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Es tu turno

Está sentado en la terraza del bar, viendo pasar chicas y disfrutando de una cerveza fría.
Entonces lo ve.
Es un tipo extraño, ojos preciosos, mal vestido, lleva un taburete pequeño en la mano. Si apostases todo tu dinero a que lleva meses sin dormir bajo un techo no perderías ni un céntimo.
Se acerca, coge su taburete, lo pone a su lado y se sube encima.
Los dos se miran.

El hombre comienza a hablar:

Chico, estamos forzando la naturaleza del individuo para adaptarla al modelo educativo, en lugar de adaptar éste al individuo.
Es justo aquí donde la línea entre educación y amaestramiento se nos presenta difusa.

Se aclara la voz y sigue.

Naturalizamos los procesos de dominación que son ejercidos sobre nosotros de tal manera que llegan a ser invisibles a nuestros ojos. Es posible que sea una forma de autoprotección; una vez percibidos tendríamos que hacer algo, deberíamos de hacer algo.
Sería inevitable el enfrentamiento, el cambio.

Hace una pausa y mira a su alrededor, el camarero estira el cuello y se dispone a acercarse para echar al filósofo errante. El joven niega con la cabeza. El camarero hace una mueca y sigue con lo suyo, mirando de reojo.

El hombre mira al camarero, luego al chico, sonríe y sigue hablando:

El esclavo, en lugar de aspirar a ser libre, aspira a ser amo; ese es uno de los errores básicos que perpetúa el estado actual de las cosas, de estas insanas relaciones de poder.
Como primer paso sería deseable la aparición de tácticas que localizasen y pusiesen en evidencia los pequeños rituales cotidianos que refuerzan los juegos de dominio.

Esto, hijo mío, nos llevaría a la visibilidad de la sumisión.
Cuando dice esto se agacha un poco, y guiña un ojo de forma exagerada.

Vivimos en estos jodidos recortes de espacio infinito, dice extendiendo sus brazos, mira hacia arriba y verás que el cielo que vemos es interrumpido por los edificios.
Las estructuras que creamos para darnos seguridad limitan nuestra percepción del infinito.
De nuestras posibilidades.
Todo "lo nuestro" nos tapa "lo otro"; limitamos la mirada en busca de seguridad.
Cuanto más estrecha nos dibujan "la realidad", "la verdad", "lo bueno", "lo correcto", más cosas se quedan fuera.
Nos están robando el cielo, niño.
Las voces me han dicho que te lo cuente, yo ya no tengo batería, es tu turno.

Se tira un pedo y baja de la banqueta, apoya una mano sobre la mesa y con la otra le señala.
Las preguntas que debes hacerte, chaval, son:

¿Cómo eliminar protocolos y asaltar contenidos si sólo disponemos de un lenguaje impreciso?
¿Cuánto de nosotros, y de lo que nos rodea, cabe en un sistema de representación dado?
¿Comprender la cadena te hará libre?

Mira a su alrededor, satisfecho, echándose hacia atrás con las dos manos en la panza.
Hay una mancha de grasa en su camiseta, cerca de su ombligo.

Quizá en un contexto amanerado, le dice, predefinido, institucionalizado incluso en sus formas de contracultura, sólo nos quede la honestidad como la más contundente de las herramientas.
¿Es falso lo que miras o tu forma de mirarlo?
Piensa en ello, chico, piensa en ello.
Es tu tarea.

Y se marcha.

El joven se queda mirando cómo se aleja.
El camarero se acerca y se queda parado, bandeja en mano, mirando en la misma dirección.
Menudo tipo, ¿eh?
Increíble, sí. Ponme otra cerveza, por favor.

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