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Pum

La gente no sabe matarse.

El año pasado uno de mis escritores favoritos se suicidó. Sufría de una depresión crónica, un problema químico, y los medicamentos que tomaba le crearon una serie de efectos secundarios que agravaron su estado y le obligaron a dejar el tratamiento.

Pidió ayuda, porque no se veía capaz de contener su instinto de autodestrucción y la gente apeló a su fuerza de voluntad y su capacidad para sobreponerse al asunto, en lugar de internarlo en algún centro donde pudiesen ayudarle o, al menos, tenerlo bajo vigilancia.

Así que decidió hacerse una corbata un tanto especial y se dio matarile por las bravas.

No voy a opinar sobre si está bien o no quitarse la vida, pero sí que diré algo que considero vital (nótese el sutil juego de palabras) a la hora de quitarse de en medio:

Hay que hacerlo bien.

Con ello no me refiero a que sea �??rápido e indoloro�?�. Seguramente el escritor del que hablo quiso atrapar cada detalle de sus últimos momentos, no huir de la muerte sino afrontarla en toda su magnitud, por ello escogió una de las formas más dolorosas, lentas y jodidas de forzar el adiós a uno mismo. (No olvidemos que los ahorcamientos caseros normalmente no rompen el cuello de los usuarios del sistema, por lo que la muerte resulta lenta, lenta de cojones; para que uno no se pierda ni el copyright de los créditos finales.)

He de confesar que, por comparación, me parto la caja con todos esos atormentados adolescentes que dicen querer suicidarse y se cortan las venas en todas las direcciones menos en la correcta. Por otra parte existe un mito acerca de lo �??dulce�?� que resulta desangrarse en una bañera llena de agua caliente, cuando la realidad es bastante distinta, o al menos eso cuentan los que han sobrevivido a la experiencia.

Pegarse un tiro en la frente con una escopeta de doble cañón, como papá Hemingway, es harina de otro costal, y quizá tenga mucho que ver con el tipo de carácter que te hace pasarte la vida corriendo delante de toros, cazando leones en África, intentando partirte la cara en el ring con rivales más fuertes o metiéndote como corresponsal en toda guerra donde las posibilidades de cazar un par de tiros, así en plan tierno, estén unos cuantos puntos por encima de bastante altas. Cuestión de carácter, como he dicho.

Lo de llenarse los bolsillos de piedras y hundirse en el río, como hizo virginia Woolf, es, como mínimo llamativo. Las mujeres juegan en otra liga, y si a eso le sumamos síndrome bipolar, la ecuación se nos queda más o menos despejada. Adiós, mundo cruel, glu, glu, y todo eso.

Mi amigo Pablo, que también tenía síndrome bipolar, afirmaba, incluso en sus momentos más lúcidos, que él no había pedido estar aquí; ni le gustaba la vida, ni la gente, ni el rollo que tenemos montado en plan virus inunda aceras. Así que, en lo que según su madre fue una de sus mejores épocas, decidió decir hasta aquí hemos llegado, chatos, y se cortó el cuello, esperó a sangrar al menos hasta mitad depósito y después saltó por un balcón, asegurándose de que ningún toldo lo frenase y de que ningún transeúnte le hiciese compañía en su trayecto a la nada.

Y, como dije antes, sin entrar a valorar si quitarse la vida está bien o mal, creo que hay una gran diferencia entre hacerlo con cierta destreza y ser un jodido chapucero.

Quizá os preguntéis a qué cojones viene todo esto, y la respuesta es sencilla.

El otro día me enteré de que un amigo decidió acabar con su existencia y no se le ocurrió mejor manera que hacer estallar su casa con él dentro, sin pensar en que la susodicha casa está incluida en una finca donde, fíjate tú, vive más gente.

Así que, os podéis imaginar qué pasó; cinco de la madrugada y la pared que separa su hogar de la calle (vive en un primero, un bajo) se volatiza clavándose en la finca de enfrente. El pum, de paso, le jode las orejas al vecindario y le pega un susto de puta madre a la señora del tercero que, para que veas lo que son las cosas, está preñada de ocho meses. A eso le sumamos la fiesta del A Ver Quién Aspira Más Humo, todo un clásico en este tipo de situación, y ya tenemos, trazo arriba trazo abajo, la imagen general del evento festivo que a mi colega le dio por montar para darse matarile.

Y en medio de todo el mogollón, el maestro de pista tambaleándose y saliendo por su propio pie, rollo fantasma de la ópera, con el jeto a la barbacoa y las manitas chuscarradas, vivito y coleando.

A la suerte a veces le entra la risa tonta y sonríe sin venir al caso.

Lo que tienen de jodido las quemaduras es que, en un primer momento, no te dejan K.O, pero en cuanto el tejido carbonizado comienza a soltar su mierda en tu riego sanguíneo la cosa se complica, así que tengo pendiente una visita a la unidad de cuidados intensivos y ello me plantea un pequeño dilema moral, ya que por mucho que uno pueda querer a sus amigos, no es muy dado a reírle cierto tipo de gracias y, por duro que me pueda resultar pensarlo, y escribirlo, no me cabe duda de que mi amigo quiso quitarse de en medio y de que el método escogido fue una chapuza temeraria y peligrosa para el entorno.

Todo el mundo apela a la piedad, a la comprensión y demás jeringonza en este tipo de situaciones, y sí, me hago cargo de todo lo que pueda haberle llevado a decidir quitarse la vida, más que nada porque estoy al tanto de casi todas sus miserias personales, que no son pocas, pero no estoy de acuerdo con el método escogido, quizá porque tengo mi propia opinión formada sobre cómo deben hacerse cierto tipo de cosas, y aunque me alegro mucho de que esté vivo, su elección me hace plantearme ciertas dudas acerca de su calidad humana, lo cual me hace aceptar lo glacial que es la mía, que quizá esté por debajo de las expectativas de todos los que tienen el corazón lleno de piedad por las personas que hacen explotar su hogar en mitad de la noche, pero así está el tema, y con eso hay que vivir. Cada uno tenemos lo nuestro.

Porque, si me pregunta, tendré que decirle la verdad, y la verdad es que, si querías matarte, colega, tenías otras mil formas; porque quizá en mi monstruosa visión del mundo existe un abismo entre ser un suicida y un asesino en potencia, y por mucho que te quiera, tío, te acabas de caer en el segundo saco, y no sabes lo que me jode, después de todas las conversaciones, de todo el esfuerzo, tuyo y nuestro, tener que aceptar que ahora estás ahí.

Y que nada puede cambiar eso.

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Comments

duro...
pero una verdad como un templo..

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