martes, 14 de agosto de 2012

París

No queda magia en ese sitio.
Quizá la magia erais vosotros y ya os habéis ido.
He visitado vuestras tumbas, ¿sabéis?
Algunas estaban tristes y solas por encima de lo que considero justo.
Pobre Sontag.
Chica lista, tumba solitaria.
Sartre compartiendo tumba con su amor. Nadie escucha, supongo; esa es la auténtica nausea.
Esa idea me hace sonreír.
Una sonrisa que te haría cruzar de acera.
Despliegue de color en la tumba de Cortázar, pequeños objetos, referencias a su obra escritas en su lápida, el sol envolviéndolo todo.
Puedes destrozar tus suelas caminando París y seguir pidiendo más.
El metro es casi una maldición que te lleva de un sitio a otro sin dejarte ver todo lo que te estás perdiendo.
Dios gusano inclemente que te oculta de la luz.
Menos cuando sale fuera.
Ahí está el río y esas casas con su techo de pizarra.
La omnipresente torre Eiffel. No tiene wifi, digo.
La broma diaria.
París es una buena ciudad para estar loco.
Ellos lo sabían.
Me bebo un café en las terrazas donde solían sentarse durante horas a hablar y beber y saboreo en silencio su ausencia.
Y ahí siguen las calles.
Gente de razas distintas, a todas horas, en todas partes. Así debería ser en todos los países. En todos. Bendigo la mezcla que nos hará mofarnos de la pureza que los cretinos ansían.
Ojalá vivas para verlo.
Observo el cañón que apunta al suelo, los cuatro soldados que me encuentro todos los días, en distintas partes, armados con distintos rostros. Quizá la única nota discordante en toda esta armonía.
Un ligero zumbido en una sinfonía de momentos que brillan con la memoria de otros.
Parques enormes, dormir una siesta a la sombra de Hermes.
Bromear en el Louvre.
Hacerla reir mientras paseamos por París.
Subir al punto más alto y girar en 360 intentando bebértelo todo con los ojos.
Estamos aquí, vivos, caminando las calles de los recuerdos que leímos, esculpidos por manos que ya no escriben.
Por vidas que ya no viven.
Y construimos los nuestros, colocándolos en algún rincón libre.
Riéndonos.
Siempre riéndonos.
Sin olvidar -nunca- esas tumbas silenciosas que nos esperan a todos.

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sábado, 24 de diciembre de 2011

Ojalá

Las palabras son cascarones vacíos que apuntan a cosas que no están ahí.
Y sin embargo sólo tengo eso para decir que os echo de menos.
Decirlo sabiendo que no llega, que no podéis escucharlo y que el que lo escuche no podrá entenderlo porque no lo está escribiendo él.
El sentimiento provoca el gesto y el gesto es perfecto, pero desde fuera es sólo eso; un gesto. Algo que será reconocido tan sólo por aquellos que también lleven dentro aquello que lo provocó.
¿Cómo hablaremos de lo único si por serlo no se podrá comprender?
Entre iguales iremos muriendo hasta que no quede nada, esa es la ironía; de eso me río.
Aún así lo diré; os echo de menos.
No quería veros partir, ni llorar en vuestros entierros. No quería veros sufrir ni dejar de escuchar vuestra risa, y sin embargo os habéis ido marchando sin avisar, primero uno, luego otro, luego otro. Y así seguirá siempre, con pequeñas pausas.
Hasta que me vaya yo.
¿Qué palabras utilizo para explicar lo que se siente cuando toda presencia va acompañada por el vacío que dejaría si se apagase?
Todo lo que se me ha dado es un lenguaje impreciso para expresarme y cuanto más lo domino menos me sirve.
¿Es esto lo máximo a lo que podemos aspirar?
¿Acuchillar con palabras esperando que desde el otro lado alguien pueda imaginarse cómo de grandes o pequeñas son las cosas que intentamos decir?
No tiene sentido, como no lo tiene que ya no estéis.
Todas estas cosas dentro se remueven al hablar de ellas, aúllan hasta enmudecer al mundo y, sin embargo, nunca cruzan el papel, nunca tocan otro corazón; todo esto es un gesto inútil.
Os echo de menos son sólo palabras, sí.
Y sin embargo aquí están.
Ojalá estuvierais vosotros y esta puta página siguiese en blanco.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Como un río

Nos dijeron
que la vida
era
como un río
pero no especificaron
de qué tipo de río
estaban hablando
ni
en qué velatorio
podrías
por fin
comprender cómo fluye
y qué es
con total precisión
lo que hace.

lunes, 28 de febrero de 2011

Pepito

Mis noches de verano eran un parque mal iluminado donde las madres charlaban en bancos mientras los niños jugaban.
Y estaba Pepito, con su eterna chaqueta marrón. Una cabeza diminuta coronando un cuerpo hecho de alambre.
Tenía treinta.
Aparentaba cuarenta y cinco.
Sus dientes eran oscuros, por el vino, y tenía ojos de niño.
Siempre estaba borracho.
Era uno de mis mejores amigos cuando yo tenía once años, sobre todo en verano.
Nos sentábamos en aquel banco, casi siempre el mismo, y charlábamos. Charlábamos horas y horas, un poco de todo. Me llamaba la atención la textura de su piel. Años más tarde asocié ese tipo de piel a la gente que bebe, a los que beben mucho.
Nunca he podido olvidar sus ojeras.
A veces su mirada se perdía, pero nunca dejaba de hablarme.
Una vez se levantó, vomitó en un árbol y volvió a sentarse conmigo.
A Pepito, decía su hermana, le gusta mucho hablar con Tony.
Su hermana, Juani, era muy fea. Tenía gafas de culo de vaso, el pelo grasiento, los dientes torcidos y oscuros. Todos los veranos nos contaba cómo, hacía muchos años, había ido a un viaje con más chicas, y cómo el chico por el que todas suspiraban (usaba esa expresión «el chico por el que todas suspiraban») se había sentado a su lado, al fondo del autobús, hablando con ella todo el viaje sin hacer caso a las demás.
Muy monas y muy guapas, decía, pero ahí estaba él, sentadito en el fondo con la Juani.
Nunca supe qué pensar de aquella historia.
Ella también bebía, pero no tanto como Pepito.
Nadie bebía tanto como él.
O eso decían, porque yo nunca le vi beber. Siempre venía tambaleándose, pero nunca bebía mientras hablábamos.
Una vez pregunté a mi madre por qué Pepito estaba siempre borracho, si no se le veía beber. Mi madre me dijo que había bebido ya tanto que se había quedado así.
Una noche me bajó cómics, él sabía que me gustaban los cómics. Eran antiguos, en blanco y negro, la mayoría de terror y ciencia ficción. También salían chicas con las tetas al aire en algunas viñetas. Para ti, dijo, quédatelos, un regalo; de Pepito.
En invierno le perdía el rastro, alguna vez lo veía de lejos, entrando o saliendo de algún bar, pero prácticamente no nos veíamos ni hablábamos; no coincidíamos.
Su madre era muy mayor, pero también bajaba al parque en verano. Siempre iba de luto. Una noche vi que la dejaban sola en un banco, mi madre y Juani la dejaron sola y ella se quedó ahí, en una postura extraña. Luego se levantó y se fue con su hija, yo me volví con mi madre a casa. No sé dónde fue Pepito.
¿Qué hacía la madre de Pepito, mamá?
Mear, hijo, mear.
Me contó que la madre de Pepito solía apartarse las bragas a un lado y mear en la oscuridad del parque.
Hacia el final, antes de dejar de bajar al parque por las noches, se meaba encima, directamente. Creo que ella también bebía, pero no lo recuerdo bien.
Un verano Pepito no apareció y yo pregunté a mi madre.
Me dijo que estaba enfermo, en casa.
Pepito, dijo, está muy mal. Es posible que no vuelvas a verlo.
Lo último que recuerdo es que Juani le dijo llorando a mi madre que Pepito, al morir, parecía Jesucristo. Todo huesos, decía, todo huesos y una carita de paz.
Con una sonrisa, decía, se ha ido con una sonrisa.
No la vi pero sé cómo era.
Aquel verano dejé de ir al parque.
Al tiempo lo quitaron, para hacer una carretera.
He conocido otros borrachos, pero ninguno era como él.
Había algo inocente en su forma de reírse, fuerte, con la cabeza hacia atrás, buscándome con los ojos al recuperar su postura.
El vino le manchó los dientes, pero no la sonrisa.
Era mi amigo cuando yo tenía once años. Me contaba cosas y yo a él. Nunca me trató como a un niño ni yo a él como a un borracho.
Es más de lo que puedo decir de mucha gente.

sábado, 16 de octubre de 2010

Golfo

Cuando era pequeño compré un perro con mi padre.
El perro no era para mí, aunque, hasta el último minuto, pensé que lo sería.
A veces la fe de un niño es a prueba de padres.
Le puse nombre. Golfo. Tenía cara de golfo así que, ¿por qué no llamarlo así?
No sé cómo se las arreglaría mi padre para que se siguiese llamando
golfo, imagino que llegó a su casa y enseñó el perro a su mujer y a
sus hijos diciendo algo como:
Saludad a Golfo.
Y todos saludando al perro al que yo había puesto nombre.
Una bonita escena familiar.
A veces mi padre me llevaba a verlo. Lo tenían en el chalet.
Ellos tenían chalet, un ático, un apartamento y un barco.
Navegar era bueno para él. Tenía la tensión alta.
Mi madre y yo vivíamos en un primer piso, en un barrio no demasiado
bueno pero tampoco demasiado malo. Una cosa intermedia, ya sabes.
Cuando Golfo me veía, se ponía a saltar y colocaba su hocico entre mis
piernas mientras yo le acariciaba la cabezota. Era un rottweiler, con
una cabeza muy grande.
Lo paseaba por la urbanización cuando no había nadie, me hacía reír
verlo saltar como las cabras. Mi padre observaba en silencio y
sonreía. Si nos encontramos con alguien, decía, no me llames papá.
Vale, papá.
Y seguía jugando con el perro.
Siempre me ponía triste despedirme de golfo pero nunca tan triste como
la primera vez.
¿De verdad te lo vas a llevar para ellos?
El perro pasaba mucho tiempo solo, a veces en clase de matemáticas me
preguntaba qué demonios estaría haciendo aquel imitador de cabra
montesa al que puse nombre.
Un día Golfo se cayó a la piscina.
Ellos tenían piscina.
Todos los perros saben nadar, pero casi ninguno sabe subir por las
escaleras. Golfo tampoco.
Recuerdo a mi padre llorando mientras mi madre lo abrazaba. No un
llanto desesperado como aquella vez, años más tarde, cuando dijo que
sabía que no podía estar para mí todo lo que yo necesitaba. No, esta
vez era más contenido, pero bueno, ahí estaba, él llorando y yo con
las llaves en la mano, mirándolo sin ver nada que no fuese un perro de
cabeza grande flotando en una piscina medio vacía.
El perro que no era mío ya no saltaría más, ya no habría más visitas a
escondidas; ya no más no me llames papá si nos encontramos con
alguien.
Sólo nostalgia por algo que no disfrutaste del todo.
Aunque le pusieras nombre.

miércoles, 9 de junio de 2010

María

Siempre he dicho que, si tuviese una hermana, serías tú.
Porque siempre que te necesité, me cuidaste, a mí, que no llevo tu sangre, como si fuésemos una sola cosa.
Porque pudimos haber echado algún casquete y preferimos querernos de otra forma, más para toda la vida, como se quieren los hermanos que se entienden y saben a quién tienen delante.
Porque supiste que debajo de mi locura había alguien bueno.
Porque compartiste tus cosas conmigo y yo puse las mías en tus manos y nunca jamás me hiciste daño ni, espero, yo a ti.
Porque yo compartí tu alegría y tu compartiste la mía y fuimos justos haciendo lo mismo con las cosas malas.
Porque cuando enfermé por todo el daño que me habían hecho tú estabas allí cuidándome, literalmente.
Porque intentaste darme soja para que comiese más sano, y unos polvitos que parecían colacao.
Porque los dos nos reímos de lo nervioso que se ponía algún rollete tuyo al verme danzando por tu casa.
Por el Ommmm y todo lo rarito que siempre hemos podido compartir sin pensar que estábamos firmando una nota de ingreso en el psiquiátrico de la exclusión social.
Porque mi vida ha sido más grande al conocerte y porque, aunque no nos mole ponernos ñoños, sé que los dos nos queremos más que mucha gente que se lo dice todos los días.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Todos los Santos

Los muertos
visitan
a los vivos
y
sólo encuentran
casas vacías.
Por suerte
al volver
a sus nichos
encuentran
a
toda
su
familia
esperando
con ramos de flores.
Como
en un cumpleaños
sorpresa.

lunes, 26 de octubre de 2009

Sus buenas acciones

Los locos que oían voces superaron en número a los locos que oían voces distintas y, entonces, todo se puso oscuro.
Así que, tras un tiempo, los locos que oían voces empezaron a llamar luz a la oscuridad y, como no quedaba nadie que dijese lo contrario, comenzaron a gritar:
¡Todo está iluminado por fin!
Y se felicitaban por sus buenas acciones, en mitad de aquella sombra que habían traído, y se regocijaban y sus corazones estaban contentos porque, en la historia que habían escrito, ellos eran los buenos.
Fue entonces cuando todo murió por falta de auténtica luz.

viernes, 23 de octubre de 2009

Estropeando

A veces
Mientras ensucio la página en blanco
No puedo evitar
Preguntarme
Si no estaré
Estropeando
Algo
perfecto.

martes, 20 de octubre de 2009

El relato que voy a escribir

Parece que lloverá, aunque no quiero empezar hablando del tiempo.
De hecho, la cantidad de relatos, novelas e incluso conversaciones cotidianas, que tienen el tiempo como motor de arranque es tan grande que me niego en rotundo a dedicarle la primera línea, y mucho menos la primera línea y un párrafo.
El relato que estoy planteándome escribir, que no empezará hablando del tiempo bajo ningún concepto, ni explicará esa negativa a hablar del tiempo en el primer párrafo, ni contendrá un segundo párrafo para comentar todo lo dicho con anterioridad sobre no hablar del tiempo, se basará en cosas que sucedieron en una conferencia a la que asistí hace poco.
Me interesa porque, fuera del ámbito de la misma conferencia “sistemas de gestión de la información para la toma de decisiones en el mundo empresarial- el tema carece de interés, así que utilizarlo como punto de partida es tentador cuando quieres saltarte el principio, nudo, desenlace, hacerle una pedorreta a la linealidad e incluso construir un relato sin llegar a escribirlo, con algo tan poco literario como esa conferencia en su base.
Y por supuesto, sin declarar que se tiene intención de hacer todo eso, ya que eso arruinaría la sorpresa.
Tengo unas cuantas páginas llenas de notas que tomé in situ, así que las usaré para construir la narración, aunque en realidad no hay mucho que contar.
Quiero decir que las notas están llenas de cosas que me llamaron la atención, como por ejemplo la pasión que el experto en economía internacional demostró, agitando los brazos mientras nos contaba qué significaban todas esas curvas de la gráfica distribuidas a lo largo de los años (desde los 80 hasta ahora) , agachándose de modo dramático en las caídas (la más grande estaba situada casi al final y empezaba hace dos años, como cualquiera podrá comprobar echando un vistazo a su cuenta bancaria) y subiendo los brazos y el tono de voz en momentos cumbre como, por ejemplo, la entrada de nuestro país en el mercado latinoamericano a principios de los noventa o la irrupción de Asia, con todos los cambios que ello ha conllevado en los sistemas de producción internacional. Cambios que, a la mayoría de los que estén leyendo esto, le importan un pimiento y que a mí tampoco me habían despertado interés hasta que vi a alguien apasionarse tanto hablando de ello.
También tengo notas sobre el brillo de sus ojos, apreciable desde unos ocho metros de distancia y algún que otro pensamiento suelto sobre la suerte que se tiene al sentir algo tan intenso por lo que uno hace.
De hecho mis notas sobre este ponente comienzan con un “se baja del pódium” subrayado, lo cual indica que en su momento me pareció importante (me lo sigue pareciendo), pero exceptuando cientos de detalles como ese, no ocurre nada de interés. Quiero decir que no hay trama; nada empieza y nada termina, sólo son unas cuantas impresiones en una conferencia con varios ponentes y una demostración de software bastante abrumadora, por la calidad de éste.
Ni siquiera hay una descripción física de los ponentes, pero claro, ¿a quién demonios puede interesar que, por ejemplo, el citado profesor de economía internacional fuese pequeñito, delgado, con gafas de montura al aire, pelo rizado, barba y un lenguaje corporal exagerado y, al mismo tiempo, natural como la vida misma?
Pues eso; a nadie.
Por otra parte, empezar hablando de ese ponente, que fue el segundo, en lugar de empezar por el primero, servirá para evitar esa linealidad de la que quiero que el relato escape y, como en ningún momento habré anunciado que estoy recurriendo a ese tipo de estrategia, el lector no sabrá muy bien qué está pasando, suspendiendo su sentido del tiempo y sumergiéndole en el aquí y ahora, que estará basado, en realidad, en mi allí y entonces, aunque un poco transformado por la narrativa. Transformación que no sucedería si, por ejemplo, me dedicase a hablar de mis apuntes para construir el relato en lugar de proceder a escribirlo, cosa que por supuesto no haré.
De hecho, no hacerlo es una decisión inapelable, como la de no empezar hablando del tiempo. (Igual que es una decisión inapelable el utilizar una construcción gramatical tan confusa como la vista en: “Transformación que no sucedería si, por ejemplo, me dedicase a hablar de mis apuntes para construir el relato en lugar de proceder a escribirlo, cosa que por supuesto no haré” Ya que con ella, si lo piensas bien, no queda claro si lo que NO haré será:
A) Dedicarme a hablar de mis apuntes o
B) proceder a escribir el relato.
Ambigüedad gramatical que sirve para el propósito que me ocupa en este momento y que tampoco aclararé, no por generar interés, sino para que haya al menos una duda que al final se resuelva, en una concesión sin precedentes dentro del futuro texto a la narrativa tradicional.)
Si tuviese que empezar por el principio, que será insertado en alguna parte a modo de excusa, tendría que contar cómo, al dirigirme a las azafatas que franqueaban el umbral de entrada a la zona de la conferencia, las dos dieron los buenos días exactamente al mismo tiempo.
Sincronía perfecta y, lo mejor de todo, casual.
Eso me hizo dar un paso hacia atrás, como si se tratase de una obra de teatro y después, señalándolas con un asombro exagerado, para que la coña fuese evidente, dije: ¿Lo habéis dicho las dos a la vez?
Una de ellas se sonrojó y negó, mientras que la otra intentaba contener la risa debido al ambiente de cachondeo repentino al que la sincronía nos había llevado y del que su compañera, más metida en el papel, no terminaba de darse cuenta.
Quizá fue esa situación, que escapaba un poco a lo que esperaban, la que hizo que fuesen un poco más torpes de lo normal a la hora de buscarme en la lista. Imagino que es complicado buscar a alguien en una lista sin dejar de sopesarle con la mirada mientras hablas con tu compañera, que a su vez también está sopesando con la mirada y buscando en su propia lista, con la tarea añadida de no reírse para no perder la compostura de azafata que se supone no debe perderse en un momento como ese.
Hay una nota en mi libreta acerca de cómo yo observaba mi nombre en la lista (la de la izquierda) mientras ellas intentaban encontrarlo y sobre cómo me contuve para no hacer bromas que pudiesen malinterpretarse -como suele pasar- mientras ellas mantenían un diálogo del tipo:
– ¿Es mío?
– No, es mío
– ¿Seguro?
-No, espera; deberías de tenerlo tú
– No lo veo en mi lista, es posible que sea tuyo.
– ¿Es tuyo o mío?
Esta parte donde se me rifaban será omitida en el relato, porque podría generar dobles sentidos y hacer que cualquier lector femenino (y digo lector femenino en lugar de lectora por incluir una posible molestia de bajo calibre que sustituya a la otra posible molestia de bajo calibre que omitiré, por aquello de que las almas sensibles tengan algo por lo que fruncir el ceño y porque, reconozcámoslo, soy un poco tocanarices.) se ofenda por mi sentido del humor y la cantidad de réplicas reprobables que se me ocurrían para cada uno de sus comentarios. Réplicas que no necesité apuntar, porque sigo acordándome a la perfección y que tienen mucho que ver con la cualidad de compartir, tan apreciada en algunos contextos y despreciada en otros, en especial en los que tienen relación directa, indirecta -o posible- con el sexo.
Además podría acusárseme de hacer parecer a las dos chicas, en el relato, floreros estúpidos que no saben ni buscar un nombre en una lista y eso, a decir verdad, es lo más alejado de mi mente en este momento, ya que las dos chicas, en realidad, me cayeron bastante simpáticas sin ninguna razón objetiva, por lo que omitiré también el detalle de que las dos eran rubias, para que ningún lector con mala idea y ligues frustrados a sus espaldas pueda cebarse con ellas recurriendo a los tópicos sobre la supuesta falta de materia gris que se les atribuye. (Por otra parte, a favor de las morenas, he de decir que la mayoría de rubias que durante al menos un segundo han conseguido cortarme la respiración “nada que ver con su higiene personal- eran en realidad morenas teñidas. Que cada cual saque sus conclusiones, yo ya saqué las mías hace tiempo y, por ser diplomático, me quedé con las castañas, sin ánimo de ofender a las pelirrojas ni, por supuesto, a las calvas.)
En realidad, una vez establecido en la mente del lector este principio, con azafatas y demás, podría retorcer un poco la cosa y hacer que éste apareciese como un falso comienzo, ya que, en realidad, la primera anécdota destacable que aparece en las notas es el encuentro con un viejo conocido, que es, en sí mismo un gran personaje.
Francés, de unos cuarenta años, cantante, rockero hasta la médula, ojos azules, pelo corto y rubio, movimientos rápidos, al que llevaba tiempo sin ver y al que encontré, vestido de etiqueta y hablando en perfecto inglés, en la puerta de ese hotel con apellido de niña rica con debilidad por las grabaciones pornográficas caseras (en lugar de “apellido de propietario de cadena de hoteles con una hija un poquito suelta”, así es la vida y unas cosas pesan más que otras, quiero decir que te pasas la vida construyendo un imperio y luego a tu hija le da por hacer un solo de flauta -bastante flojo- que termina siendo visionado por miles de personas y, voila, pasas a segundo plano y tus hoteles se convierten en los hoteles que llevan su apellido, en lugar del tuyo, aunque sea el mismo.)
Tras la sorpresa inicial, por parte de ambos, nos saludamos y me pregunta qué hago allí.
Le cuento que voy a una conferencia sobre sistemas de gestión de datos en tiempo real para la toma de decisiones en el mundo empresarial, en calidad de director creativo de una pequeña agencia de publicidad y para estudiar el software que se presentará, ya que nuestro cliente principal está interesado en él y me ha sugerido que me acerque a ver qué saco en claro.
Podría incluir en el relato la conversación que tuve con él, pero tampoco hace falta aburrir con detalles “para eso ya tendremos un relato lleno de detalles aburridos- así que escribiré algo como:
Charlaron un rato y se pusieron al día de sus cosas.
Después el personaje entrará a la zona de conferencia, ya sabes, azafatas, Hola, buenos días simultáneo, paso atrás, ¿lo habéis dicho las dos a la vez? ¿Es tuyo o mío?, ¿Lo encuentras? Bromas omitidas, etc, etc. Todo ese rollo. De manera que, lo que estaba establecido como principio, resultará ser algo posterior y el encuentro con el amigo, tachán, el verdadero principio, aunque más adelante utilizaré como auténtico principio, haciendo perder ese estatus también al encuentro con el amigo francés que hablaba en inglés, el paseo de 15 minutos hasta el hotel, del que no tengo notas en las que apoyarme para respaldar que fue una sana manera de dirigirse hacia todas esas horas de estar sentado escuchando y tomando apuntes, por lo que el lector tendrá que confiar en mi palabra, sin más, reforzando el acuerdo tácito lector-narrador, que es lo único que quizá deje intacto en ese relato que estoy pensando escribir, pese a las continuas rupturas con lo ya establecido como verdadero que éste contendrá, en especial con respecto al/los principio/s.
Digo quizá no porque no esté seguro, sino para sembrar la duda. Estar a este lado tiene sus privilegios, igual que los tiene el estar en el lado del lector.
Hablando de lectores; hay que hacer algo para que los más avispadillos, que gustan de las funciones de Propp y del análisis estructural de los relatos, se sientan un poco desorientados al encontrar que su teoría sobre las dos azafatas como representantes del arquetipo de guardián del umbral, falla. Por eso no mencionaré que me dieron, y que por lo tanto darán al personaje, una tarjeta de identificación (que, en la particular manera de leer que tienen estos tipos, aparecería como el famoso “don” o “regalo” que permite que el héroe tenga cierta ayuda cuando acceda a un mundo distinto del ordinario, etc, etc. Se recomienda repasar toda la teoría del cuento y del camino del héroe mitológico para más información.) Así que, para fastidiarles un poco la fiesta, y el análisis, no diré nada de la tarjeta de acceso.
Y espero que tú tampoco.
Para dar algunos detalles triviales, podría incidir en lo bueno que estaba el café del hotel (haciendo una alusión indirecta a otro relato de extensión mediana donde el café tenía un cierto protagonismo, mandando así un guiño a los lectores que se leen incluso los relatos que exceden el folio y medio y que son capaces de reconocer alusiones a relatos anteriores, porque no sólo de pegarle puntapiés a los amantes de la estructura vive el hombre), o en cómo una persona trajeada tiró una tostada y cómo después, pensando que nadie se había dado cuenta, la sacudió, miró hacia todas partes fingiendo no mirar hacia ninguna (gesto curioso que me hace darme cuenta de mi torpeza como narrador, ya que soy incapaz de describirlo) y volvió a dejarla en el plato.
También hay pequeñas cosas en mis notas, pero son más personales, aunque entran en el contexto. Por ejemplo, hay una sobre cómo el sonido del agua cayendo dentro del vaso, una vez en la sala de conferencias, parecía atronador debido al silencio. Usándola ahorraré a los lectores con imaginación, y a los que hayan estado alguna vez en una conferencia donde la gente va a gastarse miles de euros comprando el software que se exhibe, explicar que había botellas de agua y vasos en nuestras mesas. (Y una bonita libreta a la que no pude evitar dar uso, como quedará patente cuando escriba el relato) (¡Y un bolígrafo!)
También hay una nota sobre la curiosa sensación que estoy seguro que todos los que osaron ponerse agua sintieron. Sensación que evidencia lo torpes que parecen los movimientos propios cuando tenemos un cierto número de gente (ciento setenta y nueve) observando, lo cual, por otra parte, tiene una explicación muy sencilla que tiene que ver con la autoconciencia y la forma en que la atención de los demás hacia nosotros nos devuelve nuestra propia atención, haciendo que los gestos cotidianos terminen tan retroalimentados que parecen pesados e incluso peligrosos, sobre todo si te encuentras a ti mismo sujetando una botella de cristal con una sola mano en una sala silenciosa donde todo el mundo hace como que no escucha el ruido que estás haciendo al llenar tu vaso.
Ese tipo de pequeños apuntes servirán a su vez para conectar con las cosas generales. Por ejemplo, el detalle concreto de la botella y el vaso es una excusa para situarnos en un contexto de gente, mesas con vasos , botellas de agua, libretas, silencio, etc, de manera que desde ahí resultará sencillo saltar a la primera conferencia, por seguir rompiendo el orden, ya que hablaremos de ella después de haber hablado de la segunda y de haber contado, al menos, dos falsos principios y sugerido uno verdadero (que bien podría venirse abajo como se me antoje presentar como genuino, auténtico y verdadero principio -de verdad de la buena- el momento en que sonó el despertador, pero de eso sí que no estoy seguro, así que lo dejo en el aire.)
Lo que sí tengo claro es que, el objeto de la conferencia, el software en sí, no ha de aparecer en el relato.
Para los informáticos, porque a uno lo lee toda clase de gente, insertaré un par de pistas sutiles acerca de la identidad del software. Por ejemplo, la primera vez que aparezca el tema de la conferencia éste se mencionará como perteneciente a los “sistemas de gestión de la información para la toma de decisiones en el mundo empresarial” Sin embargo, más adelante, en la charla con el amigo Francés que habla en inglés, haré que aparezca como perteneciente a “sistemas de gestión de datos en tiempo real para la toma de decisiones en el mundo empresarial”.
Cualquiera de esos lectores informáticos sabrá que existen diversos programas que realizan la función tal y cómo se ha presentado la primera vez, pero sólo uno de ellos funciona en tiempo real (eliminando el sistema de consulta, y posterior mostrado de datos, sustituyendo el modo organizado de ir rellenando los campos y hacer selecciones de forma ordenada por un sistema totalmente interactivo y abierto, ya que todos los datos se cargan en la RAM, por lo que, en base a nuestras elecciones, el programa muestra la información en ese mismo momento, además de no necesitar la típica infraestructura que estos programas suelen necesitar pese a poder funcionar con ella, lo cual reduce bastante el misterio acerca de la identidad del programa, haciendo que los mencionados lectores informáticos que estén al día sobre el mundillo del B.I tengan muy fácil averiguar de qué software se trata sin recurrir a cosas más mundanas como, por ejemplo, consultar qué empresas fabricantes de ese tipo de maravilla han realizado en el último mes conferencias y presentaciones de su versión 9 en los hoteles pertenecientes a la cadena del chupeteo videodifundido mencionado con muchísima antelación, por cierto, también entre paréntesis.)
Sobre los otros ponentes, tan sólo daré un dato curioso sobre qué es lo que hay subrayado acerca de uno de ellos -el último-, y que, casualidades de la vida, pertenecía a la empresa más grande de las que se habían dado cita allí para hablar de cómo este software les ayudaba día a día en la toma de sus magníficas decisiones.
Lo que hay subrayado, hasta casi romper la hoja, es:
Encantado de conocerse.
No me apetece extenderme (ironía, por supuesto. De hecho estoy que casco por los codos, como habrás podido comprobar si has llegado hasta aquí) pero con este simple dato cualquiera de los comentarios del susodicho ponente será leído con el tono correcto por cualquier lector, por poco puesto que esté en el tema de atribuir tonos de habla en base a descripciones tan crípticas pero representativas como “Encantado de conocerse”.
Nos estuvo enseñando los planes de su empresa, que incluían el 2015, y nos explicó cómo el software les ayudaba en todos los departamentos, ya que sin importar qué tipo de aplicaciones tuviese por debajo para extraer datos, el cuadro de mando siempre era claro, conciso y fácil de interpretar, especialmente si tu trabajo es interpretar ese tipo de cosas.
No obstante, cuando esté relatando lo de este individuo autocomplacido me gustaría saltar hacia atrás en el tiempo, para ser concretos hasta al tercer ponente, ya que él hizo mucho hincapié en varios puntos en los que el quinto ponente (encantado de conocerse a sí mismo, etc) también incidió. El caso es que el tercero me resulta más simpático que el quinto, y a fin de cuentas el relato voy a escribirlo yo, así que realizaré ese salto y, de paso, haré otra caricia en los bajos a los lectores que adoran la linealidad por encima de todas las cosas, además de convertir en algo inútil el dato sobre que el ponente estaba encantado de conocerse a sí mismo, con toda la arrogancia y pedantería exacta que ese dato habría atribuido al tono de sus frases al ser leídas, por lo que conseguiremos el equivalente literario a preparar un pastel delicioso y no comérselo, lo cual lanzará un mensaje claro a los que sepan captarlo, mensaje que quizá aparezca en forma de línea simple para los que no terminen de pillar el asunto.
Hay que cocinar por el simple placer de hacerlo.
Como hay mucho lector que, en el fondo, sólo está interesado en cotillear o, simplemente, exige que las tramas contengan un interés romántico que cautive su atención, me veo tentado de utilizar una anotación sobre una ejecutiva que tenía pinta de dormir con los tacones puestos y que decidió que cruzar miradas conmigo era una buena manera de pasar el rato.
Podría mencionarla al principio del relato, otra a mitad, digamos en el almuerzo, donde ella parecerá encantada de que el personaje nunca baje la mirada y otra al final, en la salida de la conferencia, donde ella por fin se acercará y sus motivos serán revelados.
Sin embargo, como no me gusta ese tipo de recurso, ni que los escritores utilicen ganchos tan obvios, lo desmantelaré contándolo de forma lineal y diciendo que, en realidad, se trataba de la comercial de una de las empresas asociadas a los productores del software, que al verme solo por allí decidió que quizá sería un buen blanco al que entregar su tarjeta para intentar conseguir una venta, sin contar con que, en calidad de tipo que trabaja todos los días en el mundo de la publicidad, es complicado venderme nada.
Interés romántico destruido para cualquier lector que lo buscase, incluso para cualquiera que haya atravesado el texto en busca de él para después sonreír durante unos instantes al encontrarlo y ver, líneas después, cómo sus esperanzas se hacen añicos. Lo siento, pero esto no va de eso.
De hecho, en realidad, no va de nada.
Por eso los falsos principios, el desorden narrativo, el contar cosas sin contar nada parecido a un relato y, por supuesto, el final.
Es posible que te hayas preguntado en algún momento cómo demonios va a terminar esto.
Bien. Está claro que, de tener un final, éste tendrá que cerrar toda esa estructura tan desestructurada (!) que el relato poseerá si cumple todas las condiciones que hemos comentado, ya que dejarlo abierto sería demasiado fácil.
Así que, si termina, terminará de una forma sencilla que, de ser posible, conecte con el principio. Por ejemplo:
Al final, no llovió.