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25 de Agosto 2008

Eso está muy feo

Aquello era una maniobra de alto riesgo.

A día de hoy, todavía no sé qué demonios estaría manipulando aquel tipo en su coche, pero el caso es que sus pies asomaban por la puerta del copiloto y su cabeza estaba enterrada en el hueco de los pedales.

Mi amigo Ángel y yo pasamos por su lado y nos pusimos a observar.
Tanta indefensión no podía pasar desapercibida.
Podíamos saltar sobre su culo, quitarle los zapatos, salir corriendo y no tendría nada que hacer. Así de indefenso estaba.

Había que hacer algo con eso, total, sólo era la una y media.

Recuerdo que Ángel llevaba una especie de ridículo babero gigante. Era verde con rayas blancas, o blanco con rayas verdes, depende de si te gusta plantearte estupideces en plan vaso medio lleno o medio vacío. Lo único que me interesa de un vaso es el ruido que hace al romperse.

Teníamos ocho años y acabábamos de salir de clase. Yo adoraba desinflar ruedas de coche, subirme a camiones parados y hacer todo lo que no debe hacerse con bichos de cuatro ruedas. Era una especie de fijación que, después, sin más, desapareció. A veces me sentaba en la acera y quitaba el tapón de una rueda, ponía el dedo y me quedaba allí, notando como el aire me hacia cosquillas en el trozo de piel que hay debajo de la uña.

Lo de los coches no estaba mal.
Sus dueños eran el siguiente nivel.
Y ahí estaba, un conductor indefenso, todo para mí.

Ángel, dije mientras miraba a mi alrededor, vamos a hacer algo.
�?l me miró y, sin saber todavía el qué, asintió.

Siempre se apuntaba a todas mis gamberradas porque una vez se abrió la cabeza y yo se la tapé con tierra hasta que pudimos llevarle a su madre para que lo curase.

No es muy higiénico, pero paró la hemorragia.

Desde entonces su lealtad era inquebrantable y, aunque yo no la ponía a prueba, me gustaba saber que había alguien en el mundo que diría sí donde el resto decía no.

Entre las piedras del mini solar donde el coche estaba aparcado encontré un plato de plástico. Me acerqué con sigilo y lo cogí. El tipo del coche seguía dale que te pego a lo que fuese que estaba haciendo. Sonreí y le hice una señal a Ángel para que se retirase hacia la calle. Le seguí, intentando no hacer ruido. Caminamos un momento por la acera y entramos al primer garaje que vimos. Una de esas cuevas que tanto nos gustaban cuando éramos niños. En realidad sólo era la entrada al garaje, pero con ocho años aquello era un mundo. Además, estaba aquella cerradura en la que nunca te cansabas de meter cosas. Un lugar especial, sí.

Quiero que cagues en este plato, le dije.

Ángel me miró un momento, desconcertado. Después miró el plato, que seguía en mi mano. Lo coloqué detrás de él y le miré a los ojos. Apunta bien, dije.

Ángel se bajó los pantalones y me pidió que vigilase. Me acerqué a la acera y miré hacia ambos lados. No viene nadie, dije, aprieta.

Aquel angelito, nunca mejor dicho, soltó un pastel de campeonato.

Recuerdo que se subió los pantalones y le miré muy serio.
¿No te limpias?, le dije.
No, no me he ensuciado, abrí mucho el culo. Luego en casa me lavaré.
Eres un guarro, dije, y cogí el plato con la mierda.

Aquello olía como el mismísimo infierno. Recuerdo que tuve una arcada y pensé que no iba a poder hacerlo, pero me repuse enseguida. En aquellos tiempos yo era un muchachito con iniciativa y afán de superación, sólo que en vez de intentar superar al resto intentaba superarme a mí mismo. Con los años he llegado a pensar que es una sana costumbre, pero bueno, eso ahora no importa.

Por la acera hacíamos extrañas maniobras para cubrir todos los ángulos y que nadie viese el plato y, sobre todo, lo cosa humeante que había en él. Aquello, siendo bajitos como éramos, resultó ser toda una odisea. Un aliciente añadido, si quieres llamarlo así.

Llegamos a la gravilla y comprobamos que el tipo seguía inmerso en su traqueteo. Me acerqué con el plato y Ángel se paró en seco.

Negó con la cabeza y los ojos muy abiertos.
Yo le saqué la lengua y le guiñé un ojo, gesto que adquirí en mi infancia y que sigo haciendo cuando me encuentro rodeado de gente con cara de "¡no lo hagas!".

Me acerqué despacio a aquellos zapatos que se movían y Ángel retrocedió. Eché un vistazo a las piernas, para ver cómo de largas eran. Tenía que colocar el plato de forma que, al salir, el pie cayese justo encima. Era una cuestión de logística. Habíamos invertido tiempo y esfuerzo, sobre todo Ángel, en aquello. No podía fallar.

Dejé el plato en el mejor lugar posible, según mis cálculos más o menos arbitrarios, y me sentí satisfecho. Retrocedí agachado, intentando no hacer ruido, y llegué donde estaba Ángel.

Fuimos hasta la esquina y nos quedamos mirando.
Pasaron un par de minutos y, entonces, sucedió.

Aquellos pies empezaron a moverse más de lo normal, seguidos por unas piernas.
Ángel se tapó la boca con las dos manos.
Yo sonreí de medio lado y noté una cubitera de hielo agitándose en el estómago.

El pie cayó en el centro del plato y lo que en algún momento fue el almuerzo de Ángel trepó por aquellos zapatos en dirección al calcetín. El tipo hizo un movimiento raro y, al levantar el pie, levantó también el plato.

Aquello se ponía interesante.

Con el otro pie en el suelo, se apoyó en el coche y depositó parte del regalito en el interior del vehículo.

Yo me tronchaba y Ángel iba a llorar de un momento a otro, lo cual nos delataría como autores de aquello, así que opté por una retirada discreta, con algún giro ocasional para ver al tipo agitar los brazos y, de pasó, aumentar mi conocimiento sobre palabras malsonantes.

Recuerdo que tenía bigote y cara de muy mala hostia, y sobre todo, recuerdo que, de alguna manera, tenía pinta de merecerse que alguien le pusiera un plato lleno de mierda debajo de un pie. A veces las cosas son así.

De camino al parque, reflexioné.
Repase con detalle todo lo sucedido, punto por punto, y, en mi fuero interno, decidí que aquello no estaba bien. �?l tenía que saberlo, o la cosa podría repetirse, así que decidí comunicárselo, con total seriedad.

Ángel, le dije, eso de no limpiarse el culo está muy feo.
No lo hagas nunca más, o dejaré de ser tu amigo.

No lo haré más, dijo, te lo prometo.
Vale.

Y nos marchamos a comer.

16 de Agosto 2008

Ellos no

Mi padre solía llamarme chato, lo cual demuestra que era un mentiroso.

Da un buen sorbo a su copa y enciende un cigarro.

No es que puedas compararme con un loro, dice, ni mucho menos, pero tengo una buena nariz.
Una de las grandes.

Asiento en silencio y sonreímos.

En realidad, dice, me llamaba chato para no equivocarse de nombre.
Con mi madre, y con su mujer, hacía lo mismo.

Se le escapa una risilla irónica y no digo nada mientras da una calada y tira el humo por la nariz.

No es que fuese mal tipo, dice, es que parte de su vida era mentira y eso le obligaba a seguir mintiendo.

Por lo menos nosotros, mi madre y yo, sabíamos la verdad.

Arqueo las cejas y asiento, pensando que, en esa situación, a mí también me gustaría saber la verdad. Entonces él se inclina hacia delante, sonriendo de medio lado antes de seguir hablando.

Imagina ser el secreto de un hombre al que todos respetan, dice.
Imagina no poder llamarle papá en los sitios públicos.
Imagina tenerle a ratos, con la sensación de que, pese a ser tu padre, nunca lo será del todo.

Y la decepción.
La jodida decepción cuando conoces a esos que, según parece, valen más que tú.
Tus hermanos.

La vergüenza silenciosa que sientes cuando la gente bromea sobre el chaval que nació el mismo día que tú, sobre cómo es capaz de esnifarse todo lo que le pongan delante.
La vergüenza que sientes al saber que tu hermano mayor es una sombra que se arrastra por ahí. Que a tu hermana le importas un huevo de pato, o menos.

Toda la vergüenza que te has esforzado en no dar tú, la descubres en ellos y la decepción es inmensa.
Enorme.
Monumental.

Y sigues viendo a tu padre depositar su confianza en ellos y te callas, ni siquiera sientes rabia, ¿sabes?, tan sólo te callas, por respeto, por no derribar el castillo de naipes que le da oxígeno.

Por pena.
Esa es la verdad más triste; que sientes pena por él.

Sobre todo cuando su vida termina y te sientas delante del chico que nació el mismo día que tú. Y le enseñas las fotos, tu padre y tu madre.

Dos hijos del mismo hombre mirándose a los ojos en un banco, a mediodía.

Hablas, y eres todo lo sincero que puedes y él te escucha y, para tu sorpresa, te da la razón.
Te cuenta que se imaginaba algo así, que no se fiaba de su padre en ese aspecto.
De mi padre.

Por un momento, dice, crees que pasará algo, pero pasar, lo que se dice pasar, sólo pasan los días, y se cierran en banda, y te niegan, y, sin darse cuenta, se niegan a ellos mismos.

Hace una pausa y apura su copa de un trago que le obliga a fruncir el ceño.

No saben lo que papá esperaba de ellos, dice, ni yo se lo digo, por lo mismo que me callé la otra vez.
Por pena.
Esa es la verdad más triste; que siento pena por ellos.

Y con eso vivo, dice, con saber que ahí fuera hay gente que hace como que no existo.
Una mujer que siempre supo que yo era hijo de su marido y miró hacia otra parte para no tener que hacer nada al respecto, para no perder su cómoda posición. Un chaval que nació el mismo día que yo, que sabe quién soy, que sabe que digo la verdad y que se ha escondido para no volver a mirarme a los ojos. Una hermana que pensó que por decir �??No creo que mi padre fuese el tuyo�?� iba a cambiar la forma en la que gira el mundo. Un hermano mayor del que siempre escuché hablar y por el que siento una lástima enorme.

Hace una pausa para encender otro cigarrillo mientras yo apunto algunas cosas en mi libreta.

Pensando en todo esto, dice, me doy cuenta de que sé mucho más de ellos que ellos de mí, más que nada porque mi padre sí hablaba de ellos en casa.

Ahí está la diferencia, dice.
A fin de cuentas, mi vida no era mentira; yo sabía lo que había.
Ellos no.

Normal que no se esfuercen demasiado en conocerme, ¿verdad?

Me quedo mirándole sin saber que decir, cierro la libreta, le doy las gracias por contarme su historia y me marcho a casa, pensando en todo lo que me ha dicho.

Si yo fuera ellos, sus hermanos, sí querría conocerle; querría saber quién es y, sobre todo, cómo era mi padre en su casa.

Porque parece que ese era el único lugar donde aquel hombre no mentía.