocándolos en algún rincón libre.
Riéndonos.
Siempre riéndonos.

Sin olvidar -nunca- esas tumbas silenciosas que nos esperan a todos.

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Sábado, 24 Diciembre de 2011

Ojalá


Las palabras son cascarones vacíos que apuntan a cosas que no están ahí.
Y sin embargo sólo tengo eso para decir que os echo de menos.

Decirlo sabiendo que no llega, que no podéis escucharlo y que el que lo escuche no podrá entenderlo porque no lo está escribiendo él.

El sentimiento provoca el gesto y el gesto es perfecto, pero desde fuera es sólo eso; un gesto. Algo que será reconocido tan sólo por aquellos que también lleven dentro aquello que lo provocó.

¿Cómo hablaremos de lo único si por serlo no se podrá comprender?
Entre iguales iremos muriendo hasta que no quede nada, esa es la ironía; de eso me río.

Aún así lo diré; os echo de menos.
No quería veros partir, ni llorar en vuestros entierros. No quería veros sufrir ni dejar de escuchar vuestra risa, y sin embargo os habéis ido marchando sin avisar, primero uno, luego otro, luego otro. Y así seguirá siempre, con pequeñas pausas.

Hasta que me vaya yo.

¿Qué palabras utilizo para explicar lo que se siente cuando toda presencia va acompañada por el vacío que dejaría si se apagase?

Todo lo que se me ha dado es un lenguaje impreciso para expresarme y cuanto más lo domino menos me sirve.

¿Es esto lo máximo a lo que podemos aspirar?
¿Acuchillar con palabras esperando que desde el otro lado alguien pueda imaginarse cómo de grandes o pequeñas son las cosas que intentamos decir?

No tiene sentido, como no lo tiene que ya no estéis.

Todas estas cosas dentro se remueven al hablar de ellas, aúllan hasta enmudecer al mundo y, sin embargo, nunca cruzan el papel, nunca tocan otro corazón; todo esto es un gesto inútil.

Os echo de menos son sólo palabras, sí.
Y sin embargo aquí están.

Ojalá estuvierais vosotros y esta puta página siguiese en blanco.

Miércoles, 14 Diciembre de 2011

Como un río

Nos dijeron
que la vida
era
como un río
pero no especificaron
de qué tipo de río
estaban hablando
ni
en qué velatorio
podrías
por fin
comprender cómo fluye
y qué es
con total precisión
lo que hace.

Lunes, 28 Febrero de 2011

Pepito

Mis noches de verano eran un parque mal iluminado donde las madres charlaban en bancos mientras los niños jugaban.

Y estaba Pepito, con su eterna chaqueta marrón. Una cabeza diminuta coronando un cuerpo hecho de alambre.

Tenía treinta.
Aparentaba cuarenta y cinco.

Sus dientes eran oscuros, por el vino, y tenía ojos de niño.
Siempre estaba borracho.

Era uno de mis mejores amigos cuando yo tenía once años, sobre todo en verano.

Nos sentábamos en aquel banco, casi siempre el mismo, y charlábamos. Charlábamos horas y horas, un poco de todo. Me llamaba la atención la textura de su piel. Años más tarde asocié ese tipo de piel a la gente que bebe, a los que beben mucho.

Nunca he podido olvidar sus ojeras.

A veces su mirada se perdía, pero nunca dejaba de hablarme.
Una vez se levantó, vomitó en un árbol y volvió a sentarse conmigo.

A Pepito, decía su hermana, le gusta mucho hablar con Tony.

Su hermana, Juani, era muy fea. Tenía gafas de culo de vaso, el pelo grasiento, los dientes torcidos y oscuros. Todos los veranos nos contaba cómo, hacía muchos años, había ido a un viaje con más chicas, y cómo el chico por el que todas suspiraban (usaba esa expresión "el chico por el que todas suspiraban") se había sentado a su lado, al fondo del autobús, hablando con ella todo el viaje sin hacer caso a las demás.
Muy monas y muy guapas, decía, pero ahí estaba él, sentadito en el fondo con la Juani.

Nunca supe qué pensar de aquella historia.

Ella también bebía, pero no tanto como Pepito.
Nadie bebía tanto como él.
O eso decían, porque yo nunca le vi beber. Siempre venía tambaleándose, pero nunca bebía mientras hablábamos.

Una vez pregunté a mi madre por qué Pepito estaba siempre borracho, si no se le veía beber. Mi madre me dijo que había bebido ya tanto que se había quedado así.

Una noche me bajó cómics, él sabía que me gustaban los cómics. Eran antiguos, en blanco y negro, la mayoría de terror y ciencia ficción. También salían chicas con las tetas al aire en algunas viñetas. Para ti, dijo, quédatelos, un regalo; de Pepito.

En invierno le perdía el rastro, alguna vez lo veía de lejos, entrando o saliendo de algún bar, pero prácticamente no nos veíamos ni hablábamos; no coincidíamos.

Su madre era muy mayor, pero también bajaba al parque en verano. Siempre iba de luto. Una noche vi que la dejaban sola en un banco, mi madre y Juani la dejaron sola y ella se quedó ahí, en una postura extraña. Luego se levantó y se fue con su hija, yo me volví con mi madre a casa. No sé dónde fue Pepito.

¿Qué hacía la madre de Pepito, mamá?
Mear, hijo, mear.
Me contó que la madre de Pepito solía apartarse las bragas a un lado y mear en la oscuridad del parque.

Hacia el final, antes de dejar de bajar al parque por las noches, se meaba encima, directamente. Creo que ella también bebía, pero no lo recuerdo bien.

Un verano Pepito no apareció y yo pregunté a mi madre.
Me dijo que estaba enfermo, en casa.
Pepito, dijo, está muy mal. Es posible que no vuelvas a verlo.

Lo último que recuerdo es que Juani le dijo llorando a mi madre que Pepito, al morir, parecía Jesucristo. Todo huesos, decía, todo huesos y una carita de paz.

Con una sonrisa, decía, se ha ido con una sonrisa.
No la vi pero sé cómo era.

Aquel verano dejé de ir al parque.
Al tiempo lo quitaron, para hacer una carretera.

He conocido otros borrachos, pero ninguno era como él.
Había algo inocente en su forma de reírse, fuerte, con la cabeza hacia atrás, buscándome con los ojos al recuperar su postura.

El vino le manchó los dientes, pero no la sonrisa.

Era mi amigo cuando yo tenía once años. Me contaba cosas y yo a él. Nunca me trató como a un niño ni yo a él como a un borracho.

Es más de lo que puedo decir de mucha gente.

Sábado, 16 Octubre de 2010

Golfo

Cuando era pequeño compré un perro con mi padre.

El perro no era para mí, aunque, hasta el último minuto, pensé que lo sería.
A veces la fe de un niño es a prueba de padres.

Le puse nombre. Golfo. Tenía cara de golfo así que, ¿por qué no llamarlo así?
No sé cómo se las arreglaría mi padre para que se siguiese llamando
golfo, imagino que llegó a su casa y enseñó el perro a su mujer y a
sus hijos diciendo algo como:

Saludad a Golfo.

Y todos saludando al perro al que yo había puesto nombre.
Una bonita escena familiar.

A veces mi padre me llevaba a verlo. Lo tenían en el chalet.
Ellos tenían chalet, un ático, un apartamento y un barco.
Navegar era bueno para él. Tenía la tensión alta.
Mi madre y yo vivíamos en un primer piso, en un barrio no demasiado
bueno pero tampoco demasiado malo. Una cosa intermedia, ya sabes.

Cuando Golfo me veía, se ponía a saltar y colocaba su hocico entre mis
piernas mientras yo le acariciaba la cabezota. Era un rottweiler, con
una cabeza muy grande.

Lo paseaba por la urbanización cuando no había nadie, me hacía reír
verlo saltar como las cabras. Mi padre observaba en silencio y
sonreía. Si nos encontramos con alguien, decía, no me llames papá.

Vale, papá.
Y seguía jugando con el perro.

Siempre me ponía triste despedirme de golfo pero nunca tan triste como
la primera vez.
¿De verdad te lo vas a llevar para ellos?

El perro pasaba mucho tiempo solo, a veces en clase de matemáticas me
preguntaba qué demonios estaría haciendo aquel imitador de cabra
montesa al que puse nombre.

Un día Golfo se cayó a la piscina.
Ellos tenían piscina.

Todos los perros saben nadar, pero casi ninguno sabe subir por las
escaleras. Golfo tampoco.

Recuerdo a mi padre llorando mientras mi madre lo abrazaba. No un
llanto desesperado como aquella vez, años más tarde, cuando dijo que
sabía que no podía estar para mí todo lo que yo necesitaba. No, esta
vez era más contenido, pero bueno, ahí estaba, él llorando y yo con
las llaves en la mano, mirándolo sin ver nada que no fuese un perro de
cabeza grande flotando en una piscina medio vacía.

El perro que no era mío ya no saltaría más, ya no habría más visitas a
escondidas; ya no más no me llames papá si nos encontramos con
alguien.

Sólo nostalgia por algo que no disfrutaste del todo.
Aunque le pusieras nombre.