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16 de Octubre 2010

Golfo

Cuando era pequeño compré un perro con mi padre.

El perro no era para mí, aunque, hasta el último minuto, pensé que lo sería.
A veces la fe de un niño es a prueba de padres.

Le puse nombre. Golfo. Tenía cara de golfo así que, ¿por qué no llamarlo así?
No sé cómo se las arreglaría mi padre para que se siguiese llamando
golfo, imagino que llegó a su casa y enseñó el perro a su mujer y a
sus hijos diciendo algo como:

Saludad a Golfo.

Y todos saludando al perro al que yo había puesto nombre.
Una bonita escena familiar.

A veces mi padre me llevaba a verlo. Lo tenían en el chalet.
Ellos tenían chalet, un ático, un apartamento y un barco.
Navegar era bueno para él. Tenía la tensión alta.
Mi madre y yo vivíamos en un primer piso, en un barrio no demasiado
bueno pero tampoco demasiado malo. Una cosa intermedia, ya sabes.

Cuando Golfo me veía, se ponía a saltar y colocaba su hocico entre mis
piernas mientras yo le acariciaba la cabezota. Era un rottweiler, con
una cabeza muy grande.

Lo paseaba por la urbanización cuando no había nadie, me hacía reír
verlo saltar como las cabras. Mi padre observaba en silencio y
sonreía. Si nos encontramos con alguien, decía, no me llames papá.

Vale, papá.
Y seguía jugando con el perro.

Siempre me ponía triste despedirme de golfo pero nunca tan triste como
la primera vez.
¿De verdad te lo vas a llevar para ellos?

El perro pasaba mucho tiempo solo, a veces en clase de matemáticas me
preguntaba qué demonios estaría haciendo aquel imitador de cabra
montesa al que puse nombre.

Un día Golfo se cayó a la piscina.
Ellos tenían piscina.

Todos los perros saben nadar, pero casi ninguno sabe subir por las
escaleras. Golfo tampoco.

Recuerdo a mi padre llorando mientras mi madre lo abrazaba. No un
llanto desesperado como aquella vez, años más tarde, cuando dijo que
sabía que no podía estar para mí todo lo que yo necesitaba. No, esta
vez era más contenido, pero bueno, ahí estaba, él llorando y yo con
las llaves en la mano, mirándolo sin ver nada que no fuese un perro de
cabeza grande flotando en una piscina medio vacía.

El perro que no era mío ya no saltaría más, ya no habría más visitas a
escondidas; ya no más no me llames papá si nos encontramos con
alguien.

Sólo nostalgia por algo que no disfrutaste del todo.
Aunque le pusieras nombre.