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Desnudo ( publicado en antología de relatos Aledaños de la Literatura, editorial Premura. )

Cuando se hubo alejado lo suficiente se desnudó.
La sensación de la tierra, amortiguada por la hierba bajo sus pies, le gustó.
Estaba desnudo, en mitad del bosque, mientras los demás montaban sus tiendas.
Paseaba despacio, erguido, sintiendo su columna, el peso de su cuerpo en el suelo; sintiéndose vivo.
Creo en esto, se dijo, en un ser humano desnudo en el bosque.
Sin ropa, sin clase, sin dinero, sin orgullo, sin ser más ni ser menos, desnudo. Real.
Se agachó a contemplar unas hojas muertas, que crujieron entre sus dedos.
Lo hemos hecho todo mal, nos hemos contado tantas mentiras, hemos puesto nuestra fe en tantas cosas sin sentido. Derrochamos nuestra vida. Somos sombras; nos da miedo existir de verdad.
Crecemos y morimos en junglas de asfalto, creemos en leyes que nosotros hemos inventado como si formasen parte del equilibrio real del mundo.
Vivimos en la mentira de gentes sin corazón que murieron hace siglos.
Matamos a Dios y ahora matamos el cielo y las aguas sin pestañear.
Un pájaro asintió con su canción.
La luz, entre las ramas más altas, parecía escuchar sus pensamientos.
Tan pequeños, con nuestro orgullo, nuestros coches, nuestras casas, nuestros trabajos, nuestras pequeñas aficiones. Perpetuamos un sistema condenado al fracaso, mantenemos las injusticias, nos quejamos y seguimos haciendo girar la rueda.
Una hoja cayó de sus dedos y miró al frente, donde los árboles se perdían.
Nos hemos apartado madre, hemos olvidado que somos tus hijos; hemos dejado que nuestra capacidad para crear cosas nos ciegue, hemos perdido el equilibro.
Pocos sentimos tu pulso en todas las cosas vivas.
Hacemos las cosas del corazón, las que tú nos enseñaste, con la cabeza.
Nunca sale bien.
Matamos todo lo bueno y sobrevive en pequeñas excepciones por las que nos decimos que merece la pena vivir.
No nos atrevemos a salir del callejón sin salida donde nos metimos al apartarnos de tu lado.
Nos hemos vuelto cobardes, madre.
Tocó la corteza de un viejo árbol y pensó en todas las otras manos que, hace siglos, se posaron sobre él.
Alguien declaró su amor aquí, alguien traicionó y alguien fue traicionado, un niño jugó con el compañero que luego fue su enemigo, dos mujeres se sentaron y hablaron del hombre que no las amó, alguien se escondió esperando ser encontrado, una niña de grandes ojos color miel y pelo rojizo. Un hombre soñó un mundo mejor cobijado en esta sombra.
Testigos del tiempo cayendo a centenares. Cada día. En todo el mundo.
No nos importa; sólo de una forma distante y lejana.
Nuestra cabeza, nuestra lógica, nuestra educación, nuestro saber estar ha destrozado nuestra verdadera naturaleza.
Saltó sobre una enorme raíz que sobresalía de la tierra y olisqueó el aire.
Sigo aquí madre, algunos seguimos salvajes.
Sonrió entrecerrando sus ojos.
Vestimos las ropas y hablamos las lenguas pero conservamos la magia del verde.
Olemos el aire, sentimos la necesidad de decirle algo a la luna, abrazamos los árboles, respetamos toda la sabiduría que los necios asesinos que matan nuestro espíritu quemaron en piras de leña y carbón.
La niña de grandes ojos color miel y pelo rojizo, en algún lugar del tiempo, arde en una de ellas.
Sin ser doblegada; sin renunciar.
Sin pecado ni maldad.
Miró hacia el campamento, no lo veía pero podía sentirlo. Las tiendas, los fogones, las mantas, alguna radio, teléfonos.
Hablando sobre dinero, sobre programas de televisión, sobre ropa, sobre otros.
Sonrió.
No somos malos, somos idiotas.
Caminó despacio hacia sus prendas. Se vistió lentamente; tratando de permanecer desnudo con toda esa ropa puesta.
Dejó un beso en su palma, cerrando los ojos, sintiendo un escalofrío desde el corazón hasta la punta de sus pies; por toda la columna. Creciendo mientras lo daba.
Se agachó y dejó ese beso en el suelo que lo sujetaba.
Seguiré siendo tu hijo madre, todo lo que pueda.
Los árboles observaron como se marchaba, despacio, de vuelta al mundo.
Todo caerá, al final, por su propio peso.
En algún lugar, en la otra parte, donde aún es de noche, un lobo aulló a la luna bendiciendo ese último pensamiento.
Las águilas fijaron su vista en presas invisibles con una pasión antigua.
Los peces, abajo del todo, también estuvieron de acuerdo y una enorme ballena sonrió, enigmática, al secreto que compartían.
El sol se escondía para volver a salir.
Siempre ha sido así.

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Comments

asi son las cosas, y asi se las hemos contado.......

.... y a mí me encontraron debajo de un puente.

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