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30 de Septiembre 2003

Una visita inesperada

Llevaba unas seis páginas escritas cuando se dio cuenta de que no estaba solo.
Dejó de teclear y se enderezó un poco en su silla, sintiendo un escalofrío por toda la espalda, hacia la nuca, un hormigueo se instaló detrás de sus orejas.

Separó la silla del escritorio y se giró un poco, vio de reojo el pie desnudo.
El silencio se volvió más escandaloso y un latido frió congeló sus pensamientos.
Finalmente se dejó llevar, como en un sueño, y terminó de girarse.

Una de ellas estaba en el sofá, boca abajo, mirándolo. Sus pies descalzos hacían dibujitos en el aire distraídamente. Sonreía.
Había otra de ellas en el suelo, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos sobre el borde inferior del sofá, tocando con sus nudillos el suelo; sus rodillas apuntaban hacia él. Parecía desafiante, su sonrisa era casi sexual.
Las otras dos estaban en la otra parte de la habitación, una acuclillada en la mesa, un poco echada hacia delante, con las manos juntas apuntando hacia abajo y la cabeza ladeada en una expresión de curiosidad simpática. La otra estaba en la silla, con los pies sobre la mesa jugueteando con un lápiz.

Podía ver sus cuerpos, desnudos, bajo las extrañas blusas transparentes.
Su piel era como una mezcla de todas las pieles que alguna vez había deseado.

-¿Qué queréis?-dijo girándose de nuevo hacia su monitor.
-Queremos que escribas sobre nosotras

Habló la que estaba tumbada en el sofá, seguía jugueteando con sus pies perfectos en el aire; No podía verla, pero lo sabía.
Su voz era muy sensual.

-Estoy ocupado escribiendo otra cosa, quizá después.
-Escribe ahora sobre nosotras -dijo la del lápiz-, escribe y te daremos historias, cuentos, relatos, amores, odios, traiciones y pactos. Haznos un poco más inmortales, haz que tus dedos bailen para nosotras, ríndenos pleitesía, haznos reír.
-Haznos el amor -añadió desde encima de la mesa la otra, sin dejar de sonreír.

Podía notar la mirada de la que estaba en el suelo clavada en su nuca, no decía nada.

-Escuchad, no sé por qué demonios está pasando esto, pero no me importa; como casi nada desde hace tiempo. Estoy escribiendo una cosa para mis amigos. Es lo que estoy haciendo y no quiero hacer otra cosa que no sea eso. Id a molestar a alguno de esos poetas que escriben sobre noches estrelladas, azucenas, la luna fría y todas esas gilipolleces.
-Pero nos gustas tú, queremos que escribas tú para nosotras- detrás de sus palabras había una risita dulce.

Escuchó el crujir del sofá y los pies, desnudos, acercándose.
Su boca se secó; tenía un poco de miedo.

-Podemos abrirte puertas para las que no tienes llave, podemos hacer que brilles como los otros, esos que lees, los que te gustan, los que te acompañan en tus horas solitarias- dijo eso acercándose a su oído, rodeándolo con su brazo por detrás y apoyando su mano, suavemente, en su hombro desnudo -.Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás.

-No quiero nada de eso -tragó saliva- sólo quiero terminar esto, mandarlo a mis amigos y marcharme a dormir; no quiero brillar, no quiero ninguna de las cosas que me ofrecéis -mientras decía esto trataba de no pensar en lo bien que le hacía sentirse esa mano en su hombro; tanta dulzura le hacía un poco de daño en el alma- os lo agradezco, pero no puedo aceptar.

La mano se retiró suavemente.

-Está bien -oyó la sonrisa tras las palabras�?? eres raro.
-Gracias
-Creo que nos gustas
-Yo no sé si me gustáis
-Vendremos a verte alguna vez, eres divertido, incluso cuando estás triste.
No dijo nada acerca de ese último comentario.

Se fueron.
Siguió dándole a la tecla un rato, girándose de vez en cuando para asegurarse de que las extrañas intrusas ya se habían marchado.
Encontró una frase para el final de su escrito y lo mandó.
Caminó por el pasillo en penumbra hacia su cama y se tumbó allí, esperando al sueño.

�??Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás�?�
Menuda pandilla de chantajistas emocionales, joder.

Dio un par de vueltas en la cama, tratando de no pensar demasiado en ello. Acomodó la almohada y miró hacia la pared esperando que el aburrimiento lo durmiese.

Eres un imbécil, pensó, podías haberles pedido, por lo menos, su teléfono.

8 de Septiembre 2003

Recuerdo

Los ruidos, abajo, entran sin permiso por las rendijas de mi persiana.

Estoy solo. Si cierro los ojos ella sigue aquí, su olor en aire, el centro de la cama mojado con el sudor de su espalda. La esquina de sabana que aferró al tocar el cielo, todavía arrugada, se burla de mí; de mi nostalgia. De todo lo que le digo y todo lo que me callo.

Abro los ojos y miro su insultante vacío en mi almohada.

Siempre se va. Amamos durante horas que parecen siglos encerrados en minutos, le quemo con mi fuego sin pedir perdón por las heridas; ella siempre se arrepiente después y yo finjo que no importa.

Nunca le he dicho cuanto daño me hace que me quieran y me pidan perdón por amarme.

Se levanta en mitad de la noche y se viste; verla vestirse es casi mejor que un beso de Dios en los labios.
Se va, siempre se va; sólo una vez el sol nos sorprendió juntos�?�
Mi privilegio; no todos sabemos en qué pensaremos al morir.

Me levanto tratando de sacudirme su ausencia, un poco de agua para tragar el sinsentido de ser amado y dormir solo todas las noches, sabiendo que un día no volverá.
Sabiendo que ese día está más y más cerca con cada amanecer.

Entrar de nuevo en la habitación me resulta más difícil que salir. Mis labios siguen mojados: la botella.
No los seco; me da miedo borrar sus huellas.

Me tumbo y trato conscientemente de no respetar su espacio; ella no está.
No lo consigo.

Me encojo en la cama y miro al vacío tratando de no sentir lo que siento, las sombras me miran, curiosas, sin decir nada.
No durará; lo sé y aún así se lo doy todo, le quemo hasta quemarme y no me importa, aunque sé que no hay nada más importante; Estoy tan condenado que le sonrío a la pena.
Un día no podrá más, un día dejará de luchar contra la sensación de pecado que le produce amarme, un día el sentido común le dirá que no tenemos futuro y, engañándola, se la llevará lejos.
Querrá besarme y no lo hará, querrá que la haga mía, que la sujete fuerte por las caderas mientras su cabeza cuelga en el costado de mi cama y vacío mis besos en su cuello y no lo hará.
No habrá más taxis a las cinco de la madrugada, no habrá más sabanas arrugadas, no más estar sin estar, no más perdones, no más pecado y redención.
No más amor.
Se olvidará de que existí y mi habitación se reirá de mí, tan fuerte, que tendré que dormir en el sofá del salón; donde nunca le hice el amor.

Tendré frío, lo sé.

Por eso me aferro a la calidez de su recuerdo.

5 de Septiembre 2003

Ha sido un poco triste

No escribo esto en casa.
Después os lo haré llegar, como siempre. Me gusta compartir cosas con vosotros.
Estoy en uno de esos lugares que evocan recuerdos, tengo varios repartidos por toda la ciudad.
Hace poco me enteré de que voy a perder uno de esos sitios.
Para siempre.
Doce años de vivencias que me serán más difíciles de evocar, por no tener acceso al lugar donde acontecieron.
Una vez, hace algunos meses, os escribí sobre un árbol en el que jugaba en mi infancia. El año pasado volví a él y me subí.
Entendí entonces que lo que lo había hecho especial durante mi niñez era el hecho de que ahora, en el presente, yo estaba ahí subido; adulto y mirando hacia atrás, sonriendo al niño que fui y dejando que él me sonriera.
El tiempo ocurre todo a la vez, aunque lo percibimos de forma lineal. Esto último es un secreto; olvidadlo.
La cosa es que visitar los lugares que evocan recuerdos es agradable para mí.
Y voy a perder uno de ellos.
La tienda es de dos amigos, allí me he comprado casi todos mis comics; los que me conocéis sabéis que son bastantes.
He tenido muchas charlas interesantes en ese lugar, cuando estudiaba diseño pasaba allí mis almuerzos y, como no, alguna que otra clase.
Allí he conocido a dos de los adultos más interesantes con los que la vida me ha obsequiado.
Durante el año que viví al lado tuve muchas mañanas muertas que utilicé para conversar con Carlos y Vicente. Mis dos libreros, mis dos amigos.
Recuerdo el primer día que estuve allí con Isabel, una chica con la que compartí dos años de este caos que me traigo entre manos, ya sabéis, esta vida.
Ese día fue importante y esa tienda jugó su papel. Quizá otro día os hable de eso.
Recuerdo mis conversaciones, interminables, con Vicente.
Interesantes momentos que brillan con más fuerza, grandes palmeras en un estruendoso castillo de fuegos artificiales. Diálogos que te tocan, que no están vacíos; que cambian cosas dentro de ti.
Y mis dibujos; hay una carpeta llena de dibujos míos allí, algunos muy viejos.
Estoy intentando pasar algo más de tiempo en esa tienda, dentro de poco no podré ir más.
Son los últimos besos, el último adiós, un jodido entierro; como queráis verlo.
Los momentos son muy importantes para mí. Cualquier cosa que me ayude a recordar tiene un especial valor para el tipejo que os escribe estas cosas.
Quiero recordarlo todo, en mi último momento, cuando brille con fuerza, arda y me consuma quiero que todos mis momentos estén conmigo.
Algunos los tenía allí, en esa tienda.
Y, la verdad, ha sido un poco triste tener que ir a recogerlos