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Encontraremos otro sitio

Cuando ella terminó su servicio él la recogió.
Mientras se acercaba al coche notó algo extraño en su manera de caminar.
Había bebido más de la cuenta.
-Hola Pablo
-Hola Mari
Se quedó parada en la acera mientras él abría el coche.
Miraba hacia alguna parte, con los ojos entrecerrados y su cabeza moviéndose, muy despacio, de un lado a otro.
-Me siento aquí delante, hoy no quiero ir detrás.
-Como quieras
Ella se sentó. Trataba de abrocharse el cinturón, pero no acertaba; sus movimientos eran torpes. Intentaba mantener la compostura, pero era evidente que estaba borracha.
-Jodida cosa de los cinturones- protestó ella, con la barbilla hundida en el pecho, mientras seguía forcejeando.
�?l sujetaba el volante con ambas manos y miraba al frente, tratando de no prestar atención.
-Vale, ya está, vamos Pablo.
Arrancó y recorrieron un par de manzanas. Era tarde y no había tráfico. Las farolas pasaban una detrás de otra sin prestarles atención.
-Voy bastante, bastante ciega ¿sabes?
-¿Quieres que pare? ¿Te sientes mal?
-Claro que me siento mal, acabo de pasar la noche bebiendo y follando con un tío por el que no siento nada. Ni siquiera me gustaba un poco. ¿No te sentirías tú mal?
-Me refería a si tienes ganas de vomitar o algo.
-Ya sé a que te referías, soy puta, no tonta.
Pablo se calló, apretó la mandíbula y siguió conduciendo.
Ella miró por la ventana.
Entonces lloró.
Paró el coche y se quedó callado. Ella lloraba y él no sabía que decirle.
-Llévame a algún sitio bonito- dijo ella
Se quedó un momento callado y entonces sus cejas se arquearon un poco.
-Puedo llevarte a la playa si quieres. Allí se estará bastante fresco; seguro que con este calor lo agradecemos los dos. Igual te ayuda a despejarte.
-La playa�?�- Entonces lloró otra vez.
-¿Qué pasa?
-Antes iba allí, a veces, con chicos a los que quería de verdad. Entonces era un sitio bonito donde ver amanecer. Hacíamos planes, nos abrazábamos y sentíamos que todo era perfecto. Ya sabes, las cosas del amor. Todos hemos tenido tiempos mejores.
Pablo asintió en silencio.
-La última vez que estuve allí -continuó- fue trabajando. También estaba muy ciega, mucho más que ahora. A veces bebiendo es más fácil. Me fui con dos tipos, de los elegantes, ya sabes. Un par de cerdos.
Lloró con mucha más fuerza y él acarició su cabeza, en un torpe intento de consolarla.
Era consciente de que su caricia estaba a medias, pero no podía hacer más.
Ella le miró, mordiéndose el labio y entonces estalló.
-Sólo era arena, Pablo; arena por todas partes, humedad, el ruido de las olas, el olor a sal y un montón de cosas flotando por ahí. No estaban los amaneceres, ni la tranquilidad, ni nada de nada.
Se abrazó a sí misma y, con la cabeza gacha y su pelo rizado cubriendo el rostro, dijo:
-Ya no puedo ver el mar.
Pabló se quedó callado y escuchó su propia respiración llenando todo aquel silencio.
Estuvieron así un momento y, entonces, puso en marcha el coche.
-Encontraremos otro sitio
-Vale
Ella se limpió con la manga y él condujo en dirección a la nada.

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