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30 de Diciembre 2006

Manta a Cuadros con Botas de Montaña

Los vio de lejos.

Estaban dentro de un cajero, eran cuatro o cinco. Altos, peinados a la moda, con sus pelos arreglados como si acabasen de meter los dedos en el enchufe. Su cresta de gallito de corral.

Una generación asustada, si juzgásemos por el pelo.

Ropa cara, de esa en la que gastan dinero para que no se note que han gastado dinero. Vaqueros con pinta de usados que valen un extra por tener esa pinta, cazadoras de marca, cinturones. No sabe por qué pero le llamaron la atención los cinturones. Quizá sea porque nunca lleva, o porque esas hebillas le parecen exageradas, no lo sabe, el caso es que se dio cuenta de que todos llevaban cinturones. Iban arreglados, viernes noche, es lógico para ellos. Niños bien.

Vio el bulto en el suelo, dentro del cajero. La manta a cuadros con botas de montaña.

Vio cómo uno de ellos la miró, cómo empezó a tirarle con cuidado algo por encima.
Pensó en queroseno, en vagabundos ardiendo, en navajazos en mitad de la noche y en la bronca que se iba a montar dentro de un momento. Aceleró el paso en dirección a ellos. Sus dos amigos también, aunque no se habían dado cuenta de lo que pasaba.

Siempre lo ve todo antes, lo tiene asumido y sirve para más cosas que para localizar a las chicas bonitas en lugares atestados de gente.

Aflojó y se dio cuenta de que era sólo zumo. De naranja. ¿Qué coño estás haciendo, pensó, tirándole zumo por encima a la manta?

Ni siquiera le vieron parado en la puerta, observándolos a través del cristal.
Ni a sus dos amigos.

Vio sus miradas, el descojone, las risas contenidas. La rabia se le comió por dentro.

¿Por qué cojones están haciendo eso?

El que mojaba la manta se asomaba con cuidado, como todos solíamos hacer cuando estábamos en clase y pinchábamos al de delante, y derramaba otro chorrito.

Aunque eso no era una clase, eso no era un compañero con el que luego poder compartir unas pelis, un almuerzo, o jugar a los cromos, para compensar las molestias, para recordarle que son bromas de colegio, que en fondo somos amigos y esas cosas no tienen importancia.

Era un tipo durmiendo, tapado con una manta. Durmiendo con sus botas puestas. Unas botas buenas, seguramente las únicas que tenía desde Dios sabe cuándo. Y aquel hijo de puta le estaba mojando la manta sólo para echarse unas risas. La única manta a la vista, porque en esa mochila que estaba usando como almohada no cabía otra.

Cabrón, pensó.

Estaba ahí parado, y vio que derramaba más líquido. Se giró y lo dijo en voz alta.
¿Pero por qué coño están haciendo eso?

Porque son gilipollas, dijo uno de sus amigos.
Vamos a calentarles, dijo el otro.

Y el motivo por el que odió al chaval que tiraba el zumo, a ese hijo de la gran puta, es porque, por un momento, se lo planteó en serio.

Pensó entrar ahí, sin decir ni mu, y partirle la traquea, a él y a sus colegas.
Eran todos más fuertes, más altos y más guapos. Niños bien. Invertían un montón de tiempo y dinero en tener ese aspecto, pero en el fondo seguían siendo lo que eran. Puta escoria. Niñatos de mierda que sólo se siente arriba teniendo alguien debajo. Echándole porquería por encima. Zumo de naranja en su única manta. Así que, dada su ventaja, pensó que lo que tenía que hacer era entrar rápido con sus amigos y no darles tiempo a reaccionar. Soltarles toda la rabia que llevaban haciéndole acumular desde que tenía uso de razón.

Reventarle la puta cabeza contra el cajero, partirle los dientes contra el cristal y cagarse en su boca abierta, después de haberle desencajado la mandíbula a puñetazos.

Por eso odiaba a ese cretino, porque por un momento le hizo odiarlo todo. Pedazo de mierda, cobarde; cabrón.

Mientras valoraba todo eso el bulto se movió y el del zumo se retiró un poco, sonriendo, buscando aprobación. Los colegas se la dieron, uno sólo con una media sonrisa, los demás riéndose. Vio el golpecito que uno le daba a otro en el hombro, qué pasote tío, qué risa, y sintió ganas de explotar ahí mismo.

De reventar y llevárselos a todos por delante.

Justo entonces pusieron rumbo a la puerta. Siguió andando y, de reojo, vio cómo abandonaban el cajero y dejaban al hombre de la manta solo otra vez.

Pero ya le habían jodido la noche, el del zumo y su séquito de subnormales profundos.

Lo habló con sus amigos. Había más silencios incómodos que palabras. Comieron algo; unos trozos de pizza. Y no podía, joder, le habían boicoteado la paz interior, el nirvana, la calma, el puto Ommm.

Cerdo de los cojones.

Le concedió el punto, no sólo había jodido a un pobre tipo durmiendo en un cajero, también le había jodido a él. Tienes impunidad, pensó, eres TAN guay que nadie va a reventarte la cabeza sin convertirse en alguien peor que tú.

Esa es tu ventaja, pedazo de mierda seca.

Así que se comió los dos trozos de pizza y compró un tercero, volvió al banco, entró y se quedó parado a los pies del tipo que estaba durmiendo allí mientras sus dos amigos esperaban fuera sin tener ni puta idea de qué iba a hacer.

Miró las botas y observó los ojos dormidos, estaba tapado hasta la nariz con la manta que aquel gilipollas le había mojado. Podía ser un chico o una chica, no se veía bien.

Lo llamó despacio, varias veces, hasta que se despertó. Se incorporó, rápido, alerta. Seguramente por el susto de antes; notar algo mojado en la espalda, girarse y ver una panda de subnormales como aquellos a su alrededor, en fin, menuda fiesta tenía que ser.

Quizá era uno o dos años más joven que él. Un chaval joven, no uno de esos viejos vagabundos, tan sólo un chaval sin suerte, sin pelo de moda, sin ropa de marca, sin cinturón de hebilla ancha. Un tipo como él, como cualquier otro, como el imbécil del zumo. Aunque ese ya no supiese verlo.

Está recién hecha, dijo, y le dio el trozo de pizza.

Gracias.
De nada.

Salió y puso rumbo a casa. Sus amigos no dijeron nada. Esperaba sentirse mejor. Pensó que quizá no pueda pararlos, no puede impedirles que con su mezquindad conviertan el mundo en una bola de mierda, pero al menos puede compensar un poco, intentarlo, hacer otras cosas aparte de machacarlos hasta que sean algo blando y húmedo, hacer otras cosas aparte de convertirse en lo mismo que ellos.

En un mierda que sólo sabe sentirse bien haciendo sentirse mal a otros.

Yo les habría pegado, dijo uno de sus amigos.
El otro no dijo nada.

Yo no, pensó, pero ha faltado poco. Muy poco.
Eso le preocupaba.

Se despidió, llegó a casa y se acostó.
Pensó que, al menos, el tipo de la manta se había comido un buen trozo de pizza.
No se sintió mejor. Odió al chico del zumo por eso.

Y se durmió odiándolo.

25 de Diciembre 2006

Navidad y Bolas de Chicle

No es un cuento de Navidad, aunque ocurre en esas fechas.

�?l está detrás del mostrador y dos niños, chico y chica, entran a la tienda vestidos de Papa Noel. Ninguno de los dos supera el metro diez de altura, aunque ella es un poquito más alta.

Feliz Navidad, dicen a los clientes, y muestran una pandereta a modo de platillo, esperando que caigan unas monedas.

La pandereta está vacía.

Reconoce el acento; son rumanos. Le recuerdan a su amigo Adrián, que también lo es, aunque él tiene los ojos claros y el pelo rubio y estos dos niños son oscuros de piel y tienen los ojos marrones. Los de la niña son preciosos. Todavía no son tristes, aunque no tardarán demasiado. Quizá un par de años, cinco con suerte.

Vivir deprisa quita cosas, aunque te de otras, y eso se ve en los ojos.

Tiene otra amiga, también rumana, que vino aquí a construirse una vida mejor. Siempre la mira con disimulo cuando la ve jugando con su hija, porque sabe que cada uno de esos segundos felices fue precedido por momentos amargos, alguno de los cuales ya le ha contado, en confianza, mientras cenaban o se relajaban tomando un café. Hablando de la vida. Recuerda ver a la niña sonreír, jugando con un globo, mientras ella la observaba y cruzaba una mirada con él de vez en cuando.

Su mirada decía que por esa niña todo vale la pena.
Todo.

Así que no puede evitar preguntarse si la pequeña vestida de Papa Noel tiene alguien que la quiera de esa forma. Si a veces no es la suerte quien nos pone en una posición u otra, sin que podamos hacer nada más que sobrevivir con lo que se nos da.

El niño empieza a leer uno de los carteles. Sílaba a sílaba. En voz alta. La niña se limita a curiosear con la mirada.

�?l se acerca al niño, que se queda mirándole con el dedo puesto en la siguiente sílaba.

¿Has probado a leerlas juntas?
El niño se ríe y pregunta. ¿Cómo?
Verás, dice él, en vez de In-for-ma-mos, las lees por dentro, las juntas, y entonces las dices en voz alta.

El niño sonríe mucho, enseñando todos los dientes. Tiene una sonrisa bonita. Sonrisa de postal.

Informamos, dice.
�?l asiente, eso es, dice, informamos.

El niño se lanza a por otra palabra.
Hay un momento de silencio, como si hiciese una suma.

Clientes, dice el niño.
Exacto, ¿ves?, ya le has cogido el truco, ahora es cuestión de práctica.

La niña está curioseando la máquina de chicles. Intenta forzarla un poco. �?l hace como que no la ve y sigue a lo suyo. Al rato el niño ha dejado de juntar sílabas y está intentando forzar el cierre.

�?l se asoma por encima del mostrador.
¿A qué estamos jugando?, pregunta.

La niña sonríe, pero su sonrisa no es como la del hermano. También es bonita, pero empieza a tener matices de aprendida. Un arma de supervivencia como otra cualquiera.

A nada, dice, estamos viendo cuánto vale.

Son cincuenta céntimos, contesta él, te da un puñado.
¿Muchos?, dice ella.
Un puñado. Quizá un poquito más, tus manos son pequeñas.

La niña empieza a sacar moneditas de sus bolsillos. De dos y diez céntimos. La caridad. Lo que nos sobra. El estorbo en el bolsillo.

Comida de pandereta.

Algunos clientes contemplan la escena, miran al empleado y luego siguen a lo suyo.
La pequeña Papa Noel de ojos bonitos contando monedas.
El pequeño Papa Noel de sonrisa bonita contando monedas.
�?l allí, en el mostrador, viéndolo todo.

Los clientes, con sus bolsas de la compra, van de paso. Están alquilando alguna película, para poderla ver con la familia, incluso con esos a los que sólo llaman en estas fechas. Para tener algo que hacer en lugar de mirarse a los ojos y hablar, hablar de verdad; de lo buenos que intentamos parecer cuando las calles se llenan de adornos, alfombras rojas y escaparates vistosos. De lo buenos que en realidad no somos.

Joder, se dice en voz baja, odio la Puta Navidad.

Así que cuando la niña deja su cargamento en el mostrador él lo devuelve a la pandereta. Se mete la mano en el bolsillo y le da una moneda a la niña.
Yo invito, dice, y deja el dinero a la vista, no te lo guardes, déjalo en la pandereta; os irá mejor así.

No le explica por qué.

Intercambian unas sonrisas e intenta que no se note lo incómodo que se siente cuando la niña le da las gracias. El pequeño observa a su hermana ir hacia la máquina y, en vez de ir con ella, vuelve a seguir descifrando el cartel que antes dejó a medias.

�?l sigue haciendo sus cosas, pero eso no le impide ver cómo la niña se lleva la mitad de las bolas al bolsillo y después camina hacia el mostrador con la otra mitad en la mano.

¿Tan pocas da?, le dice, dijiste un puñado. Son pocas.
�?l mira las bolas de chicle y después mira esos ojos bonitos que ya han aprendido a mentir.
Bueno, dice, ¿Cuánto te ha costado?
Cincuenta céntimos, dice ella.
¿Sí?, él no puede evitar que su ceja se levante al preguntar.
Sí, afirma la niña, todavía enseñando su mano apenas llena de bolas de chicle.
Yo diría que no te han costado muy caras, ¿no?, creo que, en realidad, te han salido gratis, ¿no es verdad?
Entonces la niña sonríe y, por un momento, vuelve a ser sólo una niña.

Vamos, le dice al hermano.
El niño deja el cartel y, antes de ir hacia la puerta con su hermana, se para frente al chico y le pregunta, ¿Me puedo llevar películas?
No, sólo la gente que está apuntada al video puede llevarse películas. Si tus papás se apuntan entonces podrás llevártelas.

Vale.
Los dos se marchan.

�?l se queda mirando a la gente al fondo del video, ajenos a todo, eligiendo con qué película ignorarse unos a otros.
Después mira la máquina de chicles.
Al final se queda un rato con la mirada perdida en el papel que el niño leía.

Informamos a los señores clientes que será imprescindible presentar el D.N.I acreditándose como socio para poder alquilar.

Eso dice el texto con el que el niño intentó aprender a leer mejor.

22 de Diciembre 2006

Recomiéndame un buen libro

Tú que escribes en una revista, me dice, recomiéndame un buen libro para regalar.

Para estos casos, lo confieso, soy de piñón fijo.

Tengo unas cuantas obras que considero que todo el mundo medianamente interesado en la lectura debería tener, así que le canto la lista al colega, como hago con cualquiera que me pregunte sobre el tema.

En primer lugar, le digo, La ciudad de los cazadores tímidos, de Tom Spanbauer.
¿Por qué?
Porque es uno de los libros más humanos que vas a encontrar, porque habla de cómo nos enfrentamos a lo que más miedo nos da, porque hay amor por encima del que conocemos, porque se mezcla lo grande con lo pequeño, lo cotidiano con lo mítico, porque está escrito con una honestidad que le da un poder auténtico, porque los personajes respiran y se quedan contigo para siempre, porque me hizo reír y llorar mucho -pero mucho, mucho- y porque, en la reseña, decían que después de leer este libro era difícil encontrar algo que estuviese a la altura.

Y tenían razón.

En segundo lugar, París era una fiesta, de Ernest Hemingway.

No es sólo la economía de lenguaje, no es sólo que todos los que nos tomamos en serio esto de escribir lo llamemos "Papá" de vez en cuando, no son sólo esas frases perfectas, redondas, en las que dibuja con cuatro trazos cosas para las que cualquier otro necesitaría diez. Es porque, en este libro, no sólo lo verás escribiendo como Dios, sino que encontrarás el retrato de toda una generación que dio mucho que hablar en la narrativa norteamericana; Hem, Joyce, Fitgerzald, Elliot, etc. La famosa Generación Perdida. Si ellos no se hubiesen perdido, nosotros no los habríamos encontrado. Muy recomendable, le digo. Además es, junto con Raymond Carver, un maestro de los Icebergs. Ves una novena parte de la historia, mientras que las otras ocho permanecen bajo el agua. Pero son esas partes ocultas las que hacen que la historia se deslice con suavidad.

Si quieres empezar con algo más corto, le digo, hazte con el viejo y el mar, que es uno de mis relatos favoritos. Ganó un Pulitzer, si no recuerdo mal. Cuenta, usando el devenir de un viejo pescador, la grandeza que se esconde tras cada derrota. Un padre de genios, sin duda.

El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce

Uno de mis pocos ídolos. Este libro, le cuento, estuvo en la cabecera de mi cama durante mucho tiempo. Es, como el título indica, un diccionario. Un diccionario escrito por uno de los tipos más ácidos, irónicos y sarcásticos que vas a encontrar en toda la historia de la literatura. El autor es fascinante, por su vida y su obra. Con cinco años vio como su padre se ahorcaba. Siendo pequeño le cortó un pie a uno de sus ocho hermanos jugando con un hacha, la madre les abandonó, uno de sus hermanos se hizo forzudo de circo, una de sus hermanas se fue a las misiones de África y se la comieron.

Sí, colega, ñam, ñam, hasta luego.

Con diecisiete años tuvo un lío amoroso con una mujer de setenta, por el cual tuvo que abandonar la ciudad. Cuando tenía setenta y un años se marchó a México para unirse a las tropas de Pancho Villa y jamás volvió a saberse de él.
Hizo mucho periodismo, a veces bajo pseudónimo, satírico y con muy mala baba. Era una pluma realmente temible. Hay pocos así y son, como mínimo, interesantes.

Mi colega me mira.
Me dice que él quiere algo más en plan Paolo Coelho. O Dan Brown.

Me quedo callado mirándolo.

Mi Talibán Navideño interior asoma. Pienso en recomendarle alguna de las bombas destrozamentes de Burroughs, o una buena ráfaga de prosa rítmica y salvaje. Kerouac, por ejemplo. Por joder un poco.

Al final le digo que quizá no estoy capacitado para recomendarle libros a nadie.

Y ahí queda la cosa.

Coelho y Brown.
Menuda Navidad.

11 de Diciembre 2006

Poesía

Ayer escribió su nombre en el culo de una chica.

Por la mañana ella le miró mientras él, en el marco de la puerta, sujetaba su ropa. Lo suficientemente lejos como para que ella se levantase a cogerla. Pegó un buen vistazo a su cuerpo desnudo, sin cortarse ni tres.

Y se sintió de puta madre, joder.

Porque, en esos ojos, y en otros antes, vio que lo mejor de él es lo cabrón que puede ser a veces.

Así que, colegas, a la mierda la poesía.
Vamos a divertirnos.
¿No?

10 de Diciembre 2006

Soplaba las gotas

Hay momentos que te hacen sentir que todo está en orden, sea cierto o no.

Algunas personas tienen ese momento con un cigarrillo, otras cuando suben a su coche después de un día de trabajo, justo antes de darle al contacto. Otras lo tienen mirando los ojos de alguien que, con el tiempo, les deja de producir esa sensación de paz. Hay muchos momentos así, quizá uno por persona, o un poco menos, pero el caso es que hay para elegir.

El suyo ocurría en la ducha.
Cuando ya se había quitado todo el jabón, se apoyaba en la pared y dejaba que el agua corriese por su nuca. Soplaba las gotas que caían por su nariz, giraba el cuello, despacio, y dejaba que el agua le acariciase.

Todo en orden.
Todo en su sitio.

Sin padres que mueren, sin crecer deprisa, sin decepciones, sin perder lo que más quieres, sin amigos que fallan, sin mujeres que mienten, sin distancias con todo, sin personas que miran y son incapaces de verte, sin ese zumbido de mediocridad rasgándote por dentro, sin pena, sin ira.

Sin mundo; tan sólo la sensación del agua corriendo por la espalda y tu propia respiración.

Momentos en los que quedarse a vivir.

Si algo tienen los momentos es que, sin que se pueda evitar, terminan convertidos en recuerdos. La gracia del asunto, para él, estaba en cuánto podías capturar antes de que se marchasen, antes de que cambiasen de estado. Cuanto mayor sea tu grado de atención, decía, cuanto más pongas los cinco sentidos en vivir lo que vives, sea bueno o malo, más nítido será el recuerdo.

Existirás, te morirás, y sólo quedarán tus historias. Es una cuestión de intensidad.

Lo demás, como casi todo en este circo, es mentira.

4 de Diciembre 2006

[Artículo Ateneaglam Diciembre 06]

Se supone que, con tanto informe televisivo y con tanta noticia sobre el tema estas cosas no deberían de pasar y, sin embargo, siguen pasando.

Davide es mi amigo. Pasó un tiempo yendo de habitación en habitación, unas veces alquilado, otras veces acogido con una hospitalidad que, como casi todo, solía ser pasajera. Buscaba un sitio donde instalarse y, por lo que me contaba, no era nada sencillo.

Es italiano, buena persona y un trabajador serio.

Si se topasen con esa escena en la que uno está trabajando y los otros tres están mirando, él sería el que trabaja.

En sus pocos ratos libres buscaba piso. No encontraba nada y acudió a una inmobiliaria.

Habló con ellos para que le consiguiesen un pisito donde poder dar con sus huesos. Porque es uno de esos tipos nerviosos que no engordan ni a la de tres, y tanto ir de aquí para allá, colchón arriba, colchón abajo, le había consumido un poco la silueta, así que lo de dar con sus huesos, en este caso, no era sólo una expresión. Las modelos deberían de plantearse lo de buscar piso como sustituto de las dietas a base de manzana. Despierta menos sospechas y es igual de efectivo. Doy fe de ello.

Como es un tipo legal supuso que los de la inmobiliaria también lo serían, así que no dudó en firmar el contrato donde se comprometían, durante tres meses, a buscarle un piso de las condiciones y precio que él quería. A cambio de cuatrocientos euros, por los servicios prestados.

Esta misma semana lo tienes. Sin problema. Tenemos muchos pisos para ti.

Muchos.
Claro.

Siguió buscando piso como un loco. Empezó a preocuparse por su situación, así que les llamó. Prometían llamarle al día siguiente, pero siempre terminaba llamando él, y el resultado era el mismo.

Tres semanas después las cosas empezaron a ponerse feas. Había sacrificado una cantidad de dinero que no le venía bien gastar. A cambio de techo. Ahora mismo estaba sin las dos cosas, y cualquiera que haya estado en esa situación sabe que uno necesita dinero para ir sorteando lo que va saliendo al paso, pero sus fondos para este tipo de emergencia lo tenían los del �??esta misma semana lo tienes.�?�

Para gestiones, claro.

De vez en cuando le proporcionaban teléfonos de pisos en alquiler. Teléfonos a los que siempre contestaba alguien, de mala gana, diciendo que ya estaba alquilado. Llegó a ver un piso. Una ratonera que, a día de hoy, sigue libre. Cuando fue a verla había tres personas como él y dos más subían mientras él bajaba, sin creerse lo que acababa de ver.

No habrá problema, le habían dicho. Tenemos muchos pisos para ti.

Se les olvidó mencionar que, todos esos pisos, excedían al menos cien euros su presupuesto, incluso la pocilga multitudinaria.

Me preguntó si podía contar aquí, en esta revista, lo que le había pasado y habló con ellos sobre la denuncia que les iba a poner si no le devolvían su dinero.

El departamento jurídico de la inmobiliaria le dijo que tenía que presentar sus quejas por escrito y explicar por qué no estaba contento con el servicio, él explicó todo lo que les he contado, y bastante más, por supuesto. Fue entonces cuando esa maravilla de letrada que tienen al teléfono, tras pensarlo un poco, hizo una observación que la cubrió de gloria:

Igual los dueños no te alquilan porque eres extranjero.
Así, tal cual. Y se quedó tan ancha.

Mi amigo, ya flipando en estéreo, le dijo que sí, que es extranjero, igual de extranjero que cuando les dio un dinero que, por cierto, ellos no parecen querer devolverle.

Porque, antes de cobrar, no había ninguna pega, ni con sus condiciones, ni con su país de procedencia, ni con el precio. Después, simplemente, pasaron del tema.

Así funciona, señores.
La jodida pandilla inmobiliaria.

Para que vean cómo está el patio.