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12 de Julio 2008

En este bar

Llevo mucho tiempo sentándome en ese bar.

El camarero, sobre el que escribí hace años, suele darme la mano al entrar y se empeña, el muy cabrito, en no cobrarme los cafés.

A la próxima, dice.

Aunque ya no vivo en ese barrio me gusta pasarme de vez en cuando, sobre todo si estoy solo y sin ningún plan a la vista. Es el mejor sitio que conozco para tomar un café mientras leo los periódicos del día.

Mi nuevo barrio está lleno de bares y sitios donde tomar algo, sin embargo en ninguno me siento tan cómodo como en este. Será la costumbre, o vete a saber.

Lo de este bar fue, durante cuatro años, casi de ritual; entrar, saludar, pedir café, atrincherarme con un periódico, terminarlo, hacer una rápida incursión para coger otro, volver a la trinchera, leerlo, pagar -si me dejan-, y marcharme a escribir.

Como ya he dicho no he sustituido esa rutina, así que de vez en cuando me gusta revivirla.

Hoy entré, saludé, estreché la mano de mi camarero (porque sí, porque después de tantos años ya es mi camarero y, aunque sirva a otros clientes, le perdono, porque no soy un cabrón celoso, sino un cabrón a secas) y me pedí un cortado.

El periódico libre era de esos que caen para la derecha, así que me lo ventilé esperando que el otro, en manos de un señor mayor, quedase libre.

Tengo una costumbre con los periódicos:
Me leo al menos dos, uno más conservador y otro que crea serlo menos. Después intento imaginar qué es lo que ninguno de los dos me está contando. Es casi un hobbie y tengo libretas llenas de apuntes, titulares comparados, etc. Tampoco profundicéis demasiado, porque no es sano y hay cosas más divertidas como jugar a la Playstation o darle patadas a un balón.

El caso es que el señor mayor terminó su periódico y yo lo cogí y empecé a leer.

Como ya me había terminado el cortado pensé en pedirme un café, pero abandoné la idea porque los sábados, de alguna forma, intento darme tregua.

Con los cafés tengo otra costumbre:
Pido café con leche si estoy en son de paz, cortado si estoy activo y dispuesto a saltar a la yugular de la primera estupidez que se me cruce y café solo si tengo ganas de cargar contra algo, pasándole por encima sin importar a quién me lleve por delante. Llevo casi un año sin pedir café con leche, pero el número de cafés solos también ha descendido, así que lo considero un avance personal hacia la templanza que Democrito y Buda aconsejaban para ser un buen miembro de la comunidad.

Coñas personales mías con la indulgencia hacia el prójimo que está pidiendo a gritos que le den lo suyo.

A mitad periódico, cuando me estaba aburriendo de leer sobre la estúpida fiebre del iphone de los cojones, que me hace desear una cafetera para mí solo y una buena bayoneta, me he dado cuenta de que era el tipo más joven con un periódico en las manos.

No el más joven, ojo, sino el más joven con un intento de información en las manos.

Anda la leche, he pensado, pues va a ser verdad que uno se hace mayor.
Dentro de nada empezará la disfunción erectil, seguro.
Auxilio, socorro y todo eso.

Así que he empezado a leer más despacito, para hacerlo durar más, y a observar quién cogía el periódico. Curioso como soy, lo he terminado y lo he soltado en la otra mesa, por aquello de ampliar el abanico de elección y ver qué pasaba.

Lo ha cogido un señor mayor.
Otro señor mayor.
Otro más.

Bueno, me he dicho, igual es que los chavales van con colegas y no es plan de ponerse a leer el periódico, claro que eso se me ha caído al suelo enseguida, porque algunos grupos leían los de deportes y otros tres chicos estaban ahí solos, tomándose algo, sin cara de estar haciendo nada. Simplemente mirando al vacío, al plato o a la tele, que casi siempre tiene sintonizado un canal de música.

A ver, repaso mental, la tira de tiempo leyendo periódicos y ahora te das cuenta de que todos los que están cogiéndolos te sacan al menos diez años. Joder, igual no eres tan buen observador como crees, ¿y estos chavales no son más mayores de lo que tú eras cuando empezaste?, ¿no les interesará echar un vistazo?

Igual son de los que dicen "yo es que no me creo nada", y eso, lo de no creerse nada, es muy respetable, pero claro, siempre he pensado que para no creerse algo primero te lo tienen que contar, así que algo no me cuadra.

Y entonces he pensado en algunas amigas que estudian periodismo, que están ahí dándole duro para poder informar algún día. Informar sin deformar, que decimos cuando hacemos coñas sobre el tema, y me ha dado un poco de cosa por ellas.

No vais a tener público de vuestra edad, guapas.

Al final, he decidido que habrá sido la puta casualidad, que seguro que a lo largo del día un montón de chavales de veintipocos años se leerá los periódicos y tratará de escudriñar lo que hay detrás de los titulares, que algunos incluso lo harán de manera continuada, como forma de entrenar su sentido crítico, de establecer comparaciones y ver cómo una sola palabra puede cambiar el significado de todo un texto, de observar cómo les intentan vender una determinada versión de los hechos, un mapa muy distinto al terreno que en realidad pisan. Cómo unas montañas pueden parecer más altas que otras, aunque no lo sean, en base a cuánto se hable de ellas.

Seguro que a lo largo del día se informarán tanto como puedan y luego serán unos individuos a los que será jodido tomar el pelo y con los que se podrá hablar de casi todo sin tener que escuchar gilipolleces que inviten a la nausea.

Contento con esta forma de autoengaño, que me ha durado tres minutos, todo un record personal, me he despedido de mi camarero, que me ha invitado, no sólo al cortado sino a pasarme más por allí.

Y sí, creo que voy a recuperar la costumbre.
Porque hoy, por primera vez, he sentido que puede perderse.