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Manta a Cuadros con Botas de Montaña

Los vio de lejos.

Estaban dentro de un cajero, eran cuatro o cinco. Altos, peinados a la moda, con sus pelos arreglados como si acabasen de meter los dedos en el enchufe. Su cresta de gallito de corral.

Una generación asustada, si juzgásemos por el pelo.

Ropa cara, de esa en la que gastan dinero para que no se note que han gastado dinero. Vaqueros con pinta de usados que valen un extra por tener esa pinta, cazadoras de marca, cinturones. No sabe por qué pero le llamaron la atención los cinturones. Quizá sea porque nunca lleva, o porque esas hebillas le parecen exageradas, no lo sabe, el caso es que se dio cuenta de que todos llevaban cinturones. Iban arreglados, viernes noche, es lógico para ellos. Niños bien.

Vio el bulto en el suelo, dentro del cajero. La manta a cuadros con botas de montaña.

Vio cómo uno de ellos la miró, cómo empezó a tirarle con cuidado algo por encima.
Pensó en queroseno, en vagabundos ardiendo, en navajazos en mitad de la noche y en la bronca que se iba a montar dentro de un momento. Aceleró el paso en dirección a ellos. Sus dos amigos también, aunque no se habían dado cuenta de lo que pasaba.

Siempre lo ve todo antes, lo tiene asumido y sirve para más cosas que para localizar a las chicas bonitas en lugares atestados de gente.

Aflojó y se dio cuenta de que era sólo zumo. De naranja. ¿Qué coño estás haciendo, pensó, tirándole zumo por encima a la manta?

Ni siquiera le vieron parado en la puerta, observándolos a través del cristal.
Ni a sus dos amigos.

Vio sus miradas, el descojone, las risas contenidas. La rabia se le comió por dentro.

¿Por qué cojones están haciendo eso?

El que mojaba la manta se asomaba con cuidado, como todos solíamos hacer cuando estábamos en clase y pinchábamos al de delante, y derramaba otro chorrito.

Aunque eso no era una clase, eso no era un compañero con el que luego poder compartir unas pelis, un almuerzo, o jugar a los cromos, para compensar las molestias, para recordarle que son bromas de colegio, que en fondo somos amigos y esas cosas no tienen importancia.

Era un tipo durmiendo, tapado con una manta. Durmiendo con sus botas puestas. Unas botas buenas, seguramente las únicas que tenía desde Dios sabe cuándo. Y aquel hijo de puta le estaba mojando la manta sólo para echarse unas risas. La única manta a la vista, porque en esa mochila que estaba usando como almohada no cabía otra.

Cabrón, pensó.

Estaba ahí parado, y vio que derramaba más líquido. Se giró y lo dijo en voz alta.
¿Pero por qué coño están haciendo eso?

Porque son gilipollas, dijo uno de sus amigos.
Vamos a calentarles, dijo el otro.

Y el motivo por el que odió al chaval que tiraba el zumo, a ese hijo de la gran puta, es porque, por un momento, se lo planteó en serio.

Pensó entrar ahí, sin decir ni mu, y partirle la traquea, a él y a sus colegas.
Eran todos más fuertes, más altos y más guapos. Niños bien. Invertían un montón de tiempo y dinero en tener ese aspecto, pero en el fondo seguían siendo lo que eran. Puta escoria. Niñatos de mierda que sólo se siente arriba teniendo alguien debajo. Echándole porquería por encima. Zumo de naranja en su única manta. Así que, dada su ventaja, pensó que lo que tenía que hacer era entrar rápido con sus amigos y no darles tiempo a reaccionar. Soltarles toda la rabia que llevaban haciéndole acumular desde que tenía uso de razón.

Reventarle la puta cabeza contra el cajero, partirle los dientes contra el cristal y cagarse en su boca abierta, después de haberle desencajado la mandíbula a puñetazos.

Por eso odiaba a ese cretino, porque por un momento le hizo odiarlo todo. Pedazo de mierda, cobarde; cabrón.

Mientras valoraba todo eso el bulto se movió y el del zumo se retiró un poco, sonriendo, buscando aprobación. Los colegas se la dieron, uno sólo con una media sonrisa, los demás riéndose. Vio el golpecito que uno le daba a otro en el hombro, qué pasote tío, qué risa, y sintió ganas de explotar ahí mismo.

De reventar y llevárselos a todos por delante.

Justo entonces pusieron rumbo a la puerta. Siguió andando y, de reojo, vio cómo abandonaban el cajero y dejaban al hombre de la manta solo otra vez.

Pero ya le habían jodido la noche, el del zumo y su séquito de subnormales profundos.

Lo habló con sus amigos. Había más silencios incómodos que palabras. Comieron algo; unos trozos de pizza. Y no podía, joder, le habían boicoteado la paz interior, el nirvana, la calma, el puto Ommm.

Cerdo de los cojones.

Le concedió el punto, no sólo había jodido a un pobre tipo durmiendo en un cajero, también le había jodido a él. Tienes impunidad, pensó, eres TAN guay que nadie va a reventarte la cabeza sin convertirse en alguien peor que tú.

Esa es tu ventaja, pedazo de mierda seca.

Así que se comió los dos trozos de pizza y compró un tercero, volvió al banco, entró y se quedó parado a los pies del tipo que estaba durmiendo allí mientras sus dos amigos esperaban fuera sin tener ni puta idea de qué iba a hacer.

Miró las botas y observó los ojos dormidos, estaba tapado hasta la nariz con la manta que aquel gilipollas le había mojado. Podía ser un chico o una chica, no se veía bien.

Lo llamó despacio, varias veces, hasta que se despertó. Se incorporó, rápido, alerta. Seguramente por el susto de antes; notar algo mojado en la espalda, girarse y ver una panda de subnormales como aquellos a su alrededor, en fin, menuda fiesta tenía que ser.

Quizá era uno o dos años más joven que él. Un chaval joven, no uno de esos viejos vagabundos, tan sólo un chaval sin suerte, sin pelo de moda, sin ropa de marca, sin cinturón de hebilla ancha. Un tipo como él, como cualquier otro, como el imbécil del zumo. Aunque ese ya no supiese verlo.

Está recién hecha, dijo, y le dio el trozo de pizza.

Gracias.
De nada.

Salió y puso rumbo a casa. Sus amigos no dijeron nada. Esperaba sentirse mejor. Pensó que quizá no pueda pararlos, no puede impedirles que con su mezquindad conviertan el mundo en una bola de mierda, pero al menos puede compensar un poco, intentarlo, hacer otras cosas aparte de machacarlos hasta que sean algo blando y húmedo, hacer otras cosas aparte de convertirse en lo mismo que ellos.

En un mierda que sólo sabe sentirse bien haciendo sentirse mal a otros.

Yo les habría pegado, dijo uno de sus amigos.
El otro no dijo nada.

Yo no, pensó, pero ha faltado poco. Muy poco.
Eso le preocupaba.

Se despidió, llegó a casa y se acostó.
Pensó que, al menos, el tipo de la manta se había comido un buen trozo de pizza.
No se sintió mejor. Odió al chico del zumo por eso.

Y se durmió odiándolo.

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Comments

Creo que actuaste de la mejor manera posible. Eres un encanto. Muchos besos, Tony.

Lo peor es que exista tanta gente así y como te hacen sentir cuando les ves "haciendo de las suyas"
lo siento por el hombre del cajero y porque nos hagan sentir asi a tantos otros..por ellos no lo siento, no me dan ni pena ni siquiera asco, intento que su rastrera existencia no me altere lo mas mínimo aunque se que a veces ganan la partida..por desgracia verdad?
saludos

Enhorabuena por �??Jazz Things�??!! Hace tiempo que descubrí este rinconcito y es un verdadero placer leerte. Seguiré buceando por aquí..
muxux

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