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[Artículo Ateneaglam, mes Junio]

No sabes que hay minas hasta que pisas una, y entonces suele ser demasiado tarde.

Allá por el ochenta y tres los aprendices de demócrata tuvieron a bien introducir una ley que prohibía la exhibición de material ofensivo en la vía pública.
Nunca he tenido demasiado claro quién decide este tipo de cosas, es decir, quién puede hablar en nombre de una mayoría sin imponer su criterio, sobretodo cuando se trata de cosas tan subjetivas como qué es de buen o mal gusto y qué resulta o no resulta ofensivo a la vista. Hay miradas, y miradas.

El caso es que como los conservadores que dicen no estar obsesionados con el sexo están obsesionados con el sexo, y las cosas estaban como estaban por aquel entonces, se prohibió precisamente eso, es decir, que hubiese mujeres desnudas, porno, y cosas tan poco naturales a la vista, Dios nos libre del pecado, sobretodo si tiene tetas.

Esta ley, decreto, censurilla de andar por casa para contentar a nacional católicos y gentes de bien, o cómo diablos los queramos llamar, ha estado criando polvo más o menos unos veintitrés años. Una siesta, vamos.

Y ahora, de pronto, se aplica, aquí, en nuestra ciudad.

Claro, uno levanta la ceja, se pone colorado, nota la tensión subirle por el cuello y pega un vistazo al calendario. Veintitrés añitos después, y coincidiendo con la próxima visita de su Majestad Vaticana, el Papa, la ley salta al ruedo y empieza a aplicarse. Que conveniente todo. Que democrático, que poco forzado, ¿verdad?

Lo mejor de todo es que ni El Ayuntamiento, ni La Jefatura, admiten haber dado la orden de que esta ley se aplique. Ha sido, al parecer, iniciativa privada de los agentes. Se multó a un par de Quioscos, y se avisó amablemente al resto de que la ley existía y que, para evitar problemas, sería mejor no tener ciertas cosas a la vista. También algunos particulares, ciudadanos muy majos y simpáticos de esos que van a misa los domingos, recomendaron a sus quiosqueros que quitasen esas cosas de en medio, no sea que se nos ofendan las gentes de bien que nos van a invadir la ciudad, vive Dios.

Luego retracciones, aclaraciones, y un largo etcétera, pero el daño ya está hecho. El daño, por si no está claro, se llama miedo. Porque la mejor manera de prohibirte algo es conseguir que te lo prohíbas tú mismo, y de eso, aquí, los colegas, saben un rato.

Quiosqueros retirando no sólo el porno, sino el Interviu, e incluso las revistas de Fitness donde salen chicas en bikini luciendo unos culos, por cierto, estupendos. No sea que les multen, no sea que se busquen un lío por molestarle la vista a los fans del Papa, que son los que, al parecer, mandan aquí.

Así que de eso va el asunto, de acojonar al personal un poco, de retractarse a medias luego y dejarles con el susto, para ver si se cortan un poquito y hacen lo que se espera de ellos; obedecer como buenas ovejitas a estos pastores.

El problema está en que estos pastores están en las últimas, han demostrado a lo largo de la historia que como eso, como pastores, no dan ni una. Seguir bailándoles el agua es algo más que un error absurdo. Pero aquí no decimos que no a un baile, así que: derroche de dinero, cámaras por doquier y censura a la vieja usanza; que se sientan como en casa, como en los tiempos que añoran, cuando su moral era ley, los tiempos que están tratando de devolvernos, los simpáticos cabroncetes.

Uno no puede evitar pensar en cuántas leyes así habrá diseminadas por toda la maraña de códigos penales, civiles y judiciales que nos rigen. Leyes mina, dispuestas a saltar cuando resulte conveniente hacerlas saltar, para poder cohibir, de forma rastrera y amparados en la legalidad, a la gente que ya ha superado la infancia mental.

Eso sí que es ofensivo a la vista.

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Comments

Leyes mina... interesante manera de llamarlas.
A mí también me llamó mucho la atención esta aplicación chaquetera de las leyes, que no es más que una manera de disponer de las libertades al antojo de las autoridades de turno.
Claro que es inherente al catolicismo ese pavor por la sexualidad y los cuerpos desnudos, pero choca que se ponga el tema tan fiero con los kiosqueros mientras que las mierdas de perro -y con esto retomamos lo de las minas :P- son realmente más obscenas, o molestas, para todo el mundo... ¿o no?
Que una teta o un culo entren por tus ojos como partículas al modo en que Demócrito o Platón creían que se producía la visión, sigue siendo más inócuo que ese atentado contra la vista, el olfato y desgraciadamente a veces también el tacto que supone el desperdigue incontrolado de las heces de los canes valencianos (y no me he puesto aún a hablar de higiene...). Y haber leyes al respecto, las hay, pero no, no se aplican: la caca de perro no parece un elemento reprobable en el sistema moral católico, al menos no más que la foto de una teta o un culo.
Acá lo que hace falta es la visita de una autoridad representativa de una moral en la que las cacas sean el culmen de lo obsceno para solucionar el problemita.


Se empeñe quien se empeñe estamos condenados a ser libres, por lo tanto estamos condenados a mostrar lo que queramos aunque nos amencen, plantar cara al pastor ya sin bastón. Que nadie ceda, no hagamos de Valencia una máquina del tiempo, aunque ya lo parece.

Pronto más información de activismo pacifico para defender nuestras libertades y decidir sobre las leyes.

Pasaros por mi web y mirad lo que se cuece!

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