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[Artículo Ateneaglam, mes de Septiembre]

Las palabras son importantes.

Con ellas explicamos el mundo. A nosotros mismos y a quienes nos rodean.
Siempre me ha llamado la atención que toda vivencia, todo recuerdo, quede reducido a lo que contamos. Historias. Palabras.
Es lo que hay, funcionamos así. Más que ser una simple herramienta las palabras nos conforman, definen nuestra realidad. No tratamos con el mundo, sino con la imagen del mundo que tenemos, y esa imagen nos viene dada por terceros, por lo que nos cuentan, por lo que nos dicen que significa lo que estamos viendo. Palabras.

Por eso es tan importante escogerlas bien.

Escogerlas mal podría tener resultados bastante nocivos para nuestra comprensión de lo que nos rodea. Si, por ejemplo, una superpotencia militar llevase meses planeando la invasión de otro país y se lanzase a ello, si eso ocurriese, y en lugar de invasión utilizásemos misión de paz, o lucha por la democracia, nuestro mapa de la realidad se deformaría con respecto a los hechos, alejándose de ellos. Si cuando un pueblo fuese invadido y se defendiese llamásemos a los que luchan insurgentes, en lugar de resistencia, no estaríamos haciendo justicia a un montón de conceptos importantes, entre ellos la dignidad. Si cuando el invasor matase civiles inocentes -¿existe otro tipo?- dijésemos que la violencia ha causado esas muertes, y no el propio ejército invasor en persona, estaríamos faltando a la verdad. Si cuando un ejército armado hasta los dientes con armas de última generación, aviones de alta tecnología y demás juguetes bélicos, se enfrentase a guerrillas de ciudadanos armados con fusiles, cócteles molotov y misiles de corto alcance usásemos enfrentamiento, en lugar de masacre, no estaríamos siendo demasiado equitativos. Si llamásemos a los movimientos que la resistencia hiciese para defenderse de una invasión por la fuerza, que violase de pleno el Derecho Internacional, actos terroristas estaríamos cometiendo algo más que una falta grave contra la verdad. Estaríamos condenándonos a ser el peor tipo de fulano después del que aprieta el gatillo; el que mira impasible cómo todo eso ocurre. Tal y como Manuel Freytas señaló, en un esclarecedor artículo sobre cómo las cadenas están manipulando el genocidio militar ejecutado por Israel en el Líbano, llamar guerra a ese tipo de enfrentamiento desigual es poner a jugar en la misma liga al elefante y la pulga. Y Existe una diferencia de tamaño obvia, no sé si me captáis.

Es por todo esto que me parece importante escoger bien las palabras.
Porque afectan a nuestro entendimiento de las cosas.

Quizá gran parte del problema seamos nosotros, no sólo las palabras mal escogidas.
Algo malo debe estar pasándole a nuestro sentido crítico, cuando todo esto ocurre ante nuestros ojos y no nos damos cuenta de que algo anda mal. Sólo hace falta un mínimo de cultura, un mínimo de perspectiva histórica, para ver con claridad que los buenos de esta película no son, ni de lejos, los buenos. Quizá sea un fallo en mi cerebro, pero entre dos tipos que matan con el mismo salvajismo, con la misma falta de piedad, siempre caigo a favor del que se está defendiendo. Y aquí no están igualados. Es posible que a todos nosotros nos pase lo mismo, quizá de ahí tanto esfuerzo en presentarnos al agresor como agredido, al que se defiende como un diablo que hay que destruir a toda costa. Tanto esfuerzo para no llamar asesino al asesino.
No puedo dejar de pensar que toda esta manipulación ocurre en el campo de las palabras, ese en el que a veces me gusta jugar. Así que, aprovechando mi regreso a la revista, después de estas vacaciones que para algunos no lo han sido, quiero terminar con una propuesta justa para todos:

Empecemos a usar las palabras correctas.

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