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28 de Agosto 2006

Salen rubias, pero no estas.

No me gusta que tomen el pelo a la gente.

Vale, sí, es verdad. Soy un jodido misántropo, pero es una forma de hablar, ya me entiendes.

La cosa es que hay distintas formas de tomar el pelo. Pueden contarnos una mentira y sacar provecho de ella, en plan timo de la estampita. Cosas directas, ya sabes. Y luego están las formas más sutiles. La religión, el final de Matrix, los recuentos de votos en Florida (Vale, esa no fue muy sutil, pero funcionó), la virginidad de Britney Spears, Paolo Coelho, el Creacionismo, las hipotecas, los telediarios, el sistema judicial, el amor para toda la vida, la jodida civilización, etcétera, etcétera.

El caso es que hay muchas formas de tomar el pelo a la gente, pero en esta no me había parado a pensar.

Estás en un videoclub, trabajando. Solo.
Viene un tipo a devolverte cuatro películas porno. Porque todo el mundo sabe que los auténticos fans del molinillo las cogen de cuatro en cuatro, con dos huevos.
Las coges. Las estás comprobando y te dice, de forma bastante tímida, que una de las películas no coincide con la que alquiló.
Automáticamente te ciscas para tus adentros en los muertos más frescos de todos tus compañeros (porque eres un tipo la hostia de simpático), que han vuelto a meter, por enésima vez, una película en la estantería sin comprobar que el número del disco y el número de la carátula se correspondan.

Rebufas, compruebas y, para tu sorpresa, sí coinciden.

Entonces miras al cliente y él echa un vistazo rápido a su alrededor, se acerca un poco y te dice en voz baja que sí, que los números coinciden, y la portada del disco también coincide con la portada de la película que él alquiló, pero resulta que, según él, lo de dentro no tiene nada que ver.

Es decir, sigue, salen rubias, pero no estas.
Señala el DVD.

Miras a las dos rubias del DVD. Piensas que aun no es tarde para ser actor porno y acto seguido te maldices por ser tan monógamo. Vuelves a mirar al cliente.
�?l tampoco sale, dice señalando al tipo que les sujeta amablemente el culo. No sea que les entre un ataque repentino de gravedad y se les caiga, a las pobrecitas. Un negro. Enorme. Con cara de mira lo que tengo para cenar.

Y, dice carraspeando, tampoco salen negros. Ningún negro.

Ahí ya te mosqueas un poco.
¿En una peli que se llama Devoradoras de �?bano no salen negros?

Entonces subes los hombros como diciendo, y yo qué sé, tío. Y se va, no sin antes precisarte que el título que sale en el menú de ejecución de la película también se corresponde con la carátula, pero que las escenas no tienen nada que ver.

Entonces es cuando aparecen dos posibilidades.

O bien el tipo se la cascó en la advertencia legal y no le dio tiempo a ver la película, por lo que sería comprensible que no hubiese llegado a ver al negro ni a sus dos amigas, o bien la distribuidora está tomándole el pelo a sus clientes.

No sé qué harías tú. Yo puse el DVD.

Fui al menú de escenas y pegué un vistazo por encima. Ni rastro de señores oscuros con cocacolas de dos litros entre las piernas. Sí que parecía haber un par de rubias, pero no eran las de la portada. Ni de coña.

La clienta que deambulaba por el video pegó un vistazo al monitor, me miró y volvió a mirar el monitor.

Señora, dije, estoy comprobando una película. Además estoy informado de lo de París, la cigüeña y todo lo demás, así que no sufra. Lo peor que puede pasar es que me entren ganas de reproducirme.

Salió corriendo y gritando algo sobre ligadura de trompas que no entendí demasiado bien.

Ya con el videoclub vacío pensé en mirar unos segundos de cada escena con el rebobinado rápido puesto, para asegurarme.

Nada, ni negros, ni latinos, ni victimas del reggeton ni nada de nada.
Y las rubias, en fin, las rubias una miseria comparadas con las de la portada.
Apagué.

La hostia, pues el tipo tenía razón.

Es la leche. La gente piensa, bah, da igual, para hacerse unas pajillas, ¿qué más dará?

Pues no, hombre, no da igual.

Es como si te coges una película con naves espaciales en portada.
Y luego sale Meg Ryan. Ni una puta nave espacial a la vista.
Te mosquearías, ¿verdad?

Claro, puestos a que sean del género que se sobreentiende por la carátula, te puedes coger una peli de acción con Bruce Willis en portada y verla para descubrir que no sale Bruce Willis. Pero, oye, es una peli de acción, ¿Qué más da?

Me pasé un rato pensando en como se había callado el tipo. Joder, se trata a los clientes de porno como si fuesen una especie de bichos raros y son ellos los que dan de comer a media plantilla. Sus películas cuestan más baratas al dueño y se alquilan más caras, además suelen tener retraso con el correspondiente recargo. Una vez se enganchan no hay quien los pare.
En el otro extremo están los que te las devuelven a la media hora. Siendo generoso con el tiempo. Así que la puedes alquilar varias veces al día.

El caso es que la empresa se forra con ellos.

Es cierto que una vez tuve que darle un cursillo a uno, con papel higiénico y recorrido imaginario del sofá al reproductor con la mano manchada, sobre cómo limpiar las películas antes de traérnoslas. A fin de cuentas, como dijo una excompañera, existen trabajos donde pagan bastante más por tocar semen, y este no es uno de ellos, así que la pulcritud se agradece bastante.

También es cierto que hemos tenido que sacrificar carátulas por ser incapaces de despegarlas, pero aún así preguntas en todos los videoclubs de la cadena y los clientes con más caja son siempre, y cuando digo siempre no quiero decir a veces, gente que alquila porno.

Si hubiese sido otro cliente, con una película donde en portada hubiera una cosa y dentro, con el mismo título, otra, me hubiese llovido la bronca irracional de turno, con hoja de reclamaciones, juramentos en arameo y toda la parafernalia propia de los encabronamientos de los clientes.

Sin embargo el tipo agachó la cabeza y se piró, sin exigir nada.

La mayoría de hojas de reclamaciones que he me han puesto y que he visto poner eran por razones injustificadas.
Hace tiempo que no veo ninguna.

Al final la gente aprende que los dependientes son una especie peligrosa, sobre todo cuando tienen tus datos.

Este cliente podría haberse quejado o haber exigido que le compensaran con una película de negros haciéndole la revisión intestinal a dos rubias que te cagas la pata abajo. Y en lugar de eso se fue. Resignado.
¿Pero qué cojones es esto?

Salté el mostrador y enfilé al cuartito de las porno.
¡¡¡Sucias ratas embusteras, salid de vuestro escondite, manifestaos!!!
Las carátulas no decían nada, así que dejé de apuntarles con el ambientador y busqué la peli de marras. Al menos sé que esa miente. A las otras ya las pillaré.
La cogí, le di la vuelta.
Ahí estaban, las dos rubias y el señor mástil oscuro.

Esperando a que otro incauto pique y la alquile.

De toda la gente que la había alquilado nadie había dicho nada. Nadie. La cogían, hacían el numerito de sacarle el veneno a la cobra y la devolvían sin decir ni mú.

Pensé que alguien debería hacer algo al respecto.
Alguien debería quitarla de ahí.
No vais a ver a las dos rubias, joder, no están, es mentira, no piquéis, no la cojáis.
Alguien debería de ser capaz de dejar de concebir a los clientes del porno como unos simples guarros sin escrúpulos a los que les da igual una rubia que otra.
Alguien debería detener el abuso de las distribuidoras que mienten y engañan a sus clientes.
Alguien debería empezar a marcar la diferencia, con pequeños gestos.

Pensé en ello, un buen rato.
Luego hice la caja, el cambio de turno y me fui silbando.
Me encanta silbar.

24 de Agosto 2006

Las latas de Prometeo

Está tumbado boca arriba en una roca, donde el agua del mar no puede salpicarle, el aire huele a todo el alcohol que acaba de vomitar.

-¿De verdad hay tantas estrellas?
-No-, dice el otro chico-, no hay tantas, eres tú que ves doble por la turca que llevas.
-Creo-, dice tocándose el costado-, que mi hígado ha dejado de funcionar, no puedo más, en serio, esta es la última, lo dejo, se acabó, no más borracheras.
-Vamos hombre, sabes que no lo vas a dejar, mañana por la noche estarás de nuevo hablándole a las latas y preguntándoles si piensan realmente que no puedes terminar con ellas igual que terminaste con sus predecesoras.
-Es que son muy altivas, tío, me desafían y pierdo el norte.
-Samuel, las latas no hablan.
-Hostia que no, bébete seis y tú también empezarás a escucharlas.
-Yo no bebo tanto, y lo sabes.
-Ya, por eso estoy así, siempre termino bebiéndome tu parte. En el fondo es culpa tuya.

Los dos se ríen.

-¿Sabes qué pienso, Samuel?
-Miedo me da.
-Pienso que eres el jodido Prometeo, aquí puteado en la roca con el águila de la borrachera picoteándote el hígado.
-¿Ese es el fulano que robó el fuego?
-Sí, y creó a los hombres y se pegó un par de columpiadas guapas con el cabrón de los truenos y los relámpagos, pero no es esa la parte de él que me recuerda a ti.
-Eh, que yo me tiro unos cuescos muy guapos.
-Ya, ya, pero el de los truenos es otro.
-Cierto, se me había mezclado la movida mitológica, es el alcohol.
-Prometeo, al ser inmortal, no podía morir. Entonces el águila le picoteaba el hígado, lo jodía a base de bien y luego, tachán, hígado nuevo y otra vez a empezar.
-Que guapo, un hígado que se regenera.
-Como el tuyo, mamón, no haces más que pillar turcas y decir que vas a dejarlo y a los dos días estás otra vez igual. Y encima tienes buen aspecto y todo, lo que yo te diga, el jodido Prometeo.
-Coño, pues no me lo había planteado. ¿Tendré que pedirles derechos de autor a los Griegos por usarme como base para sus historias?
-Hombre, está jodido el tema, más que nada porque nos llevan unos siglos de ventaja.
-Bah, pero seguro que a ti se te ocurre algo.
-Bueno, ahora que lo dices�?�
-No sé si quiero oírlo, me da vueltas todo.
-Bueno, con eso de que hay gente que dice que el tiempo ocurre todo a la vez aunque lo percibamos de forma lineal y con eso de que otros dicen que es circular y se mueve por ciclos�?� igual podemos alegar que un Griego hizo una enorme hoguera con hierbas y setas que no debería haber quemado, que se chupó todo el humo, que en medio del flipe se salió del espacio-tiempo y tuvo una visión, que te vio aquí jodido del hígado, para, acto seguido, verte un día después, como si nada, pidiendo un chupito de esos tan cafres que pides, y que eso le inspiró la parte de la roca.
-Tequila, Ginebra y Vodka
-Esos.
-Hombre, pues es una idea, aunque está jodido demostrarlo.
-Igual de jodido que demostrar lo contrario.
-¿Y lo de crear la humanidad?
-Bueno, la humanidad en general es una mierda, y tú me contaste que le pones nombre a las bolas que sueltas, antes de tirar de la cadena.
-La hostia, ¿de verdad te conté eso?
-Sí
-Vaya tela, voy a tener que beber menos.
-El caso es que tú también creas tus propias humanidades, aunque eres más sensato y tiras de la cadena antes de que puedan empezar a joderlo todo y llamarlo civilización.
-Es por si me piden paga, voy justo de pasta.
-Me hago cargo, me hago cargo.
-¿Entonces Prometeo?
-Sí, yo creo que sí.
-Joder, que guay, esto hay que celebrarlo. Acércame una lata.
-Vale, voy a ver si�?�¡¡Coño!!
-¡Joder!
-¿Has visto eso?
-Joder que si lo he visto
-¿Pero era?
-Y tanto que sí
-No puede ser, ¿en serio?
-Totalmente. Ha centelleado un momento y luego ha desaparecido.
-Pero parecía�?�
-No parecía, lo era.
-¿Lo era?
-Sí, un griego con la túnica llena de mierda y cara de haberse fumado medio bosque.
-Esto tengo que escribirlo.
-Vale, pero antes pásame esa lata. La que está tarareando la cabalgata de las valkirias.

23 de Agosto 2006

[Artículo Ateneaglam, mes de Septiembre]

Las palabras son importantes.

Con ellas explicamos el mundo. A nosotros mismos y a quienes nos rodean.
Siempre me ha llamado la atención que toda vivencia, todo recuerdo, quede reducido a lo que contamos. Historias. Palabras.
Es lo que hay, funcionamos así. Más que ser una simple herramienta las palabras nos conforman, definen nuestra realidad. No tratamos con el mundo, sino con la imagen del mundo que tenemos, y esa imagen nos viene dada por terceros, por lo que nos cuentan, por lo que nos dicen que significa lo que estamos viendo. Palabras.

Por eso es tan importante escogerlas bien.

Escogerlas mal podría tener resultados bastante nocivos para nuestra comprensión de lo que nos rodea. Si, por ejemplo, una superpotencia militar llevase meses planeando la invasión de otro país y se lanzase a ello, si eso ocurriese, y en lugar de invasión utilizásemos misión de paz, o lucha por la democracia, nuestro mapa de la realidad se deformaría con respecto a los hechos, alejándose de ellos. Si cuando un pueblo fuese invadido y se defendiese llamásemos a los que luchan insurgentes, en lugar de resistencia, no estaríamos haciendo justicia a un montón de conceptos importantes, entre ellos la dignidad. Si cuando el invasor matase civiles inocentes -¿existe otro tipo?- dijésemos que la violencia ha causado esas muertes, y no el propio ejército invasor en persona, estaríamos faltando a la verdad. Si cuando un ejército armado hasta los dientes con armas de última generación, aviones de alta tecnología y demás juguetes bélicos, se enfrentase a guerrillas de ciudadanos armados con fusiles, cócteles molotov y misiles de corto alcance usásemos enfrentamiento, en lugar de masacre, no estaríamos siendo demasiado equitativos. Si llamásemos a los movimientos que la resistencia hiciese para defenderse de una invasión por la fuerza, que violase de pleno el Derecho Internacional, actos terroristas estaríamos cometiendo algo más que una falta grave contra la verdad. Estaríamos condenándonos a ser el peor tipo de fulano después del que aprieta el gatillo; el que mira impasible cómo todo eso ocurre. Tal y como Manuel Freytas señaló, en un esclarecedor artículo sobre cómo las cadenas están manipulando el genocidio militar ejecutado por Israel en el Líbano, llamar guerra a ese tipo de enfrentamiento desigual es poner a jugar en la misma liga al elefante y la pulga. Y Existe una diferencia de tamaño obvia, no sé si me captáis.

Es por todo esto que me parece importante escoger bien las palabras.
Porque afectan a nuestro entendimiento de las cosas.

Quizá gran parte del problema seamos nosotros, no sólo las palabras mal escogidas.
Algo malo debe estar pasándole a nuestro sentido crítico, cuando todo esto ocurre ante nuestros ojos y no nos damos cuenta de que algo anda mal. Sólo hace falta un mínimo de cultura, un mínimo de perspectiva histórica, para ver con claridad que los buenos de esta película no son, ni de lejos, los buenos. Quizá sea un fallo en mi cerebro, pero entre dos tipos que matan con el mismo salvajismo, con la misma falta de piedad, siempre caigo a favor del que se está defendiendo. Y aquí no están igualados. Es posible que a todos nosotros nos pase lo mismo, quizá de ahí tanto esfuerzo en presentarnos al agresor como agredido, al que se defiende como un diablo que hay que destruir a toda costa. Tanto esfuerzo para no llamar asesino al asesino.
No puedo dejar de pensar que toda esta manipulación ocurre en el campo de las palabras, ese en el que a veces me gusta jugar. Así que, aprovechando mi regreso a la revista, después de estas vacaciones que para algunos no lo han sido, quiero terminar con una propuesta justa para todos:

Empecemos a usar las palabras correctas.

16 de Agosto 2006

Así se hará

Está flotando en su torre.

Hay un viento que viene de todas partes, revolviendo su pelo, agitando su túnica.
Sus pies no tocan el suelo y su mirada está perdida en el horizonte.

Dos leones se acercan a él y agachan la cabeza.
�?l no les mira.

Señor, dice uno de ellos, pedimos permiso para ir por ella.

�?l inspira hondo.
Se gira.
Mira al león que ha hablado.
Hay llamas bailando en sus ojos.

¿Por qué?, le dice.

Señor, dice el león, usted cargó con su mal, enfermó por culpas que le pertenecían a ella, se despojó de su magia para hacerse vulnerable y sufrió lo que le correspondía sufrir a ella.

Rompió el equilibrio.

Ella debería haber cruzado esa noche oscura, no usted. Ella nació para sufrirla. Somos guardianes de la balanza, debemos compensar. Ella tiene que sufrir.

�?l les mira y entonces, lentamente, deja de flotar.
Cuando la hierba que recubre la torre toca sus pies descalzos él la acaricia con los dedos. Sonríe un momento y vuelve a mirar a los leones.
Las llamas de sus ojos han desaparecido.

Los dos leones se miran un instante.
Entonces él empieza a hablar.

Cuando la encontré, dice rodeándolos, estaba perdida, hundida en su propia miseria. La negrura se la comía por dentro. Le di una daga y dejé que me hiriese, sabiendo que, por su naturaleza, lo haría. Absorbí su maldad y su dolor a través de la herida. Su mal sólo es visible cuando está atacando. Sólo en ese momento es vulnerable.

Y así fue cómo lo robé.
Así fue cómo lo puse dentro de mí.

Rasca una grieta en la pared, se sacude el polvo de los dedos y continúa andando.
Los leones le siguen.

Luché una guerra que ella no podía ganar. A ella la hubiese consumido, la estaba matando y no se daba ni cuenta. La única forma de acabar con la oscuridad que vivía en su interior era ponerla dentro de mí y destruirla.

Eso hice.

Quedó limpia, lista para vivir sin toda esa negrura dentro. Fue mi decisión, y salió bien. Miradla ahora. Ríe, casi ni recuerda cómo se sentía entonces. No quiero que le hagáis nada. He vuelto a la torre, puedo pisar el suelo siempre que quiera, moverme por sitios que antes no podía ni mirar, permanecer más tiempo aquí ocupándome de mis asuntos. Su maldad me hizo más fuerte. Estaba ofuscada por lo que llevaba dentro, así que cualquier daño que pudiese intentar hacerme fue involuntario. Ahora mismo sólo es una mortal feliz, con asuntos mortales, alejada de todo esto de lo que nunca sabrá nada. De todo esto que ni siquiera es capaz de imaginar.

Esa es mi voluntad, y debéis respetarla.

Señor, dice el otro león. Ella no debía ser feliz, ese no era su destino, usted sabe que algunas líneas no pueden cambiarse, aunque le servimos y respetamos hay cosas que ni usted puede alterar. Ella ha de sufrir, hemos de reinstaurar el equilibrio, forma parte de nuestra función.

Escuchadme, consentí esa herida porque su oscuridad era lo que me faltaba para completarme, porque a ella tan sólo le habría consumido sin dejar nada bueno detrás. A mí me era útil, a ella no. Nunca me había dejado herir de esa forma, de no haberlo hecho no habría llegado a comprender qué significa realmente ser el dueño de esta torre. La necesitaba para llegar a este punto. Vosotros, mejor que nadie, sabéis cómo funcionan estas cosas.

Una ramita en el suelo parece llamar su atención. La recoge y sigue hablando.

Sé que fue arriesgado, sé que la torre estuvo sola, sé que durante algunos meses no supisteis dónde estaba. Sin embargo su oscuridad me sirvió, su dolor me sirvió y si hice mío su sufrimiento fue para cumplir mejor mis tareas.

No me dañó, dice mirando cómo la ramita gira entre sus dedos, no me dañó, me hizo más fuerte, fue sólo una herramienta e hizo bien su trabajo; es por eso que no la tocaréis.

Los leones se miran entre sí y, entonces, comienzan a hablar al unísono.

Señor, lo sentimos mucho, hemos de hacerle daño. Usted sabe eso. Lo supo todo el tiempo. Robarle la negrura no la libró de su destino. Ella ha de sufrir, y usted lo sabe.

Siempre supo que sufriendo en su lugar sólo le conseguía un poco más de tiempo.

El tiempo ha expirado.
Hemos de restaurar el equilibrio.
Usted ha de darnos permiso.
Forma parte de su función.

�?l los mira callado. Frunce el ceño.
Deja caer la ramita que tiene entre los dedos.

Las llamas vuelven a sus ojos mientras sus pies se levantan del suelo, gira poco a poco, elevándose en medio de un huracán que no está ahí, y cruza los brazos.

Cumplid vuestro cometido, dice, pero no le toquéis ni un pelo de la cabeza. Haced lo que queráis a su alrededor pero no la toquéis, ¿Lo habéis entendido? Ningún daño directo, sólo lo imprescindible, sólo lo que la balanza dicte. Ni más, ni menos.

Así se hará, señor.
Así se hará.

Los leones se alejan.
�?l los mira hasta que ya no pueden distinguirse de cualquier otra cosa.

Se mira las manos.
Se queda un rato allí, sin hacer nada, con los ojos cerrados.

Lo siento, dice.
Siento mucho todo lo que te va a pasar a partir de ahora.

Sus lágrimas flotan junto a sus pies.
Sin tocar el suelo.

9 de Agosto 2006

Tierra y Círculos

Está sentado en el suelo, las manos llenas de tierra.
Le encanta la tierra.

Su madre está en la otra parte del parque, sentada, haciendo un suéter de lana bastante feo que le obligará a ponerse cuando llegue el invierno.
Aunque él ahora no sabe eso.

Hay otro niño. Lo conoce del patio. Es un año mayor, o algo así. Van a clases distintas, pero se ven en el recreo. Hay dos patios en su colegio; uno para los niños y otro para los mayores. Los dos juegan en el primero, aunque el chico es mayor que él. Se lleva mejor con los mayores. Entienden mejor sus bromas, tardan un poco más en dejarle solo, parecen más interesantes, aunque siempre terminan demostrando que no lo son. Pero tardan más.

El chico le reconoce y se acerca a ver qué está haciendo con la tierra.
�?l se levanta y se sacude las manos.
Su madre sigue tejiendo.
La madre del otro chico está hablando con otra madre. En esa etapa para él las mujeres se dividen en dos clases: Madres y no madres. Ella lleva un carro con otro niño.

Un rayo de luz se cuela entre las ramas del parque y le da en los ojos, dejando toda la imagen grabada por unos segundos en su retina.

El otro niño, su madre, el carro.
Esa escena se quedará grabada mucho tiempo en su cabeza.
Aunque él ahora no sabe eso.

El niño le pregunta a qué está jugando y él le despista haciendo un par de bromas sobre excavaciones para encontrar el techo del infierno. Está de buen humor. El otro niño se ríe y mira los montones de tierra y, sobretodo, el círculo que él había trazado a su alrededor.

Más adelante los círculos serán importantes en su vida.
Llevará uno colgado siempre del cuello.
Tendrá otro que se romperá y se recompondrá con distintas personas conforme pasen los años.
Se concentrará en identificarlos, en ver cómo se abren y cómo se cierran; los ciclos, las etapas, los círculos.

Serán importantes.
Aunque él ahora no sabe eso.

El niño pregunta para qué es el círculo y él le contesta que para que no pase nada malo mientras excava. Dentro, dice, nada puede hacerte daño. Y sonríe.

Entonces ocurre.

El niño se lanza sobre él sonriendo, para jugar, tocarle, las típicas cosas de niños. �?l sigue sonriendo, le sujeta por la camiseta tal y como viene y gira un poco sobre si mismo, dejando una pierna un poco separada. El niño choca con ella. Se cae.

�?l sigue sonriendo pero al niño parece no haberle hecho gracia.
Le tiende la mano, vamos, dice, deja que te ayude, no ha sido nada, sólo te has manchado un poco.
El niño le mira desde el suelo. Piensa durante unos instantes y le da la mano.
Antes de que puedan tocarse su madre lo está levantando.

�?l da un paso hacia atrás. Su madre sólo le mueve tan fuerte cuando va a pegarle. Debería, piensa, de levantarlo un poco más despacio.

No pasa nada, dice él, estamos jugando.

La madre del otro niño no le mira, parece como si no le escuchase.
Ella está mirando a su hijo a los ojos mientras le sacude el polvo del pantalón. No le está pegando pero tampoco le está limpiando. Es un punto medio, hay algo contenido en el gesto. �?l está congelado, observando.

Durante el resto de su vida observará todo lo que la gente, incluyéndose a sí mismo, hace.
Aunque él ahora no sabe eso.

La madre coge a su hijo y le estira del brazo, coge el carro y se marcha.
�?l se queda mirándolos.
El niño se gira un momento y luego mira hacia su madre, que le va a decir algo.

Te tengo dicho que no juegues con ese niño.
Y lo repite zarandeándole.

Te tengo dicho que no juegues con ese niño.

Habrá más niños que no querrán jugar con él. Con el tiempo algunas personas querrán estar a su lado pero terminarán marchándose, alguien decidirá por ellos que es mejor no jugar con él, otras veces lo decidirán ellos mismos, pero no será la última persona que vea alejarse.
Aunque él ahora no sabe eso.

Los ruidos del parque, su madre tejiendo en la otra punta, sin enterarse de nada de lo que ha pasado, el niño alejándose, la frase haciendo eco en su cabeza, una moto que pasa por la carretera.

Se mira las manos.
Mira la tierra.
Mira el círculo.
Mira la silueta de la madre, que sigue riñendo a su hijo. Por jugar con él.

¿Por qué?

De camino a casa se lo cuenta a su madre y cuando le hace la pregunta ella deja las bolsas con la lana y el suéter feo, se pone de rodillas para estar a su altura, y dice algo que a él, con el tiempo, le parecerá injusto.

No les necesitas.
Ellos a ti sí.

7 de Agosto 2006

Tocar Fuera

Una de las cosas que más me gusta de tocar fuera de mi ciudad es comer en sitios distintos.
No por la comida, sino por poder observarlo todo mientras como.

Las inflexiones de la voz varían según el lugar, los ruidos de bar no son iguales en todas partes; cada sitio tiene su propio ritmo. A mí me gusta encontrarlo y bailar con él.

Cada uno tiene sus hobbies.

Dejar las manos bajo el grifo del baño, en la habitación del hostal, y sorprenderte de lo fría que puede estar el agua en Agosto, si estás en Cuenca.

Mirar hacia arriba y ver un jodido montón de estrellas, de las que hace tiempo que no ves porque en tu puta ciudad la contaminación lumínica lo tapa todo y sólo te deja ver unas cuantas. Pararse en medio de una procesión de gente que va del concierto a la discoteca local, mirar al cielo intentando no caerte, porque el whisky y tú os habéis reencontrado tras una larga ausencia, y decir:

Me cago en la puta, si todavía estáis ahí arriba.

Ver caras que no conoces mientras cantas canciones que has escrito tú. Pequeños trozos de ti. Dar lo más íntimo a completos desconocidos, por el simple placer de hacerlo.

Disfrutar de la sonrisa de tu gente en un contexto totalmente distinto.
Sorprenderte de que alguien deje lo que está haciendo y se ponga a aplaudirte en una prueba de sonido.

Sentir una brisa que no es la misma que te acompaña siempre y flirtear con ella.

Juntar dos camas y dormir cruzado en horizontal con tus músicos, haciendo bromas sobre escapes nocturnos de gas intestinal, posibles palizas de represalia y empalamientos vengativos utilizando un mástil de bajo sin lubricar.

Levantarse y reírse por no saber si eso que te estás tomando es el desayuno, el almuerzo o la comida.

Observar una legión de chicas vestidas para matar y ver como alguno de tus músicos contiene el aliento, mientras tú te ríes porque sabes qué clase de burrada está pensando. Porque reconoces todas y cada una de las actitudes que ves a tu alrededor y descubres que siguen sin interesarte las máscaras.

Fijarte en una chica bonita que lleva escrita en la mirada más vida de la que le cabe en el cuerpo, observar a su hija cogerle las manos, en un lugar donde se supone que no debería estar, a unas horas en las que no debería andar despierta según una amplia mayoría. Dejar de mirar a su hija y mirarla a ella otra vez, descubrirle mirándote, esbozar una pequeña sonrisa mutua de reconocimiento, echar un vistazo al hombre que no te gusta en absoluto, seguramente el padre de la niña, y seguir bailando, disfrutando de existir durante algunos momentos en un lugar que no tiene nada que ver contigo.

Llegar al hostal de madrugada, borracho y muerto de hambre, con la cocina ya cerrada y conseguir un bocadillo de jamón y queso como tu antebrazo, sabiendo, después de habértelo comido, que te vas a acordar siempre de lo bueno que estaba.

Hablar de Buda y sus discursos con tu guitarrista mientras tu bajista se ducha y enumera las cualidades positivas de esa habitación y su cuarto de baño. Tu bajista, ese gran personaje que estás aprendiendo a querer por momentos como este.

Perderse por carreteras locales y bromear sobre pueblos fantasma, asesinos en serie y películas de serie B donde los viajeros perdidos terminan corriendo delante de un tipo con motosierra.

Observar cómo te observa la gente de los lugares por los que vas pasando.
Observarte observarlos.

Este soy yo, aquí, sentado, atrapando este momento, usando los cinco sentidos con toda la intensidad que puedo. Sin poder evitar que todo esto termine convertido en un simple recuerdo.

Me gusta salir a tocar fuera de mi ciudad, ver gente distinta, escucharles hablar antes de hablarles. Vivirlos como la cosa única e irrepetible que son.

Cada uno tiene sus hobbies.
Este es uno de los míos.