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13 de Octubre 2007

Hielo

�?l estaba en la barra.
No hablaba con nadie, así que ella decidió acercarse.
Hacía mucho que no se veían.

Viéndolo ahí, después de observarle un rato, se dio cuenta de que, en realidad, nunca supo muy bien cómo era. Aunque era consciente de que él sí sabía cómo era ella. No del todo, claro, eso nadie podía saberlo, pero sí de un modo mucho más exacto que otra gente, un modo menos influido por todo lo que ella intentaba proyectar. Eso es lo que más le molestaba de él y, al mismo tiempo, lo que más le gustaba. Porque a veces se perdía en sus propias máscaras, y se asfixiaba, y no sabía salir del juego que ella misma había construido.

Entonces recurría a él.
Porque siempre sabía devolverla a la realidad.

Una vez se lo dijo.
Estaban en su casa, ella andaba metida en un lío y se lo estaba contando. �?l la escuchaba como si fuese la única cosa en el mundo.

Recuerda que pensó que jamás había tonteado con ella. Recuerda que se sintió bien por eso y que luego sintió un poco de rabia, aunque no le dio importancia, porque sabía que gastaba la mitad de su energía en gustar a los chicos y la otra mitad en negarlo, así que era normal sentir esas cosas con alguien que siempre estaba ahí.

A veces siento que soy de mentira, dijo, que necesito que tú me lo digas para dejar de serlo. Y se quedó mirándole, esperando que él dijese algo sobre aquello.

�?l sólo sonrió y le dijo que se terminase el café.
Nunca más hablaron de eso.

Y sin embargo, sentado en esa barra, parecía distante; sabía que ella estaba allí pero no le daba importancia.

Ni siquiera la había saludado.

Es posible que, en el pasado, ella hubiese dicho algo inconveniente; siempre solía hacerlo, sobre todo con la gente que le importaba. Era su manera de perderlos y torturarse por ello. Aunque eso nadie lo sabía, claro.
Sólo ella.

O eso le gustaba pensar.

De todos modos él la conocía; sabía de sus tragedias, sabía que odiaba a las divas y que, sin embargo, quería ser una, sabía que unas veces era profunda y otras superficial, que a veces era intensa y a veces insulsa, que pasaba por fases que ella misma construía, que la mayoría de veces todo esto resultaba demasiado forzado, como su manera de sujetar los cigarrillos al fumar.

Nunca terminaba de creerse a sí misma y por eso siempre probaba otra cosa.

�?l debía saber todo eso, porque la conocía; todo dependía de cómo soplase el viento, de cómo quisiera soplar ella, y, normalmente, soplaba del modo que más le asustase.

Así que sí, es posible que hubiese dicho cosas inconvenientes, que lo hubiese insultado, que la pillase puesta de cristal o borracha y dijese alguna tontería, o quizá lo trató como si fuese uno de esos perritos falderos que él vio pasar sin hacer ningún comentario.

El caso es que la escucharía, seguro.
Porque, que ella recordase, siempre la había escuchado y ahora, más que nunca, necesitaba hablar con alguien.
Hablar de verdad.

Se sentó a su lado.
�?l miraba como el camarero conversaba con unas chicas francesas que se reían mientras practicaban su español.
Se giró en el taburete, incorporándose hacia él y le habló. Te invito a una copa para romper el hielo, le dijo. Entonces él sonrió, igual que aquella vez que estaban solos.

Igual que todas las veces que ella fue ella frente a él porque estaba cansada de ser otra cosa.

El hielo, dijo él, está donde tiene que estar.
Y se marchó, sin girarse a mirarla, y ella sintió que algo no había funcionado.

Que algo había salido mal.
Muy mal.

12 de Octubre 2007

Croac, Croac

Esos bichos son interesantes.
Las ranas, digo.

Aunque no me refiero a ranas de verdad, sino a las que salen en los cuentos, en las fábulas y todo eso, ya me entendéis; ranas metafóricas.

No es que las reales me caigan mal, me resultan unos bichetes de lo más peculiar, todo el día saltando por ahí, con esos ojazos y esa cara de ir a explotar de un momento a otro. Es sólo que, puestos a elegir, me quedo con las otras.

Sobre todo con las que salen en la metáfora del caldero.
Más que nada porque no se convierten en príncipe, ni hablan, ni tiene poderes mágicos; son sólo ranas, pero ilustran a la perfección ciertas cosas que suelen preocuparme.

Os pondré en situación:

Tenemos un caldero, ¿vale?, y tenemos un montón de ranas, croac, croac.
Si las echamos todas de golpe obtenemos un estallido imparable de ranas saltando a toda leche para no morir achicharradas.

De cajón, vamos.

Así que, en vez de poner el caldero a hervir y echarlas de golpe, las metemos con el agua a temperatura ambiente y, una vez acomodadas, las ponemos a fuego lento.

Eso es lo más importante; que el agua se caliente muy poco a poco.

Las ranas, dice la metáfora, se van quedando atontadas con el calor y, al final, mueren. Sin advertir en ningún momento el peligro ya que, cuando la temperatura empieza a ser demasiado alta, ellas están aletargadas y no pueden defenderse.

En su contexto, la metáfora hace referencia a cómo vamos consintiendo cada vez más atrocidades sin movernos para hacer nada al respecto y, echando un vistazo alrededor, he de reconocer que como ejemplo resulta brillante.

Sin embargo no puedo evitar hacerme algunas preguntas al respecto.

Por ejemplo, si una de las ranas estuviese fuera del caldero, digamos media hora, y la volviesen a introducir, ¿qué pasaría?
¿Se quedaría con las demás o se pondría a dar saltos como una loca, tratando de huir? Aunque lo que en realidad me interesa es saber qué harían las otra ranas.
¿Se darían cuenta del peligro o pensarían que a su compañera se le ha cruzado un anca?

Ya os lo dije al principio; las ranas me llaman la atención.
Mi interés por ellas me ha llevado, incluso, a plantearme dos cosas:

1) Que quizá Darwin se equivocó de animal.
2) Que algunos calderos son invisibles hasta que alguien se pone a croar sobre ellos.

Croac, croac