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Cajas

Llegaba tarde, como el conejo de Alicia.
Se me ocurrían un montón de bromas respecto a eso.
No las hice.
Menudo profesor.
Pensé un poco en todo, de camino a mi aula.
Ella se iría en agosto y yo, como hacía con todo lo bueno y lo malo, lo aceptaría.
En la calle un niño golpeaba cajas abandonadas con su pequeño odio perfecto.
¿Qué le hacía sentirse así?
Toma, decía, toma, toma, toma.
Una caja, casi rota, rozó mi pie.
No me miró.
Ella debía marcharse. Demasiadas cosas por resolver. Todo un mundo. Era posible que se fuese sólo para volver después, pero tenía que hacerlo. Debía hacerlo.
Así eran las cosas.
Los lamentos de las cajas iban quedando atrás.
La quería demasiado como para atarla a mí.
Todo sería como tuviese que ser; así era siempre. Si conocía una verdad que me separaba del resto era, sin duda, ésa.
Lo malo de las verdades es que pueden cambiarte.
Esa tarde, en mi aula, dejé jugar a los niños. Sólo jugar.
Me gustó verles felices.
Me hubiese preocupado, no sé por qué, encontrarlos, algún día, golpeando cajas.
Descargando todo ese odio impreciso de una forma inexacta.
No quería formar parte de aquello.
Ella se iría.
Quizá regresase o quizá no.
Pero, fuese como fuese, yo saldría adelante. Así eran las cosas.
Me gustase o no, así era yo.
De camino a casa no pude evitar pensar en todas las cajas que nunca golpeé.

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Comments

Si consiguiéramos desprendernos de ése odio tan solo golpeando unas cajas abandonadas, muchos conflictos de éste mundo jamás hubieran existido. ¿Es mejor así? ¿O no puede ser de otra manera?

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