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Navidad y Bolas de Chicle

No es un cuento de Navidad, aunque ocurre en esas fechas.

�?l está detrás del mostrador y dos niños, chico y chica, entran a la tienda vestidos de Papa Noel. Ninguno de los dos supera el metro diez de altura, aunque ella es un poquito más alta.

Feliz Navidad, dicen a los clientes, y muestran una pandereta a modo de platillo, esperando que caigan unas monedas.

La pandereta está vacía.

Reconoce el acento; son rumanos. Le recuerdan a su amigo Adrián, que también lo es, aunque él tiene los ojos claros y el pelo rubio y estos dos niños son oscuros de piel y tienen los ojos marrones. Los de la niña son preciosos. Todavía no son tristes, aunque no tardarán demasiado. Quizá un par de años, cinco con suerte.

Vivir deprisa quita cosas, aunque te de otras, y eso se ve en los ojos.

Tiene otra amiga, también rumana, que vino aquí a construirse una vida mejor. Siempre la mira con disimulo cuando la ve jugando con su hija, porque sabe que cada uno de esos segundos felices fue precedido por momentos amargos, alguno de los cuales ya le ha contado, en confianza, mientras cenaban o se relajaban tomando un café. Hablando de la vida. Recuerda ver a la niña sonreír, jugando con un globo, mientras ella la observaba y cruzaba una mirada con él de vez en cuando.

Su mirada decía que por esa niña todo vale la pena.
Todo.

Así que no puede evitar preguntarse si la pequeña vestida de Papa Noel tiene alguien que la quiera de esa forma. Si a veces no es la suerte quien nos pone en una posición u otra, sin que podamos hacer nada más que sobrevivir con lo que se nos da.

El niño empieza a leer uno de los carteles. Sílaba a sílaba. En voz alta. La niña se limita a curiosear con la mirada.

�?l se acerca al niño, que se queda mirándole con el dedo puesto en la siguiente sílaba.

¿Has probado a leerlas juntas?
El niño se ríe y pregunta. ¿Cómo?
Verás, dice él, en vez de In-for-ma-mos, las lees por dentro, las juntas, y entonces las dices en voz alta.

El niño sonríe mucho, enseñando todos los dientes. Tiene una sonrisa bonita. Sonrisa de postal.

Informamos, dice.
�?l asiente, eso es, dice, informamos.

El niño se lanza a por otra palabra.
Hay un momento de silencio, como si hiciese una suma.

Clientes, dice el niño.
Exacto, ¿ves?, ya le has cogido el truco, ahora es cuestión de práctica.

La niña está curioseando la máquina de chicles. Intenta forzarla un poco. �?l hace como que no la ve y sigue a lo suyo. Al rato el niño ha dejado de juntar sílabas y está intentando forzar el cierre.

�?l se asoma por encima del mostrador.
¿A qué estamos jugando?, pregunta.

La niña sonríe, pero su sonrisa no es como la del hermano. También es bonita, pero empieza a tener matices de aprendida. Un arma de supervivencia como otra cualquiera.

A nada, dice, estamos viendo cuánto vale.

Son cincuenta céntimos, contesta él, te da un puñado.
¿Muchos?, dice ella.
Un puñado. Quizá un poquito más, tus manos son pequeñas.

La niña empieza a sacar moneditas de sus bolsillos. De dos y diez céntimos. La caridad. Lo que nos sobra. El estorbo en el bolsillo.

Comida de pandereta.

Algunos clientes contemplan la escena, miran al empleado y luego siguen a lo suyo.
La pequeña Papa Noel de ojos bonitos contando monedas.
El pequeño Papa Noel de sonrisa bonita contando monedas.
�?l allí, en el mostrador, viéndolo todo.

Los clientes, con sus bolsas de la compra, van de paso. Están alquilando alguna película, para poderla ver con la familia, incluso con esos a los que sólo llaman en estas fechas. Para tener algo que hacer en lugar de mirarse a los ojos y hablar, hablar de verdad; de lo buenos que intentamos parecer cuando las calles se llenan de adornos, alfombras rojas y escaparates vistosos. De lo buenos que en realidad no somos.

Joder, se dice en voz baja, odio la Puta Navidad.

Así que cuando la niña deja su cargamento en el mostrador él lo devuelve a la pandereta. Se mete la mano en el bolsillo y le da una moneda a la niña.
Yo invito, dice, y deja el dinero a la vista, no te lo guardes, déjalo en la pandereta; os irá mejor así.

No le explica por qué.

Intercambian unas sonrisas e intenta que no se note lo incómodo que se siente cuando la niña le da las gracias. El pequeño observa a su hermana ir hacia la máquina y, en vez de ir con ella, vuelve a seguir descifrando el cartel que antes dejó a medias.

�?l sigue haciendo sus cosas, pero eso no le impide ver cómo la niña se lleva la mitad de las bolas al bolsillo y después camina hacia el mostrador con la otra mitad en la mano.

¿Tan pocas da?, le dice, dijiste un puñado. Son pocas.
�?l mira las bolas de chicle y después mira esos ojos bonitos que ya han aprendido a mentir.
Bueno, dice, ¿Cuánto te ha costado?
Cincuenta céntimos, dice ella.
¿Sí?, él no puede evitar que su ceja se levante al preguntar.
Sí, afirma la niña, todavía enseñando su mano apenas llena de bolas de chicle.
Yo diría que no te han costado muy caras, ¿no?, creo que, en realidad, te han salido gratis, ¿no es verdad?
Entonces la niña sonríe y, por un momento, vuelve a ser sólo una niña.

Vamos, le dice al hermano.
El niño deja el cartel y, antes de ir hacia la puerta con su hermana, se para frente al chico y le pregunta, ¿Me puedo llevar películas?
No, sólo la gente que está apuntada al video puede llevarse películas. Si tus papás se apuntan entonces podrás llevártelas.

Vale.
Los dos se marchan.

�?l se queda mirando a la gente al fondo del video, ajenos a todo, eligiendo con qué película ignorarse unos a otros.
Después mira la máquina de chicles.
Al final se queda un rato con la mirada perdida en el papel que el niño leía.

Informamos a los señores clientes que será imprescindible presentar el D.N.I acreditándose como socio para poder alquilar.

Eso dice el texto con el que el niño intentó aprender a leer mejor.

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Comments

Seguro que me lo pasaría genial contigo con una de esas películas e ignorándonos mutuamente, aunque quizás sería mejor sin ignorarnos.
¿De qué estilo las prefieres tú?.
Besos Tony.

Esto me recuerda a un hombre que vi en nochebuena en la calle. Vestía un traje de Papá Noel y estaba tocando villancicos con un xilófono. En un cubo a su izquierda, vacío y pequeño, podía leerse: Gracias. En todos sitios la navidad es igual. Por cierto, sigo esperando respuesta a los emails que te envié. Un saludo

putooooooooo sosw un gay puto

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