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Ellos no

Mi padre solía llamarme chato, lo cual demuestra que era un mentiroso.

Da un buen sorbo a su copa y enciende un cigarro.

No es que puedas compararme con un loro, dice, ni mucho menos, pero tengo una buena nariz.
Una de las grandes.

Asiento en silencio y sonreímos.

En realidad, dice, me llamaba chato para no equivocarse de nombre.
Con mi madre, y con su mujer, hacía lo mismo.

Se le escapa una risilla irónica y no digo nada mientras da una calada y tira el humo por la nariz.

No es que fuese mal tipo, dice, es que parte de su vida era mentira y eso le obligaba a seguir mintiendo.

Por lo menos nosotros, mi madre y yo, sabíamos la verdad.

Arqueo las cejas y asiento, pensando que, en esa situación, a mí también me gustaría saber la verdad. Entonces él se inclina hacia delante, sonriendo de medio lado antes de seguir hablando.

Imagina ser el secreto de un hombre al que todos respetan, dice.
Imagina no poder llamarle papá en los sitios públicos.
Imagina tenerle a ratos, con la sensación de que, pese a ser tu padre, nunca lo será del todo.

Y la decepción.
La jodida decepción cuando conoces a esos que, según parece, valen más que tú.
Tus hermanos.

La vergüenza silenciosa que sientes cuando la gente bromea sobre el chaval que nació el mismo día que tú, sobre cómo es capaz de esnifarse todo lo que le pongan delante.
La vergüenza que sientes al saber que tu hermano mayor es una sombra que se arrastra por ahí. Que a tu hermana le importas un huevo de pato, o menos.

Toda la vergüenza que te has esforzado en no dar tú, la descubres en ellos y la decepción es inmensa.
Enorme.
Monumental.

Y sigues viendo a tu padre depositar su confianza en ellos y te callas, ni siquiera sientes rabia, ¿sabes?, tan sólo te callas, por respeto, por no derribar el castillo de naipes que le da oxígeno.

Por pena.
Esa es la verdad más triste; que sientes pena por él.

Sobre todo cuando su vida termina y te sientas delante del chico que nació el mismo día que tú. Y le enseñas las fotos, tu padre y tu madre.

Dos hijos del mismo hombre mirándose a los ojos en un banco, a mediodía.

Hablas, y eres todo lo sincero que puedes y él te escucha y, para tu sorpresa, te da la razón.
Te cuenta que se imaginaba algo así, que no se fiaba de su padre en ese aspecto.
De mi padre.

Por un momento, dice, crees que pasará algo, pero pasar, lo que se dice pasar, sólo pasan los días, y se cierran en banda, y te niegan, y, sin darse cuenta, se niegan a ellos mismos.

Hace una pausa y apura su copa de un trago que le obliga a fruncir el ceño.

No saben lo que papá esperaba de ellos, dice, ni yo se lo digo, por lo mismo que me callé la otra vez.
Por pena.
Esa es la verdad más triste; que siento pena por ellos.

Y con eso vivo, dice, con saber que ahí fuera hay gente que hace como que no existo.
Una mujer que siempre supo que yo era hijo de su marido y miró hacia otra parte para no tener que hacer nada al respecto, para no perder su cómoda posición. Un chaval que nació el mismo día que yo, que sabe quién soy, que sabe que digo la verdad y que se ha escondido para no volver a mirarme a los ojos. Una hermana que pensó que por decir �??No creo que mi padre fuese el tuyo�?� iba a cambiar la forma en la que gira el mundo. Un hermano mayor del que siempre escuché hablar y por el que siento una lástima enorme.

Hace una pausa para encender otro cigarrillo mientras yo apunto algunas cosas en mi libreta.

Pensando en todo esto, dice, me doy cuenta de que sé mucho más de ellos que ellos de mí, más que nada porque mi padre sí hablaba de ellos en casa.

Ahí está la diferencia, dice.
A fin de cuentas, mi vida no era mentira; yo sabía lo que había.
Ellos no.

Normal que no se esfuercen demasiado en conocerme, ¿verdad?

Me quedo mirándole sin saber que decir, cierro la libreta, le doy las gracias por contarme su historia y me marcho a casa, pensando en todo lo que me ha dicho.

Si yo fuera ellos, sus hermanos, sí querría conocerle; querría saber quién es y, sobre todo, cómo era mi padre en su casa.

Porque parece que ese era el único lugar donde aquel hombre no mentía.

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