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13 de Enero 2004

Dos Euros

Lo primero es lo primero y, en este caso, lo primero es decir que era feísimo.
Estaba borracho como una cuba; tanto que incluso a mí, que estoy acostumbrado y tengo buen oído, me costaba entenderle.
Vino a la esquina de la barra donde yo estaba tomando café -por matar un poco a ese cabroncete asesino que es el tiempo- y pidió una cerveza.
Costó Dios y ayuda entender lo que quería.
No pude evitar prestar muchísima atención a todos y cada uno de sus gestos.
Era viejo, setenta años en canal. Arrugado. Con unos graciosos tics en la cara y un par de ojos extraordinariamente vivos; de los más bonitos que he visto. Incluyendo los de mujeres enamoradas, esas que mienten con dulzura creyéndose lo que te dicen.
Nuestras miradas se cruzaron y lo observé sin ningún tipo de disimulo.
Preguntó entonces cuánto se debía por aquella cerveza.
Dos euros.
Su boca se abrió en un gesto de incontenible sorpresa, se tambaleó hacia atrás y, como si no fuese capaz de creer lo que acababa de escuchar, repitió alejándose: ¡¿DOS?!
Fue como si una flecha invisible lo hubiese atravesado, miró su mano, algunos billetes arrugados asomaban en ella, por un instante pensé que se iba a derrumbar en el suelo.
Pero en lugar de eso se abalanzó sobre la barra, repuesto de la mortal herida y, guiñando un ojo a la camarera, preguntó en tono pícaro si no podía ser uno y medio en lugar de dos.
La chica sonrió y me miró; yo me encogí de hombros y sonreí también.
Nuestro anciano seguía allí de pie, expectante, esperando hacer mella con su propuesta en la tabla de precios del local.
La chica, tratando de ser amable, explicó que ese era el precio por media pinta.
�?l miró el vaso e hizo esa expresión que estuvo toda la noche repitiendo.
Parecía como si quisiese tocar con su labio superior la punta de su nariz, ayudándose con el labio inferior. Esto lo hacía cerrando sus ojos y apretando sus cejas, toda su cara se encogía y entonces sonreía de golpe, abriendo su gesto y sus ojos tanto que parecía que fuese a estallar en una sonora carcajada. Volvía a la primera posición y entonces lo decía; abría mucho los ojos, levantaba un poco el mentón, ponía la boca muy redonda y decía: Uuhh.
Ella y yo nos miramos y contuvimos la risa, era realmente gracioso.
Vale, de acuerdo, está bien -su resignación era casi teatral-, ahí van; y puso dos euros sobre el mostrador.
Mira que es guapa, me dijo con su particular forma de hablar mientras ella iba al otro lado de la barra. Muy guapa, asentí yo.
Fue entonces cuando me miró más detenidamente, acercándose para verme bien.
Abrió mucho los ojos, volvió a hacer ese gesto, muy rápido, mezcla de varias muecas que parecen una sola y, entonces, lo dijo otra vez:
Uuhh.
Su tono era ascendente, parecía decir �??¡Uuhh, cuanto he visto!, cuanto sé, cuanto podría contarte, cuantas cosas de las que nadie entendería sin haberlas vivido; cuanto mundo.�?� Así que allí estaba yo, con aquel interesante personaje y empezando a darme cuenta de que aquello iba a ser, probablemente, algo sobre lo que escribir.
¿Has estado en Alemania? Me preguntó.
Yo le contesté que no, lo más lejano que conozco es Escocia.
¡Uuhh! Escocia, Inglaterra, Irlanda, todos; he estado en todos esos sitios, dijo, Francia, Alemania, Holanda, Suiza, Uuhh, tiempo, mucho tiempo, mucha vida.
Antes íbamos allí a trabajar, Uuhh, las cosas estaban mal; allí podíamos trabajar, como ahora aquí hacen los otros, ¿sabes?, argentinos, uruguayos, Uuhh, se portaron bien, Brmm, se portaron bien. Los alemanes estaban un poco locos. La guerra, Uuhh, la guerra. Mala cosa.
Entonces me miró, recobrando por un momento la serenidad. Giró hacia ambos lados con un gesto rápido y se acercó, articulando una frase que tardó algunos segundos en salir; como si la estuviesen empujando desde lo más profundo de un alma cansada.
La vida es tiempo, dijo.
Bebió un trago y me miró, su nuevo gesto decía: ahí lo tienes chaval; sabiduría.
Sólo tiempo, añadió, lo demás�?� miró a su alrededor, señalando todo con su mano, Uuhh, lo demás no importa.
El tiempo se gasta, sólo es tiempo, todo es tiempo, lo demás es mentira, todo mentira, Uuhh, muchas mentiras, muchas. Bebió y miró el televisor encendido; mentiras, dijo.
Lo sé, dije yo, no veo la tele desde hace dos años; ya no me interesa.
Me preguntó si estudiaba y le dije que algo parecido, eso es bueno, afirmó, Uuhh, libros, muchos libros; tomó otro trago.
No somos nada, afirmó, estamos aquí y al día siguiente, kaputt, se finí.
Pensé en el estúpido accidente que se había llevado a mi padre hacía unos años y en la reciente muerte de mi madre, pocos meses atrás, y no pude hacer más que darle la razón; de todas formas ya la tenía.
Yo viajo, me contó, tengo un camión, Brmm, Brmm, mi camión, Uuhh, libros, muchos libros. Entonces metió la mano en su bolsillo y me dio una tarjeta.
Librería anticuaria compra-venta de libros antiguos, raros y curiosos, coleccionismo.
Vaya, dije sonriendo, me encantan los libros.
Uuhh, buena cosa, muchos, muchos, del año veinte, muy antiguos, mucho tiempo en los libros, Uuhh, yo no leo, no sé leer, soy medio analfabeto.
¿Sabes por qué? La guerra, Uuhh, libros de la guerra, también, Napoleón, ¿parlè vous français? Hitler, Roma, todo en los libros, los tenemos todos, historia de verdad, Uuhh, Poco dinero, había que trabajar, desde muy joven, mi camión, Uuhh, mucho tiempo, en el camión, viendo cosas, Brmm. Franco, Uuhh, locos, muy locos, otros tiempos, otros tiempos, mucha vida. Sí. Mucha vida.
Soy comunista, afirmó con rotundidad, auténtico, Uuhh, del trabajo, no marxista, Uuhh, señoritos, como los otros, todos lo mismo, todo mentira; te tiran el hueso y se quedan el jamón. Yo soy comunista, toda la vida trabajando, arriba, abajo, mis socios dicen: quédate en la tienda, y yo: Uuhh, no, no me gusta la gente, todo mentira, prefiero recoger los libros. Libros muy antiguos, tienes que verlos, muy antiguos, Brmm, Brmm, en mi camión.
Todo el mundo, continuó, lo he visto todo. Mucho tiempo. La guerra, Franco. Hizo una pausa y después un gesto de rechazo moderado cruzó su rostro. No sé leer. Ya te he dicho, la guerra, tenía que trabajar. Se calló un momento y bebió.
Bueno, le pregunté, con tantas cosas vistas, ¿Qué le parece más difícil de olvidar?
¿Cómo? Parecía no entender bien la pregunta así que me expliqué un poco mejor.
Quiero decir que, de todas las cosas que uno tiene y uno pierde, cual es la más difícil de olvidar, de superar, de dejar atrás.
Me miró un momento con gesto pensativo, gesticuló, como si fuese a decir algo y entonces cambió su expresión; parecía vacilante, indeciso. Volvió la mirada hacia su copa; quizá la respuesta a mi pregunta flotase allí dentro, no lo sé.
Finalmente levantó sus cejas y dio un sorbo triste a su bebida, la mantuvo en alto y me contestó, encogiendo los hombros:
No lo sé; se me ha olvidado.
No sé si él era consciente de lo fascinado que yo estaba; ese tipo de situaciones son, para mi, la sal de la vida. Mi curiosidad crecía y crecía, quería preguntarle más cosas, así que, con tiempo por delante, lo hice.
¿Qué es el amor?
Uuhh, Mujeres, Uuhh, se rió, muchas mujeres, yo he tenido muchas mujeres. Soy padre soltero, jejeje, los dos reímos. �?l se encogía un poco y trataba de mirarme mientras se reía, pero sus ojos se cerraban con la risa. Padre soltero, menudo golfo está usted hecho, dije sonriendo. Sí, el camión, muchas mujeres, cuarenta mujeres, para nosotros, los alemanes las traían, Uuhh, yo decía: no, no puede ser y los alemanes: sí, para vosotros. Uuhh, mala cosa, muy locos. Mujeres, jeje.
De pronto pareció recordar algo y se puso un poco más serio.
¿Sabes que es el amor?
¿Qué es? Pregunté.
Un pedo. Kaputt. Nada. Muy poco tiempo, la vida, Uuhh, la vida es mucho tiempo y el amor es muy poco, casi nada.
Hizo una pedorreta con su boca y acabó su cerveza.
En aquel instante pensé: De acuerdo, aquí tienes a un anciano de setenta años, borracho y cargado de historias comparando el amor con un pedo.
Tras unos segundos de deliberación interna estuve de acuerdo con él.
Duran sólo un instante pero si son lo suficientemente fuertes los recuerdas toda la vida.
Pedos, si señor, buena metáfora.
Llamó de nuevo a la chica y le pidió otra cerveza. Ella la sirvió y él preguntó cuanto costaba.
Me miró, un tanto asombrada, y le volvió a decir el precio.
¡¿Dos?! La escena se repetía.
Lo mismo de antes, dijo ella riéndose, no ha dado tiempo a cambiar los precios.
Uuhh, jejeje, Mujeres, jejeje, toma, ¿uno y medio? Jejeje, dos, dos, ya sé.
Pagó y seguimos hablando.
Me contó que no se jubilaba, que no quería, le gustaba viajar con su camión arriba y abajo. Trató de encenderse un cigarro, lo sujetaba con sus labios y colocaba la llama al lado; en ningún momento llegó a encenderlo. Continuó hablando, dando caladas a su pitillo apagado. Por lo que puede entender de su, en ocasiones indescifrable cháchara, él era socio de la tienda de libros. Viajaban por todas partes comprando libros antiguos y raros. Muy caros, Uuhh, algunos muy caros, me decía de vez en cuando.
De pronto cambió de tema y el universo hizo una de las suyas: Una chica, Uuhh, de fuera, Francia, Hungría, cualquier parte, se enamora y se queda aquí, Uuhh, juntos. Está contigo, siempre, todo el tiempo. Amor, Uuhh, a veces pasa. A mi no, pero pasa. Aunque normalmente, Uuhh, eso, como un pedo.
Nos quedamos mirando el uno al otro.
Aquello me dejó un poco descolocado, yo llevaba unos meses durmiendo con ella, la chica, la camarera. Ella era de Suecia; no tenía muy claro cuanto tiempo iba a estar aquí y no teníamos ni idea de cómo iban a ser las cosas mañana, a fin de cuentas todo había empezado de una forma muy espontánea y nos había pillado por sorpresa a los dos; quizá no tuviésemos futuro, pero el presente, sin duda, nos pertenecía. Se había ganado, por derecho, el lugar que ocupaba en mi vida. Eso me hacía feliz. Eran buenos tiempos.
Cómo si me leyese el pensamiento añadió: Sólo tienes eso.
Me quedé parado, mirándole, esperando comprender algo que se me escapaba.
Pregunté que era eso y él me contestó. Pues eso; el presente. Sólo eso. Tiempo. Uuhh, mucho tiempo. Jeje.
Ella salió de la barra, su turno había terminado. Iríamos a casa, haríamos el amor y nos quedaríamos dormidos, abrazados el uno al otro, para despertar así; sin habernos soltado. Me despedí de mi interesante compañero de conversación y él, al ver como ella sujetaba mi mano, me lanzó una sonrisa cómplice y desdentada. Un placer, dijo, un placer. Nos estrechamos la mano y me marché.
Una vez fuera ella preguntó, divertida, sobre mi conversación con aquel extraño hombrecillo.
Yo le dije lo que había aprendido:

Que Dios existe y que, a veces, se tira pedos.