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4 de Julio 2009

Maullidos

El anciano vive solo con su perra. Ahora mismo hay una gata maullando en su terraza.

Ayer, esa gata blanca y negra tenía dos pequeños gatitos que se refugiaban allí del sol, justo entre la reja y el cristal del salón. Su perra los miraba y no sabía cómo tomárselo. La gata se ponía panza arriba y refrotaba su carita contra las patas de la perra y ésta seguía sin saber qué hacer, por lo que decidió retirarse y cederle espacio a la desconcertante contorsionista mimosa.

Al anciano le gusta mirar todo esto, porque es viejo, está solo y disfruta de las pequeñas cosas.

Sin embargo, hoy la gata maúlla, mirándole directamente a los ojos, desde el mismo sitio donde ayer jugaba con sus dos crías, que ya no están ahí.

La perra la mira desde una distancia prudente, y después mira al anciano. Es casi como estar de luto. De hecho, sin saber por qué, él recuerda algún entierro y el silencio que siempre guarda mientras alguien intenta dejar de llorar.

En mitad del calor, escudriña, con la poca vista y oído que le queda, toda la uralita, las tuberías y ese enorme deslunado donde suelen vivir, la gata y sus crías.

Incluso horas después de que su vecino, un chaval joven que siempre les da de comer, que tiene una cuerda colgando desde su balcón, con un pequeño barreño lleno de agua para que los gatos puedan beber, que ha saltado a la Uralita y buscado a los pequeños, incluso después de que ese vecino se haya marchado, sin dar con ellos, el anciano se queda mirando, escuchando, esperando descubrir dónde demonios están esos chiquitines que ayer fascinaban a su perra, que maullaban en su balcón, que jugueteaban sobre el lomo de su madre, que ahora está ahí, en el mismo sitio, pero sola, y quieta, y mirándole como si el anciano pudiese entender lo que ella siente. Sabiendo, como sólo los gatos saben, que puede entenderla.

Y de pronto toda la tristeza del mundo está ahí, silenciosa e implacable.

Diciéndole que también vive en las pequeñas cosas y que, a veces, puede romperle el corazón sin ni siquiera tocarle.

El anciano llora.

Su perra lo mira, sin saber que hacer.

La gata lo mira, sin saber que hacer.

Ningún maullido en el horizonte.