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28 de Febrero 2011

Pepito

Mis noches de verano eran un parque mal iluminado donde las madres charlaban en bancos mientras los niños jugaban.

Y estaba Pepito, con su eterna chaqueta marrón. Una cabeza diminuta coronando un cuerpo hecho de alambre.

Tenía treinta.
Aparentaba cuarenta y cinco.

Sus dientes eran oscuros, por el vino, y tenía ojos de niño.
Siempre estaba borracho.

Era uno de mis mejores amigos cuando yo tenía once años, sobre todo en verano.

Nos sentábamos en aquel banco, casi siempre el mismo, y charlábamos. Charlábamos horas y horas, un poco de todo. Me llamaba la atención la textura de su piel. Años más tarde asocié ese tipo de piel a la gente que bebe, a los que beben mucho.

Nunca he podido olvidar sus ojeras.

A veces su mirada se perdía, pero nunca dejaba de hablarme.
Una vez se levantó, vomitó en un árbol y volvió a sentarse conmigo.

A Pepito, decía su hermana, le gusta mucho hablar con Tony.

Su hermana, Juani, era muy fea. Tenía gafas de culo de vaso, el pelo grasiento, los dientes torcidos y oscuros. Todos los veranos nos contaba cómo, hacía muchos años, había ido a un viaje con más chicas, y cómo el chico por el que todas suspiraban (usaba esa expresión "el chico por el que todas suspiraban") se había sentado a su lado, al fondo del autobús, hablando con ella todo el viaje sin hacer caso a las demás.
Muy monas y muy guapas, decía, pero ahí estaba él, sentadito en el fondo con la Juani.

Nunca supe qué pensar de aquella historia.

Ella también bebía, pero no tanto como Pepito.
Nadie bebía tanto como él.
O eso decían, porque yo nunca le vi beber. Siempre venía tambaleándose, pero nunca bebía mientras hablábamos.

Una vez pregunté a mi madre por qué Pepito estaba siempre borracho, si no se le veía beber. Mi madre me dijo que había bebido ya tanto que se había quedado así.

Una noche me bajó cómics, él sabía que me gustaban los cómics. Eran antiguos, en blanco y negro, la mayoría de terror y ciencia ficción. También salían chicas con las tetas al aire en algunas viñetas. Para ti, dijo, quédatelos, un regalo; de Pepito.

En invierno le perdía el rastro, alguna vez lo veía de lejos, entrando o saliendo de algún bar, pero prácticamente no nos veíamos ni hablábamos; no coincidíamos.

Su madre era muy mayor, pero también bajaba al parque en verano. Siempre iba de luto. Una noche vi que la dejaban sola en un banco, mi madre y Juani la dejaron sola y ella se quedó ahí, en una postura extraña. Luego se levantó y se fue con su hija, yo me volví con mi madre a casa. No sé dónde fue Pepito.

¿Qué hacía la madre de Pepito, mamá?
Mear, hijo, mear.
Me contó que la madre de Pepito solía apartarse las bragas a un lado y mear en la oscuridad del parque.

Hacia el final, antes de dejar de bajar al parque por las noches, se meaba encima, directamente. Creo que ella también bebía, pero no lo recuerdo bien.

Un verano Pepito no apareció y yo pregunté a mi madre.
Me dijo que estaba enfermo, en casa.
Pepito, dijo, está muy mal. Es posible que no vuelvas a verlo.

Lo último que recuerdo es que Juani le dijo llorando a mi madre que Pepito, al morir, parecía Jesucristo. Todo huesos, decía, todo huesos y una carita de paz.

Con una sonrisa, decía, se ha ido con una sonrisa.
No la vi pero sé cómo era.

Aquel verano dejé de ir al parque.
Al tiempo lo quitaron, para hacer una carretera.

He conocido otros borrachos, pero ninguno era como él.
Había algo inocente en su forma de reírse, fuerte, con la cabeza hacia atrás, buscándome con los ojos al recuperar su postura.

El vino le manchó los dientes, pero no la sonrisa.

Era mi amigo cuando yo tenía once años. Me contaba cosas y yo a él. Nunca me trató como a un niño ni yo a él como a un borracho.

Es más de lo que puedo decir de mucha gente.

16 de Octubre 2010

Golfo

Cuando era pequeño compré un perro con mi padre.

El perro no era para mí, aunque, hasta el último minuto, pensé que lo sería.
A veces la fe de un niño es a prueba de padres.

Le puse nombre. Golfo. Tenía cara de golfo así que, ¿por qué no llamarlo así?
No sé cómo se las arreglaría mi padre para que se siguiese llamando
golfo, imagino que llegó a su casa y enseñó el perro a su mujer y a
sus hijos diciendo algo como:

Saludad a Golfo.

Y todos saludando al perro al que yo había puesto nombre.
Una bonita escena familiar.

A veces mi padre me llevaba a verlo. Lo tenían en el chalet.
Ellos tenían chalet, un ático, un apartamento y un barco.
Navegar era bueno para él. Tenía la tensión alta.
Mi madre y yo vivíamos en un primer piso, en un barrio no demasiado
bueno pero tampoco demasiado malo. Una cosa intermedia, ya sabes.

Cuando Golfo me veía, se ponía a saltar y colocaba su hocico entre mis
piernas mientras yo le acariciaba la cabezota. Era un rottweiler, con
una cabeza muy grande.

Lo paseaba por la urbanización cuando no había nadie, me hacía reír
verlo saltar como las cabras. Mi padre observaba en silencio y
sonreía. Si nos encontramos con alguien, decía, no me llames papá.

Vale, papá.
Y seguía jugando con el perro.

Siempre me ponía triste despedirme de golfo pero nunca tan triste como
la primera vez.
¿De verdad te lo vas a llevar para ellos?

El perro pasaba mucho tiempo solo, a veces en clase de matemáticas me
preguntaba qué demonios estaría haciendo aquel imitador de cabra
montesa al que puse nombre.

Un día Golfo se cayó a la piscina.
Ellos tenían piscina.

Todos los perros saben nadar, pero casi ninguno sabe subir por las
escaleras. Golfo tampoco.

Recuerdo a mi padre llorando mientras mi madre lo abrazaba. No un
llanto desesperado como aquella vez, años más tarde, cuando dijo que
sabía que no podía estar para mí todo lo que yo necesitaba. No, esta
vez era más contenido, pero bueno, ahí estaba, él llorando y yo con
las llaves en la mano, mirándolo sin ver nada que no fuese un perro de
cabeza grande flotando en una piscina medio vacía.

El perro que no era mío ya no saltaría más, ya no habría más visitas a
escondidas; ya no más no me llames papá si nos encontramos con
alguien.

Sólo nostalgia por algo que no disfrutaste del todo.
Aunque le pusieras nombre.

1 de Noviembre 2009

Todos los Santos

Los muertos
visitan
a los vivos
y
sólo encuentran
casas vacías.

Por suerte
al volver
a sus nichos
encuentran
a
toda
su
familia
esperando
con ramos de flores.

Como
en un cumpleaños
sorpresa.

26 de Octubre 2009

Sus buenas acciones

Los locos que oían voces superaron en número a los locos que oían voces distintas y, entonces, todo se puso oscuro.

Así que, tras un tiempo, los locos que oían voces empezaron a llamar luz a la oscuridad y, como no quedaba nadie que dijese lo contrario, comenzaron a gritar:

¡Todo está iluminado por fin!

Y se felicitaban por sus buenas acciones, en mitad de aquella sombra que habían traído, y se regocijaban y sus corazones estaban contentos porque, en la historia que habían escrito, ellos eran los buenos.

Fue entonces cuando todo murió por falta de auténtica luz.

20 de Octubre 2009

El relato que voy a escribir

Parece que lloverá, aunque no quiero empezar hablando del tiempo.

De hecho, la cantidad de relatos, novelas e incluso conversaciones cotidianas, que tienen el tiempo como motor de arranque es tan grande que me niego en rotundo a dedicarle la primera línea, y mucho menos la primera línea y un párrafo.

El relato que estoy planteándome escribir, que no empezará hablando del tiempo bajo ningún concepto, ni explicará esa negativa a hablar del tiempo en el primer párrafo, ni contendrá un segundo párrafo para comentar todo lo dicho con anterioridad sobre no hablar del tiempo, se basará en cosas que sucedieron en una conferencia a la que asistí hace poco.

Me interesa porque, fuera del ámbito de la misma conferencia �??sistemas de gestión de la información para la toma de decisiones en el mundo empresarial- el tema carece de interés, así que utilizarlo como punto de partida es tentador cuando quieres saltarte el principio, nudo, desenlace, hacerle una pedorreta a la linealidad e incluso construir un relato sin llegar a escribirlo, con algo tan poco literario como esa conferencia en su base.

Y por supuesto, sin declarar que se tiene intención de hacer todo eso, ya que eso arruinaría la sorpresa.

Tengo unas cuantas páginas llenas de notas que tomé in situ, así que las usaré para construir la narración, aunque en realidad no hay mucho que contar.

Quiero decir que las notas están llenas de cosas que me llamaron la atención, como por ejemplo la pasión que el experto en economía internacional demostró, agitando los brazos mientras nos contaba qué significaban todas esas curvas de la gráfica distribuidas a lo largo de los años (desde los 80 hasta ahora) , agachándose de modo dramático en las caídas (la más grande estaba situada casi al final y empezaba hace dos años, como cualquiera podrá comprobar echando un vistazo a su cuenta bancaria) y subiendo los brazos y el tono de voz en momentos cumbre como, por ejemplo, la entrada de nuestro país en el mercado latinoamericano a principios de los noventa o la irrupción de Asia, con todos los cambios que ello ha conllevado en los sistemas de producción internacional. Cambios que, a la mayoría de los que estén leyendo esto, le importan un pimiento y que a mí tampoco me habían despertado interés hasta que vi a alguien apasionarse tanto hablando de ello.

También tengo notas sobre el brillo de sus ojos, apreciable desde unos ocho metros de distancia y algún que otro pensamiento suelto sobre la suerte que se tiene al sentir algo tan intenso por lo que uno hace.

De hecho mis notas sobre este ponente comienzan con un �??se baja del pódium�?� subrayado, lo cual indica que en su momento me pareció importante (me lo sigue pareciendo), pero exceptuando cientos de detalles como ese, no ocurre nada de interés. Quiero decir que no hay trama; nada empieza y nada termina, sólo son unas cuantas impresiones en una conferencia con varios ponentes y una demostración de software bastante abrumadora, por la calidad de éste.

Ni siquiera hay una descripción física de los ponentes, pero claro, ¿a quién demonios puede interesar que, por ejemplo, el citado profesor de economía internacional fuese pequeñito, delgado, con gafas de montura al aire, pelo rizado, barba y un lenguaje corporal exagerado y, al mismo tiempo, natural como la vida misma?

Pues eso; a nadie.

Por otra parte, empezar hablando de ese ponente, que fue el segundo, en lugar de empezar por el primero, servirá para evitar esa linealidad de la que quiero que el relato escape y, como en ningún momento habré anunciado que estoy recurriendo a ese tipo de estrategia, el lector no sabrá muy bien qué está pasando, suspendiendo su sentido del tiempo y sumergiéndole en el aquí y ahora, que estará basado, en realidad, en mi allí y entonces, aunque un poco transformado por la narrativa. Transformación que no sucedería si, por ejemplo, me dedicase a hablar de mis apuntes para construir el relato en lugar de proceder a escribirlo, cosa que por supuesto no haré.

De hecho, no hacerlo es una decisión inapelable, como la de no empezar hablando del tiempo. (Igual que es una decisión inapelable el utilizar una construcción gramatical tan confusa como la vista en: �??Transformación que no sucedería si, por ejemplo, me dedicase a hablar de mis apuntes para construir el relato en lugar de proceder a escribirlo, cosa que por supuesto no haré�?� Ya que con ella, si lo piensas bien, no queda claro si lo que NO haré será:

A) Dedicarme a hablar de mis apuntes o

B) proceder a escribir el relato.

Ambigüedad gramatical que sirve para el propósito que me ocupa en este momento y que tampoco aclararé, no por generar interés, sino para que haya al menos una duda que al final se resuelva, en una concesión sin precedentes dentro del futuro texto a la narrativa tradicional.)

Si tuviese que empezar por el principio, que será insertado en alguna parte a modo de excusa, tendría que contar cómo, al dirigirme a las azafatas que franqueaban el umbral de entrada a la zona de la conferencia, las dos dieron los buenos días exactamente al mismo tiempo.

Sincronía perfecta y, lo mejor de todo, casual.

Eso me hizo dar un paso hacia atrás, como si se tratase de una obra de teatro y después, señalándolas con un asombro exagerado, para que la coña fuese evidente, dije: ¿Lo habéis dicho las dos a la vez?

Una de ellas se sonrojó y negó, mientras que la otra intentaba contener la risa debido al ambiente de cachondeo repentino al que la sincronía nos había llevado y del que su compañera, más metida en el papel, no terminaba de darse cuenta.

Quizá fue esa situación, que escapaba un poco a lo que esperaban, la que hizo que fuesen un poco más torpes de lo normal a la hora de buscarme en la lista. Imagino que es complicado buscar a alguien en una lista sin dejar de sopesarle con la mirada mientras hablas con tu compañera, que a su vez también está sopesando con la mirada y buscando en su propia lista, con la tarea añadida de no reírse para no perder la compostura de azafata que se supone no debe perderse en un momento como ese.

Hay una nota en mi libreta acerca de cómo yo observaba mi nombre en la lista (la de la izquierda) mientras ellas intentaban encontrarlo y sobre cómo me contuve para no hacer bromas que pudiesen malinterpretarse -como suele pasar- mientras ellas mantenían un diálogo del tipo:

- ¿Es mío?

- No, es mío

- ¿Seguro?

-No, espera; deberías de tenerlo tú

- No lo veo en mi lista, es posible que sea tuyo.

- ¿Es tuyo o mío?

Esta parte donde se me rifaban será omitida en el relato, porque podría generar dobles sentidos y hacer que cualquier lector femenino (y digo lector femenino en lugar de lectora por incluir una posible molestia de bajo calibre que sustituya a la otra posible molestia de bajo calibre que omitiré, por aquello de que las almas sensibles tengan algo por lo que fruncir el ceño y porque, reconozcámoslo, soy un poco tocanarices.) se ofenda por mi sentido del humor y la cantidad de réplicas reprobables que se me ocurrían para cada uno de sus comentarios. Réplicas que no necesité apuntar, porque sigo acordándome a la perfección y que tienen mucho que ver con la cualidad de compartir, tan apreciada en algunos contextos y despreciada en otros, en especial en los que tienen relación directa, indirecta -o posible- con el sexo.

Además podría acusárseme de hacer parecer a las dos chicas, en el relato, floreros estúpidos que no saben ni buscar un nombre en una lista y eso, a decir verdad, es lo más alejado de mi mente en este momento, ya que las dos chicas, en realidad, me cayeron bastante simpáticas sin ninguna razón objetiva, por lo que omitiré también el detalle de que las dos eran rubias, para que ningún lector con mala idea y ligues frustrados a sus espaldas pueda cebarse con ellas recurriendo a los tópicos sobre la supuesta falta de materia gris que se les atribuye. (Por otra parte, a favor de las morenas, he de decir que la mayoría de rubias que durante al menos un segundo han conseguido cortarme la respiración �??nada que ver con su higiene personal- eran en realidad morenas teñidas. Que cada cual saque sus conclusiones, yo ya saqué las mías hace tiempo y, por ser diplomático, me quedé con las castañas, sin ánimo de ofender a las pelirrojas ni, por supuesto, a las calvas.)

En realidad, una vez establecido en la mente del lector este principio, con azafatas y demás, podría retorcer un poco la cosa y hacer que éste apareciese como un falso comienzo, ya que, en realidad, la primera anécdota destacable que aparece en las notas es el encuentro con un viejo conocido, que es, en sí mismo un gran personaje.

Francés, de unos cuarenta años, cantante, rockero hasta la médula, ojos azules, pelo corto y rubio, movimientos rápidos, al que llevaba tiempo sin ver y al que encontré, vestido de etiqueta y hablando en perfecto inglés, en la puerta de ese hotel con apellido de niña rica con debilidad por las grabaciones pornográficas caseras (en lugar de �??apellido de propietario de cadena de hoteles con una hija un poquito suelta�?�, así es la vida y unas cosas pesan más que otras, quiero decir que te pasas la vida construyendo un imperio y luego a tu hija le da por hacer un solo de flauta -bastante flojo- que termina siendo visionado por miles de personas y, voila, pasas a segundo plano y tus hoteles se convierten en los hoteles que llevan su apellido, en lugar del tuyo, aunque sea el mismo.)

Tras la sorpresa inicial, por parte de ambos, nos saludamos y me pregunta qué hago allí.

Le cuento que voy a una conferencia sobre sistemas de gestión de datos en tiempo real para la toma de decisiones en el mundo empresarial, en calidad de director creativo de una pequeña agencia de publicidad y para estudiar el software que se presentará, ya que nuestro cliente principal está interesado en él y me ha sugerido que me acerque a ver qué saco en claro.

Podría incluir en el relato la conversación que tuve con él, pero tampoco hace falta aburrir con detalles �??para eso ya tendremos un relato lleno de detalles aburridos- así que escribiré algo como:

Charlaron un rato y se pusieron al día de sus cosas.

Después el personaje entrará a la zona de conferencia, ya sabes, azafatas, Hola, buenos días simultáneo, paso atrás, ¿lo habéis dicho las dos a la vez? ¿Es tuyo o mío?, ¿Lo encuentras? Bromas omitidas, etc, etc. Todo ese rollo. De manera que, lo que estaba establecido como principio, resultará ser algo posterior y el encuentro con el amigo, tachán, el verdadero principio, aunque más adelante utilizaré como auténtico principio, haciendo perder ese estatus también al encuentro con el amigo francés que hablaba en inglés, el paseo de 15 minutos hasta el hotel, del que no tengo notas en las que apoyarme para respaldar que fue una sana manera de dirigirse hacia todas esas horas de estar sentado escuchando y tomando apuntes, por lo que el lector tendrá que confiar en mi palabra, sin más, reforzando el acuerdo tácito lector-narrador, que es lo único que quizá deje intacto en ese relato que estoy pensando escribir, pese a las continuas rupturas con lo ya establecido como verdadero que éste contendrá, en especial con respecto al/los principio/s.

Digo quizá no porque no esté seguro, sino para sembrar la duda. Estar a este lado tiene sus privilegios, igual que los tiene el estar en el lado del lector.

Hablando de lectores; hay que hacer algo para que los más avispadillos, que gustan de las funciones de Propp y del análisis estructural de los relatos, se sientan un poco desorientados al encontrar que su teoría sobre las dos azafatas como representantes del arquetipo de guardián del umbral, falla. Por eso no mencionaré que me dieron, y que por lo tanto darán al personaje, una tarjeta de identificación (que, en la particular manera de leer que tienen estos tipos, aparecería como el famoso �??don�?� o �??regalo�?� que permite que el héroe tenga cierta ayuda cuando acceda a un mundo distinto del ordinario, etc, etc. Se recomienda repasar toda la teoría del cuento y del camino del héroe mitológico para más información.) Así que, para fastidiarles un poco la fiesta, y el análisis, no diré nada de la tarjeta de acceso.

Y espero que tú tampoco.

Para dar algunos detalles triviales, podría incidir en lo bueno que estaba el café del hotel (haciendo una alusión indirecta a otro relato de extensión mediana donde el café tenía un cierto protagonismo, mandando así un guiño a los lectores que se leen incluso los relatos que exceden el folio y medio y que son capaces de reconocer alusiones a relatos anteriores, porque no sólo de pegarle puntapiés a los amantes de la estructura vive el hombre), o en cómo una persona trajeada tiró una tostada y cómo después, pensando que nadie se había dado cuenta, la sacudió, miró hacia todas partes fingiendo no mirar hacia ninguna (gesto curioso que me hace darme cuenta de mi torpeza como narrador, ya que soy incapaz de describirlo) y volvió a dejarla en el plato.

También hay pequeñas cosas en mis notas, pero son más personales, aunque entran en el contexto. Por ejemplo, hay una sobre cómo el sonido del agua cayendo dentro del vaso, una vez en la sala de conferencias, parecía atronador debido al silencio. Usándola ahorraré a los lectores con imaginación, y a los que hayan estado alguna vez en una conferencia donde la gente va a gastarse miles de euros comprando el software que se exhibe, explicar que había botellas de agua y vasos en nuestras mesas. (Y una bonita libreta a la que no pude evitar dar uso, como quedará patente cuando escriba el relato) (¡Y un bolígrafo!)

También hay una nota sobre la curiosa sensación que estoy seguro que todos los que osaron ponerse agua sintieron. Sensación que evidencia lo torpes que parecen los movimientos propios cuando tenemos un cierto número de gente (ciento setenta y nueve) observando, lo cual, por otra parte, tiene una explicación muy sencilla que tiene que ver con la autoconciencia y la forma en que la atención de los demás hacia nosotros nos devuelve nuestra propia atención, haciendo que los gestos cotidianos terminen tan retroalimentados que parecen pesados e incluso peligrosos, sobre todo si te encuentras a ti mismo sujetando una botella de cristal con una sola mano en una sala silenciosa donde todo el mundo hace como que no escucha el ruido que estás haciendo al llenar tu vaso.

Ese tipo de pequeños apuntes servirán a su vez para conectar con las cosas generales. Por ejemplo, el detalle concreto de la botella y el vaso es una excusa para situarnos en un contexto de gente, mesas con vasos , botellas de agua, libretas, silencio, etc, de manera que desde ahí resultará sencillo saltar a la primera conferencia, por seguir rompiendo el orden, ya que hablaremos de ella después de haber hablado de la segunda y de haber contado, al menos, dos falsos principios y sugerido uno verdadero (que bien podría venirse abajo como se me antoje presentar como genuino, auténtico y verdadero principio -de verdad de la buena- el momento en que sonó el despertador, pero de eso sí que no estoy seguro, así que lo dejo en el aire.)

Lo que sí tengo claro es que, el objeto de la conferencia, el software en sí, no ha de aparecer en el relato.

Para los informáticos, porque a uno lo lee toda clase de gente, insertaré un par de pistas sutiles acerca de la identidad del software. Por ejemplo, la primera vez que aparezca el tema de la conferencia éste se mencionará como perteneciente a los �??sistemas de gestión de la información para la toma de decisiones en el mundo empresarial�?� Sin embargo, más adelante, en la charla con el amigo Francés que habla en inglés, haré que aparezca como perteneciente a �??sistemas de gestión de datos en tiempo real para la toma de decisiones en el mundo empresarial�?�.

Cualquiera de esos lectores informáticos sabrá que existen diversos programas que realizan la función tal y cómo se ha presentado la primera vez, pero sólo uno de ellos funciona en tiempo real (eliminando el sistema de consulta, y posterior mostrado de datos, sustituyendo el modo organizado de ir rellenando los campos y hacer selecciones de forma ordenada por un sistema totalmente interactivo y abierto, ya que todos los datos se cargan en la RAM, por lo que, en base a nuestras elecciones, el programa muestra la información en ese mismo momento, además de no necesitar la típica infraestructura que estos programas suelen necesitar pese a poder funcionar con ella, lo cual reduce bastante el misterio acerca de la identidad del programa, haciendo que los mencionados lectores informáticos que estén al día sobre el mundillo del B.I tengan muy fácil averiguar de qué software se trata sin recurrir a cosas más mundanas como, por ejemplo, consultar qué empresas fabricantes de ese tipo de maravilla han realizado en el último mes conferencias y presentaciones de su versión 9 en los hoteles pertenecientes a la cadena del chupeteo videodifundido mencionado con muchísima antelación, por cierto, también entre paréntesis.)

Sobre los otros ponentes, tan sólo daré un dato curioso sobre qué es lo que hay subrayado acerca de uno de ellos -el último-, y que, casualidades de la vida, pertenecía a la empresa más grande de las que se habían dado cita allí para hablar de cómo este software les ayudaba día a día en la toma de sus magníficas decisiones.

Lo que hay subrayado, hasta casi romper la hoja, es:

Encantado de conocerse.

No me apetece extenderme (ironía, por supuesto. De hecho estoy que casco por los codos, como habrás podido comprobar si has llegado hasta aquí) pero con este simple dato cualquiera de los comentarios del susodicho ponente será leído con el tono correcto por cualquier lector, por poco puesto que esté en el tema de atribuir tonos de habla en base a descripciones tan crípticas pero representativas como �??Encantado de conocerse�?�.

Nos estuvo enseñando los planes de su empresa, que incluían el 2015, y nos explicó cómo el software les ayudaba en todos los departamentos, ya que sin importar qué tipo de aplicaciones tuviese por debajo para extraer datos, el cuadro de mando siempre era claro, conciso y fácil de interpretar, especialmente si tu trabajo es interpretar ese tipo de cosas.

No obstante, cuando esté relatando lo de este individuo autocomplacido me gustaría saltar hacia atrás en el tiempo, para ser concretos hasta al tercer ponente, ya que él hizo mucho hincapié en varios puntos en los que el quinto ponente (encantado de conocerse a sí mismo, etc) también incidió. El caso es que el tercero me resulta más simpático que el quinto, y a fin de cuentas el relato voy a escribirlo yo, así que realizaré ese salto y, de paso, haré otra caricia en los bajos a los lectores que adoran la linealidad por encima de todas las cosas, además de convertir en algo inútil el dato sobre que el ponente estaba encantado de conocerse a sí mismo, con toda la arrogancia y pedantería exacta que ese dato habría atribuido al tono de sus frases al ser leídas, por lo que conseguiremos el equivalente literario a preparar un pastel delicioso y no comérselo, lo cual lanzará un mensaje claro a los que sepan captarlo, mensaje que quizá aparezca en forma de línea simple para los que no terminen de pillar el asunto.

Hay que cocinar por el simple placer de hacerlo.

Como hay mucho lector que, en el fondo, sólo está interesado en cotillear o, simplemente, exige que las tramas contengan un interés romántico que cautive su atención, me veo tentado de utilizar una anotación sobre una ejecutiva que tenía pinta de dormir con los tacones puestos y que decidió que cruzar miradas conmigo era una buena manera de pasar el rato.

Podría mencionarla al principio del relato, otra a mitad, digamos en el almuerzo, donde ella parecerá encantada de que el personaje nunca baje la mirada y otra al final, en la salida de la conferencia, donde ella por fin se acercará y sus motivos serán revelados.

Sin embargo, como no me gusta ese tipo de recurso, ni que los escritores utilicen ganchos tan obvios, lo desmantelaré contándolo de forma lineal y diciendo que, en realidad, se trataba de la comercial de una de las empresas asociadas a los productores del software, que al verme solo por allí decidió que quizá sería un buen blanco al que entregar su tarjeta para intentar conseguir una venta, sin contar con que, en calidad de tipo que trabaja todos los días en el mundo de la publicidad, es complicado venderme nada.

Interés romántico destruido para cualquier lector que lo buscase, incluso para cualquiera que haya atravesado el texto en busca de él para después sonreír durante unos instantes al encontrarlo y ver, líneas después, cómo sus esperanzas se hacen añicos. Lo siento, pero esto no va de eso.

De hecho, en realidad, no va de nada.

Por eso los falsos principios, el desorden narrativo, el contar cosas sin contar nada parecido a un relato y, por supuesto, el final.

Es posible que te hayas preguntado en algún momento cómo demonios va a terminar esto.

Bien. Está claro que, de tener un final, éste tendrá que cerrar toda esa estructura tan desestructurada (!) que el relato poseerá si cumple todas las condiciones que hemos comentado, ya que dejarlo abierto sería demasiado fácil.

Así que, si termina, terminará de una forma sencilla que, de ser posible, conecte con el principio. Por ejemplo:

Al final, no llovió.

8 de Septiembre 2009

Del Montón

Supongamos un niño.

Se encuentra ubicado en un punto equidistante entre la puerta de salida del aula y la mesa del profesor, lo cual le hace ser consciente, de ese modo poco usual pero posible que en raras ocasiones se da en niños de ocho años, de que le cuesta exactamente lo mismo caminar hacia el recreo que ir a la mesa del profesor, pese a que los resultados de ambas cosas sean bastante distintos dentro del ámbito académico que nos ocupa y en especial justo antes del almuerzo.

El niño está pensando en la recién descubierta función de su pupitre en relación al resto de cosas. No tarda mucho en darse cuenta de que existen los suficientes pupitres en el aula como para situar el suyo imaginariamente en cualquier punto de cualquiera de las figuras geométricas que conoce. Es más, esboza una pequeña sonrisa que nadie salvo una niña rubia, con coletas adornadas con dos gomas azules a juego con el color de sus ojos (los de ambos, en realidad, ya que el niño también los tiene azules) parece percibir. El motivo de la sonrisa es que el niño ha trazado mentalmente 4 cruces consecutivas, colocando su pupitre cada una de las veces en un extremo distinto de estas.
Lo que más divierte al niño, de ahí su sonrisa, son básicamente dos cosas.

1) Que una vez trazada la cruz mental, y delimitados los pupitres que la componen, parece como si realmente hubiese una cruz en el aula de la que nadie más se hubiese dado cuenta. Y resulta curioso, para él, que ninguno de los niños que forman parte de los tres extremos restantes de cada una de las cruces se de cuenta de la función que tiene en ese momento. De hecho uno de ellos se hurga la nariz de un modo tan intenso que parece imposible que ninguna otra cosa en el mundo, salvo lo que tiene en la punta del dedo, pueda atraer su atención.

2) Que la niña está tan girada hacia él, tratando de discernir qué piensa, o vete a saber, porque las niñas son muy raras y unas veces te hacen caso y otras quieren que las dejes solas o lloran por algo que has dicho o hecho sin que seas consciente de haberlo dicho o hecho, lo cual, por supuesto, no es considerado en ningún momento a la hora de ir corriendo al adulto más cercano y señalarte mientras cuentan su versión de los hechos, versión que pocas veces suele coincidir con lo que realmente ha sucedido, o por lo menos con lo que tú creías que estaba sucediendo hasta que las escuchas contarlo de una forma distinta que tiene ciertos matices y connotaciones que a ti jamás se te habrían ocurrido. El caso es que la niña no se ha dado cuenta de que, desde ese ángulo, no importa en qué punto de qué figura geométrica imaginaria esté, ya que el pupitre de ella siempre está en el mismo sitio con respecto al área total de la clase, él puede ver con toda claridad que sus bragas tienen nubecitas azules, información que lo aturde de un modo un tanto peculiar y con la que, en realidad, no sabe muy bien qué hacer.

El niño sabe lo justo de Jesús. Era un tipo bueno que quería que la gente se llevara bien y lo mataron de una paliza. Hasta ahí llega su conocimiento. Está tratando de imaginarse cómo de gigante serían los Jesús que necesitaría para sus cruces, y también, por qué no, lo aplastados que quedarían varios de sus compañeros bajo su peso, cosa que sabe que no llevarían demasiado bien, ya que alguno de ellos sufre lo más parecido a un ataque de histeria que el niño ha visto cada vez que juegan a amontonarse en el patio unos encima de otros hasta que alguien empieza a llorar. Las chicas, sin embargo, nunca juegan a esas cosas y eso es algo que el niño no acaba de entender, aunque la explicación más racional que se le ocurre es que ellas no quieren que ellos vean de qué color son las nubecitas, flores, rayas y demás adornos de sus bragas, ya que en un juego así es difícil que la ropa se mantenga en el sitio.

Justo mientras ubica con la mayor precisión posible al tercer Jesús, y después de haber contado 4 nubecitas azules bastante visibles de las que la niña parece no ser consciente, la puerta del patio se abre y entra la Directora.

La Directora es la persona más anciana que el niño conoce, de hecho está convencido de que, si la gente no hubiese matado a Jesús, él tendría ahora, más o menos, la misma edad que ella.

A él le cae bien.

La Directora tiene unas amigas, también de la edad de Jesús, o de su madre, que a veces van a su casa. Charlan un rato con mamá y suelen traer libros para él. Le gustan los libros que le traen. No tienen casi dibujos pero son muy entretenidos. En el que está leyendo ahora un hombre hace una apuesta y tiene que dar la vuelta al mundo en ochenta días. En el que leyó la semana pasada un señor viajaba y le pasaba de todo, encontraba unos enanitos que lo ataban y cosas así. Eso ha conseguido que cada vez que mamá habla de hacer un viaje cuando llegue el verano él se inquiete un poco.

Me llevo un rato a Edu, dice la Directora.
La profesora asiente con la cabeza.
El niño se levanta y camina hacia la puerta, no sin antes echarle un último vistazo a los ojos azules de la niña, que siguen clavados en él. El resto de niños sigue a lo suyo. Uno de ellos tiene casi dos falanges completas dentro de la nariz.

Hola Edu.
Hola Seño.

Los dos caminan por el patio en dirección al aula que hay al otro extremo de éste sin decir demasiado. El patio es grande, porque varios cursos salen al recreo al mismo tiempo y si no lo fuese los niños tendrían que apilarse unos encima de otros para caber, cosa que terminan haciendo de todos modos, pese al espacio. El niño lleva las manos en los bolsillos y la profesora va mirando al frente, dejando a la vista un recogido que resulta fascinante, sobre todo si tienes ocho años.

Entran y toda la clase está en silencio.

No es que estén hablando y entonces se callen como suele pasar en la clase del niño cada vez que entra un profesor y los encuentra desubicados y poniéndolo todo patas arriba, sino que ya estaban callados antes de que ellos entrasen. Eso, sin saber por qué, le inquieta un poco, así que piensa en los ojos azules de la niña mientras la Directora le pide que, por favor, se siente en su sitio. El de ella; la mesa de la profesora.

Las mesas de los profesores tienen cajones, cajones que, por algún motivo que no alcanza a comprender, parecen pedir a gritos ser abiertos cuando estos no están, lo cual es motivo de muchas riñas y castigos siempre que los niños son pillados in fraganti en mitad de la intrusión en el misterioso mundo de la única mesa que está al revés que las demás.

La Directora ayuda al niño a sentarse. Todas las caras le miran. Son niños más mayores. Como tiene un poco de vergüenza les mira un momento y después baja la mirada hasta la mesa, donde hay un libro abierto. Repasa la cara de todos en la foto de su cabeza, los chicos, las chicas, los cuadros, la estantería llena de libros del fondo�?� ninguna de las chicas es tan guapa como su compañera.

¿Puedes leer, por favor?, le dice la Directora.

Mira el libro un momento y empieza a leer.

El texto no es demasiado divertido, de hecho no está muy claro qué cuenta. Tiene algunas palabras raras como tectónico, telúrico y algunas largas como desplazamiento. No es un relato, eso está claro, pero bueno, el niño sigue leyendo hasta que la directora le toca en el hombro.

Gracias, Edu, puedes volver a tu clase.

El niño apoya el pie en el tirador de uno de los cajones para bajar de la silla sin caerse, ya que no llega bien al suelo y, aunque seguro que a cualquiera que esté mirando le costaría concebir que alguien pudiese caerse desde esa altura, esa es una de las primeras cosas que el niño ha pensado al darse cuenta de que la Directora iba seguir allí, firme, mirando fijamente a sus alumnos, por lo que no iba a poder ayudarle a bajar de la silla.

El resto de niños le observa caminar. El niño no puede pensar en nada que no sea, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, te están mirando, pie izquierdo, pie derecho, ¿por qué no dejan de mirar?, pie derecho, pie izquierdo, ¿qué ha pasado exactamente?, pie izquierdo, pie derecho, ¿Qué quiere decir telúrico?. Y así hasta salir.

Está solo en el patio. Nunca había estado solo en el patio, salvo cuando va a al servicio, pero el servicio está más cerca de su aula que de esta otra, así que, para ser exactos, lo que siente es que nunca ha cruzado TODO el patio sin que hubiese otra persona en él, así que aprovecha para hacer zigzag en un ángulo bastante cerrado en lugar de seguir una línea recta, para aprovechar el paseo y poder contarse a sí mismo que ha recorrido TODO el patio sin que nadie pudiese ver cómo lo hacía. Justo entonces escucha a la Directora. Pese a estar ya a mitad camino. Pese a la puerta cerrada. Está gritando algo sobre vergüenza y niños pequeños que leen mejor que vosotros, deduciendo que el vosotros se refiere a ellos y entendiendo que lo de niños pequeños va por él, aunque la frase esté en plural y él sea sólo uno, lo cual, según le han enseñado, está mal dicho, claro que si la Directora lo dice de ese modo será por algún tipo de regla que todavía no conoce y que le hace pensar que ella se equivoca cuando, en realidad, es él quien está equivocado.

Vuelve a clase y, después de comprobar que las cuatro nubes siguen ahí, tiene tiempo de imaginar tres triángulos, un par de rectángulos y buscar en el pequeño diccionario, que le regaló una de las señoras que va a su casa, qué significa telúrico y tectónico. Luego sigue con lo de las figuras a base de puntos imaginarios situados en las mesas de sus compañeros. Cuando llega al círculo descubre que resulta más complejo de lo que parece a simple vista; de hecho los pupitres parecen estar colocados adrede para que ese ejercicio mental sea imposible.

En el recreo, justo después de terminarse su sándwich, la niña le mira y él se queda de pie mirándola también. Parado, con los brazos colgando de un modo estúpido y la cabeza un poco ladeada no puede hacer más que mirarla. Siempre se miran y casi nunca hablan. Quizá este sea el momento de hablarle, piensa él. Es entonces cuando uno de los niños de la clase de la Directora, habitante de la tercera fila, quinto pupitre a la derecha, según la foto mental que tomó antes de la lectura y que todavía conserva, le empuja, haciéndole caer.

Por la dirección de la que vienen los golpes y por la zona de su cuerpo en la que primero aumenta la presión, el niño deduce que la mayoría de chicos que están echándosele encima son de la clase de la Directora, aunque un brusco desplazamiento del peso hacia la izquierda le indica que alguien se ha lanzado a una velocidad considerable desde el extremo contrario, y esa es la zona donde sus compañeros están, así que alguien de su clase ha saltado sobre el montón humano, que además de la posible asfixia, le inquieta por el silencio con el que está ejecutando todo el asunto.

Lo normal es que los niños griten mientras se amontonan. Eso siempre suele alertar a algún profesor. Sin embargo, este amontonamiento con él en la base, está sucediendo en silencio y, justo mientras piensa que quizá nadie se de cuenta de lo que está pasando, un niño resbala de la zona media del montón, por culpa de los movimientos de los que están en la cima, intentando estabilizarse, y le golpea con la rodilla en la cara, haciéndola rebotar contra el suelo y llenándole la mejilla de calor instantáneo, sólo comparable a las bofetadas de mamá.

Debajo de prácticamente todo un curso, el niño consigue ver a la niña, que está de pie, con sus nubecitas y sus preciosos ojos azules abiertos como nunca los ha visto y una mano puesta en la boca, viendo como todo un curso salta sobre él en silencio. Bonita como casi ninguna otra cosa.

Y entonces, sin saber muy bien por qué, el niño decide que, pase lo que pase, no va a llorar cuando esto termine.

No mientras ella siga mirándole.

12 de Febrero 2009

Alpargata

Si me hiciesen un test de esos en los que te dicen una palabra y tienes que responder lo primero que piensas, seguramente alpargata daría uno de los resultados más raros.

Y es que, hace tiempo, tuve un alumno que venía a clase con alpargatas y bermudas. Que fuese noviembre no tenía demasiada importancia, cosas del estilo, pero el motivo por el que siempre que veo una alpargata me acuerdo de él es porque, pese a estar muy poco tiempo, dejó una marca bastante curiosa en mi historia como profesor, y por qué no decirlo, en la de la escuela de música.

La gente, pese a su buena predisposición, no suele estar cómoda en una primera clase de canto moderno; es normal, están ahí solos, con un tipo que no conocen y que parece no conocer el significado de la palabra vergüenza, además tienen que ponerse a hacer un montón de ruidos raros y cosas extrañas frente a un espejo mientras el tipo toca el piano sin dejar de observarlos y hacerles notar movimientos que ellos no han visto en su reflejo, pese a estar mirándose. Así que en la primera clase suelo explicar un poco la dinámica que vamos a seguir, algunos conceptos básicos sobre respiración, resonancia, trabajo con la vocalización, tensiones físicas, cómo lidiar con ellas, y todo eso. Lo básico, vamos.

En su primera clase, el amigo Alpargata, que era un chaval simpático, me estuvo contando que tenía un arsenal secreto de canciones que podían cambiar el mundo de la música, pero que tenía que aprender a cantar para poderlas ejecutar como Dios manda, lo cual me pareció estupendo, ya que mi trabajo consiste en hacer que mis alumnos sean lo más ellos mismos posible, musicalmente hablando, y en que la búsqueda de su propia voz vaya en paralelo con el aprendizaje técnico e interpretativo.

El único problema es que Alpargata tenía cierta reticencia a hacer los ejercicios, y en cuanto empezaba a hacer alguno, comenzaba otra vez a contarme lo de las canciones y demás.

No me gusta forzar a los alumnos cuando están tensos, así que, para que cogiese más confianza y pudiésemos ir trabajando, le pregunté si tocaba algún instrumento.

La guitarra, me dijo, toco la guitarra, bueno, me he apuntado también a clases de guitarra, clásica; creo que puedo cambiar la forma en la que la gente está tocando la guitarra, pero primero necesito aprender las bases.

Lo vi muy seguro de sí mismo e imaginé una vida de mucho trabajo para conseguir esa meta, pero bueno, si quieres 100 consigues 50 y si quieres 50 consigues 0, así que no hay nada malo en querer 100, aunque te quedes en el 15.

Lo distraído es caminar, no llegar a los sitios.

Intenté combinar lo mejor que pude la charla, porque me interesa lo que mis alumnos me cuentan, con los ejercicios de la primera clase, pensados sobre todo para romper un poco el hielo e ir mentalizándolos para el trabajo de la siguientes sesiones.

Cuando terminamos salí con él a la puerta de la escuela, me despedí y al volver a entrar me encontré con la profesora de guitarra clásica.

-¿Está también contigo, no?
-Sí, hoy era su primera clase.
-¿Y qué te parece?

Al decir esto giró un poco la cabeza, levantó la ceja y me miró sólo con un ojo. Yo conocía esa expresión. La había visto muchas veces cuando alguien contaba algo insólito (el mundo de la música tiene mucho espacio para anécdotas curiosas) así que supongo que a ella el alumno le parecía un poco especial.

-Bueno, no hemos podido trabajar mucho, es la primera clase-, dije-, se le ve con ganas, pero todavía es pronto para determinar si�?�
-¿Has visto las alpargatas?
-Sí
-¿Y las bermuditas?
-Sí
-¿Te ha dicho que va a aprender a tocar la guitarra clásica en dos meses?
-¿Dos meses?
-Sí, considera �??, dijo con sorna -, que no necesita más tiempo para aprender lo básico y ponerse a nivel de concertista. Y yo como una tonta perdiendo mi vida en el conservatorio. Vivir para ver.

Nos reímos y lo dejamos correr.

En su siguiente clase, la otra semana, Alpargata decidió que, por si no le reconocíamos, era imprescindible venir con el mismo atuendo. Se le veía más animado, incluso palmeó sus manos y dijo algo como �??vamos a ello�?� o �??empecemos�?�, en fin, algo por el estilo.

Y empezaron los problemas.

Veréis; si intentáis decir A con los dientes pegados y sin separar los labios el resultado�?� en fin, no hace falta que os lo explique, ¿verdad?

Vale, no abría la boca. Esto, aunque parezca absurdo, es muy común. La gente, cuando no utiliza correctamente el diafragma para apoyar las notas que canta tiende a tensar la mandíbula, lo cual les invita a no vocalizar, lo cual crea cierta retención que no es demasiado sana para la garganta, y el sonido, que no sabe muy bien qué hacer, termina huyendo hacia dentro, nasalizándose, o vete a saber qué otra catástrofe. Así que, ya que lo de vocalizar no estaba dentro de nuestras posibilidades todavía, nos pusimos a trabajar con la boca cerrada.

Los problemas seguían.

Si cuando estás cantando una eme puedes ver tus dientes en el espejo, simplemente, no estás cantando una eme.

Si cuando por fin consigues cerrar la boca para que la eme esté en su sitio empiezas a tirar aire, o lo que tengas, por la nariz como un descosido, tampoco vamos bien.

Al final me decidí por despejar todo lo posible las tensiones de la zona de la mandíbula y el cuello para poder trabajar con alguna vocal, apoyándola con alguna consonante explosiva, como una P o una B, porque la capacidad de Alpargata para cambiar la M por la N y viceversa no nos iba a ayudar mucho con el tema de la resonancia. La U no servía porque al ser demasiado cerrada se la tragaba, y temí que, de tanto cantar hacia dentro, terminase cantando por el agujero equivocado, lo cual llamaría todavía más la atención sobre sus bermudas, que yo, por supuesto, ignoré durante toda la clase (sí, tenían flores) con la O proyectaba la mandíbula demasiado hacia delante y tuve miedo de que, si cerraba la boca de golpe, se mordiese la nariz. La sonrisa necesaria para la I parecía tener su propia modalidad de Parkinson y eso modulaba el sonido de una forma bastante inestable. La A había demostrado ser una quimera y la E era algo así como �??y ahora verás como mi cara se pela hacia atrás y mi cráneo emerge de la boca�?� así que si algo estaba claro era que, primero, había que cargarse las tensiones de esa zona.

Nos pusimos a ello y, tras 50 minutos, conseguimos una A limpia, bien colocada, sin tensión, sin aire en los bordes, y con una afinación en la zona media bastante aceptable.

Es muy complicado explicar qué se siente cuando un alumno tuyo consigue algo, y en este caso habíamos trabajado bastante duro durante esos 50 minutos, salvando un obstáculo detrás de otro, viendo qué problemas surgían y buscando la manera de solucionarlos, llevándonos hacia ese sonido que, durante 3 segundos, pudimos disfrutar.

Como estaba contento lo felicité. Me gusta que les salgan bien las cosas y, sobre todo, me gusta ayudarles a que eso sea así. Para mí ese es mi trabajo.

Lo que me dejó en el sitio fue su respuesta. Sin dejar de mirarse en el espejo, levantó una ceja, sonrió mientras entornaba los ojos y, balanceándose un poquito como cuando alguien cuenta que acaba de comprarse un Ferrari, dijo:

-Hombre, es que el que tiene voz, tiene voz...

Y se quedó tan pancho.

A veces coincide que un alumno tuyo no viene y sales fuera a tomar un café y te encuentras con otro profesor al que tampoco le viene el alumno, entonces os sentáis, charláis y contáis anécdotas. Alpargata siempre suele aparecer en la conversación. Quizá he tenido mucha suerte, porque todos mis alumnos han sido y son gente maja, gente que valora el trabajo que se hace en el aula.

Sin embargo ahí estaba aquel tipo, con sus alpargatas, sus bermudas (con flores) y su sonrisa de satisfacción, como si no le hubiese costado 50 minutos dar una sola nota en el sitio. Como si yo no me hubiese roto los cuernos para que el chaval no se fuese a casa frustrado por no haber dado pie con bola.

El tipo que iba a cambiar el mundo de la música con sus canciones y aprender a tocar la guitarra clásica, a nivel concertista, en dos meses.

Impresionante.

Cuando acabamos le acompañé a la puerta y me volví a cruzar con su profesora de guitarra, porque él daba clase el mismo día con los dos; primero con ella y luego conmigo, y ella siempre salía a tomar el aire después de cada clase.

Yo me quedé mirando cómo las alpargatas se alejaban, clap, clap, mientras ella me hablaba.

-¿Cómo ha ido hoy?, preguntó
-Bueno-, dije-, ha cantado una sola nota. El principio estaba desafinado y el final también, pero es normal porque todavía no sabe colocar las notas antes de cantarlas ni sujetar bien los finales. Lo del medio estaba bien, va a tener problemas con la dinámica pero bueno, eso lo solucionaremos después, primero tengo que conseguir que abra la boca.
-Ya

Hubo un silencio.

Entonces le conté lo que había ocurrido, el momentazo �??el que tiene voz, tiene voz�?� y todo eso.
-Eso no es nada-, dijo riendo-, ¿sabes qué me ha dicho a mí?
-¿Qué?
-Le estaba intentando enseñar a coger la guitarra y el pobre se estaba haciendo la picha un lío, porque, entre otras cosas, coloca mal la muñeca, así que cuando le he corregido cuatro o cinco veces se ha quedado muy serio y me ha dicho: mira, yo no sé mucho de guitarra, pero esta forma de cogerla es un poco rara, ¿estás segura de que se coge así?

Estuvimos riéndonos un buen rato.

La semana siguiente Alpargata llamó. Estaba en mitad de la carretera con la rueda de su moto pinchada (no puedo evitar imaginármelo con las bermudas y las alpargatas, brum, brum) y dijo que no iba a poder venir.

Ya no volvimos a verle nunca más, pero nos dejó un par de clases de las que hablar mientras tomamos café y una lección bastante divertida sobre cuánta paciencia podemos llegar a tener y sobre lo poco que algunas personas van a valorarlo.

Y es que, el que tiene voz, tiene voz.

28 de Enero 2009

Así funciona la trampa

Fue hace unos cuantos años y casi no lo sintió llegar.
Cuando abrió los ojos aquello saltó sobre él, cortándole la
respiración. Drenándole la vida en medio de toda aquella oscuridad.

Cuando sólo le quedaban fuerzas para escuchar, eso habló.

Escúchame, mago. En los días que vienen todos irán olvidando.
Olvidarán su papel en la guerra invisible e incluso la misma guerra.
La cambiarán por cosas cotidianas que serán puestas ante ellos para
ocuparlos, apartándolos de su verdadera función.

Te quedarás solo.

El mejor traidor es aquel que grita que ha sido traicionado.
Y eso es justo lo que va a pasarte.

Vas a ser el único mago que quede en pie. Recogerás los dones que has
otorgado, y lo harás desde la distancia, para no caer también en la
trampa que va a privarte de tus compañeros.

No vas a aclarar todas las confusiones que van a sucederse, una detrás
de otra, porque eso te apartaría de tu verdadero cometido, y, como
sabes cual es tu lugar, vas a hacer el máximo sacrificio y dejarás que
todo esto ocurra, porque es tu deber.

Aire, un poco de aire, tan sólo un poco�?�

El precio, mago, será verlos desde lejos, hundidos en la trampa que
los apartará de la victoria por la que están luchando sin saberlo; en
esa guerra en la que tú los diriges entre risas, entre lo bueno y lo
malo, protegiéndolos siempre de la locura que en realidad afrontan;
esa de la que nunca les has hablado.

Tú, mago, te quedarás solo.

Ellos tendrán cada vez más cosas en el espejismo y eso les hará
imposible volver a la guerra invisible. En sus cabezas será un algo
borroso e impreciso, un error, algo que nunca sucedió.

Así funciona la trampa, y uno de los tuyos arrojará al resto.

Tú, que has aprendido a poner tus cosas entre ambas partes, que sabes
dar sentido al espejismo para traerlo a la guerra, que sabes como
llevar ésta al espejismo en las pequeñas cosas que casi no se ven, tú,
que no deberías de existir, no caerás en la trampa y vivirás para
verlos caer a todos en ella.

Ellos, sin embargo, no podrán recordar la sensación de los dones, la
época de lo verdadero, en el campo de batalla invisible, donde has
hecho que cada palabra, cada gesto y cada lágrima sea un arma lanzada
contra este invasor que va a terminar venciéndoles desde dentro. Por
eso estoy aquí, contándote esto. Porque tu pequeña rebelión ha
terminado y ahora las normas las ponemos nosotros, como siempre debió
ser.

Vas a luchar solo, mago, arderás con todos los dones que ahora
mantienes repartidos; permanecerán en tu interior, haciéndote más
peligroso que ninguno de ellos y, al mismo tiempo, quemándote. Esa es
tu condena, mago; vamos a hacerte tan fuerte como lo somos nosotros,
pero, para equilibrar la balanza, vas a luchar solo.

Como enemigo, lo mínimo, es avisarte.

Dijo todo eso y se fue, como una pesadilla en mitad de la noche.

Fue hace unos cuantos años y casi no lo sintió llegar.
Y, aun así, todo se cumplió.

Hoy los observa; fuera del campo de ilusión en que están sumergidos,
invisible a sus ojos. Consciente de que sólo pueden ver los recuerdos
e interpretaciones que aquello puso en sus cabezas. Aunque lo tuviesen
delante, no podrían verlo.

Así funciona la trampa.
Y es ineludible.

Podríais haber cambiado todo, dice, podríais haber cambiado la forma
en que son todas las cosas y ni siquiera podéis recordarlo.

Porque unos nacen en la guerra, y caminan el espejismo, buscando
aliados, y otros nacen en el espejismo, vislumbran la guerra y deciden
olvidarla. A ella y a todo el que nace y vive en ella.

Como si en realidad hubiese otra cosa.
Como si no fuesen bajas de una batalla que ya no pueden recordar.
Como si él no lamentase su pérdida, todos y cada uno de los pequeños
momentos de tregua que nunca jamás duran una vida.

Así funciona la trampa.
Así es la guerra invisible.

¿No lo recuerdas?

5 de Octubre 2008

Café

Hay que tomárselo con calma.

Parece una serpiente de metal, muy húmeda y fría. Dorada. Es como una
cobra hasta que llegas a la parte de arriba; entonces parece más un
insecto gigante de trompa larga, con la cabeza coronada por un
ridículo gorro papal.

En realidad es un dispensador de cerveza, pero cuando miras algo mucho
rato pasan estas cosas. Al menos a mí.

Siempre he pensado en las estaciones de tren como puntos de paso, un
sitio entre sitios. Me pasa también en el metro, en los aeropuertos y
en los aviones. En barco, no sé por qué, no. En autobús tampoco.

El caso es que una cafetería en una estación es como un punto de paso
dentro de un punto de paso.

Lo cual no deja de tener su gracia, si sabes pillarla.

Las estaciones son como un microcosmos. Toda esa gente yendo y
viniendo, las esperas, las caras cansadas y todo eso. Aunque las caras
que más me llaman la atención no son las de cansancio, sino las de
pausa; algunas personas aprovechan para ser otra cosa mientras van de
un sitio a otro. O, más que ser otra cosa, dejar de ser ellos un rato.
No sé si lo hacen de forma consciente, pero me gusta mirarles. Es como
si la vida se hubiese parado, clic, y fuese a continuar cuando bajen
de su tren, en cualquier otra parte, donde les espera un negocio, o su
casa, o un amante. Cualquier cosa que les haga poner otra vez el Play.

Pienso en todas esas cosas mientras me tomo un café, que por cierto,
está muy bueno. Demasiado, incluso. Es raro encontrar un café tan
bueno. No me lo esperaba, la verdad, pero tampoco voy a quejarme.
Además, si mis sospechas son ciertas, voy a pasar aquí mucho tiempo.

De hecho creo que siempre he estado aquí.

Verás, llevo un rato observándolo todo. Ahí fuera hay unas personas
que, más que personas, parecen pequeñas cabezas en ventanillas,
dándote el billete y todo eso, ya sabes. Tendrán sus propios problemas
y sus propias historias, claro, pero parecen sólo eso; cabezas y manos
en ventanillas expendedoras. Extras en una película, sin papel ni
trasfondo ni nada de nada. Y luego están las azafatas, yendo arriba y
abajo, y los guardias de seguridad haciendo lo mismo, pero más
despacio; como si se moviesen en un tiempo distinto, y la gente
mirando el letrero y bostezando y haciendo como si no estuviesen aquí.

Y entonces lo he visto claro.

No me preguntes por qué; es una de esas cosas que no puedes explicar.
Como cuando sabes que alguien va a romperte el corazón y termina
ocurriendo, pese a que no puedas señalar nada concreto que lo indique
y decir, ahí lo tienes, esa es la prueba.
Te lo dije.

Es un poco como lo de esa historia que me vino a la cabeza hace un rato, ¿sabes?
Un hombre y una mujer se adentraron en un bosque.

La mujer tenía fama de haber asesinado a sus antiguos amantes, y el
hombre que paseaba con ella lo sabía. Estaban justamente hablando de
eso. �?l le decía que había notado ciertos impulsos homicidas por parte
de ella, impulsos que por supuesto ella negaba. Antes de que ella se
enfadase él le dijo, con mucha calma, dada la situación, que no tenía
por qué pasar nada malo, es decir: si ella sentía el ansia que había
podido con ella las otras veces, sólo tenía que decírselo y él se
quitaría de en medio; así ella no mataba a nadie más.

Bueno, había dicho ella, en realidad no lo haces por mí, lo haces por
ti, quiero decir que tú no quieres que te mate para no estar muerto,
no para que yo no asesine a nadie. �?l había contestado a aquello
explicándole que él no moriría aunque ella le matase, que lo que
quería evitar era el acto de ella, el asesinato en sí, no la muerte,
ya que un asesinato más podría precipitarla a un abismo del que luego
no podría salir, y muchas otras cosas.

Al final, en un momento de la historia, mientras ella explica que a él
no quiere matarlo, porque es distinto a todos los demás y porque jamás
podría hacerle daño, llama su atención sobre algo en la rama de un
árbol, justo detrás. �?l se gira para verlo y ella lo apuñala con furia
una y otra vez.

La parte que siempre me ha llamado la atención es esa en la que ella
huye del bosque, gritando y maldiciéndole por haberla obligado a
matar. (!)

La historia dice que, cuando el cuerpo de la víctima quedó a solas,
comenzó a moverse, despacio, y se puso en pie. Se miró las manos,
llenas de sangre y tierra, y se quitó la camisa, también
ensangrentada. La usó para limpiarse, -o restregarse la sangre-,
mientras caminaba hacia un lago cercano, donde se dio un buen baño y
salió, por supuesto, sin una sola herida.

Mirando el lago recordó una leyenda sobre alguien, a veces mujer, a
veces hombre, dependía de quién la contase, que actuaba de forma
parecida. Prometía a sus amantes ir a darse un buen baño con ellos y
estos, confiados, iban adentrándose más y más, hasta llegar a un punto
en que quedaban atrapados en un lodazal bastante peligroso y, en
aquellos tiempos, no señalizado.

Ella miraba como se ahogaban y se marchaba sin mirar atrás, ni una sola vez.

Lo que siempre había inquietado al hombre de la historia no era el
hecho de que ella pudiese hacer eso, sino el hecho de que no mirase
atrás ni una sola vez. Igual que la mujer que lo había asesinado, o
bueno, al menos lo había intentado, hacía unas horas. Aún sabiendo
que, como él le dijo, no moriría y que ella se precipitaría, como
también le avisó, en un abismo del que luego no podría salir,
etcétera. Así que el hombre de la historia pensó en todo eso mientras
atravesaba el bosque y, cuando llegó al sendero donde ella lo había
apuñalado, echó una larga mirada a su propia sangre en el suelo.
Después miró al horizonte, por el que ella había desaparecido, y dijo
algo seco y resignado, en plan "no puedo hacer nada por ti" o, "estás
perdida", o "intenté avisarte", o cualquier otra frase de esas que
resuenan al final de una historia un poco extraña, de las que te dejan
pensando qué demonios pasará después o, más importante todavía, por
qué el tipo no se murió (O por qué quería ayudar a una tía con tan
malas pulgas, la verdad.)

Así que nada, como dije antes, llevo un rato pensando en esa historia,
y en esta estación y en la historia dentro de la historia, que en
realidad es la misma aunque con menos añadidos, y entonces lo he visto
claro.

No existo.

Delante de mí hay una familia, dos chavales y su madre. Están
intercambiando números, nombres; apuntan cosas. Estoy seguro de que se
trata de un viaje sin importancia pero aun así la madre intenta
tenerlo todo bien atado. No sé por qué, pero imagino un padre ausente.
A fin de cuentas, ¿no lo son todos?

También hay una pequeña mujer en una silla de ruedas, vendiendo
cupones. Se parece a otras mujeres de ese tamaño, en silla de ruedas.
¿Te has fijado como algunas personas con enfermedades mentales se
parecen entre sí? Con sus lenguas gordas, sus miradas entre perdidas y
fijas, sus labios húmedos, y esa clase de ojos que no se deciden a ser
rasgados del todo. Esta mujer tiene una cara que ya he visto. Su
enfermedad no es mental, es física, pero es igual y, a la vez
diferente, a otras personas que recuerdo con ese tipo de enfermedad,
si es que recordar es la palabra.

El problema de las palabras es que, aunque significan algo, no todo el
mundo entiende lo mismo. Así que, por ejemplo, cuando yo digo que el
café está bueno, es posible que tu criterio de bueno, no coincida con
el mío, o con el de las otras personas que ahora mismo, o en otro
momento, estén dando forma a mi mundo, leyéndolo (tal y como
sospecho). Quizá a ti te guste amargo y a mí dulce, e incluso aunque a
los dos nos guste de la misma manera es posible que tengamos criterios
distintos sobre qué es dulce y amargo, así que, como imagino que
comprendes, uno de los principales problemas que tengo para existir es
la falta de concreción y eso, a decir verdad, me angustia un poco.

Porque si alguien entendiese el significado, el mensaje completo, si
el código que se despliega en el cerebro de un supuesto lector fuese
el mismo, exacto, que hubo en el del supuesto autor, quizá entonces,
sólo entonces, yo dejaría de existir en un bucle de lo que seguramente
es una realidad intentando definirse a sí misma a través de la mirada
de otros.
Como todos esos que intentan definirse a sí mismos sin que sean los
demás los que determinen cómo son, e invierten un montón de esfuerzo
en que todo el mundo reconozca que no buscan, ni necesitan, de ninguna
manera, reconocimiento. Una auténtica putada existencial, créeme.

Y luego está el problema de los recuerdos, claro.

Recuerdo, por ejemplo, estar aquí escuchando todos los sonidos de la
cafetería, hace sólo unos minutos. Alguien limpiando cucharillas, el
ruido de la máquina de café, el sonido de una bolsa al abrirse, los
hielos cayendo en la cubitera, la megafonía de la estación.

Seguro que tú también recuerdas un montón de cosas, pero, ¿cómo sabes
que son reales? Quiero decir, que yo recuerdo haber vivido un montón
de cosas a parte de estar aquí sentado tomándome un café, pero claro,
si lo pienso en frío todo eso son cosas en mi cabeza, lo único real es
que estoy aquí y ahora.

Imaginemos que yo fuese un personaje de ficción que está tomándose un
café en un sitio como este, y que de pronto me hubiese puesto a
observar ciertas pautas y llegado a la conclusión de que no soy real,
de que alguien me está escribiendo y, al mismo tiempo (o mejor dicho,
después) alguien me está leyendo.

Si estuviese escrito en primera persona tendría recuerdos, por ejemplo
besos en un parque o charlas con amigos o el desayuno de ayer, y los
tengo, claro que sí, aunque estoy seguro de que tú también los tienes
y, sin embargo, al igual que yo, si te ciñes sólo a lo que está
sucediendo, estás aquí, leyendo esto, y todo lo demás está sólo en tu
cabeza, lo cual deja la posibilidad abierta de que alguien lo haya
puesto ahí para darte algo de trasfondo. Es decir, que en realidad,
obviando los recuerdos que tanto tú como yo estamos seguros de tener,
tu historia serías tú leyendo la mía, igual que, en el cuento del
bosque que te conté, la víctima recordaba una historia parecida a la
que estaba viviendo, de manera que tendríamos un cuento dentro de otro
(aunque en ese caso concreto, son casi el mismo.)

El motivo de pensar en todo esto es que, cuando venía hacia aquí vi
una mujer mayor que llevaba unas muñecas rusas en la mano. Bueno, en
realidad llevaba sólo una, pero ya sabes; las demás van dentro.

Si lo pienso con calma veo que en esta historia, en mi historia, las
muñecas rusas están insinuadas varias veces de forma abierta. Una en
el cuento dentro del cuento de la mujer y el hombre en el bosque, otra
en la posibilidad de que tú tampoco seas real y simplemente seas la
muñeca grande que contiene el resto de muñecas (incluyéndome a mí) y
otra en el recuerdo de haber visto unas muñecas rusas cuando venía
hacia aquí. Incluso hay otras insinuaciones más sutiles como la frase:
"El caso es que una cafetería en una estación es como un punto de paso
dentro de un punto de paso."

Coincidencias de esas que te hacen sospechar que pasa algo, ya sabes.

Es como cuando, por ejemplo, vas a ver a alguien que suele romperte
los nervios, y además tienes que discutir de algo importante y de
camino a su casa ves un cartel que dice "Tranquilo" y te quedas de
pie, mirándolo y piensas que el cartel te habla a ti. Aunque en
realidad dice algo como: "Tranquilo. Ahora puedes pagar el seguro de
tu coche en cómodos plazos y blablabla", pero, durante un segundo, el
tranquilo era para ti. Y lo sabes. O como cuando piensas que llevas
mucho tiempo sin ver a alguien y te lo encuentras, o como cuando
hablas de una película que te gusta mucho y descubres que al día
siguiente la hacen en la tele. Podríamos poner mil ejemplos, pero
imagino que ya sabes por dónde voy.

Suena como un relato, ¿verdad?
"Estaba pensando en él cuando el teléfono sonó", o alguna frase de ese estilo.
Si te soy sincero, ese tipo de cosas son las que me hacen sospechar,
aunque hay otras, claro
Por ejemplo:

Todo lo que te he contado sobre las muñecas rusas hace un momento.
El hecho de que las personas a mi alrededor, salvo quizá la mujer de
la silla de ruedas y la madre con sus hijos, parezcan decorado sin
más, igual que las azafatas y los guardias de seguridad. También creo
que hay alguna pista para que me de cuenta de que todo esto es una
ficción, por ejemplo la frase: "y la gente mirando el letrero y
bostezando y haciendo como si no estuviesen aquí" y todo ese rollo del
microcosmos, y eso que dije antes, casi al principio: "De hecho creo
que siempre he estado aquí". Y es posible que mi simpatía hacia esa
gente que está en pausa, siendo otra cosa o, como dije antes, más que
siendo otra cosa, dejando de ser ellos un rato, sea también algo
significativo, una especie de guiño. Incluso, si me apuras, puedo
encontrar alguna frase tranquilizadora del autor, o la autora, hacia
ti y hacia mí, como por ejemplo: "Hay que tomárselo con calma", que si
lo piensas bien, fue lo primero de todo.

En fin, un asco.

Al final creo que todo se reduce a esto; si estuvieses aquí, porque
imagino que esto será un lugar real, o al menos estará sacado de uno,
no podrías verme. Tan sólo imaginarme. Aunque, si lo piensas bien,
esto no es tan distinto del mundo que conoces, quiero decir que ves un
montón de personas y un montón de cosas pero, en realidad, lo único
que ves es a ti pensando sobre todo ello, como yo llevo haciendo un
buen rato (de hecho el único rato que tengo, porque esto es mi Big
Bang y mi Apocalipsis, no sé si me entiendes) y todo eso provoca un
montón de problemas y cosas que no tienen cabida aquí, más que nada
porque, de estar yo en lo cierto, esto sólo va de un tío que no existe
tomándose un café.

Por suerte, como dije antes, el café está buenísimo, y eso está muy
bien, ya que si tienes que pasarte toda la eternidad bebiendo café en
cabezas que no son la tuya, consuela bastante que ese café esté
delicioso, quizá por eso se insistió tanto al principio en que estaba
cojonudo; para que quedase bien claro y no tuviese que estar bebiendo
aguachirri toda la eternidad.

Un gesto amable por parte de quien haya escrito esto, la verdad.

De hecho estoy seguro de que tendrás más recuerdos de haber leído
sobre gente tomando café, seguramente relatos del mismo autor o autora
que ha escrito esto, y eso, colega, forma parte del rollo ese de las
muñecas rusas, lo cual indica que, sea quién sea el que nos está
escribiendo, se lo pasa en grande, de hecho me la juego a que si
buscas bien también encontrarás algo sobre trenes y sobre gente que
sabe que va a ser traicionada y aún así no da un paso atrás, y sobre
personas que observan a su alrededor, claro que eso tampoco es tan
difícil de encontrar, total, todos lo hacemos. Hasta yo, y eso que no
existo.

Así que bueno, ¿qué quieres que te diga?, estoy casi convencido de que
sólo soy una forma de pasar el rato para alguien con tiempo para
escribir sobre gente que no existe, al menos no de la forma en la que
todo el mundo suele existir.

Claro que yo, al menos, soy consciente de ello.
"Lo cual no deja de tener su gracia, si sabes pillarla."

16 de Agosto 2008

Ellos no

Mi padre solía llamarme chato, lo cual demuestra que era un mentiroso.

Da un buen sorbo a su copa y enciende un cigarro.

No es que puedas compararme con un loro, dice, ni mucho menos, pero tengo una buena nariz.
Una de las grandes.

Asiento en silencio y sonreímos.

En realidad, dice, me llamaba chato para no equivocarse de nombre.
Con mi madre, y con su mujer, hacía lo mismo.

Se le escapa una risilla irónica y no digo nada mientras da una calada y tira el humo por la nariz.

No es que fuese mal tipo, dice, es que parte de su vida era mentira y eso le obligaba a seguir mintiendo.

Por lo menos nosotros, mi madre y yo, sabíamos la verdad.

Arqueo las cejas y asiento, pensando que, en esa situación, a mí también me gustaría saber la verdad. Entonces él se inclina hacia delante, sonriendo de medio lado antes de seguir hablando.

Imagina ser el secreto de un hombre al que todos respetan, dice.
Imagina no poder llamarle papá en los sitios públicos.
Imagina tenerle a ratos, con la sensación de que, pese a ser tu padre, nunca lo será del todo.

Y la decepción.
La jodida decepción cuando conoces a esos que, según parece, valen más que tú.
Tus hermanos.

La vergüenza silenciosa que sientes cuando la gente bromea sobre el chaval que nació el mismo día que tú, sobre cómo es capaz de esnifarse todo lo que le pongan delante.
La vergüenza que sientes al saber que tu hermano mayor es una sombra que se arrastra por ahí. Que a tu hermana le importas un huevo de pato, o menos.

Toda la vergüenza que te has esforzado en no dar tú, la descubres en ellos y la decepción es inmensa.
Enorme.
Monumental.

Y sigues viendo a tu padre depositar su confianza en ellos y te callas, ni siquiera sientes rabia, ¿sabes?, tan sólo te callas, por respeto, por no derribar el castillo de naipes que le da oxígeno.

Por pena.
Esa es la verdad más triste; que sientes pena por él.

Sobre todo cuando su vida termina y te sientas delante del chico que nació el mismo día que tú. Y le enseñas las fotos, tu padre y tu madre.

Dos hijos del mismo hombre mirándose a los ojos en un banco, a mediodía.

Hablas, y eres todo lo sincero que puedes y él te escucha y, para tu sorpresa, te da la razón.
Te cuenta que se imaginaba algo así, que no se fiaba de su padre en ese aspecto.
De mi padre.

Por un momento, dice, crees que pasará algo, pero pasar, lo que se dice pasar, sólo pasan los días, y se cierran en banda, y te niegan, y, sin darse cuenta, se niegan a ellos mismos.

Hace una pausa y apura su copa de un trago que le obliga a fruncir el ceño.

No saben lo que papá esperaba de ellos, dice, ni yo se lo digo, por lo mismo que me callé la otra vez.
Por pena.
Esa es la verdad más triste; que siento pena por ellos.

Y con eso vivo, dice, con saber que ahí fuera hay gente que hace como que no existo.
Una mujer que siempre supo que yo era hijo de su marido y miró hacia otra parte para no tener que hacer nada al respecto, para no perder su cómoda posición. Un chaval que nació el mismo día que yo, que sabe quién soy, que sabe que digo la verdad y que se ha escondido para no volver a mirarme a los ojos. Una hermana que pensó que por decir �??No creo que mi padre fuese el tuyo�?� iba a cambiar la forma en la que gira el mundo. Un hermano mayor del que siempre escuché hablar y por el que siento una lástima enorme.

Hace una pausa para encender otro cigarrillo mientras yo apunto algunas cosas en mi libreta.

Pensando en todo esto, dice, me doy cuenta de que sé mucho más de ellos que ellos de mí, más que nada porque mi padre sí hablaba de ellos en casa.

Ahí está la diferencia, dice.
A fin de cuentas, mi vida no era mentira; yo sabía lo que había.
Ellos no.

Normal que no se esfuercen demasiado en conocerme, ¿verdad?

Me quedo mirándole sin saber que decir, cierro la libreta, le doy las gracias por contarme su historia y me marcho a casa, pensando en todo lo que me ha dicho.

Si yo fuera ellos, sus hermanos, sí querría conocerle; querría saber quién es y, sobre todo, cómo era mi padre en su casa.

Porque parece que ese era el único lugar donde aquel hombre no mentía.

28 de Junio 2008

Cerveza Negra

Esos dos gilipollas siguen discutiendo mientras intento concentrarme en el libro.

Vale, acepto que la barra de un pub no es el mejor sitio para leer, pero oye; tener cosas que ignorar ayuda a concentrarse.

Y si algo tienes en un pub son cosas que ignorar.
Cosas que ignorar e ignorantes como los dos mamones que llevan un rato discutiendo con el camarero sobre la forma correcta de servir cerveza negra.

El que está en minoría, además de ser el camarero, tiene razón. Los otros dos no reconocerían una cerveza negra bien tirada ni ahogándose en ella, pero yo estoy demasiado concentrado en el discurso megalomaníaco que se está marcando el doctor Benway en el libro como para decirlo en voz alta.

Mi colega, sin embargo, ha dejado su libro y está pendiente de la disputa. Le gusta la cerveza más que a mí así que supongo que será algo personal.

Al final deciden tirar dos pintas. Una usando el método que defiende el camarero y otra usando el método que defienden los dos mongos que me están dando la tarde. A ver cuál les queda mejor, a las criaturitas.

Menuda mierda, pienso, Salomón se avergonzaría de lo poco espectacular que se ha vuelto nuestra forma de resolver disputas. Estas cosas sin bebés por medio no son lo mismo.

Avanzo unas cuantas páginas y descubro que una de las cervezas ya está servida sobre el mostrador. Demasiado rápido, pienso. El camarero, sin embargo, se toma su tiempo. Al final pone su pinta al lado de la otra.

Los dos tipos las miran.
El camarero las mira.
Mi colega las mira.
Hasta yo las miro, joder.

-¿Veis?-, dice el camarero.
-¿Ver el qué?
-¿Cómo que el qué?, ¿no veis que está mejor tirada? Fijaos en el corte del blanco y el negro, en la espuma, en que no se ve turbio.

El más necio del dúo dinámico acerca la cara, arquea las cejas y dice que él las ve igual.

Hasta aquí hemos llegado, colega.

-¿Cómo cojones vas a verlas igual?-, digo subiéndome a la silla para coger perspectiva-, ¿No ves que la del camarero parece el culo de un bebe y la tuya tiene más cráteres que la puta luna?

Están desconcertados.
Suele pasar cuando un tipo silencioso se sube a una silla y empieza a gritarte.

-Hombre-, dice-, no sé�?� seguro que las dos están igual de buenas.

-Claro, y si te metemos en un cuarto oscuro y te la chupan, sea una chica, un perro, un vendedor de cupones o un puto celador de hospital, te dará gustito, por mucho que me jures que no eres gay o que no te van los perros. Porque claro, siguiendo tu lógica una lengua es una lengua, igual que una cerveza es una cerveza, así que, ¿Qué más da?

Los dos tipos me miran, se miran entre ellos y me vuelven a mirar.

-La movida-, sigo-, va de cual está mejor tirada, no de cual sabe mejor, entre otras cosas porque son del mismo jodido barril, ¿a qué coño viene eso de que seguro que están igual de buenas? Admite que no tienes razón, que la suya está mejor tirada y déjame terminar el puto libro, hostia ya, qué gente hay en el mundo.

Se miran entre ellos y miran al camarero que mira a mi colega que me está mirando a mí.

Y yo allí arriba, con el libro en una mano y señalando las dos pintas con la otra. Una especie de estatua de la libertad cansada de tener el brazo en alto.

-Bueno, vale-, dice el tipo-, la suya tiene mejor aspecto. Pero en el fondo da lo mismo; están igual de buenas.

Me quedo mirándolo desde ahí arriba, pensando en patadas voladoras, lluvias de fuego y cosas por el estilo.

-Claro que da igual, pero sois vosotros los que habéis empezado una discusión pensando que la ibais a ganar, y ahora que perdéis ¿ya no tiene importancia? Venga ya, hombre, si vais a ir de ese palo haceos políticos o curas o algo.

Después me bajo y sigo con mi libro.
Mi colega sigue con el suyo.
El camarero sigue con sus cosas.
Los dos tipos se van.

Pasan unos minutos.

-Oye-, dice mi colega-, ya que están ahí�?� ¿nos bebemos las cervezas?

Levanto la vista del libro y miro las dos pintas.

-Ni de coña, tío, ya sabes que yo paso de la cerveza.
-Es verdad.

10 de Febrero 2008

Esperando

Ella está en el supermercado, así que yo paseo a la perra.

Los niños se paran y le acarician la cabeza.
Sonrío y no digo nada, salvo algún sí ocasional cuando me dicen que es como el perro de Scottex. Estoy seguro de que corriendo por su pasillo con un rollo de papel higiénico entre los dientes no les parecería tan adorable, pero eso no se lo cuento.

Ahora soy un tío majo.

Por la noche me quedo mirándola hasta que se duerme. Si apago la luz antes, empieza a corretear y a golpearlo todo a oscuras, así que me quedo sentado en la cama y espero.

Mi novia se queda dormida, pero la perra continúa mirándome, así que sigo allí, sentado, esperando. De vez en cuando le acaricio el lomo y le rasco detrás de las orejas.

Buena chica.

Pienso en todas las cosas que he pasado para llegar a este momento. En lo que significa estar aquí, con una mujer que vale la pena durmiendo a mi espalda, con una perra a mis pies y con mil cosas que me motivan entre las manos. También pienso un poco en qué viene después y sonrío, porque al fin se ha quedado dormida, y porque nadie, salvo yo, sabe en qué estoy pensando.

Me meto en la cama y, al hacerlo, despierto a mi novia.
Me pregunta si ha funcionado y le digo que sí.

La perra está dormida.

Me dice que tengo una manera rara de hacer las cosas y me besa.
Después, haciendo el amor, despertamos a la perra.

Es divertido volver a empezar.

22 de Noviembre 2007

Como cada noche

Esta botella bebe de la gente hasta dejarla seca.

La única manera de salir vivo, de lograrlo, es beber más rápido que ella.
Si ganas, todas las vidas, todos los sueños de los que lo intentaron antes que tú, te pertenecerán.
Si fallas, todo lo tuyo terminará en su interior, como pasó con los demás. No se sabe cuántos lo han intentado, pero está tan llena que nadie puede bebérsela sin que ella se lo beba antes. Te lo aseguro.

Eso le digo.

�?l la mira y la agita, tratando de imaginar qué cosas hay dentro.
Sin acercársela nunca los labios.

Cuanto más lleno esté, me dice, más difícil será que ella me vacíe, ¿verdad?

La mira un momento y vuelve a dejarla en mi regazo.

Justo en la puerta de mi tienda de campaña, a punto de volver al frío de la noche, en este desierto, se gira y, echándole un último vistazo, me habla.

Quizá, al final, beberme mi vida y mis sueños sea mejor que cualquier cosa que eso de ahí pueda darme.
No la necesito para llenarme de historias, dice.
Y después se va.

Me quedo sentado, en mitad de la tienda, con la botella entre mis manos. La abro y, como cada noche desde hace cientos de años, bebo de su interior. Como cada noche, rezo para quedarme vacío y poder descansar. Como cada noche, fracaso. Porque todas las historias que bebo ya las conozco, porque ninguna fue mía hasta el primer trago, porque la botella y yo estamos unidos y nadie, ningún viajero, en ninguna noche estrellada, ha roto esta maldición ni podrá romperla.

Porque todos los que vienen, se equivocan.

El secreto no es estar más lleno que ella.
El secreto es haberse vaciado antes de beber.

15 de Noviembre 2007

Rezando

Una oración sincera susurrada con palabras aprendidas.
Sentada al sol, con los ojos cerrados, la anciana rezó.

Su ceño estaba fruncido, sus labios murmuraban rápido, tragándose las palabras apenas salían de su boca, de vez en cuando un gesto parecido al llanto asomaba durante un segundo para desaparecer después. Y el balanceo, delante, detrás, en aquel banco, apretando el rosario con más y más fuerza. Esperando algo. Las arrugas en sus manos, en la comisura de sus labios, el pelo blanco intentado escapar del pañuelo mal atado. Todo iluminado por ese tipo de luz que no se decide a ser naranja, aunque lo insinúe con timidez.

Abrió los ojos y su balanceo se detuvo al verme, de pie, frente a ella.
Mirándole.
Por un momento no respiró y se sobresaltó sin perder la compostura.
Quizá fue la ropa blanca, los ojos azules, el pelo largo, el sol empezando a brillar detrás de mí.

La imagen a contraluz.

Podría haberle dicho que su salvador se parecía más a cualquiera que le haya despachado fruta en los últimos cinco años que a mí, que sus ojos no eran azules sino marrones y que su piel era bastante más oscura que la mía, pero ya no suelo hablar de esas cosas.

Al final se dio cuenta de que sólo era alguien que pasaba por ahí y volvió a cerrar los ojos. Seguí caminando y ella se quedó allí, con su rosario y su balanceo.

Aquella mañana, en ese banco, lo vi; lo que pasa cuando estamos rendidos y asustados, cuando estamos vencidos. Cuando estamos rezando.

Lo vi y pensé que hay formas más dignas de esperar la muerte.

13 de Octubre 2007

Hielo

�?l estaba en la barra.
No hablaba con nadie, así que ella decidió acercarse.
Hacía mucho que no se veían.

Viéndolo ahí, después de observarle un rato, se dio cuenta de que, en realidad, nunca supo muy bien cómo era. Aunque era consciente de que él sí sabía cómo era ella. No del todo, claro, eso nadie podía saberlo, pero sí de un modo mucho más exacto que otra gente, un modo menos influido por todo lo que ella intentaba proyectar. Eso es lo que más le molestaba de él y, al mismo tiempo, lo que más le gustaba. Porque a veces se perdía en sus propias máscaras, y se asfixiaba, y no sabía salir del juego que ella misma había construido.

Entonces recurría a él.
Porque siempre sabía devolverla a la realidad.

Una vez se lo dijo.
Estaban en su casa, ella andaba metida en un lío y se lo estaba contando. �?l la escuchaba como si fuese la única cosa en el mundo.

Recuerda que pensó que jamás había tonteado con ella. Recuerda que se sintió bien por eso y que luego sintió un poco de rabia, aunque no le dio importancia, porque sabía que gastaba la mitad de su energía en gustar a los chicos y la otra mitad en negarlo, así que era normal sentir esas cosas con alguien que siempre estaba ahí.

A veces siento que soy de mentira, dijo, que necesito que tú me lo digas para dejar de serlo. Y se quedó mirándole, esperando que él dijese algo sobre aquello.

�?l sólo sonrió y le dijo que se terminase el café.
Nunca más hablaron de eso.

Y sin embargo, sentado en esa barra, parecía distante; sabía que ella estaba allí pero no le daba importancia.

Ni siquiera la había saludado.

Es posible que, en el pasado, ella hubiese dicho algo inconveniente; siempre solía hacerlo, sobre todo con la gente que le importaba. Era su manera de perderlos y torturarse por ello. Aunque eso nadie lo sabía, claro.
Sólo ella.

O eso le gustaba pensar.

De todos modos él la conocía; sabía de sus tragedias, sabía que odiaba a las divas y que, sin embargo, quería ser una, sabía que unas veces era profunda y otras superficial, que a veces era intensa y a veces insulsa, que pasaba por fases que ella misma construía, que la mayoría de veces todo esto resultaba demasiado forzado, como su manera de sujetar los cigarrillos al fumar.

Nunca terminaba de creerse a sí misma y por eso siempre probaba otra cosa.

�?l debía saber todo eso, porque la conocía; todo dependía de cómo soplase el viento, de cómo quisiera soplar ella, y, normalmente, soplaba del modo que más le asustase.

Así que sí, es posible que hubiese dicho cosas inconvenientes, que lo hubiese insultado, que la pillase puesta de cristal o borracha y dijese alguna tontería, o quizá lo trató como si fuese uno de esos perritos falderos que él vio pasar sin hacer ningún comentario.

El caso es que la escucharía, seguro.
Porque, que ella recordase, siempre la había escuchado y ahora, más que nunca, necesitaba hablar con alguien.
Hablar de verdad.

Se sentó a su lado.
�?l miraba como el camarero conversaba con unas chicas francesas que se reían mientras practicaban su español.
Se giró en el taburete, incorporándose hacia él y le habló. Te invito a una copa para romper el hielo, le dijo. Entonces él sonrió, igual que aquella vez que estaban solos.

Igual que todas las veces que ella fue ella frente a él porque estaba cansada de ser otra cosa.

El hielo, dijo él, está donde tiene que estar.
Y se marchó, sin girarse a mirarla, y ella sintió que algo no había funcionado.

Que algo había salido mal.
Muy mal.

7 de Julio 2007

Máquinas de Escribir

Le encantan las máquinas de escribir.

Las antiguas, ya sabéis; con su rollo de tinta y su tac, tac, tac.
Clink.

Me cuenta que casi nunca ve a nadie tecleando en una de esas, pero cuando lo ve, joder, dice, es genial.
En realidad la gente que ve usándola suele estar haciendo algo estúpido, tecleando un informe, una denuncia, cosas así, tramites, ya me entendéis.

Sin embargo hay otras cosas que, sin dejar de ser estúpidas, tienen algo más de magia.

Crear con ellas es genial. Me lo dice en serio. Sabe que la tecnología nos lo pone fácil, que podemos escribir, corregir y editar de modo muy simple pero, para él, esas máquinas tienen un no sé qué del que los procesadores de texto carecen.

Durante un tiempo pensó que era por el sonido. Ese tac, tac, tac, te llena el cerebro, consiguiendo que dejes de pensar sobre lo que estás haciendo. Cuando dejas de pensar dejas de juzgar y cuando dejas de juzgar las palabras salen a borbotones, listas para inundar todas las hojas que les pongas por delante.

No es el sonido.

También pensó en el tacto. Tener que pulsar la tecla con fuerza, marcando la hoja. Marcándola. Es como dibujar con tinta; es posible que cagues muchos dibujos, dice, pero dibujar de ese modo da mucha seguridad. O eso dicen los que entienden del tema.
Con una de esas máquinas, dice, la escritura se convierte en algo más físico; estás ahí clavando todo lo que piensas sobre el papel, lo ves aparecer, como una marca, una herida en el blanco que ya no se puede borrar.
Tac, tac, TAC.

Tampoco es el tacto.

Se planteó que quizá fuese la resonancia. Toda esa gente muerta a la que leemos, sentados frente a su máquina de escribir, en algún momento del tiempo, dándole a la tecla; creando lo que más adelante será nuestra biblioteca. Tac, tac, tac. Algunos, como Hemingway, incluso tecleando de pie. Todo ese montón de gente, escuchando lo mismo, sintiendo lo mismo, viendo las letras marcarse en el papel, diseminados a lo largo del tiempo. Y tú ahí, tac, tac, tac, repitiendo el ritual.

La culpa la tiene el piano, me dice. También le encanta, y pasa mucho tiempo tocándolo.

Cuando pulsas el pedal los frenos de las cuerdas se levantan, ¿ves?, puedes tocar una tecla, una sola, y todas las notas como esa, en distintas octavas, vibrarán. Y sus correspondientes notas afines, terceras, quintas, etc, vibrarán también. Eso le da al sonido un algo especial.

Toca un par de notas sin pisar el pedal y luego pisándolo, para enseñarme la diferencia.
Sí que la hay.

Así que quizá sea una mezcla de todo; del sonido, del tacto y de toda esa gente que hizo lo mismo que tú antes, en una máquina parecida a esa en la que tecleas, resonando en un tiempo dividido en octavas. Quizá sea que, usando una de esas, te sumas a una sinfonía que no se puede percibir, porque resuena a lo largo de la historia. Las nuevas máquinas no han tenido tiempo de crear la suya, y aunque no haya nada malo en participar de ella, en contribuir con nuestras notas, con nuestro tecleo, tampoco está de más jugar con la música anterior, antes de sumergirse en la nueva.

Nos despedimos y me quedo pensando en todo ello.

Al final decido que es improbable que tenga razón, aunque no me parece mal verlo de ese modo, al menos durante un rato.

Justo hasta aquí.

20 de Junio 2007

El motivo de nuestra llamada

Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:

-Buenas tardes, ¿el señor Sanchez?
-Sí, soy yo
-Mi nombre es Susana Pérez, le llamo desde el departamento de promociones de Cablemola, tiene usted contratado con nosotros el servicio de Internet desde hace bastante tiempo.
-Sí, sí.
-Verá, señor Sanchez, el motivo de nuestra llamada es ofrecerle nuestro nuevo pack de televisión digital de forma totalmente gratuita. Tan sólo tendrá que pagar usted el receptor que, al ser ya cliente, tendría un coste de seis euros; muy económico.
-Ah, verá señorita, es que yo no tengo tele, sólo utilizo Internet, paso muchas horas trabajando con la red y por eso no contraté ninguno de los packs de televisión, teléfono e Internet que me ofrecieron ustedes en un principio.
-Ya, bueno, si no tiene televisión, señor Sanchez, esta oferta es una buena oportunidad para usted, son sólo seis euros y la instalación incluye más de cuarenta canales, además de�?�
-No, no. Verá, señorita, cuando digo que no tengo televisión me refiero al aparato en sí. Llevo cuatro años sin ver la televisión, la evito en la medida de lo posible, no me interesa, de verdad; veo películas, series, leo libros, utilizo la red a diario pero no me interesa la tele, tengo periódicos, gente con la que hablar y otras formas de informarme que me resultan más agradables que la televisión. Entre usted y yo, señorita Pérez; no creo en la tele, ¿sabe? La gente se muere por dentro viendo esa cosa y terminan siendo iguales entre sí; diciendo las mismas cosas, gastando las mismas bromas, riéndose de lo mismo, abusando de las mismas palabras, viéndolo todo igual. Quizá en algún momento la televisión reflejó a las personas pero ahora son ellas las que reflejan la televisión y, la verdad, no es una imagen agradable. ¿Qué quiere que le diga? Es un cacharro agresivo del que prefiero mantenerme alejado, ¿comprende?
- �?�
-De todas formas, muchas gracias por su oferta, son ustedes muy amables.
-�?�
-Hasta luego, Señorita Pérez.
-Uh, sí, Hasta luego, señor Sanchez.

Colgó, y volvió a mirar la página en blanco.

Tecleó:

�??Estaba allí sentado, dejando pasar el tiempo, cuando el móvil sonó:�?�

13 de Junio 2007

Cuartos de Baño

-Está todo lleno de magia, tronco, lo que yo te diga.
-No sé qué decirte, tío, yo no la veo por ninguna parte.
-¿Por ninguna parte?-levanta su cerveza, mira dentro y la vuelve a dejar sobre la mesa-, ¿y qué me dices de los cuartos de baño, joder? Son mágicos de la hostia.
-¿Los cuartos de baño? Ahora sí que me he perdido.
-La madre que te parió, piénsalo un poco. ¿Dónde te libras de todo lo que te sobra?, ¿Dónde te purificas?, ¿Dónde te miras realmente a los ojos de una forma en la que no te sueles mirar?, ¿Dónde te dices las cosas que no te dirías en ninguna otra parte?
-¿Purificar?
-Ducharte, tronco, quitarte la mierda que llevas encima y dejarte bien limpito esperando que alguien vuelva a ensuciarte. La mayoría de veces tú mismo. ¿O piensas que duchándote sólo te lavas el cuerpo? Joder ya con la estrechez mental.
-Hombre, es una forma de verlo, pero no creo yo que�?�
-Creer, creer. Creer es para besacruces, tío, esto es real. Te comes un trozo de carne, te alimentas de él y luego sueltas un cagarro enorme. Donde había un jugoso filete ahora hay una mierda humeante. Lo llaman digestión, explican el proceso físico y por eso deja de ser un jodido milagro. Y una mierda. Es magia, tronco, de la buena. Te lo digo yo. ¿Recuerdas cuando te dejo la tipa aquella?
-Uh, ¿Cuál?
-La zumbada aquella.
-Estaban todas bastante zumbadas, si no me das más detalles�?�
-Bueno, elige una al azar, total, cambian los detalles pero la esencia siempre es la misma. Cuando vienen esos marrones, ¿qué pasa?, ¿eh?, ¿recuerdas?
-Pues que te sientes mal y eso, son cosas jodidas. No te lo esperas y además no entiendes nada. Es una putada, no duermes bien y�?�
-Te cagas
-¿Qué?
-Te vas la pata abajo, colega, me lo dijiste, se te descompone el cuerpo. Una vez tuve que ayudarte a levantar la persiana del bar porque tenías miedo de cagarte encima.
-Joder, pero eso es normal, tío, los nervios y todo el follón, ya sabes, se me descompuso el cuerpo.
-Nah, tenías mierda extra y tu cuerpo intentaba librarse de ella. Por eso te pasaste medio fin de semana pegado a la taza del water. Es magia tío. Convertir una cosa en otra. La mierda que te pasa por la cabeza en mierda que te sale del culo. Alquimia, una cosa por otra, plomo en oro, emociones negativas, deshechos emocionales y físicos transformados en pastosa mierda marrón clarito. Con su propia banda sonora y todo.
-Joder, eres un guarro.
Los dos se ríen.
-Oye, ¿y lo del espejo?
-Eso está clarísimo, tío, ¿Cuántos espejos hay en tu casa?
-Pues uno en el dormitorio, uno en el recibidor y otro en el baño.
-Ahá, y cuando estás jodido de verás, ¿en cual te hablas a ti mismo?
-Hum. En el del baño �??Hace una pausa-. Pero es normal, hay más intimidad y eso.
-¿Intimidad? Pero si tú vives sólo, capullo.
-Joder, es verdad.
-Claro, hombre, es el jodido lugar sagrado, el lugar donde te purificas, donde te libras del lastre, ya te lo he dicho. Los cuartos de baño tienen poder, en serio tronco, te lo digo yo.
-No sé, lo del espejo sí que es verdad, quiero decir que recuerdo varios momentos chungos en los que me miré allí y me dije un par de cosas importantes. Es como si hicieras una pausa y te contases a ti mismo lo que pasa y lo que tienes que hacer. Bueno, eso hago yo.
-Tú y todos, tío, tú y todos. El problema es aprender a reconocerlo, ¿sabes?, le damos poca importancia a estas cosas.
-Quizá
-En fin, ve poniéndome otra cerveza, voy a transmutar el almuerzo en algo que pueda flotar libremente por las cloacas y cuando vuelva hablaremos de los dormitorios y del sacrosanto recibidor, ese gran olvidado.
-Estás como un cencerro, mamón.
-Claro, alguien tiene que estarlo.
-Venga, ve al baño y no me asustes a la clientela.
-Se hará lo que se pueda, señor, se hará lo que se pueda.

25 de Marzo 2007

Sólo un gato (Para Sergio)

Los Viejos Dioses se sentaron en grupo mientras el mundo terminaba de enfriarse. Contaban historias de cómo era todo antes de aquello y se les veía nerviosos por la nueva situación.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría asegurarte que los Dioses Marinos estaban muy preocupados. Corrientes fluían de sus bocas a sus oídos, susurros de espuma, un océano infinito contenido en cada una de sus siluetas, balaceándose, suave.

Mirarlos era como intentar ver a través de agua cayendo con fuerza.

En este nuevo mundo, dijo uno de los Dioses de la Forja, el agua será vital, los nuevos señores la beberán, lavarán sus cuerpos, moverán máquinas con su vapor, incluso morirán si pasan demasiado tiempo sin ella, más no será ya el reino elegido; este mundo no será acuático, pese a que el agua lo cubrirá casi todo.

Su voz sonaba como fuego encerrado en una cueva. Una cueva de arcilla húmeda, con olor a barro y hierba mojada, con raíces en las paredes, con pequeños insectos habitando cada una de las capas que la forman, moviéndose de una a otra. La voz de la tierra dándose forma a sí misma.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría contarte cómo los Dioses Oráculo miraban al vacío y repetían en voz baja una de las palabras de aquel Dios.

Máquinas.

Los Dioses hablaban de cómo era todo antes del principio. De éste y de otros. Algunos hablaban de cómo sería el final. Cuando dividan lo más pequeño, dijo una Diosa de la Guerra, empezará el fin de todo.

Otra vez.

Su voz era como dos ejércitos chocando en medio de una llanura, como lanzas partiéndose contra escudos. Como la carne contra la carne.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero podría explicarte cómo el Dios de Amor y su Sombra se removieron inquietos al escuchar aquellas palabras. Estaba un poco apartado del resto de Dioses y, a diferencia de los demás, no estaba en ningún grupo. No había otro allí como él. O, al menos, yo no lo vi. No sabría decirte si era él quién proyectaba su Sombra o su Sombra quien le proyectaba a él, pero sí que sabría decirte que otros dioses le miraban de reojo. A él y a su Sombra.

Sobre todo a su Sombra.

Había puesto gran parte de su esencia en aquel nuevo mundo, así que, el final del que hablaban, podría ser suyo también; si las cosas salían mal.
Como siempre solía pasar.

Todo será dual, dijo uno de los Dioses del Conocimiento, o así lo verán ellos; cada cosa tendrá su opuesto. Con el tiempo crearán una forma de explicarlo todo, una forma que los alejará de la magia. La magia, añadió un Dios Oráculo, provocó fracasos otras veces, es mejor mantenerlos alejados de ella esta vez.

La única Diosa de Magia que estaba presente en aquel momento pareció no escuchar el comentario. Estaba distraída observando los pequeños ojos que acechaban tras uno de los árboles recién creados.

Yo sólo era un gato que pasaba por allí, pero me gustó que me mirase así.

Me acurruqué a escuchar las historias que contaban. Historias sobre los tiempos sin nada, entre un mundo y otro, historias del vacío, de Dioses dando a luz nuevos mundos, de criaturas antiguas que sobreviven a todos los ciclos, cambiando de forma, escondiéndose en la misma esencia de la que provienen todas las cosas; incluso ellos.

Eso me hizo sonreír, y me trajo muchos recuerdos.

Soy curioso por naturaleza, me gusta merodear y observar lo que hacéis, con la misma atención con la que llevo eones observando lo que hacen ellos. Algún día nos cruzaremos en un callejón; sabrás que soy yo porque, mientras nos estemos mirando, no pensarás en nada.

Yo, como hago siempre, dejaré que me veas y, después, seguiré mi camino.

27 de Enero 2007

Hasta que pare la lluvia

Es casi un bautismo.
Salgo de tu cama, cálida, y la lluvia me encuentra.

El frío me hace recordar el calor de tu cuerpo. Dormir sin ropa para calentarnos de ese modo que nos hace sonreír. Abrazados. Porque así estamos más vivos. Porque así todo es más real.

Y la lluvia insiste.

Encoger el cuello me hace recordar cómo lo estiro para que dejes allí tus pequeños mordiscos.
Esconder mis labios, para que el agua y el frío no los corten, me recuerda cómo los abro para entregar mis besos y recoger los tuyos.

Me está lloviendo un mundo encima.
Sonrío.

La lluvia siempre está, sólo que a veces se deja ver, en forma de agua. Te recuerda el frío que puedes llegar a sentir, con toda esa humedad calándote dentro, congelándote, sin nada cerca que pueda calentarte.

La lluvia sabe de metáforas.

Vuelvo a pensar en tu cuerpo apretándose contra el mío, en los abrazos que das dormida, en esa sonrisa que no sabes que pones, en todo lo que hago por ti y en todo lo que haces por mí.

En todas esas noches de no dormir para no perderse un segundo de lo que dure tu calor.

Quizá no sea un mundo perfecto, pienso mientras mi ropa se cala, pero todavía queda sitio para los pequeños milagros.

Para las personas que se quieren por los motivos correctos, para los que se aman en vez hablar sobre amarse.

Para ti y para mí.

Hasta que pare la lluvia.

30 de Diciembre 2006

Manta a Cuadros con Botas de Montaña

Los vio de lejos.

Estaban dentro de un cajero, eran cuatro o cinco. Altos, peinados a la moda, con sus pelos arreglados como si acabasen de meter los dedos en el enchufe. Su cresta de gallito de corral.

Una generación asustada, si juzgásemos por el pelo.

Ropa cara, de esa en la que gastan dinero para que no se note que han gastado dinero. Vaqueros con pinta de usados que valen un extra por tener esa pinta, cazadoras de marca, cinturones. No sabe por qué pero le llamaron la atención los cinturones. Quizá sea porque nunca lleva, o porque esas hebillas le parecen exageradas, no lo sabe, el caso es que se dio cuenta de que todos llevaban cinturones. Iban arreglados, viernes noche, es lógico para ellos. Niños bien.

Vio el bulto en el suelo, dentro del cajero. La manta a cuadros con botas de montaña.

Vio cómo uno de ellos la miró, cómo empezó a tirarle con cuidado algo por encima.
Pensó en queroseno, en vagabundos ardiendo, en navajazos en mitad de la noche y en la bronca que se iba a montar dentro de un momento. Aceleró el paso en dirección a ellos. Sus dos amigos también, aunque no se habían dado cuenta de lo que pasaba.

Siempre lo ve todo antes, lo tiene asumido y sirve para más cosas que para localizar a las chicas bonitas en lugares atestados de gente.

Aflojó y se dio cuenta de que era sólo zumo. De naranja. ¿Qué coño estás haciendo, pensó, tirándole zumo por encima a la manta?

Ni siquiera le vieron parado en la puerta, observándolos a través del cristal.
Ni a sus dos amigos.

Vio sus miradas, el descojone, las risas contenidas. La rabia se le comió por dentro.

¿Por qué cojones están haciendo eso?

El que mojaba la manta se asomaba con cuidado, como todos solíamos hacer cuando estábamos en clase y pinchábamos al de delante, y derramaba otro chorrito.

Aunque eso no era una clase, eso no era un compañero con el que luego poder compartir unas pelis, un almuerzo, o jugar a los cromos, para compensar las molestias, para recordarle que son bromas de colegio, que en fondo somos amigos y esas cosas no tienen importancia.

Era un tipo durmiendo, tapado con una manta. Durmiendo con sus botas puestas. Unas botas buenas, seguramente las únicas que tenía desde Dios sabe cuándo. Y aquel hijo de puta le estaba mojando la manta sólo para echarse unas risas. La única manta a la vista, porque en esa mochila que estaba usando como almohada no cabía otra.

Cabrón, pensó.

Estaba ahí parado, y vio que derramaba más líquido. Se giró y lo dijo en voz alta.
¿Pero por qué coño están haciendo eso?

Porque son gilipollas, dijo uno de sus amigos.
Vamos a calentarles, dijo el otro.

Y el motivo por el que odió al chaval que tiraba el zumo, a ese hijo de la gran puta, es porque, por un momento, se lo planteó en serio.

Pensó entrar ahí, sin decir ni mu, y partirle la traquea, a él y a sus colegas.
Eran todos más fuertes, más altos y más guapos. Niños bien. Invertían un montón de tiempo y dinero en tener ese aspecto, pero en el fondo seguían siendo lo que eran. Puta escoria. Niñatos de mierda que sólo se siente arriba teniendo alguien debajo. Echándole porquería por encima. Zumo de naranja en su única manta. Así que, dada su ventaja, pensó que lo que tenía que hacer era entrar rápido con sus amigos y no darles tiempo a reaccionar. Soltarles toda la rabia que llevaban haciéndole acumular desde que tenía uso de razón.

Reventarle la puta cabeza contra el cajero, partirle los dientes contra el cristal y cagarse en su boca abierta, después de haberle desencajado la mandíbula a puñetazos.

Por eso odiaba a ese cretino, porque por un momento le hizo odiarlo todo. Pedazo de mierda, cobarde; cabrón.

Mientras valoraba todo eso el bulto se movió y el del zumo se retiró un poco, sonriendo, buscando aprobación. Los colegas se la dieron, uno sólo con una media sonrisa, los demás riéndose. Vio el golpecito que uno le daba a otro en el hombro, qué pasote tío, qué risa, y sintió ganas de explotar ahí mismo.

De reventar y llevárselos a todos por delante.

Justo entonces pusieron rumbo a la puerta. Siguió andando y, de reojo, vio cómo abandonaban el cajero y dejaban al hombre de la manta solo otra vez.

Pero ya le habían jodido la noche, el del zumo y su séquito de subnormales profundos.

Lo habló con sus amigos. Había más silencios incómodos que palabras. Comieron algo; unos trozos de pizza. Y no podía, joder, le habían boicoteado la paz interior, el nirvana, la calma, el puto Ommm.

Cerdo de los cojones.

Le concedió el punto, no sólo había jodido a un pobre tipo durmiendo en un cajero, también le había jodido a él. Tienes impunidad, pensó, eres TAN guay que nadie va a reventarte la cabeza sin convertirse en alguien peor que tú.

Esa es tu ventaja, pedazo de mierda seca.

Así que se comió los dos trozos de pizza y compró un tercero, volvió al banco, entró y se quedó parado a los pies del tipo que estaba durmiendo allí mientras sus dos amigos esperaban fuera sin tener ni puta idea de qué iba a hacer.

Miró las botas y observó los ojos dormidos, estaba tapado hasta la nariz con la manta que aquel gilipollas le había mojado. Podía ser un chico o una chica, no se veía bien.

Lo llamó despacio, varias veces, hasta que se despertó. Se incorporó, rápido, alerta. Seguramente por el susto de antes; notar algo mojado en la espalda, girarse y ver una panda de subnormales como aquellos a su alrededor, en fin, menuda fiesta tenía que ser.

Quizá era uno o dos años más joven que él. Un chaval joven, no uno de esos viejos vagabundos, tan sólo un chaval sin suerte, sin pelo de moda, sin ropa de marca, sin cinturón de hebilla ancha. Un tipo como él, como cualquier otro, como el imbécil del zumo. Aunque ese ya no supiese verlo.

Está recién hecha, dijo, y le dio el trozo de pizza.

Gracias.
De nada.

Salió y puso rumbo a casa. Sus amigos no dijeron nada. Esperaba sentirse mejor. Pensó que quizá no pueda pararlos, no puede impedirles que con su mezquindad conviertan el mundo en una bola de mierda, pero al menos puede compensar un poco, intentarlo, hacer otras cosas aparte de machacarlos hasta que sean algo blando y húmedo, hacer otras cosas aparte de convertirse en lo mismo que ellos.

En un mierda que sólo sabe sentirse bien haciendo sentirse mal a otros.

Yo les habría pegado, dijo uno de sus amigos.
El otro no dijo nada.

Yo no, pensó, pero ha faltado poco. Muy poco.
Eso le preocupaba.

Se despidió, llegó a casa y se acostó.
Pensó que, al menos, el tipo de la manta se había comido un buen trozo de pizza.
No se sintió mejor. Odió al chico del zumo por eso.

Y se durmió odiándolo.

25 de Diciembre 2006

Navidad y Bolas de Chicle

No es un cuento de Navidad, aunque ocurre en esas fechas.

�?l está detrás del mostrador y dos niños, chico y chica, entran a la tienda vestidos de Papa Noel. Ninguno de los dos supera el metro diez de altura, aunque ella es un poquito más alta.

Feliz Navidad, dicen a los clientes, y muestran una pandereta a modo de platillo, esperando que caigan unas monedas.

La pandereta está vacía.

Reconoce el acento; son rumanos. Le recuerdan a su amigo Adrián, que también lo es, aunque él tiene los ojos claros y el pelo rubio y estos dos niños son oscuros de piel y tienen los ojos marrones. Los de la niña son preciosos. Todavía no son tristes, aunque no tardarán demasiado. Quizá un par de años, cinco con suerte.

Vivir deprisa quita cosas, aunque te de otras, y eso se ve en los ojos.

Tiene otra amiga, también rumana, que vino aquí a construirse una vida mejor. Siempre la mira con disimulo cuando la ve jugando con su hija, porque sabe que cada uno de esos segundos felices fue precedido por momentos amargos, alguno de los cuales ya le ha contado, en confianza, mientras cenaban o se relajaban tomando un café. Hablando de la vida. Recuerda ver a la niña sonreír, jugando con un globo, mientras ella la observaba y cruzaba una mirada con él de vez en cuando.

Su mirada decía que por esa niña todo vale la pena.
Todo.

Así que no puede evitar preguntarse si la pequeña vestida de Papa Noel tiene alguien que la quiera de esa forma. Si a veces no es la suerte quien nos pone en una posición u otra, sin que podamos hacer nada más que sobrevivir con lo que se nos da.

El niño empieza a leer uno de los carteles. Sílaba a sílaba. En voz alta. La niña se limita a curiosear con la mirada.

�?l se acerca al niño, que se queda mirándole con el dedo puesto en la siguiente sílaba.

¿Has probado a leerlas juntas?
El niño se ríe y pregunta. ¿Cómo?
Verás, dice él, en vez de In-for-ma-mos, las lees por dentro, las juntas, y entonces las dices en voz alta.

El niño sonríe mucho, enseñando todos los dientes. Tiene una sonrisa bonita. Sonrisa de postal.

Informamos, dice.
�?l asiente, eso es, dice, informamos.

El niño se lanza a por otra palabra.
Hay un momento de silencio, como si hiciese una suma.

Clientes, dice el niño.
Exacto, ¿ves?, ya le has cogido el truco, ahora es cuestión de práctica.

La niña está curioseando la máquina de chicles. Intenta forzarla un poco. �?l hace como que no la ve y sigue a lo suyo. Al rato el niño ha dejado de juntar sílabas y está intentando forzar el cierre.

�?l se asoma por encima del mostrador.
¿A qué estamos jugando?, pregunta.

La niña sonríe, pero su sonrisa no es como la del hermano. También es bonita, pero empieza a tener matices de aprendida. Un arma de supervivencia como otra cualquiera.

A nada, dice, estamos viendo cuánto vale.

Son cincuenta céntimos, contesta él, te da un puñado.
¿Muchos?, dice ella.
Un puñado. Quizá un poquito más, tus manos son pequeñas.

La niña empieza a sacar moneditas de sus bolsillos. De dos y diez céntimos. La caridad. Lo que nos sobra. El estorbo en el bolsillo.

Comida de pandereta.

Algunos clientes contemplan la escena, miran al empleado y luego siguen a lo suyo.
La pequeña Papa Noel de ojos bonitos contando monedas.
El pequeño Papa Noel de sonrisa bonita contando monedas.
�?l allí, en el mostrador, viéndolo todo.

Los clientes, con sus bolsas de la compra, van de paso. Están alquilando alguna película, para poderla ver con la familia, incluso con esos a los que sólo llaman en estas fechas. Para tener algo que hacer en lugar de mirarse a los ojos y hablar, hablar de verdad; de lo buenos que intentamos parecer cuando las calles se llenan de adornos, alfombras rojas y escaparates vistosos. De lo buenos que en realidad no somos.

Joder, se dice en voz baja, odio la Puta Navidad.

Así que cuando la niña deja su cargamento en el mostrador él lo devuelve a la pandereta. Se mete la mano en el bolsillo y le da una moneda a la niña.
Yo invito, dice, y deja el dinero a la vista, no te lo guardes, déjalo en la pandereta; os irá mejor así.

No le explica por qué.

Intercambian unas sonrisas e intenta que no se note lo incómodo que se siente cuando la niña le da las gracias. El pequeño observa a su hermana ir hacia la máquina y, en vez de ir con ella, vuelve a seguir descifrando el cartel que antes dejó a medias.

�?l sigue haciendo sus cosas, pero eso no le impide ver cómo la niña se lleva la mitad de las bolas al bolsillo y después camina hacia el mostrador con la otra mitad en la mano.

¿Tan pocas da?, le dice, dijiste un puñado. Son pocas.
�?l mira las bolas de chicle y después mira esos ojos bonitos que ya han aprendido a mentir.
Bueno, dice, ¿Cuánto te ha costado?
Cincuenta céntimos, dice ella.
¿Sí?, él no puede evitar que su ceja se levante al preguntar.
Sí, afirma la niña, todavía enseñando su mano apenas llena de bolas de chicle.
Yo diría que no te han costado muy caras, ¿no?, creo que, en realidad, te han salido gratis, ¿no es verdad?
Entonces la niña sonríe y, por un momento, vuelve a ser sólo una niña.

Vamos, le dice al hermano.
El niño deja el cartel y, antes de ir hacia la puerta con su hermana, se para frente al chico y le pregunta, ¿Me puedo llevar películas?
No, sólo la gente que está apuntada al video puede llevarse películas. Si tus papás se apuntan entonces podrás llevártelas.

Vale.
Los dos se marchan.

�?l se queda mirando a la gente al fondo del video, ajenos a todo, eligiendo con qué película ignorarse unos a otros.
Después mira la máquina de chicles.
Al final se queda un rato con la mirada perdida en el papel que el niño leía.

Informamos a los señores clientes que será imprescindible presentar el D.N.I acreditándose como socio para poder alquilar.

Eso dice el texto con el que el niño intentó aprender a leer mejor.

11 de Diciembre 2006

Poesía

Ayer escribió su nombre en el culo de una chica.

Por la mañana ella le miró mientras él, en el marco de la puerta, sujetaba su ropa. Lo suficientemente lejos como para que ella se levantase a cogerla. Pegó un buen vistazo a su cuerpo desnudo, sin cortarse ni tres.

Y se sintió de puta madre, joder.

Porque, en esos ojos, y en otros antes, vio que lo mejor de él es lo cabrón que puede ser a veces.

Así que, colegas, a la mierda la poesía.
Vamos a divertirnos.
¿No?

25 de Noviembre 2006

Adrede

Hoy he recordado algo sobre mi madre en lo que no pensaba desde hace mucho tiempo.

Recuerdo que un día, jugando en la mesita baja de mi salón, cuando era niño, me enfadé. No recuerdo por qué, creo que fue por algo que intentaba hacer y no me salía, pero, como he dicho, no lo recuerdo bien.

El caso es que me enfadé y rompí una figurita. La tiré al suelo. Adrede.

A mi madre le encantaban las figuritas.
También le encantaba romperlas contra el suelo cuando se enfadaba, pero esa es otra historia.

Recuerdo que ella me miró y yo me quedé congelado, consciente de que había visto lo que acababa de hacer y de que, seguramente, me iba a pegar.

Mi madre se puso delante de mí, se agachó a mi altura, me miró a los ojos y me preguntó:

¿Lo has roto sin querer o ha sido queriendo?

Me quedé callado mirándola y, al final, hice lo que hago siempre; dije la verdad.

Lo he roto queriendo.

Mi madre se levantó, fue a por la escoba y barrió todo aquello mientras yo seguía allí sentado, mirándola. Luego volvió a sus cosas, estaba ordenando algo, tampoco recuerdo bien esa parte.

Cuando volvió a mirarme le pregunté.

¿Por qué no me has pegado?, dije, lo he roto queriendo

Ella dejó lo que estaba haciendo y volvió a agacharse a mi altura.

No te he pegado, dijo, porque has dicho la verdad. Si hubieses mentido sí te habría pegado.

Esta noche he recordado todo esto por cosas que no vienen al caso.
Esto y que aprendí mucho de ella, de forma directa o indirecta, pero, curiosamente, esta lección es una de las que más valoro.

No me importa que me mientan, porque entiendo que todo el mundo lo hace, pero una vez detecto las mentiras, y por suerte o desgracia lo hago con bastante precisión, siempre concedo la oportunidad de decir la verdad. Siempre. Sin excepción.

Esto intento aplicarlo a todo, sobre todo a mis relaciones personales.

Hoy he llegado a la conclusión de que me moriré sin que ninguno de los mentirosos que pasen por mi vida diga la verdad en el momento en que le comunique que sé que está mintiendo. No importa que les brinde mil oportunidades de decir qué ha pasado realmente, ni que incluso se lo insinúe de forma abierta, ni que les deje claro que no pasa nada, que pueden hablar. Tampoco importa que les haga una descripción exacta de lo que realmente ha pasado, eso que están escondiendo con su mentira.

Da igual.

Siempre dirán que lo rompieron sin querer.
Y yo siempre sabré que están mintiendo.

No podéis imaginar lo triste que eso resulta para mí. No creo que nadie pueda hacerse una idea de, hasta qué punto, ese detalle me roba la fe en mil pequeñas cosas.

Y en otras más grandes.

12 de Noviembre 2006

Locos por bailar

Cualquiera de nosotros podría decirlo.

Decir que sólo tu cuerpo cumplió sus promesas.

Que cada uno de los placeres que parecía capaz de dar fue dado.
Preguntar dónde estaba tu alma en aquellos momentos.

Decir que se esforzó en buscarla, que la invitó a bailar, que se vistió con sus mejores sentimientos. Que sólo encontró disculpas por no acudir nunca a esa cita.

Que las disculpas empezaron a aburrirle, haciéndole mirar hacia otra parte.

Dijiste que todo era distinto, especial, intenso.
Podría preguntar en qué gesto escondías todo eso que decías sentir.

Cualquiera de nosotros podría decir que no supo mantener hogueras encendidas con leña que no estaba dónde tú dijiste que estaría.

Que quizá fue mala suerte, por las llamadas que no se cogen, por los momentos que no se comparten, por los mensajes que no llegan, por las palabras que no se dicen. Pero ahí terminamos todos, tarde o temprano.

Observando tu baile solitario.
Empezando el nuestro.

Cualquiera de nosotros podría decirlo y, sin embargo, callamos.
Intentando escuchar una música que nunca suena.

Todos nosotros.
Locos por bailar.

7 de Noviembre 2006

Hoy está loca

Estoy harta de limpiar sus mierdas, dice.
Y la mete en la bolsa de basura, junto con un montón de cosas más. La perra es pequeña y tiembla, casi sin moverse.

El niño mira desde el suelo, sentado. Pero mamá, dice, no puedes tirar un animal a la basura.
Y el miedo, a que lo haga, a que la mate, lo deja inmóvil mirando.

Hoy está loca.

No puedes hacerlo.
Claro que puedo, ya verás tú.

Deja la bolsa en el suelo y la perra, poco a poco, va saliendo con cuidado, como si supiese que algo anda mal.

No puedes hacerlo, piensa él.
No quiero vivir habiéndote visto hacer algo así.

16 de Octubre 2006

Nómada

Ella apoya las dos manos sobre su mesa y él levanta la vista para mirarla.

Sonríe con cara de ir a decir algo divertido, ladeando un poco la cabeza, una ceja levantada.
Entreabre los labios un momento y los deja así antes de hablar.
Siempre es guapa, pero en ese momento es también bonita.

Como si estuviese a punto de confesar alguna trastada de la que se siente orgullosa.
Picardía de patio de colegio.

Si me dices en qué estás pensando te invito a la siguiente copa. Lo dice balanceando la cabeza; como cuando estás pensando qué precio ponerle a algo.

El segundo mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que invita a copas.

Escitas, dice él. Pensaba en eso.

Ella deja escapar un poco de aire por la nariz mientras sacude la cabeza. Levanta las cejas y dibuja una risa muda durante unos segundos, luego se dobla un poco hacia atrás y le observa frunciendo el ceño, brazos en jarras. Todos sus gestos tienen un algo de broma infantil. A él le gusta que haga eso. Ella lo sabe.

Vaya, dice, eso es ser directo, Señor Mepasolatardeaquíescribiendoybebiendo. Esperaba unos cuántos días más de preámbulos, quizá alguna insinuación para ir al cine, pero no una confesión tan directa. Menos mal que no me he puesto minifalda. Vaya con la testosterona.

Ella es sarcástica hasta la médula.
�?l también.
Por eso viene aquí a escribir. Por la compañía.

No, no, dice él riéndose mientras levanta las manos, he dicho escitas, no excitas; pensaba en los escitas, no en que tú seas o no excitante. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

Ella pega un vistazo al local.
En estos momentos es el único cliente, así que retira un taburete y se sienta frente a él.
Bueno, pues cuéntame eso lo de los escitas.

Verás, dice él, los escitas eran unos tipos que durante casi treinta años dominaron lo que ahora llamamos Asia.
Ella parpadea dos veces y encoge los labios. Después apoya sus codos en la mesa y clava su mirada en él.

Intenta no pensar en lo guapa que está así.

Bueno, lo gracioso de esos tipos, lo que los hacía tan difíciles de combatir era que, simplemente, no estaban en ningún sitio.

Ella pone la misma cara que pondría si le contase que anoche vio una nave espacial con dos avestruces pilotándola. O algo igual de inverosímil.

Quiero decir, los tipos existían, claro, pero no tenían una base fija. Iban a caballo antes de que se pusiera de moda. Ni siquiera se molestaban en ir dejando destacamentos en las tierras que iban conquistando. Simplemente sabías que estaban ahí y que en cualquier momento, pumba, los tenías encima.

Eso pasa con algunos clientes también, dice ella. Menos mal que tengo el sifón para defenderme.

Los dos se ríen.

El caso es que en aquella época casi todo el mundo estaba ya en algún sitio fijo, sigue él, y aquellos tipos eran nómadas, y contra lo que pueda parecer, aquello les daba una ventaja increíble.
Incluso algunos enemigos que podrían haberles derrotado evitaban el combate con ellos.

¿Por qué?, pregunta ella.

Bueno, dice, supongo que preferían atacar enemigos asentados, ya sabes, que tuviesen territorios e infraestructuras contra las que poder cargar. Es complicado luchar contra un enemigo que no está en ninguna parte, de hecho los escitas, pese a ser virtualmente dueños de toda esa zona, pasaban bastante del tema. Se dedicaban a moverse libremente, se aprovechaban de los recursos del lugar donde estuvieran en ese momento y luego se movían a otro sitio. Era complicado combatirles porque, si lo piensas bien, la mayoría de guerras se centraban en arrebatar o destruir las posesiones al enemigo, y esta gente lo tenía montado de una forma distinta, por no decir que no lo tenía montado, así que la guerra convencional era difícil contra ellos. Dejando de lado que eran más brutos que hechos de encargo, claro. Además, si querías zurrarte con ellos tenías que esperar a que te encontrasen, lo cual te hacía estar a la defensiva. Ellos siempre estaban a la ofensiva porque no tenían nada que defender salvo su pellejo. Hasta que no atacaban no sabías nada de la naturaleza de su ataque ni de sus objetivos y, si se lo veían muy mal, podían pasar por delante y tú no te dabas ni cuenta. Eso, aunque hoy nos cueste concebirlo, parecía darles una ventaja bastante grande.

Sí que suena raro, sí.

Si te fijas bien, en esencia, la cosa se basa en que no se les podía hacer daño estructural o económico porque no estaban constituidos en ese sentido.

¿Y qué hacías pensando en eso?, eres la hostia de raro. Quiero decir, que eres muy majo, y molas y todo eso, pero eres muy raro.

Pues la verdad es que no sé si decirte por qué estaba pensando en eso, no sea que me veas más raro todavía y no me quieras dar de beber. Tengo sed, ¿Sabes?

Y se coge el cuello con las dos manos sacando la lengua, como si se ahogase.
Ella se ríe arrugando la nariz y le golpea en el hombro llamándole idiota.

En serio, me pica la curiosidad, ¿por qué pensabas en eso?

Bueno, estaba pensando en eso porque me gusta la Historia, es decir, no me gustan las fechas y la cronología y todo el rollo, pero sí me gusta la Historia como almacén de ejemplos. Creo mucho en la memoria. Siempre digo que no tener memoria es lo que permite que te la claven varias veces por el mismo sitio. Esta táctica de los escitas, su esencia, el rollo descentralizado, se ha utilizado en resistencias, ¿sabes?, para defenderse, para causas justas, pero también se ha utilizado para atacar, para oprimir, para dispersar el poder e impedir que sea atacado en ningún punto estable.

Ella ladea la cabeza y encoge un poco los ojos. Sonríe de medio lado.

Pasa mucho en la Historia, sigue él, alguien establece algún tipo de táctica y luego el poder la convierte en estrategia. Termina sirviendo para lo contrario. Son cosas que se pueden usar en un sentido u otro, supongo que no hay casi nada bueno o malo, es una cuestión de uso. Estaba pensando en las herramientas que tenemos, eso es todo.

Ella le mira un momento. No hay gesto infantil. No está sonriendo. No está siendo más guapa de lo que es como suele hacer casi todo el tiempo. Tan sólo le está observando, en silencio.
�?l se siente un poco extraño bajo su mirada. No sabe si le gusta sentirse así.

Hoy, dice ella, saldré a las diez. Tráete alguna peli, cenamos en casa y me cuentas más cosas de esas. Si se nos hace muy tarde te quedas a dormir, pero mañana me acompañas al banco temprano, así no me aburro ¿Te parece?

Vale.

Sonríe, se levanta y camina hacia la barra.
Se queda mirándola mientras le pone la copa.
Le cae bien.

El mejor tipo de camarera que puedes encontrar, piensa, es ese que te invita a su casa a cenar, a ver pelis, charlar y quedarte a dormir.

Así que esta noche toca ser nómada, piensa.
Como los jodidos escitas.

8 de Septiembre 2006

Pompas de jabón ( Para Dani )

De pequeño me gustaban las pompas de jabón.

Recuerdo tardes enteras en la cocina, jugando con ellas sobre el mármol blanco. Al principio estallaban en cuanto aterrizaban sobre él.

Desaparecían.

Estaban ahí, flotando, con ese arcoiris raro dentro y, entonces, dejaban de estar.
Dejaban de existir. Tan sólo quedaba una pequeña mancha húmeda, como la que dejan algunos besos.

Después descubrí que, cuando llevabas un rato jugando con ellas, cuando el mármol estaba ya muy húmedo, se posaban y se quedaban allí un rato.
Probé a mojarlo con agua nada más empezar a jugar, pero no era suficiente.

Seguían estallando.

Llegué a la conclusión de que necesitaban que su suelo estuviese cubierto de lo mismo que ellas, así se fundirían con él y aguantarían más tiempo.

Y así fue.

Pompas enormes dentro de las cuales mirar, preguntándome cómo sería.
Una vez conseguida la pompa que no estallase quería saber cómo sería estar dentro.
Era casi un mundo dentro de otro.
Casi.

Mojaba mis dedos con jabón y los introducía, despacio, dentro de ella.
Mi aliento le daba forma, el jabón lo contenía, el arcoiris raro cambiando de sentido una y otra vez, anunciaba cosas. Aprendí a leerlo. A saber cuándo la pompa iba a estallar. Estaba todo en sus giros. Sólo había que observar con atención.

No importa cuánto jabón usase.
Siempre terminaban estallando.

Al final la carne y la pompa siempre entraban en contacto.
Las pompas sólo entienden de jabón.
Nosotros entendemos más cosas. O lo intentamos.
Ellas no.

Ahora sólo me gustan las cosas que no necesitan que estés hecho de lo mismo que ellas para no desaparecer. Las pieles que aceptan el roce de otra piel sin nada que la disfrace.

Me gustaban las pompas de jabón, pero ya no quiero saber qué se siente estando dentro.
Siempre estallaban.
Siempre estallan.
Siempre estallarán.

Por eso me gusta estar fuera.

3 de Septiembre 2006

Tic, tac

El dolor le despierta.

Algo le golpea el pecho, una sola vez. Su brazo izquierdo está dormido.

El ventilador sigue girando como si nada de eso estuviese ocurriendo.

Se incorpora en la cama y se queda mirando al frente, a oscuras, listo para que el dolor aparezca de nuevo y se lo lleve por delante.

Siempre pensó que su corazón acabaría con él. Un día de estos. Es ese tipo de cosas que sabes sin entender por qué. Como cuando te despiertas y sientes que será un mal día.

Como cuando aciertas.

No me da miedo morir, dice a las sombras, he vivido muchas cosas, buenas y malas. He aprendido a tratarlas por igual. Según el jodido Kipling el mundo me pertenece.
A la mierda Kipling.
Estoy rodeado de gente que piensa que vivirá para siempre. Rodeado de gilipollas que no llaman a las cosas por su nombre.
Ahora existo y un día dejaré de existir.
Me la suda.
Borradme del mapa, cabrones, me da igual. Ya he hecho lo mío, estoy en el tiempo extra. Si me muero dándome cuenta estiraré el dedo medio para que me encuentren así.
Mi legado.
A tomar por el culo, pandilla.

Se queda allí, con el brazo cogido.
Esperando.

Nada. Ni rastro de dolor.
Quizá sólo lo soñó.
A lo mejor se le durmió el brazo y eso le despertó.

Vuelve a tumbarse y mira el techo.

Sonríe.

Saber que un día estirarás la pata, que ocurrirá en cualquier momento, que por importante que te parezcan tus cosas sólo eres un reloj haciendo tic tac hacia atrás, te da perspectiva.

Perspectiva y toneladas de libertad.

Otra vez será, piensa mientras se duerme.
Otra vez será, sí.

Pum, pum.
Tic, tac.

28 de Agosto 2006

Salen rubias, pero no estas.

No me gusta que tomen el pelo a la gente.

Vale, sí, es verdad. Soy un jodido misántropo, pero es una forma de hablar, ya me entiendes.

La cosa es que hay distintas formas de tomar el pelo. Pueden contarnos una mentira y sacar provecho de ella, en plan timo de la estampita. Cosas directas, ya sabes. Y luego están las formas más sutiles. La religión, el final de Matrix, los recuentos de votos en Florida (Vale, esa no fue muy sutil, pero funcionó), la virginidad de Britney Spears, Paolo Coelho, el Creacionismo, las hipotecas, los telediarios, el sistema judicial, el amor para toda la vida, la jodida civilización, etcétera, etcétera.

El caso es que hay muchas formas de tomar el pelo a la gente, pero en esta no me había parado a pensar.

Estás en un videoclub, trabajando. Solo.
Viene un tipo a devolverte cuatro películas porno. Porque todo el mundo sabe que los auténticos fans del molinillo las cogen de cuatro en cuatro, con dos huevos.
Las coges. Las estás comprobando y te dice, de forma bastante tímida, que una de las películas no coincide con la que alquiló.
Automáticamente te ciscas para tus adentros en los muertos más frescos de todos tus compañeros (porque eres un tipo la hostia de simpático), que han vuelto a meter, por enésima vez, una película en la estantería sin comprobar que el número del disco y el número de la carátula se correspondan.

Rebufas, compruebas y, para tu sorpresa, sí coinciden.

Entonces miras al cliente y él echa un vistazo rápido a su alrededor, se acerca un poco y te dice en voz baja que sí, que los números coinciden, y la portada del disco también coincide con la portada de la película que él alquiló, pero resulta que, según él, lo de dentro no tiene nada que ver.

Es decir, sigue, salen rubias, pero no estas.
Señala el DVD.

Miras a las dos rubias del DVD. Piensas que aun no es tarde para ser actor porno y acto seguido te maldices por ser tan monógamo. Vuelves a mirar al cliente.
�?l tampoco sale, dice señalando al tipo que les sujeta amablemente el culo. No sea que les entre un ataque repentino de gravedad y se les caiga, a las pobrecitas. Un negro. Enorme. Con cara de mira lo que tengo para cenar.

Y, dice carraspeando, tampoco salen negros. Ningún negro.

Ahí ya te mosqueas un poco.
¿En una peli que se llama Devoradoras de �?bano no salen negros?

Entonces subes los hombros como diciendo, y yo qué sé, tío. Y se va, no sin antes precisarte que el título que sale en el menú de ejecución de la película también se corresponde con la carátula, pero que las escenas no tienen nada que ver.

Entonces es cuando aparecen dos posibilidades.

O bien el tipo se la cascó en la advertencia legal y no le dio tiempo a ver la película, por lo que sería comprensible que no hubiese llegado a ver al negro ni a sus dos amigas, o bien la distribuidora está tomándole el pelo a sus clientes.

No sé qué harías tú. Yo puse el DVD.

Fui al menú de escenas y pegué un vistazo por encima. Ni rastro de señores oscuros con cocacolas de dos litros entre las piernas. Sí que parecía haber un par de rubias, pero no eran las de la portada. Ni de coña.

La clienta que deambulaba por el video pegó un vistazo al monitor, me miró y volvió a mirar el monitor.

Señora, dije, estoy comprobando una película. Además estoy informado de lo de París, la cigüeña y todo lo demás, así que no sufra. Lo peor que puede pasar es que me entren ganas de reproducirme.

Salió corriendo y gritando algo sobre ligadura de trompas que no entendí demasiado bien.

Ya con el videoclub vacío pensé en mirar unos segundos de cada escena con el rebobinado rápido puesto, para asegurarme.

Nada, ni negros, ni latinos, ni victimas del reggeton ni nada de nada.
Y las rubias, en fin, las rubias una miseria comparadas con las de la portada.
Apagué.

La hostia, pues el tipo tenía razón.

Es la leche. La gente piensa, bah, da igual, para hacerse unas pajillas, ¿qué más dará?

Pues no, hombre, no da igual.

Es como si te coges una película con naves espaciales en portada.
Y luego sale Meg Ryan. Ni una puta nave espacial a la vista.
Te mosquearías, ¿verdad?

Claro, puestos a que sean del género que se sobreentiende por la carátula, te puedes coger una peli de acción con Bruce Willis en portada y verla para descubrir que no sale Bruce Willis. Pero, oye, es una peli de acción, ¿Qué más da?

Me pasé un rato pensando en como se había callado el tipo. Joder, se trata a los clientes de porno como si fuesen una especie de bichos raros y son ellos los que dan de comer a media plantilla. Sus películas cuestan más baratas al dueño y se alquilan más caras, además suelen tener retraso con el correspondiente recargo. Una vez se enganchan no hay quien los pare.
En el otro extremo están los que te las devuelven a la media hora. Siendo generoso con el tiempo. Así que la puedes alquilar varias veces al día.

El caso es que la empresa se forra con ellos.

Es cierto que una vez tuve que darle un cursillo a uno, con papel higiénico y recorrido imaginario del sofá al reproductor con la mano manchada, sobre cómo limpiar las películas antes de traérnoslas. A fin de cuentas, como dijo una excompañera, existen trabajos donde pagan bastante más por tocar semen, y este no es uno de ellos, así que la pulcritud se agradece bastante.

También es cierto que hemos tenido que sacrificar carátulas por ser incapaces de despegarlas, pero aún así preguntas en todos los videoclubs de la cadena y los clientes con más caja son siempre, y cuando digo siempre no quiero decir a veces, gente que alquila porno.

Si hubiese sido otro cliente, con una película donde en portada hubiera una cosa y dentro, con el mismo título, otra, me hubiese llovido la bronca irracional de turno, con hoja de reclamaciones, juramentos en arameo y toda la parafernalia propia de los encabronamientos de los clientes.

Sin embargo el tipo agachó la cabeza y se piró, sin exigir nada.

La mayoría de hojas de reclamaciones que he me han puesto y que he visto poner eran por razones injustificadas.
Hace tiempo que no veo ninguna.

Al final la gente aprende que los dependientes son una especie peligrosa, sobre todo cuando tienen tus datos.

Este cliente podría haberse quejado o haber exigido que le compensaran con una película de negros haciéndole la revisión intestinal a dos rubias que te cagas la pata abajo. Y en lugar de eso se fue. Resignado.
¿Pero qué cojones es esto?

Salté el mostrador y enfilé al cuartito de las porno.
¡¡¡Sucias ratas embusteras, salid de vuestro escondite, manifestaos!!!
Las carátulas no decían nada, así que dejé de apuntarles con el ambientador y busqué la peli de marras. Al menos sé que esa miente. A las otras ya las pillaré.
La cogí, le di la vuelta.
Ahí estaban, las dos rubias y el señor mástil oscuro.

Esperando a que otro incauto pique y la alquile.

De toda la gente que la había alquilado nadie había dicho nada. Nadie. La cogían, hacían el numerito de sacarle el veneno a la cobra y la devolvían sin decir ni mú.

Pensé que alguien debería hacer algo al respecto.
Alguien debería quitarla de ahí.
No vais a ver a las dos rubias, joder, no están, es mentira, no piquéis, no la cojáis.
Alguien debería de ser capaz de dejar de concebir a los clientes del porno como unos simples guarros sin escrúpulos a los que les da igual una rubia que otra.
Alguien debería detener el abuso de las distribuidoras que mienten y engañan a sus clientes.
Alguien debería empezar a marcar la diferencia, con pequeños gestos.

Pensé en ello, un buen rato.
Luego hice la caja, el cambio de turno y me fui silbando.
Me encanta silbar.

24 de Agosto 2006

Las latas de Prometeo

Está tumbado boca arriba en una roca, donde el agua del mar no puede salpicarle, el aire huele a todo el alcohol que acaba de vomitar.

-¿De verdad hay tantas estrellas?
-No-, dice el otro chico-, no hay tantas, eres tú que ves doble por la turca que llevas.
-Creo-, dice tocándose el costado-, que mi hígado ha dejado de funcionar, no puedo más, en serio, esta es la última, lo dejo, se acabó, no más borracheras.
-Vamos hombre, sabes que no lo vas a dejar, mañana por la noche estarás de nuevo hablándole a las latas y preguntándoles si piensan realmente que no puedes terminar con ellas igual que terminaste con sus predecesoras.
-Es que son muy altivas, tío, me desafían y pierdo el norte.
-Samuel, las latas no hablan.
-Hostia que no, bébete seis y tú también empezarás a escucharlas.
-Yo no bebo tanto, y lo sabes.
-Ya, por eso estoy así, siempre termino bebiéndome tu parte. En el fondo es culpa tuya.

Los dos se ríen.

-¿Sabes qué pienso, Samuel?
-Miedo me da.
-Pienso que eres el jodido Prometeo, aquí puteado en la roca con el águila de la borrachera picoteándote el hígado.
-¿Ese es el fulano que robó el fuego?
-Sí, y creó a los hombres y se pegó un par de columpiadas guapas con el cabrón de los truenos y los relámpagos, pero no es esa la parte de él que me recuerda a ti.
-Eh, que yo me tiro unos cuescos muy guapos.
-Ya, ya, pero el de los truenos es otro.
-Cierto, se me había mezclado la movida mitológica, es el alcohol.
-Prometeo, al ser inmortal, no podía morir. Entonces el águila le picoteaba el hígado, lo jodía a base de bien y luego, tachán, hígado nuevo y otra vez a empezar.
-Que guapo, un hígado que se regenera.
-Como el tuyo, mamón, no haces más que pillar turcas y decir que vas a dejarlo y a los dos días estás otra vez igual. Y encima tienes buen aspecto y todo, lo que yo te diga, el jodido Prometeo.
-Coño, pues no me lo había planteado. ¿Tendré que pedirles derechos de autor a los Griegos por usarme como base para sus historias?
-Hombre, está jodido el tema, más que nada porque nos llevan unos siglos de ventaja.
-Bah, pero seguro que a ti se te ocurre algo.
-Bueno, ahora que lo dices�?�
-No sé si quiero oírlo, me da vueltas todo.
-Bueno, con eso de que hay gente que dice que el tiempo ocurre todo a la vez aunque lo percibamos de forma lineal y con eso de que otros dicen que es circular y se mueve por ciclos�?� igual podemos alegar que un Griego hizo una enorme hoguera con hierbas y setas que no debería haber quemado, que se chupó todo el humo, que en medio del flipe se salió del espacio-tiempo y tuvo una visión, que te vio aquí jodido del hígado, para, acto seguido, verte un día después, como si nada, pidiendo un chupito de esos tan cafres que pides, y que eso le inspiró la parte de la roca.
-Tequila, Ginebra y Vodka
-Esos.
-Hombre, pues es una idea, aunque está jodido demostrarlo.
-Igual de jodido que demostrar lo contrario.
-¿Y lo de crear la humanidad?
-Bueno, la humanidad en general es una mierda, y tú me contaste que le pones nombre a las bolas que sueltas, antes de tirar de la cadena.
-La hostia, ¿de verdad te conté eso?
-Sí
-Vaya tela, voy a tener que beber menos.
-El caso es que tú también creas tus propias humanidades, aunque eres más sensato y tiras de la cadena antes de que puedan empezar a joderlo todo y llamarlo civilización.
-Es por si me piden paga, voy justo de pasta.
-Me hago cargo, me hago cargo.
-¿Entonces Prometeo?
-Sí, yo creo que sí.
-Joder, que guay, esto hay que celebrarlo. Acércame una lata.
-Vale, voy a ver si�?�¡¡Coño!!
-¡Joder!
-¿Has visto eso?
-Joder que si lo he visto
-¿Pero era?
-Y tanto que sí
-No puede ser, ¿en serio?
-Totalmente. Ha centelleado un momento y luego ha desaparecido.
-Pero parecía�?�
-No parecía, lo era.
-¿Lo era?
-Sí, un griego con la túnica llena de mierda y cara de haberse fumado medio bosque.
-Esto tengo que escribirlo.
-Vale, pero antes pásame esa lata. La que está tarareando la cabalgata de las valkirias.

16 de Agosto 2006

Así se hará

Está flotando en su torre.

Hay un viento que viene de todas partes, revolviendo su pelo, agitando su túnica.
Sus pies no tocan el suelo y su mirada está perdida en el horizonte.

Dos leones se acercan a él y agachan la cabeza.
�?l no les mira.

Señor, dice uno de ellos, pedimos permiso para ir por ella.

�?l inspira hondo.
Se gira.
Mira al león que ha hablado.
Hay llamas bailando en sus ojos.

¿Por qué?, le dice.

Señor, dice el león, usted cargó con su mal, enfermó por culpas que le pertenecían a ella, se despojó de su magia para hacerse vulnerable y sufrió lo que le correspondía sufrir a ella.

Rompió el equilibrio.

Ella debería haber cruzado esa noche oscura, no usted. Ella nació para sufrirla. Somos guardianes de la balanza, debemos compensar. Ella tiene que sufrir.

�?l les mira y entonces, lentamente, deja de flotar.
Cuando la hierba que recubre la torre toca sus pies descalzos él la acaricia con los dedos. Sonríe un momento y vuelve a mirar a los leones.
Las llamas de sus ojos han desaparecido.

Los dos leones se miran un instante.
Entonces él empieza a hablar.

Cuando la encontré, dice rodeándolos, estaba perdida, hundida en su propia miseria. La negrura se la comía por dentro. Le di una daga y dejé que me hiriese, sabiendo que, por su naturaleza, lo haría. Absorbí su maldad y su dolor a través de la herida. Su mal sólo es visible cuando está atacando. Sólo en ese momento es vulnerable.

Y así fue cómo lo robé.
Así fue cómo lo puse dentro de mí.

Rasca una grieta en la pared, se sacude el polvo de los dedos y continúa andando.
Los leones le siguen.

Luché una guerra que ella no podía ganar. A ella la hubiese consumido, la estaba matando y no se daba ni cuenta. La única forma de acabar con la oscuridad que vivía en su interior era ponerla dentro de mí y destruirla.

Eso hice.

Quedó limpia, lista para vivir sin toda esa negrura dentro. Fue mi decisión, y salió bien. Miradla ahora. Ríe, casi ni recuerda cómo se sentía entonces. No quiero que le hagáis nada. He vuelto a la torre, puedo pisar el suelo siempre que quiera, moverme por sitios que antes no podía ni mirar, permanecer más tiempo aquí ocupándome de mis asuntos. Su maldad me hizo más fuerte. Estaba ofuscada por lo que llevaba dentro, así que cualquier daño que pudiese intentar hacerme fue involuntario. Ahora mismo sólo es una mortal feliz, con asuntos mortales, alejada de todo esto de lo que nunca sabrá nada. De todo esto que ni siquiera es capaz de imaginar.

Esa es mi voluntad, y debéis respetarla.

Señor, dice el otro león. Ella no debía ser feliz, ese no era su destino, usted sabe que algunas líneas no pueden cambiarse, aunque le servimos y respetamos hay cosas que ni usted puede alterar. Ella ha de sufrir, hemos de reinstaurar el equilibrio, forma parte de nuestra función.

Escuchadme, consentí esa herida porque su oscuridad era lo que me faltaba para completarme, porque a ella tan sólo le habría consumido sin dejar nada bueno detrás. A mí me era útil, a ella no. Nunca me había dejado herir de esa forma, de no haberlo hecho no habría llegado a comprender qué significa realmente ser el dueño de esta torre. La necesitaba para llegar a este punto. Vosotros, mejor que nadie, sabéis cómo funcionan estas cosas.

Una ramita en el suelo parece llamar su atención. La recoge y sigue hablando.

Sé que fue arriesgado, sé que la torre estuvo sola, sé que durante algunos meses no supisteis dónde estaba. Sin embargo su oscuridad me sirvió, su dolor me sirvió y si hice mío su sufrimiento fue para cumplir mejor mis tareas.

No me dañó, dice mirando cómo la ramita gira entre sus dedos, no me dañó, me hizo más fuerte, fue sólo una herramienta e hizo bien su trabajo; es por eso que no la tocaréis.

Los leones se miran entre sí y, entonces, comienzan a hablar al unísono.

Señor, lo sentimos mucho, hemos de hacerle daño. Usted sabe eso. Lo supo todo el tiempo. Robarle la negrura no la libró de su destino. Ella ha de sufrir, y usted lo sabe.

Siempre supo que sufriendo en su lugar sólo le conseguía un poco más de tiempo.

El tiempo ha expirado.
Hemos de restaurar el equilibrio.
Usted ha de darnos permiso.
Forma parte de su función.

�?l los mira callado. Frunce el ceño.
Deja caer la ramita que tiene entre los dedos.

Las llamas vuelven a sus ojos mientras sus pies se levantan del suelo, gira poco a poco, elevándose en medio de un huracán que no está ahí, y cruza los brazos.

Cumplid vuestro cometido, dice, pero no le toquéis ni un pelo de la cabeza. Haced lo que queráis a su alrededor pero no la toquéis, ¿Lo habéis entendido? Ningún daño directo, sólo lo imprescindible, sólo lo que la balanza dicte. Ni más, ni menos.

Así se hará, señor.
Así se hará.

Los leones se alejan.
�?l los mira hasta que ya no pueden distinguirse de cualquier otra cosa.

Se mira las manos.
Se queda un rato allí, sin hacer nada, con los ojos cerrados.

Lo siento, dice.
Siento mucho todo lo que te va a pasar a partir de ahora.

Sus lágrimas flotan junto a sus pies.
Sin tocar el suelo.

9 de Agosto 2006

Tierra y Círculos

Está sentado en el suelo, las manos llenas de tierra.
Le encanta la tierra.

Su madre está en la otra parte del parque, sentada, haciendo un suéter de lana bastante feo que le obligará a ponerse cuando llegue el invierno.
Aunque él ahora no sabe eso.

Hay otro niño. Lo conoce del patio. Es un año mayor, o algo así. Van a clases distintas, pero se ven en el recreo. Hay dos patios en su colegio; uno para los niños y otro para los mayores. Los dos juegan en el primero, aunque el chico es mayor que él. Se lleva mejor con los mayores. Entienden mejor sus bromas, tardan un poco más en dejarle solo, parecen más interesantes, aunque siempre terminan demostrando que no lo son. Pero tardan más.

El chico le reconoce y se acerca a ver qué está haciendo con la tierra.
�?l se levanta y se sacude las manos.
Su madre sigue tejiendo.
La madre del otro chico está hablando con otra madre. En esa etapa para él las mujeres se dividen en dos clases: Madres y no madres. Ella lleva un carro con otro niño.

Un rayo de luz se cuela entre las ramas del parque y le da en los ojos, dejando toda la imagen grabada por unos segundos en su retina.

El otro niño, su madre, el carro.
Esa escena se quedará grabada mucho tiempo en su cabeza.
Aunque él ahora no sabe eso.

El niño le pregunta a qué está jugando y él le despista haciendo un par de bromas sobre excavaciones para encontrar el techo del infierno. Está de buen humor. El otro niño se ríe y mira los montones de tierra y, sobretodo, el círculo que él había trazado a su alrededor.

Más adelante los círculos serán importantes en su vida.
Llevará uno colgado siempre del cuello.
Tendrá otro que se romperá y se recompondrá con distintas personas conforme pasen los años.
Se concentrará en identificarlos, en ver cómo se abren y cómo se cierran; los ciclos, las etapas, los círculos.

Serán importantes.
Aunque él ahora no sabe eso.

El niño pregunta para qué es el círculo y él le contesta que para que no pase nada malo mientras excava. Dentro, dice, nada puede hacerte daño. Y sonríe.

Entonces ocurre.

El niño se lanza sobre él sonriendo, para jugar, tocarle, las típicas cosas de niños. �?l sigue sonriendo, le sujeta por la camiseta tal y como viene y gira un poco sobre si mismo, dejando una pierna un poco separada. El niño choca con ella. Se cae.

�?l sigue sonriendo pero al niño parece no haberle hecho gracia.
Le tiende la mano, vamos, dice, deja que te ayude, no ha sido nada, sólo te has manchado un poco.
El niño le mira desde el suelo. Piensa durante unos instantes y le da la mano.
Antes de que puedan tocarse su madre lo está levantando.

�?l da un paso hacia atrás. Su madre sólo le mueve tan fuerte cuando va a pegarle. Debería, piensa, de levantarlo un poco más despacio.

No pasa nada, dice él, estamos jugando.

La madre del otro niño no le mira, parece como si no le escuchase.
Ella está mirando a su hijo a los ojos mientras le sacude el polvo del pantalón. No le está pegando pero tampoco le está limpiando. Es un punto medio, hay algo contenido en el gesto. �?l está congelado, observando.

Durante el resto de su vida observará todo lo que la gente, incluyéndose a sí mismo, hace.
Aunque él ahora no sabe eso.

La madre coge a su hijo y le estira del brazo, coge el carro y se marcha.
�?l se queda mirándolos.
El niño se gira un momento y luego mira hacia su madre, que le va a decir algo.

Te tengo dicho que no juegues con ese niño.
Y lo repite zarandeándole.

Te tengo dicho que no juegues con ese niño.

Habrá más niños que no querrán jugar con él. Con el tiempo algunas personas querrán estar a su lado pero terminarán marchándose, alguien decidirá por ellos que es mejor no jugar con él, otras veces lo decidirán ellos mismos, pero no será la última persona que vea alejarse.
Aunque él ahora no sabe eso.

Los ruidos del parque, su madre tejiendo en la otra punta, sin enterarse de nada de lo que ha pasado, el niño alejándose, la frase haciendo eco en su cabeza, una moto que pasa por la carretera.

Se mira las manos.
Mira la tierra.
Mira el círculo.
Mira la silueta de la madre, que sigue riñendo a su hijo. Por jugar con él.

¿Por qué?

De camino a casa se lo cuenta a su madre y cuando le hace la pregunta ella deja las bolsas con la lana y el suéter feo, se pone de rodillas para estar a su altura, y dice algo que a él, con el tiempo, le parecerá injusto.

No les necesitas.
Ellos a ti sí.

12 de Junio 2006

El Desierto

Iba a tenerla delante.
Le gustaba decirlo en voz baja, para sí mismo.

Dentro de unas horas iba a tenerla delante y, entonces, todas las pequeñas piezas que había reunido durante esos dos años encajarían.
Todo estaba dispuesto. Con su marcha empezó el desierto y con su visita terminaría.

Tan claro como que el agua moja, estés donde estés.

Había estado arreglando su casa esos días. Mientras lo hacía se arreglaba también a sí mismo. Con la paz que le proporcionaba tenerla cerca era capaz de entender muchas más cosas de las que podía entender sin ella. Si nunca has dormido junto a nadie y has sentido que valdría la pena morir en ese instante, que todos tus círculos están cerrados, que ya no queda nada más que hacer, que todo está en su sitio, que nada puede hacerte más feliz que ese simple momento de estar ahí, totalmente presente, vivo como nunca lo has estado, en ese único segundo en que su presencia lo hace encajar todo, si nunca has sentido eso te será difícil entender qué sentía. �?l te desearía con todo lo bueno que le queda que algún día sepas qué se siente. Todos deberíamos sentirnos así al menos una vez en la vida, solía decir.

Iba a recogerla en el mismo sitio en que la dejó marchar.

Todos tenemos nuestra propia mitología personal, nuestras etapas, el nombre que ponemos a los capítulos de nuestra vida, más sencillos o más complicados, pero capítulos.

Te hayas dado cuenta o no tú también lo haces.

En la suya el tiempo que va desde decirle adiós hasta volver a decirle hola se llama El Desierto. Lo llama así por muchos motivos. �?l Podría contarte que ese Desierto estuvo dividido en dos tramos, que la sed fue un factor importante, que aprender a ignorarla lo fue aún más, que a veces el agua que te ofrecen puede estar envenenada y que hasta los compañeros más fieles pueden desaparecer en medio de una tormenta de arena. Podría contarte cómo se aprende a ganar, a perder, a vivir y a morir en el desierto porque, le creas o no, esos dos años fueron toda una vida, encerrada en un pequeño periodo de tiempo, y eso es una suerte.

Poder vivir varias vidas en una.

A partir de la primera mitad empezó a observar con atención, y eso le ayudó a entender qué estaba ocurriendo y, lo más importante, porqué. Luego miró hacia atrás y entendió algunas cosas del primer tramo. Cosas que parecieron pequeñas en su momento. Conforme se fue acercando el final fue recapitulando, observando círculos cerrarse, notándolo llegar. Hacía falta algo para dar el desierto por terminado, algo debería indicar que ya estaba cruzado. Entonces llamó, hablaron, rieron y ella cruzó media Europa para pasar unos días en casa con él.

La mujer que no podía darle futuro le dio un presente que lo cambió todo.

Iban a ser unos días buenos, eso lo sabía. Le apetecía disfrutar de su compañía, ahora que, después del desierto, había aprendido a saborearlo todo.

Ahora sabía beberse la vida.
Y los primeros tragos los daría con ella.
Porque así había de ser.
Porque así lo eligió.

26 de Abril 2006

Sólo un par de segundos

Ella le mira desde la cama mientras él se viste.
Sabes, dice, no eres tan frío como intentas hacer ver.

�?l mira por encima de su hombro.
Te equivocas, como todo el mundo, pero es bonito que intentes entenderme, aunque es inútil, cuestión de estadística, sólo una persona lo consiguió, el resto falló y tuvo que inventar teorías, cada cual más ridícula que la anterior, intenta no sumarte a ellos, me gusta que tengamos estos ratos.
Le sonríe, le saca la lengua y se sigue vistiendo.

Ella da una calada a su cigarro, le mira durante unos segundos y tira el humo torciendo la boca, sin dejar de mirarle.
Eres un pedante de mierda, eso sí, Don Superior Soy Más Listo Que El Resto, nadie me entiende porque no tienen nivel para ello, hablo el idioma de todo el mundo pero nadie habla el mío, blablaba, tendrías que escuchar todas las tonterías que escupes cuando te pones en plan egocéntrico.

Si tan mal te parece denúnciame, dice, y se pone la camiseta.

A veces pareces una puta máquina, me sacas de quicio, en serio, nos acostamos juntos, sé que sientes cosas buenas por mí y tú sabes que yo las siento por ti, no hace falta que seas tan cabrón todo el tiempo.

Bueno, pues no te acuestes conmigo, tampoco es un problema tan grave.

Ella da un par de caladas, observando cómo termina de vestirse.
Siempre haces esto, dice, vienes, follamos como si se acabase el mundo, nos abrazamos y justo cuando empiezas a estar a gusto te piras, como si no pasase nada, como si no existiese nada entre nosotros, ¿Qué te da miedo?, ¿Sentirte bien?

No hay miedo, se me acabaron las existencias hace un año, y no hay nosotros, estás tú, estoy yo, y están estos ratos geniales. No lo estropees con tu psicología barata de Cosmopolitan, por favor, eres mucho más lista que todo esto, de hecho es uno de los motivos por los que paso ratos contigo.

Ella da una calada honda y tira el humo por la nariz.
¿Por qué eres así de cabrón?, Sé que no eres así, joder, no podrías hacer el amor así si de verdad lo fueses, te conozco, sé que hay más que eso, no entiendo porque no quieres soltar el látigo y disfrutar de los sentimientos, no todo el mundo va a apuñalarte por la espalda.

No hacemos el amor, follamos, y no he dicho que sea un cabrón, eso lo dices tú. Por otra parte vuestra predilección por los cabrones, digáis lo que digáis, está más que demostrada. No queréis al chico bueno, queréis al chico bueno dentro del cabrón, eres la demostración de ello. En cuanto a la normalidad, ya me esforcé en eso y no dio resultado. La represión es mala, sobre todo cuando sólo favorece a los demás, es lo que hay.

Ella frunce el ceño un momento, respira hondo y luego relaja el gesto.
Sabes que te quiero, sabes que pienso que no hay mucha gente como tú y que si la hubiese el mundo sería un lugar mejor, sabes que me pareces brillante cuando no estás en este plan, no me acuesto con nadie por acostarme, y sé que tú tampoco, me gustas mucho, no hace falta que seas así de borde.

Y tú sabes que todo eso ya lo he oído antes, y no sirve de nada, no servía entonces y no sirve ahora. Las cosas están bien así, deja de decirme siempre lo mismo, no fuerces la máquina.

Tú si que eres una puta máquina, no sé por qué te quiero, en serio, me das mucha rabia, eres encantador y de repente te conviertes en el Capitán Cabrón y no hay quien pueda razonar contigo.

Verás, crees que me quieres porque necesitas hacerte daño y no encuentras a nadie mejor con quien hacértelo, porque todo el mundo habla de acortar distancias pero lo que quiere es recorrerlas, porque todo el mundo habla de honestidad pero lo que quiere son interrogantes, porque todo el mundo dice que quiere cosas en la mano pero lo que quiere son cosas que intentar coger, cosas que puedan caerse, porque todo el mundo habla de seguridad pero adora la incertidumbre, porque sois una panda de masoquistas, porque yo ya me he cansado de tanta gilipollez, de tanta historia cambiada sobre la marcha, de tanta puñalada trapera, de tanta mentira, y porque tú, aunque seas una de las mejores chicas que conozco y no tengas la culpa de nada, eres victima del gen masoca, y porque yo, aunque haya sido buena persona, ya no lo soy. Te gusto por los motivos equivocados, con toda esta frialdad que tanto te molesta sólo te estoy ahorrando problemas. Ya no soy buena persona. No es que no me queden ganas de serlo, es que ya no lo soy, es así de simple.

Ella apaga el cigarro y le dice que se vaya, sin mirarle.
�?l le da un beso en la cabeza y sale de la habitación.
Sale de la casa.
Coge el ascensor.
Llega a la calle.
Se para en el callejón, se apoya en la pared, respira hondo un par de veces con los ojos cerrados, aprieta los dientes y sigue andando.
Suena el móvil.
Mensaje.
Es ella. Dice que le quiere, que siente no saber llegar hasta él, que le dará todo el tiempo que necesite para confiar, que sabe que es bueno, diga lo que diga, y que prefiere tener esos ratos que no tener nada. Que él siempre dice que los leopardos nunca pierden sus manchas y que ella le cree.

Se mira en un escaparate.
Le gustaría poder odiarse, aunque fuese un par de segundos. Sólo un par de segundos.

Saca el móvil y escribe un mensaje.
El mensaje dice: Lo siento.
Después lo borra.

Los mensajes tampoco sirven para nada.

13 de Marzo 2006

Fuera de tiempo

Colocó mil cosas a su alrededor.
Cosas que le gustarían, cosas que le harían feliz.
Ella miraba hacia otra parte y él las colocaba junto a ella.

Al final, mucho tiempo después, ella miró a su alrededor.

Le sorprendió no encontrar nada que no le gustase. Todo lo que había buscado en aquel horizonte que, al final, sólo conseguía que sus ojos se humedecieran, estaba justo ahí. �?l lo puso ahí. Para ella.

Recordó que a él le gustaba verla sonreír. Por eso había tanto cariño en cada detalle. Siempre supo llegar hasta ella, pero las cosas más importantes las dijo cuando no estaba escuchando.

Al final, pensó, hacemos nuestra entrada fuera de tiempo. Unas veces tarde, otras veces pronto, pero nunca en el momento justo.

Se quedó un rato en silencio, sola, mirándolo todo y, al final, sonrió.
Ahora él ya no estaba ahí para ver su sonrisa.

Ni todas las lágrimas que hubo después.

15 de Febrero 2006

Un café contigo

Elijo mirarnos desde sus ojos.

Seguro que, por mi forma de sonreir, soy feliz contigo. Sé disfrutar de estar en el mismo sitio que tú, quizá por eso sonrío, aunque no te han oido decir nada gracioso. De hecho llevamos unos segundos callados, frente a frente, sin apartar la vista. Esa mirada silenciosa que lo dice todo sin decir nada.

La ternura es tan evidente, ¿verdad?

Seguro que, aunque estés más cansada que otros días, ese brillo al mirarme, ese silencio y esa media sonrisa, habla de todas las cosas que no se ven, de todo lo que existe entre los dos, de todo lo que no se puede apreciar desde su mesa, mientras estamos callados, mirándonos en este café.

O quizá no.

Quizá no saben que, demasiadas veces, la apariencia nos engaña.
Algunas cosas son verdad sólo durante unos segundos. Otras ni eso.
Ellos no saben que no nos queremos.

Y, mirando desde sus ojos, yo tampoco.

9 de Febrero 2006

Iceberg

Somos tres en mi cama.

Estoy haciéndole cosquillas a una de ellas en la barriga, con la yema de mis dedos, mientras otra me rasca la espalda.

Me gusta que me rasquen la espalda.
De pequeño era la única forma de conseguir que estuviese quieto durante un buen rato.

Abrazo y me dejo abrazar un poco. No siempre puedes ser abrazado por dos frentes sin que intenten matarse entre sí, así que disfruto del momento.

Por la mañana sigo estando en el centro de la cama y sigo teniendo dos chicas conmigo. Despierto a la que está cerca de la pared y bromeamos con la que está al otro lado, encima del borde de la cama. (No, encima de mí no, me refiero al otro borde de la cama, el extremo sin pared. Exacto.) Le pateo un poco el culo, la empujo y le digo que traiga el desayuno. Sólo estoy bromeando, claro; bajamos a desayunar los tres juntos.

La chica del bar nos mira un par de segundos y sé lo que está pensando.
Lo sé porque una mañana me preguntó sobre el tema.

Estaba solo y bajé a tomar un café mientras leía los periódicos. Iba por la segunda o tercera noticia cuando ella se sentó frente a mí. Se me quedó mirando con esa cara que ponen los amigos cuando creen que tienes algo divertido que contar. Me quedé mirándola unos segundos y le pregunté, sonriendo, si pasaba algo.
Preguntó, sin perder el tono divertido, por qué iba a desayunar cada vez con una chica distinta, por qué todas tenían cara de cansadas, por qué todas eran guapas y por qué no reconocía que era un golfillo que se pegaba la vida padre.
Le dije que estoy solo, que duermo con amigas, que tengo muchas, que me fio de ellas y que ellas se fian de mí, que eso es todo, que no son ligues.

Por supuesto no se creyó ni una maldita palabra.

Podría haberselo explicado con más detalles, pero de un tiempo a esta parte no doy muchas explicaciones. Además me hace gracia que me toque el culo sin querer cuando nos damos dos besos para despedirnos, así que me parece justo que piense lo que quiera.

El caso es que su mirada, cuando nos ve entrar, es curiosa.
Nos sentamos, le pedimos los cafés y nos los trae.
Las dos chicas y yo estamos desayunando. Me preguntan si escribiré sobre esa noche. Les digo que sí. Me preguntan si lo contaré todo. Les digo que usaré la elipsis de Hemingway en el sitio más adecuado. Pedimos más café y algo de comer. Al rato estamos riéndonos.

Me encantan los icebergs.

15 de Agosto 2005

Vacío

Los domingos por la mañana no hay demasiada faena, así que hago un par de cosas, pura rutina, atiendo un rato, saco un libro y empiezo a leer.

Cuando quiero darme cuenta tengo un destornillador apuntándome. Detrás del destornillador hay un hombre. Es moreno de piel y pelo, unos cuarenta y algo, casi cincuenta, normal tirando a relleno.

Sus ojos intentan ser firmes. Su voz también.

¿Me das el dinero?

Estoy apoyado en el mostrador, sólo he levantado la cabeza para mirarle. Mi cara está a unos dos palmos del destornillador. Mi mano izquierda sigue sujetando la tapa del libro, mi dedo derecho está sobre la línea que no he terminado.

No, no te doy el dinero.

Termino la línea y vuelvo a mirarle. Cierro el libro. No me aparto.
¿Por qué?, dice.

Me inclino hacia delante para contestarle, el destornillador está más cerca.

Si quisiera, a esa distancia, podría vaciarme un ojo.

Porque es domingo, le digo, porque no hay nadie, porque has elegido muy mal día para atracar y porque no hay nada que llevarse.

Mira si hay algo, me dice.
Sin dejar de mirarle a los ojos le digo que no, que no voy a mirar porque no hay nada.

Entonces miro su destornillador. Después miro por detrás de él, un poco por encima y vuelvo a mirarle.
Y, tío, guárdate eso. Porque la cámaras de seguridad te están grabando y la vas a cagar.

Sin variar su expresión desliza el dedo por el metal y va escondiendo la herramienta muy despacio. Se apoya un poco en el mostrador para disimular.

La punta ya no está hacia mí.

Hay un pequeño momento en el que pienso que algo va mal.
Pero no con él.
Conmigo.

Se supone que tendría que tener miedo, estar asustado, algo, sentir alguna cosa.
En lugar de eso estoy ahí, mirándole.

Por supuesto no tenemos cámaras.

Coge eso, le digo, y vete de aquí.

Abro el libro y le echo un vistazo mientras le digo al tipo que, por mí, no me ha dicho nada, que todo eso no ha pasado, que se marche y que no se busque problemas.

Vuelvo a mirarle y siento algo que, de ser un sentimiento completo, podría parecer lástima.

Hay unas bolsitas, dos, sobre el mostrador. Son las pequeñas pulseras que regalan con las papas. Olvidé tirarlas.

Las mira y me mira.

¿Me puedo llevar esto?
Sí, cógelo y vete de aquí.

Se lo digo como se lo he dicho todo. Sin ningún tipo de inflexión, sin suavidad ni dureza. Sin nada.
Vacío.

Se marcha despacio. Le observo hacerlo. Cojea un poco.
Me levanto, voy al baño y me miro al espejo.

Me quedo mirando mi reflejo, esperando alguna reacción. Algo. Alguna puta cosa.
Nada. Cero.
Vacío.

¿Qué coño pasa contigo?

27 de Julio 2005

Los Demonios de un hombre ( Para Juanma )

Voy a contarte algo que no vas a entender, dijo.

Se llevó el vaso de vino a los labios y bebió. Un trago corto; siempre bebía tragos cortos cuando explicaba algo.

Las únicas cosas que vale la pena contar, dijo, no pueden contarse.

Levantó las cejas y añadió: Esas putillas, las palabras, no sirven para nada; eso es lo que aprendes trabajando con ellas.

Símbolos, las palabras son símbolos, dije yo, sí, ya he notado que algunas cosas no caben en ellas, pero bueno, hay que intentarlo.

Escucha, dijo, se trata de que aprendas a triangular la realidad sabiendo que jamás podrás acercarte a ella. Palabras, palabras; nada. Escribir es intentar lo imposible sabiendo que no vas a lograrlo. Me refiero a escribir de verdad, lo demás es quedarse en la zona segura contando mil veces lo mismo, ya sabes.

Bueno, dije, pero se puede escribir bien. Tú incluso tienes premios. Ya sé que los premios no son un indicador, pero vamos, quiero decir que tus historias llegan, ya me entiendes, se puede hacer bien, conectar, transmitir; contar bien la historia.

Apoyó sus manos en la mesa y se inclinó hacia delante, como para ponerse en pie. Clavó su mirada en mis ojos y dijo: Puta mierda, nada, cero. Soy un campeón de lo imposible, sí, se me ha premiado por fracasar con más elegancia que otros, nada más. Esto es como cualquier otra cosa, no tiene sentido, se lo tienes que dar tú. Aún no se han dado cuenta de que lo único importante es que no importa.
Jodidos capullos.

Dio otro trago y siguió hablando.

Está todo en la mirada, chaval; es aprendida, falsa. Lo único que ves es tu forma de ver. Escribir puede servir, como mucho, para que aprendas sobre ella o, en algunos casos, para trabajar otros prismas. Construyes realidades esperando entender cómo cojones funcionan. Fracasas y vuelves a intentarlo desde otro ángulo.

Crear ficciones, dije yo.
Trocitos de mierda, sí.

Catarsis, pensé en voz alta.

A la mierda la catarsis chaval, gilipolleces. Puedes poner tus demonios sobre papel y mirarles a la cara, pero ¿librarte de ellos? Olvídalo. Además, no es bueno librarse de ellos.
¿Por qué? Pregunté.
Me miró en silencio durante unos instantes.

Porque los demonios de un hombre son el motor que lo mueve, chaval.

Somos criaturas enfermas, niño, tensas; necesitamos sacar fuera toda esa basura extra que genera darnos cuenta de las mil pequeñas cosas que el resto no ve. Nos decimos a nosotros mismos que crear es nuestra elección. Una mierda elección. Toda la puta vida escribiendo sin poder parar. Premios, joder, no tienen ni puta idea. Es como rascarse, ¿entiendes? Escribir es un puto picor que no se puede aliviar, aunque te rasques hasta arrancarte la piel.

Hizo una pausa y observó la botella. Después volvió a mirarme y siguió hablando.

Sólo haces pausas para existir y contarlo después. Cuanto mejor escribas más cuenta te darás de esto: Es imposible reflejar nada, nada es representable, todas esas notas sobre tu existencia ni siquiera son una pálida sombra de ésta. Y aún así, si lo intentas lo suficiente y llegas a fracasar de un modo original te llamaran escritor. Igual hasta te dan un premio como esos que tengo en el baño.

Sonrió con malicia mientras daba un trago a su copa; un trago largo esta vez.

Eres un jodido cínico, dije sonriendo.
Abrió sus brazos, subió los hombros y dijo sonriendo: Denúnciame.

Los dos reímos, pagamos la cuenta y salimos del bar.
Quedaba noche por delante.

1 de Marzo 2005

Boceto del principio de una cosa que tengo por ahí

"Arder vivo y asfixiarse son las dos peores muertes que se le ocurrirán a la mayoría de personas a las que preguntes sobre el tema.

Supongo que, aunque no lo sepan, se refieren a quemarse lentamente, ya sabes, un incendio, quedarse atrapado en un coche en llamas o, esta es mi favorita, quemarse en una hoguera.

Pregunta a la Santa Iglesia Católica; ellos saben de estas cosas.

Personalmente opino que lo más importante es el tiempo que permaneces vivo mientras ardes. No hablo de estar consciente. Una vez tu sinapsis se colapsa te desmayas; apagado de emergencia. Hablo de que puedes seguir viviendo un buen rato, inconsciente pero ardiendo. Puedes llegar a tener quemado todo tu cuerpo, incluyendo varios órganos internos, y seguirás vivo.

A veces hay suerte y tu cerebro es una sopa antes de que pueda procesar las enormes cantidades de dolor que todos y cada uno de los poros de tu piel le están mandando. Eso puede pasar, por ejemplo, cuando el complejo secreto del gobierno donde te tenían encerrado salta por los aires llevándose a todo el mundo por delante, tú incluido.

Otras veces, simplemente, el humo te asfixia. Estas dos formas de morir van juntas de vez en cuando.

Habrás escuchado que cuando mueres toda tu vida pasa ante tus ojos.

Lo último que pasa ante los míos es un trozo de puerta blindada y el tío que ha hecho estallar todo esto.

Volando metro y medio sobre el nivel del suelo.

Una buena onda expansiva puede hacerte competir con Superman durante algunos segundos. Casi no tengo tiempo de ver su sonrisa. Sólo un fogonazo en el rabillo del ojo y cuando voy a girarme ya no existo. Volatizado en un segundo. A veces hay suerte y eso ocurre; a altas temperaturas. Altas temperaturas inmediatas.

Como en esta explosión.

El problema de la mayoría de rebeldes es que no lo son. El problema de los que lo son es que son capaces de cosas como esta.

Lo último que olí fue algo parecido al pollo frito.

Las tres cualidades que toda persona que se llame a si mismo revolucionario sin estar mintiendo ha de cumplir son: poseer un Proyecto Histórico que demuestre la capacidad, objetiva, de cambiar el sistema actual, haber ideado una manera de conducir, de forma progresiva, a la negación de éste y ser consecuente en todas las esferas de su persona con el sistema a establecer.

En toda mi vida sólo he conocido a otra persona que las cumpliese, pero, desgraciadamente, ha sido borrado de la faz de la tierra tres décimas de segundo antes que yo.

Cuando hay hidrógeno de por medio las explosiones son realmente jodidas; créeme.

Supongo que, si tuviese tiempo, me alegraría por todo lo que nos hemos llevado por delante. Si la gente supiese la cantidad de cosas que se están haciendo para podernos controlar de forma absoluta, este mundo se volcaría en un baño de sangre definitivo. Por suerte para ellos la mayoría de esas cosas se hacían aquí. Algunos de esos proyectos estaban avanzados y otros eran sólo ideas, pero estaban todos en el mismo espacio al mismo tiempo.

Justo aquí.

Ahora ya no están; nosotros tampoco.

Todo por los aires.

Lo bueno de ser un mártir es que sabes que has dado tu vida por los demás. Lo malo, en este caso, es que nadie lo sabrá nunca. Para que alguien lo supiese tendrían que contárselo y, para que alguien lo contase, tendría que haber supervivientes. Ninguno de nosotros tiene tiempo de comprender, mientras nos carbonizamos batiendo records, que no habrá ser vivo en varios kilómetros a la redonda que pueda hablar sobre este día. Que yo sepa, hasta ahora, salvo algún caso de espiritismo científicamente sin demostrar, es necesario estar vivo para poder hablar.

Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. No todo el mundo miente cada vez que abre la boca. Si tuviese tiempo me alegraría por eso.

Tendencia cromosómica a la rebelión. La mayor estupidez del mundo. Uno de sus proyectos iba de ese rollo. Eso nos trajo aquí, a nosotros; que éramos sus sujetos a investigar hasta que Liam perdió el control. Bueno, lo correcto sería decir hasta que Liam tomó el control.

Liam, veintiocho años, inteligencia y agresividad en continua competición por equilibrarse. Dirías que es un tipo muy listo y muy peligroso. Unos piensan y otros actúan. �?l actúa. Normalmente, en las revoluciones, en las ideas alternativas y en todo lo que represente poder cargarse el sistema, siempre la caga el que pone las bombas.

Si no existe se le crea y si no se le crea se le inventa.

Puedes inventar armas imaginarias y, ante esta amenaza, invadir el país que supuestamente las posee. Sólo tienes que hacer sentir a la gente insegura, decirles que allí hay un hombre de las bombas; meterles el miedo en el cuerpo. Cuando la gente se siente amenazada permite que hagas cualquier cosa para defenderla. No importa cuantos niños inocentes mueran. Son ellos o nosotros. El hombre de las bombas es el coco de la rebelión y, a la vez, la mejor excusa de los que tienen las riendas para no soltarlas.

Un tipo violento que sirve para desvirtuar una buena idea e invalidarla a ojos de todos.

Ese sería Liam; rebelde por el simple hecho de poder enfrentarse directamente con todo. Joderlo, mandarlo a la mierda.

Hacerlo estallar.

Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. Si tuviese tiempo pensaría en lo irónico que es esto y en el verdadero origen de ese olor a pollo frito.

Josh era de Manhattan, treinta años. Un tipo realmente brillante, tranquilo y amable. Con las mejores ideas que has escuchado nunca acerca de construir una sociedad equilibrada utilizando asambleas. Democracia pura y anarquía en una mezcla que te resultaría imposible de concebir hasta haberle comprendido. Tendrías que escucharle. Funcionaría. Te lo juro. Si aún tuviese boca, seguramente, te lo contaría él mismo.

Miró hacia la puerta, cuando el suelo vibró, y se giró hacia mí.

A veces ves cosas en los ojos de la gente que hacen que pienses que la vida es más grande de lo que crees, que te estás perdiendo algo, que hay cosas que escapan a tu comprensión y que el que te mira lo tiene más claro y asumido que tú; que tiene las respuestas, que entiende todo lo que tú ni siquiera te planteas. Ese era Josh.

Se fue tres décimas de segundo antes que yo.

Si tuviese tiempo entendería que Josh es el olor a pollo frito en mi nariz justo antes de que ésta deje de existir.

La gente que nos tenía aquí piensa que no querer vivir tu vida del modo que te imponen, que no creer en todas las cosas que quieren hacerte creer, que querer ser libres en todas tus decisiones y acciones y negarse a aceptar su modo de ver el mundo puede ser algún tipo de desviación genética.

Así que usaron todos sus medios, y estos son muchos, para reunir �??especimenes�?� que hubiesen mostrado tendencias rebeldes desde temprana edad, al parecer sin motivo evidente, para investigarlos. A ser posible, personas que no tuviesen justificación psicológica para la rebeldía. Liam, pese a todo, tuvo una infancia tranquila y no vivió ningún conflicto emocional que le hiciese odiarlo todo, simplemente era consciente de algunas mentiras y desarrolló una impresionante habilidad para respaldar revueltas con explosivos. Impresionante como todo este complejo subterráneo de Dios sabe cuantos kilómetros cuadrados volando por los aires.

Josh era un tipo increíble. Nada más.

Si tuviese tiempo te diría que personalmente no creo que la rebeldía sea algo genético, pero claro, yo siempre me he negado a admitir que no somos más que un conjunto de procesos biológicos y reacciones químicas. Las vivencias condicionan. La genética determina ciertas cosas. Pero siempre he pensado que somos algo más que todo eso.

No sabría decirte exactamente cuánto más, en fin; ya me entiendes. "


Bueno, pues esto es un trozo de una cosa que tengo empezada por ahí y con la que me pondré un día de estos, espero que os guste y todo eso que suele decirse.

8 de Febrero 2005

El Tren

Hay medio segundo en que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.

Muchos viajes empiezan así.

El traqueteo, grave, bajo sus pies, el zumbido de la calefacción, las voces de los demás pasajeros, espaciados. El asiento vacío a su lado.

Las nubes más opacas estaban a su derecha, tapándole el sol. Aún así le devolvía el saludo como podía, aprovechando los trozos menos densos.

Faltaba un rato para que su ventana se pusiese interesante. Todo ese paisaje ya se lo sabía.

Aprovechó para escribir un poco.

Estaba en el tren, camino de unos amigos. De ellos y su pequeña de cuatro años, con la que pasearía por la ciudad mientras ella se escondía detrás de su chaqueta y él fingía buscarla.

Camino de las risas, de las buenas conversaciones, de los libros, de un poco de vida en un espacio distinto durante tres días.

Iba, en definitiva, a disfrutar de una calidad humana que, vivido lo vivido, sabía valorar.

Ese viaje era, de algún modo, un punto y aparte.

Consolidar unas cosas y dar otras por perdidas. Esos puntos cierran un párrafo y, de no ser finales, nos dicen que algo viene después.

Pensaba en todo esto cuando el sol empezó a saludar más fuerte.

Lo iba consiguiendo, no iba a ganar, claro, esas nubes eran bastante feas. Aún así luchaba, porque eso es lo que hace.

Aunque te lo tapen sigue estando ahí.

Eso le gustaba.

A la voz que acababa de anunciar la primera parada no le hubiese venido mal un poco de café. De hecho, perdió unos segundos decidiendo qué le gustaba menos, si el ruido que se escuchaba justo antes de que hablase o la voz en sí.

Al final lo dejó en tablas y se dedicó un rato a mirar por la ventana.

Esa parte ya no se la sabía.

Los graffiti que imaginaba eran bastante mejores que todo eso que ensuciaba las paredes por las que iba paseando su mirada. Bastante mejores.

Demasiada cantidad y poca calidad, pensó, como las personas.

Tomó nota de ello.

En su cuaderno.

Acomodado ya en su situación de viajero recordó que no había desayunado.

La idea de desayunar en un tren se le antojó divertida, y como le encantaba divertirse, se lanzó a ello.

Cruzó un par de vagones y llegó a la cafetería.

Pidió un café con leche y preguntó a la camarera si su parada era la última o si tenía que estar atento, por aquello de dormir tranquilo, le dijo.
Ella le informó de que era la última y él le dio las gracias. Se quedó un rato en la barra disfrutando del café y mirándolo todo como solía hacer cuando no estaba haciendo nada especial.

Llegó una mujer y preguntó a la camarera, auténtica equilibrista no reconocida, si desde su parada de destino había muchos trenes hacia Dios sabe dónde.
La camarera no parecía estar muy segura. Aún así, apoyándose en la lógica, argumentó a favor de lo normal que sería que sí los hubiese.

�?l dio un sorbo a su café y dijo:

Todo dependerá de la urgencia de su viaje.

La mujer se acercó y le miro con una media sonrisa, esperando escuchar el resto de su explicación.
Así que continuó:
Si es muy urgente tendrá pocos y saldrán tarde. Si no es urgente, tendrá todos los que quiera.

Dio otro sorbo a su café.

La mujer le sonrió y asintió. Tenía unas bonitas arrugas.
La camarera no dijo nada y siguió haciendo equilibrios, tratando de moverse como si no estuviese en un tren. �?l acabó su café y se marchó

Cuando volvió a su asiento hubo otra parada y pudo disfrutar, de nuevo, de ese medio segundo en el que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.

Es un momento en que las cosas parecen ser como no son.

Esos instantes definen la realidad por oposición a ésta.

Escribía sobre todo eso cuando el padre del niño que se sentaba unas cuantas butacas detrás dijo:

Mira, el mar.

Aunque no se lo dijo a él, decidió que no estaría mal pegarle un vistazo, así que volvió a mirar por la ventana.

Le gustaba el mar y había que reconocer que esa parte tenía muy buena pinta. El problema está en que siempre se acordaba de la vez que lo vio desde el aire, con toda esa mancha marrón en la costa. Nadie lo diría, visto desde la ventana.

Momentos en los que las cosas parecen ser como no son.

Hubo otra parada enseguida.

Se fijó en que el sol, contra todo pronóstico, había vencido.

Ni rastro de nubes.

Las había dejado atrás.

Empezó a notar el café. Le había sentado bastante bien. Sólo había dormido dos horas y media.

El motivo fue una conversación de esas que guardaba como si fuesen oro. El oro del alma. Pensó unos segundos en todo lo que dijo y en todo lo que escuchó y afirmó para sí mismo que había valido la pena dormir poco.

Quizá algún día se lo dijese a ella.

La falta de sueño le daba una ligera sensación de irrealidad que le vino bien para su primer día de viaje. Iban a ser tres, tres de los buenos.

Lo fueron.

A fin de cuentas, esto era sólo el tren.

Lo bueno empezaría después, así que le pegó otro buen vistazo al mar.

Fue entonces cuando una niña decidió saludar a un avión, bien fuerte, para que los de arriba la escuchasen.

�?l Sonrió.

Ya estaba llegando.

12 de Diciembre 2004

La Pulsera en mi muñeca izquierda

Llevo una pulsera en la muñeca izquierda.

Esta es la historia de cómo y por qué la llevo.

Hace una semana la vi en el videoclub. Los fines de semana trabajo en uno, es mi recreo, mi Fiesta De La Desconexión Universal �?�, el trabajo mecánico que me permite poner mis cosas en orden y establecer prioridades.

Mi digestión semanal de vida.

Se acercó a mí y me sonrió de una forma infantil y sincera, una gran sonrisa saliendo del corazón.
La segunda vez que la vi pensé que quizá, a veces, su corazón se cansará de sonreír y recibir tan poco a cambio.

Hola, dijo, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia.

Sus dos trenzas le daban un aire jovial, movía levemente la cabeza de un lado a otro mientras sujetaba la caja de cartón entre sus manos.

Entonces miró mis ojos.
Dentro de mis ojos.

¿Eres español?, me preguntó.
Miré dentro de sus ojos y le contesté que sí.

Me gusta mirar y ser mirado de esa forma porque no siempre se puede, no con todo el mundo.

Ladeó un poco la cabeza y frunció el ceño, sin perder la sonrisa.
¿Español, español?, insistió.
Sí, sonreí.

Se lo pensó durante unos instantes y afirmó:
Español raro.

Charlamos brevemente, me enseñó las cosas que llevaba y no le compré nada.

Hoy la volví a ver, entró en el bar donde suelo disfrutar de los periódicos que me cuentan cómo nos vamos volviendo locos, los unos y los otros.

Lo primero que escuché fue su voz.

Siempre estoy en un rincón, me gusta tener una perspectiva completa del sitio en que me encuentro. Los rincones la dan, no lo olvides.

Observé sus gestos, su sonrisa, cómo sacaba lo mejor de ella y lo regalaba a la persona que tenía delante.

Hola, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia
La mirada limpia, azul.

Llegó a mi mesa y le saludé.
Hola de nuevo, ¿cómo te va desde la última vez?
Se sentó a mi lado y me miró, de nuevo, dentro de los ojos.
Te conozco, dijo sonriendo, tratando de recordar.
Español raro, dije yo.
Sí, afirmó dando una dosis extra de brillo a su sonrisa.

A su mirada, no son sus dientes, es su mirada; sonríe con ella.

Unos días más suerte, otros días menos, me contó.
Sentados así, cerca, pude ver todo lo que ocultaba su sonrisa; supe de las penas y de las decisiones difíciles escritas en las pequeñas, casi imperceptibles, arrugas de sus ojos.

Hay heridas que sólo los heridos reconocen en los demás.

Y le compré algo, y cuando se marchó nos despedimos con la mano, como si fuésemos amigos y le deseé sin palabras toda la suerte del mundo, para cada uno de sus días.

Y por eso llevo una pulsera en la muñeca izquierda.

21 de Noviembre 2004

Anecdotario del Bibliotecario Involuntario ( 2ª Parte )

Aquella pandilla de efebos y ninfas aspirantes a actores llevaba �??papa rico, yo hippie�?� tatuado en el alma.
El problema era que no lo sabían. Aún así, tenían sus momentos. Llegué una mañana, veinte minutos tarde. Amparo me esperaba en la garita.
-Llegas tarde-, dijo.
-El tiempo se me ha adelantado, ha sido una jugarreta cuántica, cosa de los taquiones, yo nunca tardo-.Contesté.
La dejé con la palabra en la boca y subí a la biblioteca. Mientras subía la escalera percibí más actividad de la normal.
Patricia tirada en algún banco, estirándose como un gato, Un chico mirándose en el reflejo de una de las vitrinas con papeles que había en el primer piso repitiendo que él no era como su padre, en distintos tonos, dos alumnas haciendo respiraciones en la escalera y una tercera usando la barandilla como barra de ballet. Es decir, todo en orden. Pan nuestro de cada día dánosle hoy. La actividad inusual venía de la biblioteca. Mi biblioteca. Entré y allí estaba. La alegre pandilla de alternativos con formación actoral.
Descojonándose alrededor de una radio. -Despejad mi mesa ahora mismo si no queréis que os cosa el culo y os deje sin vida social.
Me encantaba ser simpático por aquel entonces. Nuskita salía en ese momento, suspirando y mirando al cielo. No hay nada que hacer, decía su expresión.
-Ya verás, ya-. Dijo.
Y se marchó. Me acerqué y, entonces, me vieron.
Hola, dijeron algunos.
Escucha esto tío, y le dieron al play. Era un programa de Radio, una grabación. Uno de esos, nocturnos, dónde la gente llama a contar cosas y se abren diferentes hilos de reflexión, o de silencio, sobre los temas tocados en las llamadas. Una locutora y personas sin nada mejor que hacer. Nada del otro mundo. Entró una llamada y una de las futuras actrices, formada para llevar la gloria al inconmensurable cine español, dejó escapar una risita tonta.
Si hubiese tenido un tomo de más de mil páginas en mis manos, se lo hubiese dejado caer, accidentalmente, en el pie.
En la radio una voz parecida a la suya, saludaba a la locutora.
La locutora le devolvió el saludo y comenzaron a charlar. La mujer estaba casada y su marido era camionero.
Pasaba muchas horas sola y siempre escuchaba el programa; todas las noches.
Cuando dijo lo de �??me gusta mucho tu programa�?�, uno de los alumnos dio una palmadita en la espalda a la de la risita tonta y le guiñó un ojo. Ahí has estado bordada, dijo. Suelo escucharlo siempre, continuó, y aunque nunca llamo, más de una vez he sentido como míos los problemas que algunas personas han contado, y�?� En la radio hubo una pausa. Varios alumnos hicieron explotar una risa en el interior de su boca, sin abrir los labios, dejándola salir por la nariz.
Me siento muy sola, dijo; Y comenzó a llorar.
Esta vez la risa explotó fuera.
Yo les miré y sentí la imperiosa necesidad de poseer un lanzallamas. Entonces el llanto aumentó. La locutora trataba de consolar a la mujer que, entre sollozos, hablaba de cómo las paredes se la comían viva, de todas esas horas sola, sin una amiga con quien hablar. Contó que su perro había muerto hacía tres meses y no se animaba a comprar otro porque sabía que no sería lo mismo. Buen detalle, dijo alguien. Ella quería a su marido, sabía que él la quería también, que hacía todo lo que podía para darle una vida mejor, pero no podía evitar sentirse abandonada. Abandonada repitió, rompiendo cada sílaba en su garganta, rascándola. Llorando, gimiendo, sorbiendo los mocos. La chica de la risa tonta sonreía, satisfecha de su actuación. Los otros se reían. Yo les miraba y seguía escuchando. Cuando la desconsolada mujer abandonada colgó, entró la llamada de una mujer que no era una aspirante a actriz practicando su destreza con la mentira. O por lo menos no de esa escuela. La mujer dijo que ella vivía en la misma ciudad y que tenía mucho tiempo libre, que le ofrecía su amistad, su hogar y gran parte de su tiempo a la pobre señora del camionero, comida por las paredes de su casa. Por sus formas parecía una de esas mujeres sin demasiada cabeza y con mucho corazón. Una buena persona de las que, cuando hace daño, lo hace por error. La alegre pandilla acababa de tomarle el pelo a una buena mujer. Entró otra llamada. Era un hombre.
Trabajaba de camionero.
Su expresaba de forma bastante torpe, como alguien que, aunque ha visto mundo, lo ha visto desde la cabina del camión.
Dijo que había aparcado en la primera parada que pudo encontrar.
Había pensado en su mujer, en todas las horas separados, en todos esos años y en lo imposible que era cambiarlo.
Yo no sé hacer otra cosa, decía. Llevo en esto desde los diecinueve. Quiero a mi mujer, yo quiero a mi mujer. Paró un instante y siguió. Sé que el marido de esa señora que ha llamado la quiere. El hombre empezó a llorar. Paré la radio. Alguien estaba comentando con la chica algo sobre los sollozos, una forma de inspirar que los hacía más sonoros. Con ejemplos. El resto se reía e ideaba nuevas llamadas. Fueron dispersándose y me quedé solo. Dejé morir un buen puñado de minutos.
Cogí un libro al azar, y lo abrí, por el mismo procedimiento.
El párrafo decía que el arte carece de moral, que es una cuestión de forma. Mandé el universo a la mierda en voz alta y me fui a almorzar.

18 de Noviembre 2004

18-11-03


Fue hace un año, en una madrugada igual que esta.

Elisabet dormía a mi lado. No era mi novia, pero dormía a mi lado. No lo entenderás si no lo has vivido, así que no le des importancia.

Dormíamos juntos, y mi teléfono sonó.

Dani, en la otra habitación, se incorporaba un poco para escuchar qué ocurría.
Ernesto, el hombre que se casó con mi madre, el hombre que supo sacar lo mejor que esa difícil mujer tenía en su interior, me hablaba desde el otro lado. Mi madre había muerto.

Recuerdo que hacía frío.

Lo recuerdo en mis mejillas, cuando caminábamos hacia mi casa, no la casa en la que vivo, mi casa; la casa de mi madre. Hacía frío, sí, y me daba igual.

Recuerdo el llanto silencioso de Elisabet, cómo se abrazaba a Dani mientras caminábamos.
�?l trataba de permanecer firme, aunque todo en su expresión anunciaba estar viviendo algo irreal.

Recuerdo despedirme de Elisabet, en su patio. Aún no vivíamos juntos. Una cosa fría y dura disfrazada de hombre despidiéndose de ella. Recuerdo la pena que me dieron sus lágrimas. Por mí, lloraba por mí. Después me dio un tiempo perfecto que curó todas mis heridas.
Equilibrio.

No sé qué pretende el Universo con todo esto, dije.
Y los dos bajaron la cabeza y Dani apretó la mandíbula y Elisabet tragó pena con los ojos cerrados.
Sólo tengo veintisiete años, dije, sólo veintisiete.
Lágrimas en mis ojos.

Sin padre, sin madre, sin mentiras que me den aliento, sin nada de lo que tú puedes usar para seguir diciéndote que todo está bien, que todo encaja, que tiene sentido. Despierto. Te lo estoy contando, aunque sé que no lo puedes entender, pero nunca podrás decir que no te lo he contado.

Llegué a la casa y estaba abierta.
Los dos policías de la entrada me vieron, ni siquiera les saludé, tan sólo les miré a los ojos y bajaron la mirada.
Entré a la habitación y estaba allí, muerta. Esa cosita frágil que había sido mi madre.

Tan pequeña, pensé, es tan pequeña�?�

Muerte. Todos, tarde o temprano, acabamos así.
Sin un final no tendríamos sentido.

Me acerqué a ella y Dani me miró desde el umbral. Podía escuchar la estática de sus pensamientos, y la de los policías, y la de Ernesto, y la de los médicos.
Mi conciencia abarcaba una manzana entera y no me importó, por primera vez, no ser como todos. Me daba igual. Empezó a darme igual ese día.

La besé.

En la frente, un pequeño beso mientras acariciaba su cabeza.
Está todo perdonado, dije.

Y lo estaba.

Sentí el tacto de su pelo por última vez, entre mis dedos. No había nada ahí dentro esperándome para decir adiós.

Eso es lo que queda.

En el crematorio, tras la ceremonia, di mi primer paso. El primero de verdad.
Aún retumbo con él. En esta historia hay muchas cosas mezcladas.

Recuerdo estar cansado aquel día y apoyar mi cabeza en el hombro de Elisabet.
Las miradas de aprobación cuando cogió mi mano. La flor que nace en el desierto.

Algunas personas son arcoiris en medio de las tormentas que te lo arrancan todo.

La noche anterior cogió mis manos y apoyó su frente en la mía. Por primera vez en meses, no me sentí solo. Ese momento es otra de las muescas que llevo en el alma.
Las lágrimas de Elisabet se convirtieron, con el tiempo, en uno de los motivos para amarla. Su forma de curar mis heridas, su honestidad.

Lo que no podré volver a vivir, lo viví con ella.

Se ha ido a su país sin poderle agradecer todo lo que hizo por mí, sin poderle llegar a explicar lo importante que fue que estuviese allí; en ese momento que no se repetirá jamás. Lo he intentado, pero sé que nunca seré tan bueno con las palabras como para hacérselo entender.

Aún así sigo probando, día tras día.
Creo que se lo merece.

Ernesto se derrumbó, sé que yo estaba a punto de conseguirlo, iba a llorar, a llorar de verdad, iba a llorar tanto que no quedaría nada de mí que no fuese pena. Podría haber partido el planeta por la mitad con una sola lágrima, pero Ernesto se derrumbó y mi pena se convirtió en dos brazos sujetándolo. Un joven anciano sujetando a un anciano joven. De nuevo la ironía.

Ahora, aquí, solo, con Elisabet a miles de kilómetros y nuestro tiempo perfecto concluido, con Dani viviendo su vida, con mi tregua con el Caos rota, con todas esas personas ahí fuera durmiendo tranquilas, con algunos amigos menos, con todo eso, sonrío al chico cansado que se mira en el espejo, ese que ya casi me cae bien, y le digo que así es la vida, que no se preocupe, que aunque hoy hace un año, estoy bien.

Y como una especie de gesto noble entre iguales, antes de irse a dormir, me guiña un ojo y yo, educado, le devuelvo el guiño.

La Ola

Dicen que sus ojos no fueron siempre de ese color.

Las chicas escuchaban, atentas, sentadas alrededor de la hoguera. Sólo el crepitar de las llamas, el ruido del mar y la voz de Elena contando la historia.

Pasó hace algunos años, él es más mayor que nosotras, ya sabéis. Pasó cuando él tenía nuestra edad, más o menos. O eso dicen.

Asintieron en silencio, el cuerpo echado hacia delante, la luz de las llamas jugando en sus rostros de niñas mujeres. Esperando.

Había unos chicos con sus tablas, esperando las olas. La tele había dicho que venían olas grandes; peligrosas. Querían verlas y saber si se atreverían a montarlas, a intentarlo aunque fuese. Ya sabéis, todas esas cosas de chicos.

Risas ahogadas y miradas cómplices.

Vieron llegar la primera, a lo lejos. Era enorme. Parecía correr con furia hacia la costa.

Hizo una pausa, adelantando el cuerpo, dejó su boca entreabierta y levantó una ceja. Era como si lo que iba a decir estuviese dando vueltas en su boca antes de ser dicho.

Dicen que esa ola no era una ola normal, y yo también lo creo.

Ya estamos con los rollos de magia, dijo una de ellas.
Sabes que soy medio bruja, continuó Elena, y te digo que esa ola no era normal, y él tampoco.
Vale, vale, medio bruja, sigue contando la historia.

Bien, la ola venía y los chicos se miraron entre ellos. Decidieron que era mejor salir del agua. Dicen que uno de ellos apretó la mandíbula y se quedó mirándola, pero al final retrocedió despacio, como si correr fuese mala idea.

¿Entonces apareció él?, preguntó una de las niñas mujeres.

Sí, justo cuando se dieron la vuelta se lo encontraron de frente. Dicen que sus ojos eran color miel y que tan sólo les sonrió y siguió andando hacia la ola que venía.

¿No hicieron nada?

No, sólo salieron del agua y se quedaron en la orilla mirándole caminar hacia la ola.

Elena removió el fuego con un palo, como si no tuviese importancia. Levantó su nariz, mirando por encima de ésta a todas las niñas mujeres y siguió hablando.

Ni siquiera llevaba tabla.

¿Qué pasó?

Eso, dijeron a coro, ¿qué pasó?

La ola lo arrasó, chocó contra él. Dicen que el ruido fue infernal, se escuchó a esa ola romper desde todos los rincones de esta playa. Cuando todo pasó los chicos corrieron hacia la orilla y�?�

Removió de nuevo el fuego, esta vez pensativa, tratando de escudriñar algo entre las llamas.

¿Y qué? ¿Qué pasó?

Elena sonrió y siguió hablando, más despacio, dejando caer cada palabra.

Estaba de pie, en el mismo sitio donde la ola lo alcanzó. Los chicos se miraron confusos y antes de que pudiesen reaccionar él se giró y caminó hacia ellos.

No me lo creo, dijo una de ellas.

Cállate empollona, no lo estropees, contestó otra.

Cuando caminó hacia ellos, siguió Elena, se fijaron en sus ojos. Azules, ojos azules como el cielo que refleja el mar. Como aquella ola.

Sus ojos habían cambiado de color.

Las niñas mujeres guardaron silencio. El fuego y el mar parecían sonar más fuerte.

Si queréis que os diga lo que pienso, dijo Elena, os lo diré.

Pienso que esa ola era una vieja amiga, algo mágico, que le devolvió alguna cosa que él le había prestado. Pienso que él, de alguna forma que no puedo explicar, es más antiguo que su edad. Pienso que quizá también es brujo, o algo, como yo. Aunque lo que realmente pienso es que no es del todo humano, aunque parezca una persona.

Anda ya Elena, dijo una de ellas, tú estás flipada, siempre inventando tus historias. Lo que pasa es que te mola y te inventas todos esos rollos con el color de sus ojos y la magia para no tener que hablarle y decirle hola, cobarde sin novio.

Las niñas mujeres rieron.

Elena rió también.

Pensad lo que queráis, pero sé que alguna de vosotras ha hablado con él, cuando está sentado ahí, en sus rocas. Así que no me hace falta deciros que, obviamente no es como todo el mundo.

Ya, eso es verdad, tiene algo que inquieta y no acabas de saber si es bueno o malo, pero vamos, tampoco te pases, olas que cambian el color de los ojos. Te flipas mucho.

Rieron de nuevo.

Yo creo que es una metáfora, dijo una de ellas limpiando sus gafas con un pañuelo.

Creo que es una metáfora sobre la vida, creo que la ola es todo lo grande, lo malo, lo peligroso de estar vivo. Todo lo que es capaz de cambiarte. Creo que todo el mundo trata de montar esa parte de su vida, esquivarla, dominarla. Unos lo hacen y otros se hunden. Pero él se presentó ante la ola sin nada y la abrazó. Sus ojos cambiaron, porque su mirada cambió. Su forma de ver el mundo, las cosas, la vida. La ola le dio el poder que guardaba, una fuerza capaz de arrasar costas, de tocar vidas, y él le regaló parte de su humanidad, su mirada dulce y tierna. Color miel. Fue un intercambio.

Las niñas mujeres callaron.

Al rato estaban hablando de otras cosas y, sobre todo, pensaron en qué hacer mañana.

Tenían mucho tiempo por delante para llenar. Querían divertirse como sólo las niñas mujeres saben divertirse antes de crecer.

�?l las escuchaba desde su roca.

Sonrió y recordó sus propias hogueras, sus propios amigos y sus propias historias.

Y el amor de la Ola.

20 de Septiembre 2004

Anecdotario del bibliotecario involuntario ( parte 1 )

Si eres nuevo en esta web, te aconsejo leer primero cualquier otra cosa en lugar de esto. En serio, es demasiado largo para "probar" y cualquiera de los otros textos te servirá mejor que este para hacerte una idea de la clase de cosas que hay por aquí. No te castigues más de lo necesario y no pierdas el tiempo. Hazme caso. Tienes la Tele, el Cine, la Playstation y los Escritores De Verdad. Si sigues queriendo leer estas cosas elige otro texto al azar, pero no este. Es el más largo de todos, no es buena idea empezar por aquí, te cansarás, me odiarás y me enviarás mails pidiéndome que me corte las manos, y sólo me quedan dos. Así que lee otro, de verdad, el anterior o cualquier otro, pero este no.

El que avisa no es traidor.

O sí.
Anecdotario del bibliotecario involuntario (1ª parte )

Ayudante del funcionario de la biblioteca. Eso decía el papel donde se detallaban los destinos a elegir. Lo que no decía era que, en realidad, el funcionario de la biblioteca iba a ser yo.

Siempre sospeché que el Estado usaba a los objetores de conciencia para algunas tareas en las que una persona bien formada, y bien pagada, sería más recomendable.

Pero ahí estaba yo; sin más prórrogas de estudios, sin novia, sin trabajo, sin dinero y objetando en la Biblioteca de la Escuela Superior de Arte Dramático.

Aquello era casi irónico.

El aula en sí no era muy grande, aunque tampoco puedo decir que fuese pequeña. Tenía estanterías en tres de sus paredes, con vitrinas que yo cerraba al salir. Mi mesa estaba al fondo, con la ventana detrás.

Lo primero que se veía al entrar era a mí.

Había mesas dispuestas a ambos lados, de forma que la gente pudiese sentarse por las dos partes. Dos hileras de personas por fila de mesas. Eso hacía cuatro hileras en total.

Nunca las vi llenarse.

Al principio me lo tomé con buen humor, a fin de cuentas me encantan los libros y allí tenía un montón. Quería verle el lado bueno a eso de que el Estado me robase trece meses de mi vida en el momento justo en que más necesitaba ponerla en orden.

Ya sabes, si la vida te da limones, haz limonada.

Por lo menos no tenía que cortarme el pelo ni gritarle sí señor a un tipo que se masturba con la música del Nodo.

El principio, como el buen humor, duró poco.

Aquel imbécil se llamaba Carlos y tenía la descabellada idea de que yo podía meter en la base de datos unos ciento cincuenta libros diarios, más o menos.

No pude evitar reírme en su cara.

Alguno de aquellos libros tenía diez o doce obras. Tenía que hacer ficha para todas ellas, título, autor, fecha, volumen en que se encontraba, etc.

A mano y en la base de datos.

Ciento cincuenta por diez, mil quinientas entradas diarias, por duplicado.

Carlos, por muy representante del comité de alumnos que seas, lo tienes claro, colega.

Mirando hacia atrás creo que esa risotada fue el primer momento de rebeldía, la primera chispa. Chispa que no dejó de arder hasta convertirse en el incendio que me hizo enfrentarme a toda la directiva y parte del alumnado.

Pero eso vendrá después.

En cuanto a los alumnos, un breve inciso:

Como músico he conocido a mucha gente falsa y taimada. Sólo puedo decir que lo único peor que un músico es un actor. Lo demás sobra.

Sigamos:

Los objetores a los que dábamos reemplazo eran dos, nosotros éramos tres.

Uno de ellos babeaba continuamente al ver alumnas semidesnudas pasearse por allí. Más tarde descubrí que les encantaba hacer eso, y lo insistentes que podían llegar a ser si no les hacías caso; cosas del ego, supongo.

El otro tenía pinta de perdedor adorable de serie negra, ya sabes.

Se quedó algunos días con nosotros y con el tiempo fui entendiendo los comentarios que hacía para sí mismo y que yo, con mi buen oído, pude escuchar.

Dijo muchas cosas y nos advirtió sobre varios puntos en concreto, pero para no extenderme demasiado diré que el mensaje básico era único:

Esta gente apesta.

A mí me extrañó un poco, me habían atendido con amabilidad y todo parecía en orden, aunque Amparo, la secretaría, seseaba de un modo que me inquietaba y que, después, tuve que soportar hasta la nausea. La biblioteca estaba en el segundo piso y la ventanita desde la que ella atendía a los alumnos en el primero. Sus seseos subían por el hueco de la escalera y venían a clavarse en mis tímpanos. Aquello era desquiciante.

Lo del imbécil de los ciento cincuenta libros diarios, en ese momento, me resultaba anecdótico.

A los tres meses de estar allí sólo quedaba yo, mis compañeros pidieron otros destinos y se largaron. Yo me quedé; quería poner algunas cosas en su sitio.

El detonante de su marcha, y de que yo me quedase, fue el incidente de la goma.

Había llegado Junio y las clases habían terminado, éramos tres pero en realidad sólo había faena para uno, máximo dos.

Se suponía que teníamos que estar en la garita con Félix o bien en la biblioteca, ayudando al funcionario, es decir, ayudándonos a nosotros mismos.

Félix era el bedel, el recepcionista, el hombre de los recados, cuando no podía cargárnoslo a nosotros, claro.

De su boca escuché la mayor cantidad de guarradas posibles que se pueden decir mientras ves a una chica vestida con mallas y una camiseta interior abrocharse las zapatillas. Era flaco y tenía ese tipo de aspecto que le hacía parecer sucio aunque estuviese recién duchado. Sus dientes amarillos y sus labios finos podían conjurar su frase favorita cuando menos lo esperabas: Menudo chochito tiene que tener esa.

A su ex mujer, cuando la llamaba utilizando dinero público, le llamaba chocho.

El caso es que los compañeros hablamos y decidimos que, como había poco que hacer, uno podría librar cada día, de esa forma no tendríamos que estar los tres allí y el centro no quedaba desatendido, ya que dos de nosotros estarían siempre. Animados por la experiencia de otros colegas objetores en otros destinos, nos pareció una buena idea.

Lo hablamos con Amparo, y su mente burocrática nos concertó cita con el director para el día siguiente. En sus ojos vi que no nos saldríamos con la nuestra, pero bueno, yo todavía no me había encabronado, así que tenían un voto de confianza.

Javier, el director, nos recibió al día siguiente.

Aún no habíamos expuesto nuestro caso cuando comenzó su monólogo.

En líneas generales nos dijo que Amparo le había informado de nuestra propuesta y que tenía la impresión de que no nos había quedado un punto claro: que aquello era la mili.

No habíamos hecho la mili pero estábamos ahí, a cumplir como machotes.

Después estableció una serie de paralelismos entre el servicio militar y estar allí.

Eso me dejó un poco aturdido, hasta ese momento aquel tipo, pese a su pinta grisácea, había tenido todas las maneras de un mandamás que se enrolla con el pueblo. Un progre guay, un tipo majo de los que te guiñan el ojo mientras te dicen que vuelvas mañana, que por hoy ya has currado bastante.

Igual me desconcertó porque en el trabajo que tuve que dejar para irme a objetar, mi jefe me traía el café.

El caso es que pensaba en cómo se le estaban viendo los dientes al lobo cuando él cogió una goma de su escritorio. Nos miró, sujetándola entre sus manos y la estiró. Entonces lo dijo:

Vamos a llevarnos bien y a no tocarlos. Porque la goma si se estira, se rompe.

Y la rompió.

Los tres nos quedamos callados, supongo que no sabíamos si eso estaba pasando de verdad, si lo estábamos soñando, si Franco seguía vivo, disfrazado de director de escuela de arte dramático, o que demonios estaba pasando allí.

Cuando salimos del despacho pude ver la sonrisa de Amparo. Había estado escuchando. Ella era lo más parecido a la enfermera cabrona de Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco. Tomé nota mental de hacerle pagar esa sonrisa.

Mis dos compañeros hablaron sobre pedir otros destinos, largarse de allí, mandarlo todo a paseo. Yo estaba callado, pensando en lo que había ocurrido.

Este Javier, pensé, se ha equivocado de cabo a rabo.

A la mañana siguiente Amparo nos contó una historia que luego pude usar en su contra, en uno de los momentos más placenteros de mi estancia en aquel sitio.

Nos dijo que, según ella, aquello había sido un paraíso para los objetores. Que se habían portado siempre muy bien con ellos y que nunca les habían obligado a estar allí cinco horas diarias perdiendo su vida, como hacían con nosotros. Pero es que, claro, fíjate tú, les vino una inspección y tuvieron muchos problemas, con expediente y todo.

Así que, con mucho dolor de eso que supuestamente les latía en el pecho, no podían darnos días libres, ni ser indulgentes con los horarios, ni nada de nada, porque siempre podrían ponerles otra amonestación por ser buenos con nosotros.

A ellos, esos grandes samaritanos, esos humanitarios progresistas rompe gomas.

Mis compañeros escuchaban en silencio aquella sarta de mentiras y yo bromeé sobre las pocas posibilidades de llegar a conocer a la supuesta inspectora por cuyas visitas sorpresa estaban obligados a tenernos ahí sin darnos ni una mañana libre.

Amparo no supo bien como tomarse la broma.

Días después, cuando mis compañeros ya se habían ido, bajé a la garita, a leer el periódico como un buen funcionario.

Ella me vio, se asomó a la ventanita y dijo amablemente:

-Tony, podrías aprovechar que no hay faena para ir adelantando con los libros.

Levanté la mirada del periódico, sin cerrarlo, la miré a ella, miré el reloj de pared y contesté:

-Amparo, he metido unos cuantos, estoy aquí descansando, luego meteré más, no me presiones porque la goma, si se estira, se rompe.

Ella me miró inexpresiva. Sonreí levemente y seguí leyendo.

El guante estaba echado.

Meses más tarde, tuvimos una discusión más grande. El escenario era el mismo. El periódico era distinto, pero también lo estaba leyendo yo.

Los libros iban, más o menos, por el mismo sitio que hacía dos o tres meses.

Le había cogido el pulso al asunto.

Ella dijo que si no estaba a gusto que me marchase, que pidiese otro destino como habían hecho mis compañeros. Yo sonreí y le dije que no, que no hacía falta, que le tenía cogida la medida y que al igual que yo estaba allí con ellos, ellos estaban allí conmigo. Se lo dije abiertamente, sin rodeos.

Ella me dijo que con esa actitud yo no iba a llegar a nada en la vida y yo le contesté que si llegar a algo en la vida era llegar donde ella estaba, prefería quedarme en mi sitio.

Entonces, de forma velada, insinuó que podría ser peor, ya que yo entraba y salía una hora antes de lo �??establecido�?�.

Contesté que no tenía ningún problema en acudir una hora antes y marcharme una hora después. Me callé unos segundos y añadí un rotundo, pero tú estarás aquí para abrirme la puerta cuando llegue y para cerrarla cuando me vaya, que le sentó como un tiro.

Por supuesto este endurecimiento en el trato fue algo progresivo y ganado a pulso.

Entre las dos discusiones pasaron muchas cosas, gracias a Dios no todas tenían que ver con la pérfida secretaria.

Había una chica rubia, con ojos azules y maneras de gato que siempre andaba estirada por los bancos de los pasillos. Silenciosa y de mirada profunda.

Se llamaba Patricia.

Una mañana entré en la biblioteca y la encontré tumbada en una de las mesas, boca abajo. Llevaba una especie de bañador y un tanga encima.

Había otra chica acariciándole la nuca.

Entré, dije buenos días y me senté.

La chica gato me siguió con su mirada, sin mover ni un solo músculo, allí, relajada, mientras la otra seguía tocando su nuca y su espalda.

En un momento dado la otra chica le besó en mitad de la espalda y le dio un pequeño mordisco en el hombro, luego miró el culo de Patricia y el culo de Patricia me miró a mí. Ella ni se giró, sabía que yo estaba justo detrás, en mi mesa.

Así que me levanté y me puse a ordenar algunos libros, ignorando la escena.

De vez en cuando me giraba y la veía observándome.

La otra hacía como si yo no estuviese ahí.

En un momento dado Patricia se levantó, si decir nada y se marchó.

La otra se quedó allí callada unos minutos, quizá dos, y entonces se fue.

Me quedé solo y, tras colocar un par de libros, miré mi reflejo en la vitrina.

Me giré hacia la mesa donde habían estado y me dije a mí mismo que aquello de la objeción tenía sus momentos.

Patricia vino a pedirme unas fotocopias un mes después de aquello. Estábamos juntos en el cuartito de la máquina cuando su tripa sonó.

-No me extraña que proteste, tienes pinta de comer poco-, Dije sonriendo.

-Que va, si he almorzado ya- Contestó mirando su inexistente tripa, mientras la tocaba con las dos manos.

-No sé chica, para mí que no ha sido suficiente.

Entonces se acercó y me miró con aquellos ojos suyos de gato.

Sus movimientos más que lentos eran suaves. Ladeó un poco la cabeza y dijo:

-Invítame a cenar una noche, y verás lo que me como.

Salió de la garita meneando el culo con sus fotocopias en la mano, tenía un culo bonito para ser tan delgada. Estaba claro que ahí les gustaba marear al personal y yo iba sobre aviso así que no hice demasiado caso.

Había tenido alguna de ese tipo antes. Una chica, ante mi negativa de dejarle dos libros, porque ya tenía dos en casa, y no se podían tener más de dos, comenzó a ponerse cariñosa mientras pedía que se los dejase. Le dije que no de nuevo. Entonces empezó a acariciarme la cabeza, metía sus dedos en mi pelo y apretaba un poco sus uñas en mi nuca, de vez en cuando, mientras su tono iba pasando de cariñoso a lascivo en una estudiada progresión. Le dije que aunque se metiese debajo de la mesa y se tirase el resto del día ordeñándome no iba a dejarle sacar ni un libro si no devolvía los que tenía. Ella se rió y yo también.

Después de aquello nos hicimos amigos. Tenía mucho talento, como pude comprobar cuando vi que sus calificaciones eran de las más altas. El resto de la panda cumplía una regla bastante curiosa, cuanto más llamativa era su actitud, cuanto más pinta de artistas bohemios tenían, peores eran sus notas.

Parecían mucho y eran poco, me temo. Pasa en las mejores familias.

Ese mismo día, cuando esperaba al autobús, Patricia apareció de nuevo.

Aparcó el cuatro por cuatro frente a mí y, sin parar el motor abrió la puerta y me dijo que subiese, sin mirarme.

Aquella actitud peliculera me pareció un tanto ridícula pero le seguí el juego.

Me preguntó hacia donde iba y se lo dije.

Ella me contó que le pillaba camino de casa así que iría hasta allí y yo haría el resto del camino a pie. Me pareció mejor que el autobús, así que asentí.

Había un conejito de Playboy en la guantera, una pegatina.

Cuando llegamos a su casa me preguntó si quería subir. Le dije que no y me marché.

No volvimos a hablar.

El sexo era algo muy presente en aquel sitio. Al principio pensé que los objetores que nos contaron todo sobre aquello habían exagerado un poco, pero pude comprobar que no era así.

Recuerdo que estaba en la biblioteca, leyendo a Platón; tenían una buena colección de clásicos por allí. Al lado de la biblioteca había un despacho. Estaba abierto. Dentro una alumna y el profesor hablaban. No presté atención porque lo que pudieran estar diciendo me importaba mucho menos que lo que Sócrates estaba diciendo en el libro, el Fedón, si no recuerdo mal.

Cuando ella empezó a llorar, puse el oído.

Parece ser que la chica había suspendido y el profesor le recalcó un par de veces que haberse acostado con él no le garantizaba el aprobado.

A esas alturas ya había visto chicos besando chicas, chicas besando chicas, chicos besando chicos e incluso una chica ensayando un orgasmo en la biblioteca, así que estaba curado de espanto.

La campeona de los besos fue una pequeña rubia de pelo rizado, con ojos verdes y una dentadura que parecía querer escapar de su boca. En un minuto escaso le vi besar a tres personas. A su novio, que vino a verla, le besó en la puerta del hall, a un compañero de clase le besó en la entrada al acceso, su novio todavía tenía un pie dentro cuando esto ocurrió. Por último le vi besar a una compañera al subir las escaleras.

Todos besos de tornillo.

Estuve un rato riéndome en la garita, mientras Félix me miraba extrañado.

Aún no me había repuesto de las risas cuándo vi a Carlos, ciento cincuenta libros diarios, vestido de payaso, con nariz y todo. Estuve un rato más ahogándome de risa.

Después me marché a almorzar.

Observar a los alumnos era como ver un concurso de hipocresía superlativa mal llevado. Los más serios hablaban entre ellos sobre las deficiencias de aquella escuela y sobre lo bien que estarían en Madrid o Barcelona.

Hablaban de eso en la Biblioteca, claro. Mientras, yo leía un libro detrás de otro.

Introducía libros en la base de datos, quince al día, más o menos, los días que me daba por trabajar. Yo sabía que debía hacer mi trabajo, aunque lo hiciese lento, pero mientras lo hiciese, no podían hacerme nada, a nivel legal. Aún así, la idea de que iban a aprovecharse de mi trabajo me molestaba. Al final encontré una buena solución, que contaré al final.

Lo peor del sitio, después de Amparo y la mayoría de alumnos, era el Jefe de Estudios.

Lo último que supe de él es que un alumno de primero se estaba planteando denunciarle, ya que parece ser que, en una fiesta le había intentado meter mano y, ante la negativa del alumno, le había amenazado con usar toda su influencia para asegurarse de que jamás llegase a nada en el mundo del espectáculo.

La historia la escuché en la biblioteca, al igual que la del verdadero motivo de la sanción que Amparo mencionó, cuando nos explicó por qué no podía ser un poco más flexible con nosotros.

Llegué a plantearme, durante un par de semanas, si ella tenía algo en la cabeza aparte de trámites burocráticos.

Una mañana yo tenía un examen de armonía, a las once.

Se lo dije a Amparo y ella, como una patata caliente, me rebotó a Celia.

Celia era una vieja chepada, bastante loca, de la que los alumnos solían cachondearse bastante. Era pianista y les daba clase de ritmo y demás.

Un día hablé con ella de música. No volví a repetir.

Lo que escondía bajo sus enaguas no era lo único obsoleto. Su cerebro daba pena. Aún así nunca me hizo nada malo y era educada y buena conmigo, a su manera. El caso es que Amparo, como dije, me rebotó, ya que se suponía que Celia era la encargada de los objetores, de algún modo que jamás me aclararon, por lo que, el permiso, me lo tenía que dar ella.

Me dijo que de acuerdo, que llevase un justificante y en paz.

Yo me fui la mar de contento y, esa mañana, incluso metí un par de libros en la base de datos.

Llegaron las diez y cuarto, mi hora del almuerzo y subí a firmar.

Allí estaba Amparo, con su rostro inexpresivo.

-Vengo a firmar

Miró su reloj.

-Todavía no son las once.

Me quedé un poco parado, ella seguía con la misma expresión, es decir, ninguna.

-Le he pedido permiso a Celia para marcharme y me ha dicho que no hay problema, que te tengo que dar un justificante mañana para que lo guardes; es que tengo un examen.

-Sí �??dijo despacio y sin variar su tono-. Pero Celia me ha dicho que te ibas a las once y son las diez y cuarto.

Empecé a enfadarme.

-A ver, Amparo, son las diez y cuarto, sí, es mi hora del almuerzo, tengo que coger dos autobuses para llegar a la Academia y poder hacer mi examen, que es a las once, si salgo de aquí a esa hora no llego, ¿Comprendes?

-Yo no te puedo dejar firmar hasta las once, Celia dijo que te ibas a las once- Sentenció.

Aquello era increíble.

Apoyé mis codos en su ventanita y seguí hablándole.

-Amparo, cualquier persona en su sano juicio comprendería que si tengo un examen a las once necesito tiempo para llegar hasta allí, además, no estoy haciendo nada, estoy en mi hora del almuerzo, ¿Qué más te da que esté aquí o en un autobús de camino a mi examen?

Me miró y por un momento pensé que había comprendido lo absurdo de su negativa

Entonces repitió, como un mantra estúpido:

-Celia me ha dicho que te ibas a las once, hasta las once no puedo dejarte firmar.

-Joder Amparo, ¿pero tú eres un robot o una persona? Déjame hablar con Celia.

-Está en clase, no puedes hablar con ella.

-Amparo, déjame firmar y me marcho, o llegaré tarde al examen.

-No puedo dejarte salir, si te vas sin firmar y viene la inspectora�?�

Entonces me harté y saqué el as que venía guardando en la manga desde hacía un tiempo.

-Es mentira �??dije

-¿Perdón?

-Lo de la inspección, es mentira, no habéis tenido problemas por ser buenos con los objetores.

Se quedó callada mirándome y yo me incliné más en su ventanita, metiendo medio cuerpo dentro.

-El motivo por el cual os hicieron una inspección y por el cual os abrieron un expediente, a Javier y a ti, es que una profesora estuvo sin asistir a clase durante tres meses y en lugar de darle de baja, como corresponde por ley, le estuvisteis pagando el sueldo integro. A Celia, para ser exactos.

Su cara no se movió pero su color sí que bajó un par de tonos.

Todas esas horas en la biblioteca, escuchando los trapos sucios de la escuela, estaban dando su fruto.

-Y ahora �??continué- me largo, con o sin tu permiso. Y por cierto�?� si viene la inspectora, le saludas de mi parte.

Se quedó allí, sin decir nada, mientras yo cogía mis dos autobuses.

Con el Jefe de Estudios, el acosador al que no sé si finalmente denunciaron, también tuve algún que otro roce, aunque no fuese el tipo de roce que a él le gustaba tener.

Yo había bajado a la garita porque quedaba poco para mi hora de almorzar, Félix salió a fumarse un porro. No sólo de chochitos vive el hombre, decía.

Yo estaba dibujando, por matar el rato.

Llegó el Jefe de Estudios y me pidió un bolígrafo, se lo di, me preguntó si funcionaba y le dije que no lo sabía y entonces, sin pensárselo dos veces, lo probó.

Encima de mi dibujo.

Rayó mi dibujo como si fuese un papel en blanco y se marchó con el bolígrafo.

En aquel momento dibujar era algo secundario para mí, ya que estaba centrado en lo que iba a ser mi futura profesión, la música. De haber ocurrido eso cuatro años atrás, cuando dedicaba varias horas diarias a ello, habría despezado al hombre con mis propias muelas. Sonreí mirando el dibujo rayado y anoté una muesca más en mi tablón mental de �??aquí no se salva nadie�?�

Justo entonces, o quizá un par de minutos después, apareció un tipo de aspecto campechano, divertido, hablaba a voces.

-¿Está el Félix?- Dijo.

-No, creo que está cogiendo un avión. Le gusta volar.

El hombre se desconcertó un instante y después recuperó su sonrisa.

-Bueno mozo, dile que el Eusebio ha estado aquí y que le ha traído esto.

Me dio un melón y se fue.

Yo me quedé con el melón en las manos, tenía buena pinta.

Lo dejé en la silla de Félix y seguí a lo mío. Como el dibujo ya estaba fastidiado lo tiré. Me disponía a almorzar cuando apareció de nuevo el Jefe de Estudios.

Vio el melón y bromeó.

-hay que ver Félix, que mala cara tienes- Le dijo al melón.

-Si tío, la verdad es que hoy no tiene muy buen aspecto- Seguí la broma.

Entonces me miró y fue como si me hubiese cagado en sus muertos más frescos.

Tío, gritó, me ha llamado tío, a mí, a Jose Díaz Zamorano, el Jefe de Estudios. A mí, repetía, incrédulo, exagerado. Verlo allí, con sus ademanes y su pose afectada me pareció una de las cosas más ridículas que había presenciado en mi vida.

-Mira tío -saboreé la palabra- igual para esos de ahí dentro eres alguien especial, tanto como para cogerte el jabón en la ducha, pero para mí, sólo eres un tío. ¿Vale tío?

Su rostro cambió de color varias veces, me llamó insolente y se marcho con sus andarse de loca, escaleras arriba.

Me pedí un buen almuerzo, sabía que después tendría bronca con Amparo y quería tener algo que vomitarle encima si me entraba la nausea por tenerla demasiado tiempo delante.

Mientras me comía el bocata, la ración de sepia y bebía mi refresco, pensé en las cosas que veía por ahí.

Había visto a gente entrar como personas normales y convertirse, tres meses después, en auténticos gilipollas.

De vestirse normal a ir por ahí medio en pelota, con el pelo de colores, respirando fuerte y haciendo ruidos y posturitas raras para que todo el mundo viese que eran actores.

Ese sitio tenía algo que no estaba bien. Se podía respirar en el aire.

La gente liberal, la de verdad, no me supone ningún problema, de hecho, si no fuese tan a la mía, me incluiría. Sin embargo, la gente que va de liberal y que hace que todos y cada uno de sus gestos apunte hacia lo mucho que lo son, hace que el colmillo me gotee veneno a toda velocidad.

Si además demuestran que son burócratas, estúpidos, mentirosos y abusadores ya es el colmo.

Pensé en las cosas buenas. Paloma y Nuskita eran buenas chicas, teníamos amistad fuera de ese lugar. Nuskita es la chica de notas altas que quería sacar dos libros de más.

Paloma es una chica que me cayó bien porque vio a Félix mirándola y lo llamó cerdo en su cara.

Aquello me gustó. Llegué a ponerle música a un par de textos suyos, bastante buenos.

Ella me contó algunas cosas que habían sucedido allí, sobre todo líos de alumnas y alumnos con profesores, eso estaba a la orden del día. Mucha desinhibición, mucho soltarse, romper tabúes, amar el cuerpo y demás. Libera tu mente y tu culo no tardará en seguirle.

Los libros eran lo mejor. Me leí tres libros de interpretación, varios textos sueltos, un libro de vida de grandes compositores, algún que otro clásico y dos o tres cosas más.

Había pianos en las aulas, así que de vez en cuando me escabullía y tocaba un rato.

Una vez acompañé a una de las chicas, estaba nerviosa porque tenía que preparar una canción y le eché una mano con ello. Yo estaba haciendo mis pinitos como profesor de canto, aunque todavía no me ganaba la vida con ello. Al final le salió bastante bien. Almorzamos juntos un par de días y siempre que entraba venía a saludar. Buena chica.

Cuando volví Amparo me soltó un discursito, aunque se moderó bastante. Creo que, de alguna forma, sabía que yo conocía un par de historias y no quería arriesgarse a saber cuales. Por lo que sé, unos meses después de que yo me fuese los echaron a los dos, al director y a ella, así que supongo que imaginó que yo sabía algo que, realmente, nunca supe.

A raíz de mi momento con el Jefe de Estudios empecé a llamarles a todos de forma más coloquial, por tocar los cojones.

Javier pasó a ser Javi y Amparo pasó a ser Ampi. El Jefe de Estudios se quedó en tío

Saludé al director, Hola Javi, y él me devolvió el saludo con la mano. Amparo, que iba detrás vino a la garita y me dijo que no podía llamar Javi al director, yo le dije que éramos todos como una gran familia y que así el amor era más tangible, más bonito. Parpadeé ladeando la cabeza. Ella me miró y se subió a su sitio. No la vi en toda la mañana.

A Celia la podía marear sin problemas, la concepción rígida del mundo de Amparo no podía soportar demasiado tiempo mi presencia y el Jefe de Estudios me esquivaba. Félix era un pobre desgraciado que sólo decía guarradas e incluso me caía bien, a ratos.

Pero lo de la goma, lo de Javier, seguía clavado en mi conciencia.

Por suerte Dios es más cabroncete que yo y pone cada cosa en su lugar.

Había empezado a ir con una chica bastante mona que, gracias al cielo, no tenía el mínimo interés en ser actriz. La conocí fuera de allí y los detalles no vienen al caso.

Dio la casualidad de que la chica en cuestión estaba con un chico cuando me conoció y terminó dejándolo, cosas que pasan; unas veces a ti y otras a otro.

Ella vino a verme un día, en mi hora del almuerzo.

Cuando se marchó, Javier vino a la biblioteca y se puso a charlar conmigo.

Nunca había venido a la biblioteca y nunca charlaba conmigo.

-Ha venido a verte una chica hoy

-Sí, estoy saliendo con ella.

Se quedó callado un momento y dijo, como si no tuviese importancia.

-Sí, creo que era amiga de mi hijo.

-Puede ser.

Nos quedamos callados, miró las estanterías, me sonrió y se fue, despidiéndose con la mano, como los concursantes de lluvia de estrellas, cuando atravesaban la puerta y salían transformados en alguna mala imitación de algún cantante famoso.

Su hijo era el chico que ella dejó antes de venir conmigo.

A veces me he sentido mal por lo bien que dormí esa noche.

Al final fue Amparo quién me dio el remedio para librarme de ellos.

Estábamos hablando cuando de pronto me dijo, una vez más, que si tan poco me gustaba aquello, me marchase. Yo contesté, con voz de coña, que no me iría hasta que hubiesen pagado por sus pecados. Además, añadí, me gusta almorzar aquí. Ella siguió y mencionó de nuevo el cambio de destino. O que me pusiese enfermo.

Aquello fue la luz al final del túnel, un momento mágico.

Amparo, le dije, si no me dieses asco, te besaría.

Subí a la biblioteca, renombré todos los archivos ejecutables y oculté todos los directorios y ficheros del ordenador.

Escribí una nota y también la oculté. La nota decía algo como:

�??por motivos de seguridad he renombrado y ocultado todos los archivos ya que he detectado una intrusión no autorizada por parte de algún usuario de la biblioteca.

El administrador de la máquina.�?�

Era perfecto, mi trabajo estaba ahí pero no podían acceder a él. En caso de haberme acusado de romper o borrar algo yo podría haber dicho, palmeando mi frente, que se me olvidó decirles lo de la intrusión y que había cambiado los archivos.

Cuando bajé, un alumno, que no me había hablado en toda mi estancia allí, vino, me sonrió, me saludó, me preguntó qué tal me iba por allí, cómo lo llevas, menudo rollo de objeción, a ver si la quitan ya, etc. Después me preguntó si podía hacerle unas fotocopias.

Le dije que con pedirme las fotocopias, habría bastado, que aquello de fingir interés me molestaba. Le dije que, si me saludaba, me saludase siempre, pero que saludarme sólo cuando quería algo hablaba bastante mal de su forma de ser y de su calidad como persona. Se disculpó y le hice las fotocopias.

Al día siguiente yo estaba en el médico, aquejado de unos fuertes dolores de espalda, que fíjese doctor, no sé qué pasa, no me he dado ningún golpe ni nada, pero oiga, me duele un montón, sobre todo por las mañanas, nada más despertarme.

Y tuve mi baja.

Todos los lunes iba a presentarla, con mis patines, me los quitaba, me ponía las zapatillas, subía, le daba el parte del médico a Amparo, sonreía y me despedía hasta el lunes siguiente. Entonces bajaba, me ponía los patines, guardaba las zapatillas en la mochila y me marchaba, silbando, con mis patines puestos.

10 de Marzo 2004

Años después

Mi abuelo era un personaje increíble.
Estamos hablando de un hombre gordo, ciego de un ojo y tuerto del otro, fumador de puros, víctima del cáncer, gamberro incorregible y cachondo mental.
Olía a loción de afeitar.
Una vez se sacó el ojo de cristal y lo dejó caer en el cuenco de la sopa para hacerme reír. Sólo nos reímos él y yo; el resto estaba demasiado ocupado escandalizándose y tratando de no vomitar.
La gente normal no entiende esas bromas.
Tenía medallas por haber salvado vidas en la riada.
Estaba orgulloso de su foto a caballo. De pie encima de uno, salvaje; lo domó él cuando era Guardia Civil.
Apoyó a los nacionales hasta que, con Franco en el poder, les importó bastante poco su excelente expediente y lo sacaron de la acción para ponerlo a vigilar trenes.
Aquello no le sentó muy bien. Desde entonces chillaba sonoros �??hijos de puta�?� a los nacionales que sobrevolaban la zona, ante la mirada asustada de su mujer. Si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz, decía la abuela, que se murió sin que yo la conociese.
Había muchas contradicciones en aquellos tiempos. Son cosas que entendí después, entonces sólo era un niño.
Le gustaba llamarme pecho lobo y darme café.
Creo que me gusta el café por su culpa, si es que culpa es la palabra adecuada.
La madre que te parió Juan, le decía mi tía, no le des de beber al niño.
Supongo que consideraban que yo era ya lo suficientemente activo como para darme estimulantes de ninguna clase.
Había mordido a un pastor alemán en la cola, quemado una cama, arriesgado mi vida entre dos trenes y enrojecido a más de un adulto; era comprensible que no quisiesen que tomase café y batiese mis marcas; tenía unos ocho años.
Mi abuelo era un espíritu más afín, éramos cómplices.
Recuerdo que, cuando nadie nos veía y estábamos solos en el salón, me ponía una cinta de video, Beta creo, y me hacía contarle que iba sucediendo.
Lo único que iba sucediéndose eran las mujeres desnudas; una detrás de otra. Yo trataba de describirlas lo mejor posible.
Estaba bastante ciego, diabetes y cáncer, pero dibujaba muy bien. Chicas y toros. Mira que culete, pecho lobo. El único miembro de mi familia que dibujaba antes que yo.
Teníamos nuestro momento místico; la dentadura de la abuela, me decía señalando solemne, y se reía. Allí estaba, en un vaso, como algo repulsivo y fascinante a la vez; los dientes que habían advertido, si te escuchan nos buscas la ruina, baja la voz; Lo más cerca que jamás estuve de ella.
Curiosidades.
Mi madre le odió durante algún tiempo y trató de que yo también lo hiciese. Lo único que consiguió es que me guardase estos momentos para mí, hasta que pudiese analizarlos con calma, juzgar por mi mismo; darme cuenta de que aquel cabroncete al que amaban y odiaban por partes iguales no era muy distinto de mí y, a la vez, era totalmente diferente.
Lo recuerdo en una cama de hospital, a través de un cristal, tan lleno de tubos y cables que se hacía difícil imaginar que eso era él. Si no fuese porque, para dejar claro que estaba ahí, levantó su mano y me hizo cuernos. Si no hubiese estado entubado también habría sacado la lengua.
Total que le quitan medio pulmón y el tío sale de lo que parecía una muerte segura protestando y cagándose en la madre que parió a todos.
Venga señor Juan, que le vamos a afeitar, dice la enfermera, y aquel le contesta, sí, sí, pero con mi navaja, a ver si ahora que salgo de esta me van a pegar un Sida.
Y entonces mi madre dice voy a por café y él dice vale y mi madre baja y él se muere de repente y mi madre llega a casa y yo abro los ojos y le digo que el abuelo se ha muerto antes de que ella pueda decir nada y me mira y me pregunta que como lo sé y yo no le contesto, ni a ella ni a nadie. El día que se supone lo llevaban a casa.
Lo veo allí, después, muerto, con toda esa gente llorando, y es como si sólo estuviésemos él y yo. Entonces me acerco y le toco y alguien me riñe porque a los muertos no se les toca y yo no le hago caso y apoyo mi pequeña palma en su mano y me doy cuenta de que nunca había visto lo grandes que eran.
Años después beso a mi madre muerta en su cama y pienso en la coincidencia.
Pasado el entierro vinieron las discusiones, las herencias, los comentarios, los trapos sucios, toda aquella cosa de adultos que yo no entendía. En aquella casa donde dibujaba toros, ponía películas, dejaba caer ojos de cristal en el cuenco de la sopa, me daba café, me enseñaba la foto del caballo y se cagaba en Dios cuando mi madre se me llevaba a hostias por haberme manchado la camisa; en aquella casa ya no estaba él y no conseguía entender porque no se podían limitar a echarle de menos como hacía yo en lugar de montar tanto ruido.
Cosas de adultos.
Años después, en nochevieja, estoy sentado en la misma sala donde pasaba todo aquello, mi madre ha muerto y mi familia quiere volver a ser mi familia y yo también quiero que lo seamos pero ninguno sabe muy bien cómo se hace, así que simplemente somos nosotros lo más genuinamente que podemos, sin esforzarnos.
Es entonces, viendo como lo asocio todo con él durante mi estancia en esa casa, cuando me doy cuenta de que, a día de hoy, aquel viejo cabroncete sigue siendo una de las mejores partes de mi infancia. Algo que no habría querido perder, alguien que, pese a todo, no llegué a disfrutar del todo y que, en determinados momentos, echo de menos.
Como ahora.

13 de Enero 2004

Dos Euros

Lo primero es lo primero y, en este caso, lo primero es decir que era feísimo.
Estaba borracho como una cuba; tanto que incluso a mí, que estoy acostumbrado y tengo buen oído, me costaba entenderle.
Vino a la esquina de la barra donde yo estaba tomando café -por matar un poco a ese cabroncete asesino que es el tiempo- y pidió una cerveza.
Costó Dios y ayuda entender lo que quería.
No pude evitar prestar muchísima atención a todos y cada uno de sus gestos.
Era viejo, setenta años en canal. Arrugado. Con unos graciosos tics en la cara y un par de ojos extraordinariamente vivos; de los más bonitos que he visto. Incluyendo los de mujeres enamoradas, esas que mienten con dulzura creyéndose lo que te dicen.
Nuestras miradas se cruzaron y lo observé sin ningún tipo de disimulo.
Preguntó entonces cuánto se debía por aquella cerveza.
Dos euros.
Su boca se abrió en un gesto de incontenible sorpresa, se tambaleó hacia atrás y, como si no fuese capaz de creer lo que acababa de escuchar, repitió alejándose: ¡¿DOS?!
Fue como si una flecha invisible lo hubiese atravesado, miró su mano, algunos billetes arrugados asomaban en ella, por un instante pensé que se iba a derrumbar en el suelo.
Pero en lugar de eso se abalanzó sobre la barra, repuesto de la mortal herida y, guiñando un ojo a la camarera, preguntó en tono pícaro si no podía ser uno y medio en lugar de dos.
La chica sonrió y me miró; yo me encogí de hombros y sonreí también.
Nuestro anciano seguía allí de pie, expectante, esperando hacer mella con su propuesta en la tabla de precios del local.
La chica, tratando de ser amable, explicó que ese era el precio por media pinta.
�?l miró el vaso e hizo esa expresión que estuvo toda la noche repitiendo.
Parecía como si quisiese tocar con su labio superior la punta de su nariz, ayudándose con el labio inferior. Esto lo hacía cerrando sus ojos y apretando sus cejas, toda su cara se encogía y entonces sonreía de golpe, abriendo su gesto y sus ojos tanto que parecía que fuese a estallar en una sonora carcajada. Volvía a la primera posición y entonces lo decía; abría mucho los ojos, levantaba un poco el mentón, ponía la boca muy redonda y decía: Uuhh.
Ella y yo nos miramos y contuvimos la risa, era realmente gracioso.
Vale, de acuerdo, está bien -su resignación era casi teatral-, ahí van; y puso dos euros sobre el mostrador.
Mira que es guapa, me dijo con su particular forma de hablar mientras ella iba al otro lado de la barra. Muy guapa, asentí yo.
Fue entonces cuando me miró más detenidamente, acercándose para verme bien.
Abrió mucho los ojos, volvió a hacer ese gesto, muy rápido, mezcla de varias muecas que parecen una sola y, entonces, lo dijo otra vez:
Uuhh.
Su tono era ascendente, parecía decir �??¡Uuhh, cuanto he visto!, cuanto sé, cuanto podría contarte, cuantas cosas de las que nadie entendería sin haberlas vivido; cuanto mundo.�?� Así que allí estaba yo, con aquel interesante personaje y empezando a darme cuenta de que aquello iba a ser, probablemente, algo sobre lo que escribir.
¿Has estado en Alemania? Me preguntó.
Yo le contesté que no, lo más lejano que conozco es Escocia.
¡Uuhh! Escocia, Inglaterra, Irlanda, todos; he estado en todos esos sitios, dijo, Francia, Alemania, Holanda, Suiza, Uuhh, tiempo, mucho tiempo, mucha vida.
Antes íbamos allí a trabajar, Uuhh, las cosas estaban mal; allí podíamos trabajar, como ahora aquí hacen los otros, ¿sabes?, argentinos, uruguayos, Uuhh, se portaron bien, Brmm, se portaron bien. Los alemanes estaban un poco locos. La guerra, Uuhh, la guerra. Mala cosa.
Entonces me miró, recobrando por un momento la serenidad. Giró hacia ambos lados con un gesto rápido y se acercó, articulando una frase que tardó algunos segundos en salir; como si la estuviesen empujando desde lo más profundo de un alma cansada.
La vida es tiempo, dijo.
Bebió un trago y me miró, su nuevo gesto decía: ahí lo tienes chaval; sabiduría.
Sólo tiempo, añadió, lo demás�?� miró a su alrededor, señalando todo con su mano, Uuhh, lo demás no importa.
El tiempo se gasta, sólo es tiempo, todo es tiempo, lo demás es mentira, todo mentira, Uuhh, muchas mentiras, muchas. Bebió y miró el televisor encendido; mentiras, dijo.
Lo sé, dije yo, no veo la tele desde hace dos años; ya no me interesa.
Me preguntó si estudiaba y le dije que algo parecido, eso es bueno, afirmó, Uuhh, libros, muchos libros; tomó otro trago.
No somos nada, afirmó, estamos aquí y al día siguiente, kaputt, se finí.
Pensé en el estúpido accidente que se había llevado a mi padre hacía unos años y en la reciente muerte de mi madre, pocos meses atrás, y no pude hacer más que darle la razón; de todas formas ya la tenía.
Yo viajo, me contó, tengo un camión, Brmm, Brmm, mi camión, Uuhh, libros, muchos libros. Entonces metió la mano en su bolsillo y me dio una tarjeta.
Librería anticuaria compra-venta de libros antiguos, raros y curiosos, coleccionismo.
Vaya, dije sonriendo, me encantan los libros.
Uuhh, buena cosa, muchos, muchos, del año veinte, muy antiguos, mucho tiempo en los libros, Uuhh, yo no leo, no sé leer, soy medio analfabeto.
¿Sabes por qué? La guerra, Uuhh, libros de la guerra, también, Napoleón, ¿parlè vous français? Hitler, Roma, todo en los libros, los tenemos todos, historia de verdad, Uuhh, Poco dinero, había que trabajar, desde muy joven, mi camión, Uuhh, mucho tiempo, en el camión, viendo cosas, Brmm. Franco, Uuhh, locos, muy locos, otros tiempos, otros tiempos, mucha vida. Sí. Mucha vida.
Soy comunista, afirmó con rotundidad, auténtico, Uuhh, del trabajo, no marxista, Uuhh, señoritos, como los otros, todos lo mismo, todo mentira; te tiran el hueso y se quedan el jamón. Yo soy comunista, toda la vida trabajando, arriba, abajo, mis socios dicen: quédate en la tienda, y yo: Uuhh, no, no me gusta la gente, todo mentira, prefiero recoger los libros. Libros muy antiguos, tienes que verlos, muy antiguos, Brmm, Brmm, en mi camión.
Todo el mundo, continuó, lo he visto todo. Mucho tiempo. La guerra, Franco. Hizo una pausa y después un gesto de rechazo moderado cruzó su rostro. No sé leer. Ya te he dicho, la guerra, tenía que trabajar. Se calló un momento y bebió.
Bueno, le pregunté, con tantas cosas vistas, ¿Qué le parece más difícil de olvidar?
¿Cómo? Parecía no entender bien la pregunta así que me expliqué un poco mejor.
Quiero decir que, de todas las cosas que uno tiene y uno pierde, cual es la más difícil de olvidar, de superar, de dejar atrás.
Me miró un momento con gesto pensativo, gesticuló, como si fuese a decir algo y entonces cambió su expresión; parecía vacilante, indeciso. Volvió la mirada hacia su copa; quizá la respuesta a mi pregunta flotase allí dentro, no lo sé.
Finalmente levantó sus cejas y dio un sorbo triste a su bebida, la mantuvo en alto y me contestó, encogiendo los hombros:
No lo sé; se me ha olvidado.
No sé si él era consciente de lo fascinado que yo estaba; ese tipo de situaciones son, para mi, la sal de la vida. Mi curiosidad crecía y crecía, quería preguntarle más cosas, así que, con tiempo por delante, lo hice.
¿Qué es el amor?
Uuhh, Mujeres, Uuhh, se rió, muchas mujeres, yo he tenido muchas mujeres. Soy padre soltero, jejeje, los dos reímos. �?l se encogía un poco y trataba de mirarme mientras se reía, pero sus ojos se cerraban con la risa. Padre soltero, menudo golfo está usted hecho, dije sonriendo. Sí, el camión, muchas mujeres, cuarenta mujeres, para nosotros, los alemanes las traían, Uuhh, yo decía: no, no puede ser y los alemanes: sí, para vosotros. Uuhh, mala cosa, muy locos. Mujeres, jeje.
De pronto pareció recordar algo y se puso un poco más serio.
¿Sabes que es el amor?
¿Qué es? Pregunté.
Un pedo. Kaputt. Nada. Muy poco tiempo, la vida, Uuhh, la vida es mucho tiempo y el amor es muy poco, casi nada.
Hizo una pedorreta con su boca y acabó su cerveza.
En aquel instante pensé: De acuerdo, aquí tienes a un anciano de setenta años, borracho y cargado de historias comparando el amor con un pedo.
Tras unos segundos de deliberación interna estuve de acuerdo con él.
Duran sólo un instante pero si son lo suficientemente fuertes los recuerdas toda la vida.
Pedos, si señor, buena metáfora.
Llamó de nuevo a la chica y le pidió otra cerveza. Ella la sirvió y él preguntó cuanto costaba.
Me miró, un tanto asombrada, y le volvió a decir el precio.
¡¿Dos?! La escena se repetía.
Lo mismo de antes, dijo ella riéndose, no ha dado tiempo a cambiar los precios.
Uuhh, jejeje, Mujeres, jejeje, toma, ¿uno y medio? Jejeje, dos, dos, ya sé.
Pagó y seguimos hablando.
Me contó que no se jubilaba, que no quería, le gustaba viajar con su camión arriba y abajo. Trató de encenderse un cigarro, lo sujetaba con sus labios y colocaba la llama al lado; en ningún momento llegó a encenderlo. Continuó hablando, dando caladas a su pitillo apagado. Por lo que puede entender de su, en ocasiones indescifrable cháchara, él era socio de la tienda de libros. Viajaban por todas partes comprando libros antiguos y raros. Muy caros, Uuhh, algunos muy caros, me decía de vez en cuando.
De pronto cambió de tema y el universo hizo una de las suyas: Una chica, Uuhh, de fuera, Francia, Hungría, cualquier parte, se enamora y se queda aquí, Uuhh, juntos. Está contigo, siempre, todo el tiempo. Amor, Uuhh, a veces pasa. A mi no, pero pasa. Aunque normalmente, Uuhh, eso, como un pedo.
Nos quedamos mirando el uno al otro.
Aquello me dejó un poco descolocado, yo llevaba unos meses durmiendo con ella, la chica, la camarera. Ella era de Suecia; no tenía muy claro cuanto tiempo iba a estar aquí y no teníamos ni idea de cómo iban a ser las cosas mañana, a fin de cuentas todo había empezado de una forma muy espontánea y nos había pillado por sorpresa a los dos; quizá no tuviésemos futuro, pero el presente, sin duda, nos pertenecía. Se había ganado, por derecho, el lugar que ocupaba en mi vida. Eso me hacía feliz. Eran buenos tiempos.
Cómo si me leyese el pensamiento añadió: Sólo tienes eso.
Me quedé parado, mirándole, esperando comprender algo que se me escapaba.
Pregunté que era eso y él me contestó. Pues eso; el presente. Sólo eso. Tiempo. Uuhh, mucho tiempo. Jeje.
Ella salió de la barra, su turno había terminado. Iríamos a casa, haríamos el amor y nos quedaríamos dormidos, abrazados el uno al otro, para despertar así; sin habernos soltado. Me despedí de mi interesante compañero de conversación y él, al ver como ella sujetaba mi mano, me lanzó una sonrisa cómplice y desdentada. Un placer, dijo, un placer. Nos estrechamos la mano y me marché.
Una vez fuera ella preguntó, divertida, sobre mi conversación con aquel extraño hombrecillo.
Yo le dije lo que había aprendido:

Que Dios existe y que, a veces, se tira pedos.

25 de Noviembre 2003

Un Amanecer ( a ti, que nunca pudiste leerme )

-¿Voy a ser siempre más fuerte que los otros niños?
El guerrero miró con tristeza al pequeño que observaba el horizonte con sus ojos húmedos.
-Sí �??le contestó.
El sol se estaba poniendo, los tonos anaranjados pintaban con un tono irreal las briznas de hierba a sus pies, los pliegues y hendiduras del tronco donde el niño estaba sentado parecían algo de otro mundo.
La luz hace que estas cosas ocurran, pensó.
-¿Por qué?- dijo el pequeño, girándose hacia él.
-Así han de ser las cosas, el tapiz está tejido y nosotros caminamos los hilos.
-No sé si quiero ser tú.
-No puedes cambiar eso.
-Todo me duele mucho, siempre me duele.
-Es mi camino, tus pasos hacen lo míos.
-¿Habrá descansos?
-A veces.
-¿Por qué no caigo?
-Porque no puedes.
-¿Y si quisiera? ¿Y si decidiese hundirme en todas las pérdidas, en toda la tristeza, en todas las cosas malas que ya he sentido en mi corazón?
-No puedes.
-¿Por qué?
-Porque yo no puedo.
-No tengo padre, ni madre, ni un amor en el que olvidarme de todo ¿Qué sentido tiene?
-Es mi camino, siento que tú hayas de andarlo.
-Ni siquiera hablo como un niño; nunca he hablado como un niño.
-Nunca lo has sido, te pido perdón por eso también.
-¿Para qué sirve todo esto?
-Has de existir, siempre ha sido así. Equilibrio.
-¿A ti te duele?
-Cada segundo, cada vez que respiro. Mi fuerza y mi debilidad es no poder ser derrotado por la pena que me consume.
El niño miró al guerrero y acarició su mano.
Con el último rayo de sol ambos miraron hacia el horizonte.
El niño habló.
-¿Crees que estará en paz?
-Sí, el amor y el perdón hicieron su trabajo esta vez. Estaba limpia en su pequeño lecho.
-¿Volverá?
-Siempre volvemos pequeño, siempre. Algunos siempre estamos.
-¿Como tú?
-Sí, como tú.
-¿Te gusta luchar?
-No
-¿Por qué luchas? ¿Por qué sigues? ¿Por qué aguantas?
-Porque no puedo hacer otra cosa.
El niño miró al guerrero, sus ojos azules parecían cansados. Como los míos, pensó.
-Yo te cuidaré- dijo el pequeño abrazándolo.
-Lo sé.
El Sol se había ido y quedaron en la oscuridad, abrazados, el niño y el guerrero; como una sola cosa. Bajo las mismas lágrimas.

12 de Noviembre 2003

La conversación

-Sé que te despertarías feliz todas y cada una de las mañanas que estuvieses conmigo; puedo poner la mano en el fuego y no quemarme.

Lo dijo con seguridad, sonriendo y mirando sus ojos azules. Ella se sonrojó.

-Me pones nerviosa -rió y sacó un cigarro-, estoy fumando como un carretero, por Dios. Que sepas que nadie me pone tan nerviosa normalmente �??Le sonrió mientras encendía su pitillo y él pensó que era realmente bonita.
-Yo tampoco hago este tipo de cosas normalmente, decirle a una desconocida que quiero despertarme a su lado, hacerla feliz, comer con ella, pasear por la ciudad -encogió los hombros- pero bueno, supongo que esta situación tampoco es muy normal y lo común no se le puede aplicar. Quizá, después de todo, lo del amor a primera vista existe.
-¿Sabes? El primer día que te vi me llamaste mucho la atención �??dio una calada entrecerrando los ojos, exhaló el humo echando la boca a un lado ligeramente, sin dejar de mirarle y siguió hablando- creo que fue la ropa, tienes un modo muy particular de vestir.
-No sé, no me preocupan esas cosas; cojo lo primero que veo y me lo pongo.
-A eso me refiero, se te ve despreocupado, no sé, me resultó curioso.
-Ya, creo que sé lo que dices; mi agente lo odia.
-Y bueno, ¿por qué volviste al día siguiente?
-Hum�?� �??se recostó un poco hacia atrás �??no sé, cuándo me vendiste aquella camisa todo parecía muy normal, muy familiar, no sé si me entiendes; no era la típica simpatía estudiada de algunas dependientas.
-Ajá
-Era como si ya te conociese de algo �??se inclinó hacia delante�??, además mostraste mucho interés por mis cosas, no sé, eso me gustó. Me sentí bien.
-Ya, yo lo pensé después; te pregunté un montón de cosas �??rió tapándose la cara con las dos manos.
-Sí, ya te digo que eso me gustó mucho; eso y tú, claro.
-Es curioso, antes de que dijeses que eras escritor ya lo había supuesto, tienes pinta de algo así, no sé, un poco bohemio.
-¿De verdad?
-Sí, bueno no; no sé. No sé si es la pinta exactamente o una especie de vibración, Dios, debes pensar que estoy un poco chiflada.
-Sí, una chiflada realmente preciosa �??le guiñó el ojo y bebió.
-¿Cuándo presentan tu libro?
-Ah, el mes que viene, a mediados, el diecisiete creo.
-Qué bien

Se quedaron callados un momento, ella fumaba sin dejar de mirarlo. �?l desvió un instante la mirada hacia su bebida, como si buscase algo en su interior. Volvió a mirarla; cuanto más la miraba más bonita le parecía.

-Es raro, yo tampoco suelo hacer este tipo de cosas �??dijo ella.
-Es lógico, tienes un hijo de tres años y vives con su padre �??dijo irónicamente
-Qué cabrón eres �??dejó escapar una risita por su nariz-, recuerdo cuando viniste el segundo día, te pusiste frente a mí, me diste tu teléfono y te negaste a coger el mío.
-Ya, es que si te llamaba yo no sabría si estabas siendo amable, si me llamabas tú es porque tenías interés �??le sacó la lengua y se rió.
-Bueno, es una curiosa teoría �??dijo riendo también.
-A mí me hizo gracia cuando te dije lo de cenar algún día. Me miraste con esa mirada inquisitiva que pones a veces, doblaste un poco la cabeza mientras entrecerrabas los ojos y me dijiste: �??¿Y si te digo que tengo un hijo?�?�
-Es verdad, me acuerdo de eso, te estaba poniendo a prueba; tú contestaste: �??Pues compramos la comida, la llevamos a tu casa y cenamos con él, donde comen dos comen tres�?�, casi ni parpadeaste para decirlo.
-Sí, me salió sólo �??hizo un ademán en el aire, muy teatral, y volvió a mirarla un poco más serio �??entonces fue cuando me dijiste que vivías con tu chico.
-Sí, creo que en gran medida empecé a quedar contigo por tu respuesta.
-Vaya, no recuerdo bien qué dije, tendrás que hacerme memoria para que lo apunte y pueda usarlo en otra ocasión -le sonrió de nuevo.
-Dijiste: �??Bueno, si tener pareja te impide conocer a una persona más y disfrutar de su compañía lo entenderé, pero que sepas que será una lástima, estas cosas no pasan todos los días, y menos a mí.�?�
-¿Yo dije todo eso? La leche, hay que ver cómo está el mundo ¿eh?

Los dos se rieron y siguieron hablando un rato más, a su alrededor la gente seguía con su vida, su bebida y su charla.
Desde fuera no había nada que los diferenciase del resto.

-Yo antes estaba muy bien; físicamente quiero decir.
-No digas bobadas, eres tan bonita que duele mirarte �??entrecerró los ojos como si el sol lo cegase.
-No, en serio, desde que tuve al niño he perdido forma, antes estaba mejor.
-Creo que me alegro, no sé si podría soportar que fueses más preciosa de lo que ya eres.
-Soy muy tímida, aquí donde me ves me avergüenzo un poco de mi físico.
-Bueno, algún fallo tenías que tener; estás ciega y no eres capaz de ver que la mitad de chicas ahí fuera matarían por ser como tú, pero no pasa nada; podré vivir con ello -sonrió, levantó su copa y dio un trago corto.
-El caso es que estos días he pensado en ti
-Vaya, eso me interesa, ¿Qué has pensado?
-Bueno�?�
-Vamos, vamos, me tienes en ascuas �??se zarandeó un poco de lado a lado.
-Pensé que, pese a mis complejos, no me importaría desnudarme delante de ti; sé que me sentiría cómoda.
-Joder
-Te has puesto rojo
-Dame unos segundos para reaccionar
-Concedidos

�?l miró un instante a través del cristal. La gente iba y venía con sus bolsas. Volvió a hablar.

-Me has pillado totalmente desprevenido
-Ya era hora ¿No?
-No sé qué decir, no era lo que esperaba; yo he estado pensando en ti bastante, pero eran cosas más estúpidas como tenerte a mi lado mientras veo ponerse el sol, sonreírte mientras quemo la cena, escucharte merodear por la casa mientras escribo, dormirme oliendo tu pelo, despertarte dándote besitos en la cabeza, ese tipo de chorradas, ya sabes, debo de estar haciéndome viejo.
-No sé, a mí también me sorprendió pensar en ello, las cosas no van bien con el padre de mi hijo pero no quiero estar con nadie, quiero decir, no es mi intención engañarle, tener aventuras ni nada de eso.
-¿Estás enamorada?

Ella se puso seria y él la miró directamente a los ojos, tratando de adivinar la respuesta antes de que saliese por su boca.

-Lo quiero mucho, es el padre de mi hijo y�?�
-¿Estás enamorada?
-No- hizo una pausa -no estoy enamorada.
-Siempre lo llamas el padre de mi hijo, no sé, no pareces enamorada. Cuando estás conmigo se nota, no sé explicarlo, es el vacío ese. Hambre de amor lo llamo yo.
-Sí, supongo que se nota un poco.
-Pero no quieres engañarlo.
-No, no quiero engañarlo.
-Y piensas que te sentirías cómoda desnuda conmigo.
-Escucha, te conozco poco y me gustas, me gustas mucho más de lo que te imaginas. Pero me descubro a mí misma pensando en cómo sería el sexo contigo, en cómo tienes que besar, en cómo sabrá tu piel y me siento mal. No quiero engañarle. Es cierto que las cosas que me haces sentir son muy raras; contigo todo es muy raro. Pero sé que no quiero engañarle.
-Comprendo
-Mi hijo es muy importante para mí.
-Que tengas un hijo no me asusta lo más mínimo.
-Lo sé, por eso me asusta a mí.
-Bueno, así que los dos nos gustamos, tú estás en una relación que no funciona y tienes un hijo; a mí eso no me acobarda en absoluto, me va bastante bien escribiendo y puedo permitirme ciertas cosas, pero entiendo que a ti sí te asuste, a fin de cuentas el escritor pirado con el que no sabes como te irían las cosas soy yo y tú tienes que mirar no sólo por ti si no por la estabilidad de tu niño, quieres además de un compañero un padre para él. Yo me veo en el papel, pero es cierto que no sé cómo saldría, ahí tienes razón. Total, que así estoy; hablando sobre mi nuevo libro en una emisora local del sur y deseando terminar para poderte llamar, buscando un hueco para escribirte un mensaje y esperando los tuyos, llamándote siempre que puedo, haciendo malabarismos con la agenda y esquivando algunas citas con mi agente para poderte ver, sintiéndome el hombre más afortunado del mundo por poder tenerte delante. Dando gracias porque existas. A mí me gustas, no te engañes, me gustas muchísimo, es algo que roza lo ilógico; siempre he dicho que si puedes razonarlo no es amor. No lo puedo explicar y sé que, moralmente, se me podrían reprochar un montón de cosas con respecto a esto pero también sé que quiero estar contigo.
-Yo también, joder, y no debería.
-Pero lo haces, así están las cosas. La pregunta es ¿qué vas a hacer?
-No quiero estar contigo.
-No quieres querer estar conmigo sería más exacto ¿no crees?
-Sí, eso es lo que pasa, no quiero querer; no quiero que esto vaya a más. Todavía no me has puesto una mano encima y mira cómo estoy, por Dios, mira el jodido cenicero. Estoy atacada, no sé qué hacer, tengo los nervios rotos. No sé si es lo mejor, pero no quiero estar contigo.

Se quedó mirándola un momento, bajó la cabeza escondiendo un poco los labios. Frunció el ceño. Volvió a mirarla. Relajó el gesto y habló.

-Está bien, lo entiendo.
-Lo siento mucho, de verdad. Lo siento.
-¿Sabes? Nunca había tenido tantas ganas de besar a alguien sabiendo que jamás lo haría, es una sensación nueva. Me lo apunto en la sección de sentimientos curiosos. Supongo que, al final, la realidad se impone a los sueños.

Miró hacia la barra, apretó la mandíbula y apuró de un trago su copa. Ella habló de nuevo.

-Te pediría que�?�
-Lo sé, que no venga a verte, que no te llame más y que desaparezca de tu vida.

Ella agachó la cabeza.

-Lo siento, de verdad, lo siento. No quería hacerte daño.
-Tranquila, no pasa nada. Tú no has pedido esto.

Sacó el teléfono y borró su número, trataba de sonreír. Hacía todo lo que podía.

-Han sido unas conversaciones geniales, unos cuantos cafés deliciosos, unos mensajes bonitos, buenos ratos que, desde hoy, serán buenos recuerdos; no has engañado a tu pareja ni has arriesgado la estabilidad de tu hijo, no hay motivos para que te sientas mal; si hacemos caso al sentido común has hecho lo correcto.
-Lo sé, pero me siento mal. Tú no te mereces esto, eres tan�?�
-No importa, ya no importa, de verdad; no pienses más en ello.

Se levantó, pagó la cuenta y volvió donde ella estaba. Pudo ver sus ojos húmedos. La besó en la cara con toda la dulzura que pudo. �??No me verás más�?� dijo sonriendo. Una sonrisa para tapar la amargura, pensó; no quería hacerle daño. Ella no hablaba, sólo le miraba en silencio, con esos enormes ojos azules que casi no podían contener las lágrimas. Finalmente él le dejó una caricia en el pelo, se dio la vuelta y se marchó.
No miró atrás.

Fuera hacía un poco de frío. No le importó.
En ese momento hacía más frío en su corazón que en aquellas sucias calles que volvían a ser, como siempre, grises.

30 de Septiembre 2003

Una visita inesperada

Llevaba unas seis páginas escritas cuando se dio cuenta de que no estaba solo.
Dejó de teclear y se enderezó un poco en su silla, sintiendo un escalofrío por toda la espalda, hacia la nuca, un hormigueo se instaló detrás de sus orejas.

Separó la silla del escritorio y se giró un poco, vio de reojo el pie desnudo.
El silencio se volvió más escandaloso y un latido frió congeló sus pensamientos.
Finalmente se dejó llevar, como en un sueño, y terminó de girarse.

Una de ellas estaba en el sofá, boca abajo, mirándolo. Sus pies descalzos hacían dibujitos en el aire distraídamente. Sonreía.
Había otra de ellas en el suelo, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos sobre el borde inferior del sofá, tocando con sus nudillos el suelo; sus rodillas apuntaban hacia él. Parecía desafiante, su sonrisa era casi sexual.
Las otras dos estaban en la otra parte de la habitación, una acuclillada en la mesa, un poco echada hacia delante, con las manos juntas apuntando hacia abajo y la cabeza ladeada en una expresión de curiosidad simpática. La otra estaba en la silla, con los pies sobre la mesa jugueteando con un lápiz.

Podía ver sus cuerpos, desnudos, bajo las extrañas blusas transparentes.
Su piel era como una mezcla de todas las pieles que alguna vez había deseado.

-¿Qué queréis?-dijo girándose de nuevo hacia su monitor.
-Queremos que escribas sobre nosotras

Habló la que estaba tumbada en el sofá, seguía jugueteando con sus pies perfectos en el aire; No podía verla, pero lo sabía.
Su voz era muy sensual.

-Estoy ocupado escribiendo otra cosa, quizá después.
-Escribe ahora sobre nosotras -dijo la del lápiz-, escribe y te daremos historias, cuentos, relatos, amores, odios, traiciones y pactos. Haznos un poco más inmortales, haz que tus dedos bailen para nosotras, ríndenos pleitesía, haznos reír.
-Haznos el amor -añadió desde encima de la mesa la otra, sin dejar de sonreír.

Podía notar la mirada de la que estaba en el suelo clavada en su nuca, no decía nada.

-Escuchad, no sé por qué demonios está pasando esto, pero no me importa; como casi nada desde hace tiempo. Estoy escribiendo una cosa para mis amigos. Es lo que estoy haciendo y no quiero hacer otra cosa que no sea eso. Id a molestar a alguno de esos poetas que escriben sobre noches estrelladas, azucenas, la luna fría y todas esas gilipolleces.
-Pero nos gustas tú, queremos que escribas tú para nosotras- detrás de sus palabras había una risita dulce.

Escuchó el crujir del sofá y los pies, desnudos, acercándose.
Su boca se secó; tenía un poco de miedo.

-Podemos abrirte puertas para las que no tienes llave, podemos hacer que brilles como los otros, esos que lees, los que te gustan, los que te acompañan en tus horas solitarias- dijo eso acercándose a su oído, rodeándolo con su brazo por detrás y apoyando su mano, suavemente, en su hombro desnudo -.Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás.

-No quiero nada de eso -tragó saliva- sólo quiero terminar esto, mandarlo a mis amigos y marcharme a dormir; no quiero brillar, no quiero ninguna de las cosas que me ofrecéis -mientras decía esto trataba de no pensar en lo bien que le hacía sentirse esa mano en su hombro; tanta dulzura le hacía un poco de daño en el alma- os lo agradezco, pero no puedo aceptar.

La mano se retiró suavemente.

-Está bien -oyó la sonrisa tras las palabras�?? eres raro.
-Gracias
-Creo que nos gustas
-Yo no sé si me gustáis
-Vendremos a verte alguna vez, eres divertido, incluso cuando estás triste.
No dijo nada acerca de ese último comentario.

Se fueron.
Siguió dándole a la tecla un rato, girándose de vez en cuando para asegurarse de que las extrañas intrusas ya se habían marchado.
Encontró una frase para el final de su escrito y lo mandó.
Caminó por el pasillo en penumbra hacia su cama y se tumbó allí, esperando al sueño.

�??Podemos hacer que ella se enamore de las palabras que escribes, te llamará, será amable contigo; le gustarás�?�
Menuda pandilla de chantajistas emocionales, joder.

Dio un par de vueltas en la cama, tratando de no pensar demasiado en ello. Acomodó la almohada y miró hacia la pared esperando que el aburrimiento lo durmiese.

Eres un imbécil, pensó, podías haberles pedido, por lo menos, su teléfono.

8 de Septiembre 2003

Recuerdo

Los ruidos, abajo, entran sin permiso por las rendijas de mi persiana.

Estoy solo. Si cierro los ojos ella sigue aquí, su olor en aire, el centro de la cama mojado con el sudor de su espalda. La esquina de sabana que aferró al tocar el cielo, todavía arrugada, se burla de mí; de mi nostalgia. De todo lo que le digo y todo lo que me callo.

Abro los ojos y miro su insultante vacío en mi almohada.

Siempre se va. Amamos durante horas que parecen siglos encerrados en minutos, le quemo con mi fuego sin pedir perdón por las heridas; ella siempre se arrepiente después y yo finjo que no importa.

Nunca le he dicho cuanto daño me hace que me quieran y me pidan perdón por amarme.

Se levanta en mitad de la noche y se viste; verla vestirse es casi mejor que un beso de Dios en los labios.
Se va, siempre se va; sólo una vez el sol nos sorprendió juntos�?�
Mi privilegio; no todos sabemos en qué pensaremos al morir.

Me levanto tratando de sacudirme su ausencia, un poco de agua para tragar el sinsentido de ser amado y dormir solo todas las noches, sabiendo que un día no volverá.
Sabiendo que ese día está más y más cerca con cada amanecer.

Entrar de nuevo en la habitación me resulta más difícil que salir. Mis labios siguen mojados: la botella.
No los seco; me da miedo borrar sus huellas.

Me tumbo y trato conscientemente de no respetar su espacio; ella no está.
No lo consigo.

Me encojo en la cama y miro al vacío tratando de no sentir lo que siento, las sombras me miran, curiosas, sin decir nada.
No durará; lo sé y aún así se lo doy todo, le quemo hasta quemarme y no me importa, aunque sé que no hay nada más importante; Estoy tan condenado que le sonrío a la pena.
Un día no podrá más, un día dejará de luchar contra la sensación de pecado que le produce amarme, un día el sentido común le dirá que no tenemos futuro y, engañándola, se la llevará lejos.
Querrá besarme y no lo hará, querrá que la haga mía, que la sujete fuerte por las caderas mientras su cabeza cuelga en el costado de mi cama y vacío mis besos en su cuello y no lo hará.
No habrá más taxis a las cinco de la madrugada, no habrá más sabanas arrugadas, no más estar sin estar, no más perdones, no más pecado y redención.
No más amor.
Se olvidará de que existí y mi habitación se reirá de mí, tan fuerte, que tendré que dormir en el sofá del salón; donde nunca le hice el amor.

Tendré frío, lo sé.

Por eso me aferro a la calidez de su recuerdo.

18 de Agosto 2003

De paseo, por si me necesitas

Una vez caminé un cielo de besos verdaderos, de labios que amaban con pasión, de tardes llenas de amor y buenos sentimientos.
Sonrisas entre caricias, bromas entre sudores más calidos que los dormitorios del infierno.
Promesas y planes que nunca se cumplirían, llenándome el alma; como si fuesen reales.
No importa el cómo, el dónde ni el cuando, tan sólo importa que caí.
El hielo y el fuego hicieron un pacto en mí; ese es el secreto. Por eso sigo respirando.
Con todo lo aprendido me muevo entre la gente, algunos ven las alas rotas, otros no.
Con la dureza que sólo el haber conocido toda la ternura puede dar toco las vidas que me rodean, escucho, ayudo, triunfo y fracaso.
Algunas cosas se repiten y reacciono por reflejo, con cierta tristeza; di no a ese beso, dile que se ponga la ropa otra vez, sal de la habitación, vete.
Vete solo.
Siempre solo.
No puedo andar otro camino que no sea el mío, esa es mi fuerza y mi debilidad.
Dejando atrás personas sin lucharlas, porque no quieren ser luchadas.
Dejando que la idea equivocada de mí tome mi lugar en mentes que algún día me importaron.
Dejando de luchar guerras que podría ganar, para no ganarlas; para no perder después.
Dejándome sueños sin soñar.
Dejándome solo.
El aplauso no conforta, la admiración de los que sienten que puedo hacerles vibrar, que puedo hacerles reír, que puedo hacerles llorar, que con un micrófono en la mano los llevaré a pasear un rato por su interior, dibujado por el mío, no conforta.
Enorgullece, da ánimo, seguridad, motivos para quemar energía, pero no calor.
El calor sólo sale, ya nunca entra.
Ya no hay soles para mí.
He sufrido y disfrutado dos o tres vidas en media, estoy aquí matando tiempo, pegando un vistazo, de paseo por si me necesitas.
Tú que aún amas, que aún crees, que aún no eres capaz de ver como acabará todo, que aún no estás pasado de vueltas:
Disfruta.
Yo seguiré aquí, viendo dragones donde otros sólo ven nubes.

3 de Marzo 2003

Los que sienten lo mismo que vosotros

El niño, en su silla de ruedas, lloraba por no saber tocar la flauta.

Algunas niñas, incluso esas que procuraban andar cerca de él, se tapaban la cara con el libro para no mostrar abiertamente su risa y, a su vez, marcar con este gesto que se
estaban riendo.

Una vez imitado por una de ellas, varias clases después y sin su presencia, el llanto semejaba más el chillido de un cerdo en el matadero que la frustración y vergüenza de un niño.

Fue esa broma cruel la que originó la reflexión que el profesor les hizo.

- Vosotros, ¿lloráis? - preguntó

Los pequeños asintieron, otros bromearon con ello, pero en la mayoría la respuesta fue positiva.

- ¿Por qué? - preguntó una vez más.

Diferentes motivos saltaron al aire en desorden, como una bandada de palomas asustadas, en revuelo.

- ¿ Cómo os sentís al llorar ? - seguía indagando.

Las pequeñas, más pícaras y perspicaces, argumentaban que después de llorar se sentían muy bien.

Les dijo, el profesor, que evitaban llorar en público. ¿ Verdad ?- inquirió-.

La respuesta fue, de nuevo, un sí y el motivo la vergüenza.

- ¿ Cómo se sentiría entonces Pablo al llorar frente a vosotros ? Al no poder contener la vergüenza, los nervios, el miedo al ridículo que le producía no poder, en ese
momento, tocar la flauta. Ese sentimiento creciendo con las primeras lágrimas, a vista de todos vosotros. Viendo entre la neblina y el incómodo calor de sus párpados como
os tapábais la cara con libros.

- En ese momento fue gracioso - contestó una de ellas.

-Sí- prosiguió el profesor -. Pero ahora, sin él delante, estáis convirtiendo la anécdota y su modo de llorar en una broma privada; a su costa.

Dime tú, pequeña -se dirigió a la joven- qué harías si supieras que las risas calladas y los codazos cómplices van por tí y no por otro.
Quizá él prefiera que, como compañeros, olvidéis que un día desde su silla de ruedas, la vergüenza y los nervios le pudieron y, delante de vosotros, lloró.

Y lo que el profesor no dijo fue que lo malo de ese gesto estaba en la invitación al hermetismo, a no mostrarse como uno es, inseguro a veces.
Con lágrimas en los ojos.
Porque bien sea por un motivo serio o por algo carente de importancia, en ocasiones lo más bonito e íntimo que podemos compartir con el otro es una lágrima.

-No os burléis- añadió - de los que sienten lo mismo que vosotros sin esconderlo a los demás.

Music: What a Wonderful World - Louis Armstrong.