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12 de Febrero 2009

Alpargata

Si me hiciesen un test de esos en los que te dicen una palabra y tienes que responder lo primero que piensas, seguramente alpargata daría uno de los resultados más raros.

Y es que, hace tiempo, tuve un alumno que venía a clase con alpargatas y bermudas. Que fuese noviembre no tenía demasiada importancia, cosas del estilo, pero el motivo por el que siempre que veo una alpargata me acuerdo de él es porque, pese a estar muy poco tiempo, dejó una marca bastante curiosa en mi historia como profesor, y por qué no decirlo, en la de la escuela de música.

La gente, pese a su buena predisposición, no suele estar cómoda en una primera clase de canto moderno; es normal, están ahí solos, con un tipo que no conocen y que parece no conocer el significado de la palabra vergüenza, además tienen que ponerse a hacer un montón de ruidos raros y cosas extrañas frente a un espejo mientras el tipo toca el piano sin dejar de observarlos y hacerles notar movimientos que ellos no han visto en su reflejo, pese a estar mirándose. Así que en la primera clase suelo explicar un poco la dinámica que vamos a seguir, algunos conceptos básicos sobre respiración, resonancia, trabajo con la vocalización, tensiones físicas, cómo lidiar con ellas, y todo eso. Lo básico, vamos.

En su primera clase, el amigo Alpargata, que era un chaval simpático, me estuvo contando que tenía un arsenal secreto de canciones que podían cambiar el mundo de la música, pero que tenía que aprender a cantar para poderlas ejecutar como Dios manda, lo cual me pareció estupendo, ya que mi trabajo consiste en hacer que mis alumnos sean lo más ellos mismos posible, musicalmente hablando, y en que la búsqueda de su propia voz vaya en paralelo con el aprendizaje técnico e interpretativo.

El único problema es que Alpargata tenía cierta reticencia a hacer los ejercicios, y en cuanto empezaba a hacer alguno, comenzaba otra vez a contarme lo de las canciones y demás.

No me gusta forzar a los alumnos cuando están tensos, así que, para que cogiese más confianza y pudiésemos ir trabajando, le pregunté si tocaba algún instrumento.

La guitarra, me dijo, toco la guitarra, bueno, me he apuntado también a clases de guitarra, clásica; creo que puedo cambiar la forma en la que la gente está tocando la guitarra, pero primero necesito aprender las bases.

Lo vi muy seguro de sí mismo e imaginé una vida de mucho trabajo para conseguir esa meta, pero bueno, si quieres 100 consigues 50 y si quieres 50 consigues 0, así que no hay nada malo en querer 100, aunque te quedes en el 15.

Lo distraído es caminar, no llegar a los sitios.

Intenté combinar lo mejor que pude la charla, porque me interesa lo que mis alumnos me cuentan, con los ejercicios de la primera clase, pensados sobre todo para romper un poco el hielo e ir mentalizándolos para el trabajo de la siguientes sesiones.

Cuando terminamos salí con él a la puerta de la escuela, me despedí y al volver a entrar me encontré con la profesora de guitarra clásica.

-¿Está también contigo, no?
-Sí, hoy era su primera clase.
-¿Y qué te parece?

Al decir esto giró un poco la cabeza, levantó la ceja y me miró sólo con un ojo. Yo conocía esa expresión. La había visto muchas veces cuando alguien contaba algo insólito (el mundo de la música tiene mucho espacio para anécdotas curiosas) así que supongo que a ella el alumno le parecía un poco especial.

-Bueno, no hemos podido trabajar mucho, es la primera clase-, dije-, se le ve con ganas, pero todavía es pronto para determinar si�?�
-¿Has visto las alpargatas?
-Sí
-¿Y las bermuditas?
-Sí
-¿Te ha dicho que va a aprender a tocar la guitarra clásica en dos meses?
-¿Dos meses?
-Sí, considera �??, dijo con sorna -, que no necesita más tiempo para aprender lo básico y ponerse a nivel de concertista. Y yo como una tonta perdiendo mi vida en el conservatorio. Vivir para ver.

Nos reímos y lo dejamos correr.

En su siguiente clase, la otra semana, Alpargata decidió que, por si no le reconocíamos, era imprescindible venir con el mismo atuendo. Se le veía más animado, incluso palmeó sus manos y dijo algo como �??vamos a ello�?� o �??empecemos�?�, en fin, algo por el estilo.

Y empezaron los problemas.

Veréis; si intentáis decir A con los dientes pegados y sin separar los labios el resultado�?� en fin, no hace falta que os lo explique, ¿verdad?

Vale, no abría la boca. Esto, aunque parezca absurdo, es muy común. La gente, cuando no utiliza correctamente el diafragma para apoyar las notas que canta tiende a tensar la mandíbula, lo cual les invita a no vocalizar, lo cual crea cierta retención que no es demasiado sana para la garganta, y el sonido, que no sabe muy bien qué hacer, termina huyendo hacia dentro, nasalizándose, o vete a saber qué otra catástrofe. Así que, ya que lo de vocalizar no estaba dentro de nuestras posibilidades todavía, nos pusimos a trabajar con la boca cerrada.

Los problemas seguían.

Si cuando estás cantando una eme puedes ver tus dientes en el espejo, simplemente, no estás cantando una eme.

Si cuando por fin consigues cerrar la boca para que la eme esté en su sitio empiezas a tirar aire, o lo que tengas, por la nariz como un descosido, tampoco vamos bien.

Al final me decidí por despejar todo lo posible las tensiones de la zona de la mandíbula y el cuello para poder trabajar con alguna vocal, apoyándola con alguna consonante explosiva, como una P o una B, porque la capacidad de Alpargata para cambiar la M por la N y viceversa no nos iba a ayudar mucho con el tema de la resonancia. La U no servía porque al ser demasiado cerrada se la tragaba, y temí que, de tanto cantar hacia dentro, terminase cantando por el agujero equivocado, lo cual llamaría todavía más la atención sobre sus bermudas, que yo, por supuesto, ignoré durante toda la clase (sí, tenían flores) con la O proyectaba la mandíbula demasiado hacia delante y tuve miedo de que, si cerraba la boca de golpe, se mordiese la nariz. La sonrisa necesaria para la I parecía tener su propia modalidad de Parkinson y eso modulaba el sonido de una forma bastante inestable. La A había demostrado ser una quimera y la E era algo así como �??y ahora verás como mi cara se pela hacia atrás y mi cráneo emerge de la boca�?� así que si algo estaba claro era que, primero, había que cargarse las tensiones de esa zona.

Nos pusimos a ello y, tras 50 minutos, conseguimos una A limpia, bien colocada, sin tensión, sin aire en los bordes, y con una afinación en la zona media bastante aceptable.

Es muy complicado explicar qué se siente cuando un alumno tuyo consigue algo, y en este caso habíamos trabajado bastante duro durante esos 50 minutos, salvando un obstáculo detrás de otro, viendo qué problemas surgían y buscando la manera de solucionarlos, llevándonos hacia ese sonido que, durante 3 segundos, pudimos disfrutar.

Como estaba contento lo felicité. Me gusta que les salgan bien las cosas y, sobre todo, me gusta ayudarles a que eso sea así. Para mí ese es mi trabajo.

Lo que me dejó en el sitio fue su respuesta. Sin dejar de mirarse en el espejo, levantó una ceja, sonrió mientras entornaba los ojos y, balanceándose un poquito como cuando alguien cuenta que acaba de comprarse un Ferrari, dijo:

-Hombre, es que el que tiene voz, tiene voz...

Y se quedó tan pancho.

A veces coincide que un alumno tuyo no viene y sales fuera a tomar un café y te encuentras con otro profesor al que tampoco le viene el alumno, entonces os sentáis, charláis y contáis anécdotas. Alpargata siempre suele aparecer en la conversación. Quizá he tenido mucha suerte, porque todos mis alumnos han sido y son gente maja, gente que valora el trabajo que se hace en el aula.

Sin embargo ahí estaba aquel tipo, con sus alpargatas, sus bermudas (con flores) y su sonrisa de satisfacción, como si no le hubiese costado 50 minutos dar una sola nota en el sitio. Como si yo no me hubiese roto los cuernos para que el chaval no se fuese a casa frustrado por no haber dado pie con bola.

El tipo que iba a cambiar el mundo de la música con sus canciones y aprender a tocar la guitarra clásica, a nivel concertista, en dos meses.

Impresionante.

Cuando acabamos le acompañé a la puerta y me volví a cruzar con su profesora de guitarra, porque él daba clase el mismo día con los dos; primero con ella y luego conmigo, y ella siempre salía a tomar el aire después de cada clase.

Yo me quedé mirando cómo las alpargatas se alejaban, clap, clap, mientras ella me hablaba.

-¿Cómo ha ido hoy?, preguntó
-Bueno-, dije-, ha cantado una sola nota. El principio estaba desafinado y el final también, pero es normal porque todavía no sabe colocar las notas antes de cantarlas ni sujetar bien los finales. Lo del medio estaba bien, va a tener problemas con la dinámica pero bueno, eso lo solucionaremos después, primero tengo que conseguir que abra la boca.
-Ya

Hubo un silencio.

Entonces le conté lo que había ocurrido, el momentazo �??el que tiene voz, tiene voz�?� y todo eso.
-Eso no es nada-, dijo riendo-, ¿sabes qué me ha dicho a mí?
-¿Qué?
-Le estaba intentando enseñar a coger la guitarra y el pobre se estaba haciendo la picha un lío, porque, entre otras cosas, coloca mal la muñeca, así que cuando le he corregido cuatro o cinco veces se ha quedado muy serio y me ha dicho: mira, yo no sé mucho de guitarra, pero esta forma de cogerla es un poco rara, ¿estás segura de que se coge así?

Estuvimos riéndonos un buen rato.

La semana siguiente Alpargata llamó. Estaba en mitad de la carretera con la rueda de su moto pinchada (no puedo evitar imaginármelo con las bermudas y las alpargatas, brum, brum) y dijo que no iba a poder venir.

Ya no volvimos a verle nunca más, pero nos dejó un par de clases de las que hablar mientras tomamos café y una lección bastante divertida sobre cuánta paciencia podemos llegar a tener y sobre lo poco que algunas personas van a valorarlo.

Y es que, el que tiene voz, tiene voz.