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10 de Marzo 2004

Años después

Mi abuelo era un personaje increíble.
Estamos hablando de un hombre gordo, ciego de un ojo y tuerto del otro, fumador de puros, víctima del cáncer, gamberro incorregible y cachondo mental.
Olía a loción de afeitar.
Una vez se sacó el ojo de cristal y lo dejó caer en el cuenco de la sopa para hacerme reír. Sólo nos reímos él y yo; el resto estaba demasiado ocupado escandalizándose y tratando de no vomitar.
La gente normal no entiende esas bromas.
Tenía medallas por haber salvado vidas en la riada.
Estaba orgulloso de su foto a caballo. De pie encima de uno, salvaje; lo domó él cuando era Guardia Civil.
Apoyó a los nacionales hasta que, con Franco en el poder, les importó bastante poco su excelente expediente y lo sacaron de la acción para ponerlo a vigilar trenes.
Aquello no le sentó muy bien. Desde entonces chillaba sonoros �??hijos de puta�?� a los nacionales que sobrevolaban la zona, ante la mirada asustada de su mujer. Si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz, decía la abuela, que se murió sin que yo la conociese.
Había muchas contradicciones en aquellos tiempos. Son cosas que entendí después, entonces sólo era un niño.
Le gustaba llamarme pecho lobo y darme café.
Creo que me gusta el café por su culpa, si es que culpa es la palabra adecuada.
La madre que te parió Juan, le decía mi tía, no le des de beber al niño.
Supongo que consideraban que yo era ya lo suficientemente activo como para darme estimulantes de ninguna clase.
Había mordido a un pastor alemán en la cola, quemado una cama, arriesgado mi vida entre dos trenes y enrojecido a más de un adulto; era comprensible que no quisiesen que tomase café y batiese mis marcas; tenía unos ocho años.
Mi abuelo era un espíritu más afín, éramos cómplices.
Recuerdo que, cuando nadie nos veía y estábamos solos en el salón, me ponía una cinta de video, Beta creo, y me hacía contarle que iba sucediendo.
Lo único que iba sucediéndose eran las mujeres desnudas; una detrás de otra. Yo trataba de describirlas lo mejor posible.
Estaba bastante ciego, diabetes y cáncer, pero dibujaba muy bien. Chicas y toros. Mira que culete, pecho lobo. El único miembro de mi familia que dibujaba antes que yo.
Teníamos nuestro momento místico; la dentadura de la abuela, me decía señalando solemne, y se reía. Allí estaba, en un vaso, como algo repulsivo y fascinante a la vez; los dientes que habían advertido, si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz; Lo más cerca que jamás estuve de ella.
Curiosidades.
Mi madre le odió durante algún tiempo y trató de que yo también lo hiciese. Lo único que consiguió es que me guardase estos momentos para mí, hasta que pudiese analizarlos con calma, juzgar por mi mismo; darme cuenta de que aquel cabroncete al que amaban y odiaban por partes iguales no era muy distinto de mí y, a la vez, era totalmente diferente.
Lo recuerdo en una cama de hospital, a través de un cristal, tan lleno de tubos y cables que se hacía difícil imaginar que eso era él. Si no fuese porque, para dejar claro que estaba ahí, levantó su mano y me hizo cuernos. Si no hubiese estado entubado también habría sacado la lengua.
Total que le quitan medio pulmón y el tío sale de lo que parecía una muerte segura protestando y cagándose en la madre que parió a todos.
Venga señor Juan, que le vamos a afeitar, dice la enfermera, y aquel le contesta, sí, sí, pero con mi navaja, a ver si ahora que salgo de esta me van a pegar un Sida.
Y entonces mi madre dice voy a por café y él dice vale y mi madre baja y él se muere de repente y mi madre llega a casa y yo abro los ojos y le digo que el abuelo se ha muerto antes de que ella pueda decir nada y me mira y me pregunta que como lo sé y yo no le contesto, ni a ella ni a nadie. El día que se supone lo llevaban a casa.
Lo veo allí, después, muerto, con toda esa gente llorando, y es como si sólo estuviésemos él y yo. Entonces me acerco y le toco y alguien me riñe porque a los muertos no se les toca y yo no le hago caso y apoyo mi pequeña palma en su mano y me doy cuenta de que nunca había visto lo grandes que eran.
Años después beso a mi madre muerta en su cama y pienso en la coincidencia.
Pasado el entierro vinieron las discusiones, las herencias, los comentarios, los trapos sucios, toda aquella cosa de adultos que yo no entendía. En aquella casa donde dibujaba toros, ponía películas, dejaba caer ojos de cristal en el cuenco de la sopa, me daba café, me enseñaba la foto del caballo y se cagaba en Dios cuando mi madre se me llevaba a hostias por haberme manchado la camisa; en aquella casa ya no estaba él y no conseguía entender porque no se podían limitar a echarle de menos como hacía yo en lugar de montar tanto ruido.
Cosas de adultos.
Años después, en nochevieja, estoy sentado en la misma sala donde pasaba todo aquello, mi madre ha muerto y mi familia quiere volver a ser mi familia y yo también quiero que lo seamos pero ninguno sabe muy bien cómo se hace, así que simplemente somos nosotros lo más genuinamente que podemos, sin esforzarnos.
Es entonces, viendo como lo asocio todo con él durante mi estancia en esa casa, cuando me doy cuenta de que, a día de hoy, aquel viejo cabroncete sigue siendo una de las mejores partes de mi infancia. Algo que no habría querido perder, alguien que, pese a todo, no llegué a disfrutar del todo y que, en determinados momentos, echo de menos.
Como ahora.